Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 492
Extras: ILLESTAYA (63)
Tal como sucedió en los últimos diez días, la mañana sobre el barco era austera. Kassel comió tocino salado y galletas, e Inés mojó unos cuantos higos secos en miel. Luego compartieron una botella de jugo de limón. Aunque no sufría de mareo, tampoco se libraba por completo, a veces sentía náuseas si comía demasiado. Por eso, prefería comer un poco, pero con frecuencia.
Sin embargo, Kassel no podía estar satisfecho con verla picar furtivamente pasas o almendras durante todo el día.
De por sí, la comida ya era sencilla. En el centro del camarote, que daba al mar y a la cubierta de popa por tres lados, había una pequeña ventana de vidrios de colores. En realidad, lo único espléndido en su mesa eran los coloridos rayos de sol que se derramaban sobre los alimentos. Aunque era la comida del armador, no era muy diferente de la que comían los marineros comunes.
Originalmente, al ser una travesía corta, habrían podido llevar provisiones frescas, pero el clima en el Mar de Panave en esta época era muy caluroso, Kassel era de los que no pasaba por alto lo incierto en la navegación. Incluso revisando cartas marinas que detallaban la ubicación de los arrecifes, la profundidad y las corrientes, avanzando con precisión con toda clase de instrumentos de medición y relojes exactos, confiando en los vientos de una época específica que los marineros a menudo llamaban 'prometidos por Dios', no había nada seguro en el mar. Ni el tiempo ni, incluso, la gente que recogía a escondidas la comida podrida por pena a tirarla.
Como siempre, él hizo que cargaran en el barco solo alimentos de larga conservación, como si se tratara de un viaje mucho más largo. Inés, que se apresuraba a asentirle como una niña obediente en todo lo relacionado con la navegación, naturalmente se alegró, diciendo que se sentía como una auténtica mujer de mar.
El problema era lo que había ocurrido desde que zarparon hasta ahora. Inés lo atribuía a un leve mareo, pero él pensaba que era el problema de la comida. Para un glotón como él, ella ya era de poco apetito, con solo comida seca y salada, simplemente se le había cerrado el estómago.
Al verla comer tan poco, le daba tanta lástima que ni siquiera podía pensar en devorarla. Ojalá sus impulsos no se hubieran alborotado, pero hacía tanto que no estaban solos todo el día, sin los niños, que no había razón para que su estúpido cuerpo no reaccionara. Estaba a un nivel de aguantar, maltratándose a sí mismo.
Por lo tanto, era inevitable que a veces la irritación se apoderara de su cabeza.
—Come un poco más, Inés.
—Comí lo suficiente.
—¿Y dices eso después de haber comido apenas siete trozos?
—Kassel. Esto es pequeño porque está seco. Originalmente era muy grande.
Inés respondió con claridad, como si se lo estuviera explicando a Ricardo o Ivana. No era precisamente un gesto de ignorarlo, sino un hábito verbal adquirido de tanto tratar con los niños.
Además, Ricardo se parecía mucho a él, por desgracia.
—Y me comí siete higos. No siete trozos.
—¿Qué pretendes haciendo esto?
—Otra vez sermoneando.
—¡Maldita sea, estás demasiado delgada!
Inés, sin ocultar su aire de despreocupación, abrió un libro del tamaño de su palma. Era una actitud bastante desinteresada. Sin embargo, era la gentileza de esperarlo mientras él terminaba su comida. No obstante, él alargó el brazo de repente, colándolo por el hueco que se formaba entre sus brazos que sostenían el libro.
Una mano grande le frotó suavemente las mejillas. Inés, con los carrillos apretados, frunció el ceño. Tenía una expresión bastante seria, pero carente de toda dignidad.
—¡Mierda! Mira esto. No tengo nada qué agarrar.
—¿Qué es lo que estás agarrando ahora?
—Son puros huesos, maldición. Come aunque sea una de mis galletas. ¿Sí?
—No. Sabe feo.
—Entonces, ¿qué vas a hacer con el resto de la travesía?
—…¿Será que estoy equivocada? Dijiste que ya casi llegamos a Illestaya. Que desembarcaríamos en tierra en solo uno o dos días.
—Eso no se sabe hasta el momento en que pisemos tierra.
Era cierto que no se sabía. A menudo había barcos que, después de navegar un buen rato, justo cuando estaban a punto de atracar, chocaban contra un arrecife y se hundían. Si les pasara eso justo delante de la tierra de destino, sin duda sería para volverse loco.
Sin embargo, el barco de ella estaba dentro de la experimentada flota naval de Ortega. Iban a bordo todo tipo de expertos reclutados de la Marina, sin mencionar al mismísimo Kassel Escalante, que estaba justo frente a ella. Inés ladeó la cabeza ligeramente dentro de su mano y le mordió el pulgar con fuerza. Obviamente, lo hizo para que se asustara y le soltara la mano.
Pero él era indiferente a las pequeñas agresiones de su esposa, por lo que no mostró sorpresa ni dolor. Solo frunció ligeramente el ceño y, como si ya se lo esperara, dijo:
—Mira. Haces esto porque quieres comer carne.
¿Cómo iba a ser él el que ya se lo esperaba...? Inés sacudió la cabeza.
—Definitivamente debimos haber traído animales para sacrificar y a Yolanda.
—¿Por qué necesitaríamos algo así para una travesía de poco más de diez días? Además, Yolanda está demasiado vieja. Debería descansar en Calstera.
—Mira cómo estás después de una travesía de poco más de diez días.
—Creo que me veo bastante lozana.
Ella se reflejó de un lado a otro en el pequeño espejo de pared visible justo desde donde estaba sentada.
—Parece el rostro de una hija preciada de un nuevo rico cualquiera. Las mejillas están redondas y parezco bastante engreída.
—No eres la hija de un nuevo rico, sino la preciada hija de Leonel Valeztena. Y la hija de un nuevo rico comería diez veces mejor que tú.
—Deja de regañar. Ayer y anteayer fuiste tú quien rechazó la cama. ¿Por qué el que acumula rabia eres tú?
—¡No puedo hacerlo porque no comes! ¿Cómo voy a abrazarte si comes de esta forma tan miserable?
—Qué aburrido eres. Bien, sigue viviendo como ese monje. Justo como lamentablemente te propusiste antes de que nos casáramos.
—¿Qué?
Kassel, golpeado inesperadamente con ese recuerdo prematrimonial, la levantó ligeramente y la sentó sobre su regazo. Aunque le dolió en el punto sensible, el rostro de su esposa, que parecía adorablemente enfadada mientras intentaba parecer indiferente, le resultaba más encantador. Fingía que no pasaba nada por la noche, pero en el fondo, su rechazo le había fastidiado.
—¿Cómo voy a hacer eso si no eres una monja? Eres tan lasciva y adorable. Me deseas día y noche, a tu marido.
—Has caído en la fantasía otra vez. Yo distingo muy bien el día de la noche a menos que tú me revuelvas.
Ella respondió con indiferencia, manteniendo la vista fija en el libro, como si solo le hubieran cambiado el sitio. A pesar de eso, Kassel preguntó, un poco animado:
—¿Cuánto me deseaste ayer, eh?
—Solo lo pensé por un momento porque andabas desnudo. Realmente no lo lamenté.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿puedo revisar debajo de tu falda?
Tener la habilidad de decir algo así con tanta frescura era un talento. Como si fuera un saludo matutino de lo más decente. Acababan de desayunar y no habían hecho nada íntimo, así que era imposible que hubiera rastros de excitación. A menos que ella estuviera pensando todo el tiempo en revolcarse con su marido.
Sin embargo, Kassel, con gran naturalidad, metió la mano en el cuenco de agua sobre la mesa para enjuagársela bien y, con la misma dignidad con la que le pondría una prenda, le levantó la falda.
Su mano mojada se deslizó sobre su ropa interior. Toda la secuencia, desde lavarse las manos hasta el acoso, fue completamente descarada.
—La revisé y está mojada, Inés.
Su rostro para imputarle a su esposa la calumnia de ser lasciva era aún más grueso. Inés, con la cabeza apoyada en su pecho, pasó las páginas del libro, como si lo que acababa de oír fuera una estupidez que no merecía respuesta. Mientras lo hacía, el agua de la mano larga que él tenía se escurrió y empapó su ropa interior. La tela delgada se adhirió a la forma de su piel siguiendo el rastro de los dedos que le recorrieron la hendidura entre las piernas.
Finalmente, él envolvió su vulva con toda la palma de su mano, apretándola, frotó con su pulgar firme sobre el clítoris. La mano que pasaba las páginas se detuvo con irritación. La razón era que su cuerpo había comenzado a reaccionar de inmediato al estímulo familiar. El líquido de amor se deslizó sobre la tela húmeda por el agua que quedó después de que él se lavara las manos. Kassel susurró, pegando los labios a la oreja de Inés:
—¿Esto se mojó cuando te subiste a tu marido anoche?
—Anoche solo tuve ganas por un momento, no estaba en celo.
—Ah, solo por un momento. ¿Y ahora no?
—¡Hnn...!
—Es por la mañana, así que iba a dejarte que me chuparas un dedo al menos.
Diciendo eso, como si estuviera decepcionado de no poder hacerlo, apartó la ropa interior mojada y penetró su interior superficialmente con el dedo medio.
—Dijiste que no lo, ibas a meter.
—Dije que iba a dejarte que me lo chuparas. Hice exactamente lo que dije.
—No me gusta que solo yo esté así... Mmm...
—¿Qué significa que solo tú estés así?
—Que solo, yo me sienta bien.
El dedo que había estado frotando la parte superficial, como si estuviera ensanchándola, se deslizó hasta lo profundo. Contrario a lo que había dicho para negarse, la mano que sostenía el pequeño libro rodeó su cuello. Abrazando el cuello de su marido de esa manera, Inés aún murmuró con fastidio:
—No me gusta esto...
—¿No te gusta?
—Pedí que me abrazaras, tú solo haces estas cosas mezquinas.
—Si no pareciera que te vas a morir de hambre en cualquier momento, ya te habría suplicado como un perro para revolcarme contigo. Inés.
—Sobreviví muy bien incluso cuando estaba embarazada de los gemelos y no podía llevarme ni un bocado a la boca. Poder comer cualquier cosa ahora, comparado con aquella época, es un gran lujo.
Ella no lo dijo para que le tuviera lástima, pero con esa frase el rostro de felicidad del pervertido se entristeció. Si salía con un 'dónde estuve y qué hice, qué inútil fui mientras tú estabas así', toda la mañana se echaría a perder.
Inés no quería ver las lamentables lágrimas de su marido, su ferviente arrepentimiento, sus profundos pensamientos, o cuánto la amaba. Solo quería revolcarse con él una vez.
Como para advertirle que no pensara en tonterías, ella le golpeó los dedos en los ojos, llamándole la atención. Era un gesto parecido al de un dueño despiadado que apura a su sirviente.
—Ni siquiera piensas en lo mucho que me engordaste mientras fingías estar lisiado y te quedaste pegado a la mansión. Que yo esté delgada ahora... ¡Hnn... solo está en tus ojos de loco, te lo digo.
—Imposible. Tu marido es objetivo.
—No hay un hombre en el mundo que viva más lejos de la objetividad que tú, Kassel.
Realmente era así. Incluso Leonel Valeztena había comentado que ese rostro tenía una 'apariencia de estar bien alimentado y viviendo una vida cómoda'. Sin embargo, su mano que iba a quitarle los pantalones fue rechazada al final, la mañana en que solo ella se sintió bien, pasó.
Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄
0 Comentarios