POR LA PERFECTA MUERTE DE SEÑORA GRAYSON 138
⋅-⋅⋅-⋅⊰⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅∙∘☽༓☾∘∙-⋅⋅⋅-⋅⋅⊰⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅
Calle Cuzón, en las afueras del casco antiguo, es un barrio que la gente dejó de visitar hace mucho tiempo. Cuando Isaac todavía estaba en el Batallón de Fuerzas Especiales, él y sus compañeros solían visitar un bar de mala muerte en esta misma calle. Robert, que aspiraba a tener un puesto tan importante como el de Isaac, se pasaba por ahí con la esperanza de encontrárselo.
Después de varios intentos fallidos, Robert finalmente se encontró con el ídolo que tanto admiraba. Se lo topó cerca del muro de ladrillos, a las afueras del bar. Isaac había salido a tomar aire fresco y fumarse un cigarrillo para que se le pasara la borrachera.
En cuanto lo vio, Robert no pudo contener su emoción y se atrevió a llamarlo por su nombre. Antes de que se diera cuenta de la situación, Isaac lo agarró por el cuello de la camisa. Lo miró de pies a cabeza y le preguntó de qué regimiento era.
Para Isaac, Robert era pequeño y de baja estatura. Tampoco parecía ser de inteligencia, ya que su forma de acercarse era muy torpe. En ese momento, antes de recibir los honores de la Reina, Isaac solo se dedicaba a cumplir sus misiones, una por una, para consolidar su posición. No solo no se daba cuenta de su creciente fama, sino que la aborrecía.
El rostro de Robert se puso rojo al instante. Se sintió humillado porque Isaac no lo consideraba uno de los suyos, pero pronto, con una sonrisa incómoda, se presentó como un empleado de la administración.
Robert saca un cigarrillo del bolsillo, como Isaac lo hizo en ese entonces, y lo enciende. El bar donde se había dado ese encuentro, que tanto lo había emocionado, ya estaba cerrado. Como no tenía de otra, Robert se sienta en un letrero caído y roto, como si fuera una silla, para fumar su cigarrillo. Luego, mira al cielo.
Sigue el tiempo nublado. Robert cuenta los días con los dedos. El joven duque, Jeffrey Grayson, que se apareció con moretones por toda la cara, los párpados y con los labios rotos, le dijo a Robert que no le tomaría mucho tiempo. Sí. Y hoy era el día que el joven duque le había prometido.
—Hoy es el juicio de esa tipa. No lo vamos a alargar, la van a meter directo a la cárcel.
Eso le había dicho el joven duque a Robert. Robert solo asintió, mientras miraba sus labios rotos de los que brotaba sangre.
Jeffrey notó la mirada descarada de Robert de inmediato.
—Entonces, ¿al abogado lo soltamos en cuanto termine el juicio?
—No, espera a que dé la orden. Déjalo retenido.
Robert asintió para decir que sí, pero atrevidamente, siguió mirando el piso. Había un bastón con manchas de sangre rodando por el suelo. Robert recordó la espalda del padre de Jeffrey, el duque, que acababa de bajar de la habitación y se dirigía al primer piso.
En ese instante, Jeffrey le dio la espalda, se iba a ir, pero se detuvo y llamó a Robert.
—¿Qué te intriga tanto, idiota? ¿Quieres saber qué pasó aquí adentro? ¿Quieres saber por qué estoy en este estado?
Sus ojos ya solían lucir como si estuviera loco, pero en ese momento, Jeffrey se veía aún peor. Sin previo aviso, Jeffrey agarró el bastón que su padre había dejado y golpeó a Robert en la cara.
Robert recuerda ese momento, apaga el cigarrillo y se frota la sien, donde ya se había formado una costra. La vergüenza y el enojo que sentía eran incomparables a lo que había sentido con Isaac. Sin embargo, e irónicamente, su enojo no era contra Jeffrey, sino contra Cedric, que lo vio en ese estado como diciendo "te lo dije", y contra Isaac y la mujer, que estaban involucrados con alguien tan poderoso.
Él mismo sabía que su ira se había desviado de forma cobarde.
—No pienses en retroceder ahora. No pienses en dejarlo todo tirado. Si esto sale mal, no solo me van a agarrar a mí, sino que los van a llevar a todos ustedes a la cárcel.
Pero ya no hay vuelta atrás. No hay más opciones. Al principio, lo hizo por la codicia del dinero, y después, lo hizo por venganza, incapaz de superar la humillación. Ahora, una persona mucho más influyente lo tiene agarrado del cuello.
—Robert.
Robert se metió en un callejón oscuro, pasando por el bar cerrado. El aire frío de la madrugada le acarició suavemente la mejilla. Pronto sería de mañana. ¿El juicio de esa mujer era en la mañana o en la tarde? Mientras lo pensaba, un hombre que estaba vigilando la entrada por donde él iba a pasar, le habló.
—El señor abogado no quiere comer ni beber agua.
—Déjalo.
—Ya son casi dos días. No habrá problemas, ¿verdad, Robert? ¿Qué hacemos si el abogado nos demanda después?
Al ver que Robert le respondía como si no fuera su problema, el hombre cambió su expresión a una más agresiva y se acercó a Robert.
—¿Es ese tipo tan importante? El plan inicial era simplemente matar a esa mujer en silencio, ¿por qué de repente tenemos que secuestrar y retener a alguien? Qué fastidio.
Parece que el hombre está muy molesto con el cambio de planes de Robert. Robert lo ignora y se dirige al almacén abandonado, diciendo:
—Iré a ver cómo está.
El abogado, Señor Turner, está sentado en una silla, mirando al vacío, sin prestarle atención a Robert. Su traje, que siempre estaba impecablemente planchado, tiene rasgaduras en varias partes, y su rostro está demacrado por haber estado dos días sin comer.
El abogado, como si hubiera esperado que alguien lo persiguiera, no se sorprendió al ver al grupo de hombres que Robert había contratado. Mientras lo arrastraban, en lugar de soltar un grito de pánico, murmuraba para sí mismo, con una expresión de resignación, cosas como que debería haberse ido a otro lado.
Los gánsteres que Robert había contratado no estaban nada contentos con el estado de su "rehén". Por eso, el rostro del abogado tiene varios moretones.
Como Jeffrey, a quien Robert había visto hace unos días.
Sus gafas, que siempre usaba, habían rodado lejos y se habían roto en mil pedazos, así que el señor Turner se quedó sentado, con la vista borrosa, mirando al vacío.
De repente, el rostro de Robert se acercó a su campo de visión, le abrió la boca y le echó agua a la fuerza.
—No me conviene que te lastimes. Bebe.
Aunque intentó cerrar la boca, el agua seguía entrando a chorros, casi como si fuera un tipo de tortura. El señor Turner tuvo que tragar un par de veces para no ahogarse, pero la mayor parte se le salió. Solo entonces, Robert, con una cara de satisfacción, tiró la botella de agua.
Qué figura tan indefensa. Un típico hombre patético, pero de una manera distinta a la de Cedric. Eso piensa Robert, mientras mira al abogado.
'Perfecto para desquitarme'.
—...Sé quién es usted.
Cuando Robert murmura eso para sí mismo, el abogado, con el rostro pálido, habla como si ya supiera lo que está pensando.
—Es militar, ¿no? No sé si en activo o no, pero si lo está, no entiendo por qué hace algo así.
—.......
—Hace solo seis meses, en una ciudad, un militar como usted agredió a un civil. Fue una pelea común en un bar. Aunque fue una agresión mutua y no unilateral, de todas formas, el militar fue castigado más severamente. Seguramente, usted, que es o fue militar, lo sabe mejor que nadie.
Robert mira al abogado con una cara inexpresiva.
—¿Cómo supiste que fui militar?
El abogado, con el rostro empapado, pero con la mirada aún clara, lo mira fijamente y responde:
—Se nota. La postura es erguida por el entrenamiento, y por la forma en que mira o por sus hábitos inconscientes.......
—¿De verdad?
Señor Turner sentía un ardor en la garganta cada vez que hablaba, ya que, a pesar de que la habían forzado a beber agua, el dolor no había disminuido. Sentía como si agujas le rasparan la garganta.
A pesar de eso, seguía hablando, y Robert, con los ojos brillando ante algo que no esperaba oír, se acercó a él.
En el instante en que sus ojos se encontraron, el abogado pensó que este hombre, también, estaba completamente loco.
—...Es la primera vez que oigo algo así. De verdad. Soy bajito y no tengo nada de especial.
No era algo que se dijera para que el otro se apresurara a refutarlo y a halagarlo.
El señor Turner mira alrededor. Por el rabillo del ojo, ve que el gánster con el que Robert había estado hablando se ha desmayado y ha caído al suelo.
Ve a un hombre, que ha sometido al gánster en un instante, agacharse y entrar por la puerta abierta. Es un hombre enorme, más grande de lo que esperaba. El señor Turner ve cómo el hombre se acerca a Robert, silenciando sus pasos, y cierra los ojos con fuerza.
—...¿Acaso sabes quién soy? ¿Alguien te lo dijo de antemano?
Robert, sin darse cuenta de su presencia, sigue mirando al señor Turner. Robert solo tenía la intención de desahogarse con él, así que no se da cuenta de que el ambiente se ha vuelto extrañamente silencioso.
—No. Yo no......
Señor Turner mira al hombre que se acerca. Fincher. El mismo que, según Sasha, era tan gentil e inocente a pesar de su apariencia.
Observa cómo se acerca a él, con una mirada azul brillante, y se queda detrás de la cabeza de Robert, mirándolo.
—¿Por qué no puedes responder bien?
Señor Turner cierra los ojos con fuerza. Pero antes de que Robert pueda golpearlo en la sien, Isaac lo agarra por el cuello.
¡Uf!
Un grito ahogado se pierde en el suelo. Isaac agarra a Robert, lo levanta y lo presiona contra el suelo, de cara.
⋅-⋅⋅-⋅⊰⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅∙∘☽༓☾∘∙-⋅⋅⋅-⋅⋅⊰⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅⋅-⋅
Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄

0 Comentarios