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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 407

EPÍLOGO (4)




- Inés Escalante de Pérez



「Madre, disculpe la repentina carta. Quizás ya lo sepa, pero el niño murió. Tal vez me equivoqué. De repente, todo se puso mal. El día anterior me sonrió, y al día siguiente me dijeron que no respiraba. Dicen que el niño murió. La gente lo dice. Dicen que yo lo vi… La verdad es que no recuerdo nada. Por eso sigo reviviendo ese día…」



Inés admitió que la carta que le había enviado a su madre tiempo atrás era poco menos que una súplica. Y eso que sabía lo tacaña que era Olga con las súplicas.



「No importa cuánto busco en mi memoria, no puedo entender qué hice mal, cuándo, para arruinarlo todo de esta manera. Ya no sé qué hacer.

Solo viví con él diez meses, y no recuerdo cómo vivía antes de que él naciera. Ni siquiera puedo recordar cómo lo di a luz. ¿Cómo respiraba y vivía antes de eso? ¿Cómo podía cerrar los ojos y dormir naturalmente por la noche? ¿Acaso amaba o me gustaba algo? Por favor, enséñame. Por favor. Dijiste que conocías el camino correcto. Dijiste que sabías la respuesta. Enséñame…」



A pesar de todo, ella anhelaba recordar los momentos de su infancia en que su madre la abrazaba y, de vez en cuando, la consideraba bonita. Quizás, superficialmente, esperaba una respuesta de "todo estará bien".

Por supuesto, incluso si hubiera obtenido esa respuesta, ella no habría estado bien en absoluto. Horrorizada por la vida que se parecía cada vez más a la de su madre, ¿cómo podría aceptar verdaderamente el consuelo de su madre de que "todo estaba bien"?

La respuesta de Olga, que decía Al final, todo fue tu culpa」, solo sirvió para adelantar un poco más su propia conclusión.

Realmente, fue un impulso terrible en ese momento. Al ver la palabra cóúpula, se arrepintió y rechinó los dientes. Sin embargo, lloró al leer la frase final que decía: Te amo más que a nadie en este mundo

Si hasta esa clase de cosa la anhelaba como el amor de una madre, ¿qué era lo que ella misma intentaba darle a su hijo?

Ella no tenía grandes ambiciones de felicidad, pero al menos había pensado que no se convertiría en una madre como Olga Valeztena. Y tampoco había pensado que se convertiría en esa clase de esposa para Kassel Escalante…



「Si me detengo a pensar de dónde proviene toda esta desgracia, me viene a la mente tu estúpido padre, que arruinó tu futuro sin consultarme en absoluto.

Desperdició sin más el destino de una hija que naturalmente se convertiría en parte de la realeza. Quizás quedó embarazada en un momento inoportuno y lo arruinó todo. Porque tu marido no era tu destino original, ¿verdad?

El príncipe heredero no es más que un violento y brutal rufián, pero con esa débil mujer Barça a su lado, está en una situación realmente difícil. Si hubieras sido tú su consorte, la historia habría sido diferente. Porque yo te crié para que toda Mendoza te envidiara y te admirara.

Si tu padre no te hubiera empujado finalmente a ser la esposa de Kassel Escalante, habrías brillado y pulido tu luz junto al rufián de Valenza. Te habrías convertido en la madre de un precioso príncipe heredero, diferente a ese padre. Mi Inés. Mi Inés perfecta.

Hija mía.

De todos modos, los momentos difíciles serán solo por un breve tiempo. Abrázate a otro hijo y olvídalo todo. Sé que he sido más estricta y severa contigo después de que te comprometiste con Kassel Escalante y que tu matrimonio con la familia imperial se desbarató por completo. Sin embargo, eso fue solo porque deseaba que fueras aún más sobresaliente por todo lo que perdiste.

Si hubieras sido la hija prometida al príncipe heredero y destinada a ser de la realeza, habría temido dejarte con la más mínima imperfección y no habría podido corregirte en nada. ¡Cómo me atrevería a levantar la mano contra Su Alteza la Princesa Heredera!

En cierto modo, gracias a los Escalante, pude ejercer mi maternidad. No dudo en creer que las palizas y las tribulaciones que te infligí con lágrimas en los ojos se han convertido en la fuente que te sostiene ahora.

Inés. Has crecido muy fuerte. Cuando tu marido sienta compasión por ti, por favor, haz bien tus cálculos. No es tarde para proteger tu orgullo después de haber logrado todo.

Solo cuida siempre tu comportamiento, y cumple sagradamente la obligación de la cóúpula. Esto, por mucho que lo enfatice, nunca será suficiente. Calentar la cama de tu marido no es deber de una esposa. Eso es cosa de concubinas recogidas a bajo precio.

Que tu marido, tan distinguido, pareciera estar obsesionado contigo, es solo la inercia de haberse criado obstinadamente considerándote suya desde niño. No confundas con amor el hecho de que él cuide tu infelicidad por inercia. Nunca se sabe cuándo podría traicionarte por la espalda. Siempre toma de tu marido solo lo que necesitas…」



Inés se tragó la medicina de angélica por "inercia", quemó las cartas de Olga tan pronto como llegaban a sus manos. Era evidente que a su madre le preocupaba que las cartas no regresaran, pues llegaban un día sí y otro no.

Su madre tenía la costumbre de atribuir el origen de todos los problemas a una sola causa, y la muerte del niño también se utilizaba como argumento. Como si, de haberse casado con el príncipe heredero, solo le hubiera esperado una vida feliz.

"Inercia" significa un mal hábito arraigado, así que, digiera lo que digiera su madre, no encajaba con Kassel. La inercia estaba en ellos. Si ella se hubiera casado con el príncipe heredero, como su madre deseaba, ¿qué habría cambiado?

Por un instante, Inés pensó en su antiguo prometido, el de las manos traviesas. Esas manos inútiles que le levantaban la falda, prometiendo que la convertiría en emperatriz y luego en la madre de un emperador. ¿Cuántos años tendría Óscar Valenza entonces, apenas once o doce? Ese rostro crudo que se quitaba el disfraz de amabilidad por un momento. Sus ojos brillando. Eran ojos azules como los de Kassel, pero en esencia, todo era diferente.

Si Luciano no hubiera aparecido en ese momento, ella habría estado irremediablemente comprometida con el príncipe heredero. Habría recibido un novio completamente indeseable como compensación por la rudeza.

Quizás eso habría sido mejor.

Para Kassel Escalante.

Aunque el origen de su infelicidad no radicaba en su matrimonio con él, al remontarse a la infelicidad de Kassel Escalante, no se encontraba nada más que su matrimonio con ella. Ella, en cambio, solo había obtenido beneficios.

Si se hubiera casado con el príncipe heredero, a lo sumo habría evitado las palizas de Olga, pero Inés ya sabía, dentro del cerco de Olga, que los golpes de su madre no eran lo más terrible del mundo. Lo verdaderamente doloroso no era que golpearan su cuerpo, sino que su mente fuera empujada al límite.

Habiendo crecido bajo una madre que la acorralaba más cuanto menos podía ponerle la mano encima, habría vivido el resto de su vida siendo aplastada por el príncipe heredero. Quizás, por momentos, podría haber usado la autoridad del príncipe heredero para apartar a su madre, pero al final, el amor del que hablaba su madre la habría arrastrado como un rehén.

En lugar de todo eso, ¡cuán tranquila era esta vida en la que el estúpido Kassel Escalante seguía siendo su marido! El príncipe heredero siempre había sido terrible, pero él jamás lo había sido. Inés sonrió, levantando solo la comisura de sus labios, mientras miraba el camino desierto.

Kassel finalmente fue expulsado de Espoza y regresó a Calstera hace dos días. La razón era que había comprendido vagamente por qué ella no podía dormir.



‘…Cuando me ves, ¿acaso sufres?’



Desde el día en que él vio la carta de su madre tirada descuidadamente, Inés temblaba de humillación solo con que él se acercara. No podía ocultarlo como cuando era niña. De ninguna manera. Kassel Escalante sabía que ella no era "nada más que eso". ¡Cuánto tiempo había pasado desde que perdió a su hijo y ya se había convertido en una mujer que tramaba con su madre un plan para tener un nuevo hijo, como si adquiriera un objeto nuevo! Tragando a la fuerza la medicina para el próximo embarazo, se había vuelto una chica tenaz y…

Preferiría morir antes que eso. Preferiría morir antes de ser expulsada. En realidad, prefería morir porque no sabía cómo vivir ahora. El "yo" que te gustó era solo una chica patética.

Sentía que no podría soportar el momento en que él se diera cuenta de su propia miseria. No podía soportar esa mirada que la veía como si le debiera algo. Si tú me miras como mi padre miraba a mi madre…

Sentiría que me he convertido en Olga Valeztena.

Inés se dio cuenta entonces de cuánto aborrecía su interior a su madre. Se dio cuenta de que la había aborrecido incluso cuando más deseaba su amor.

¡Y pensar que una mujer así para un hombre tan noble y de buen corazón! Si solo no hubiera sido ella desde el principio, su vida habría sido tranquila. De origen noble, de rostro hermoso y delicado, de carácter amable.

Ya fuera una mujer de Barça o de Yalga, él podría haber tomado por esposa a la que quisiera.



‘…Yo, siempre quise tomarte por esposa.’

‘…….’

‘¡Así que, por favor, no me digas que busque a otra mujer!’

‘…Sería, de verdad, mejor para ti. Escalante. Antes de que sea demasiado tarde.’

‘Me pides que te abandone, pero al final, me estás abandonando tú con esas palabras, ¿no es así?’

‘Escalante.’

‘Pero yo, incluso en este momento, cuando me llamas así, mi corazón se acelera.’

‘…….’

‘Solo con ese "Escalante", ese llamado… mi corazón late a punto de estallar, Inés…’



La sonrisa en sus labios se desvaneció. Inés pensó en él, partiendo por el camino. Esa espalda que se hacía pequeña a lo lejos, sin siquiera mirar una vez el castillo. Antes de que Ricardo naciera, y después de que nació… Es decir, en aquellos días en que él exprimía todo su horario para ir a Espoza cada semana, cada diez días, en un tiempo tan irrazonable, había una espalda tonta que, al regresar, no dejaba de mirar el castillo donde estaba su esposa.

Y ella, a menudo, con Ricardo en brazos, estaba en la ventana que mejor veía el camino que salía del castillo.

Como ahora, de pie aquí, mirando el camino vacío donde no había nadie.

A veces, una vez pasado el momento de su regreso, podía admitir que miraba con una ansiedad de expectativa que ni ella misma entendía.

Porque el niño en sus brazos, el hombre que la miraba de vuelta, y ella misma que esperaba el momento en que él aparecería en la entrada con una sonrisa desbordante, todo había desaparecido. Cualquier rastro de afecto permanecía como alguna vergüenza del pasado, haciendo que solo el recordarlo la hiciera querer huir.

Era algo que, desde el principio, había sido demasiado para ella.

Ahora deseaba que él no regresara.



‘Yo, simplemente, soy demasiado para ti. Nunca podremos volver a ser lo que fuimos, y la razón seré solo yo.’

‘…Inés.’

‘Te mereces una esposa un poco más normal. Ya sea funcionalmente, en su carácter, en lo que sea…’

‘¡Maldita sea, Inés!’

‘De ahora en adelante, me será imposible fingir que estoy bien. Las conversaciones, los deberes, la cóúpula…’

‘…….’

‘Fue un matrimonio equivocado desde el principio, para ti. Lo siento por eso. Yo convenceré a mi padre para que lo acepte, así que tú, lo antes posible…’

‘…Por favor, no digas eso…’

‘…….’

‘Inés, yo, me basta con ver tu sombra…’



'Me esforzaré más. Tú no tienes que hacer nada. Yo, de verdad, me alegro solo con que estés viva. Siempre ha sido solo eso…'

Las manos que apenas la abrazaban por la nuca y la espalda temblaban incontrolablemente.



‘Ricardo, se parecía demasiado a ti.’

‘…….’

‘Cuando te miro, pienso en él. Eso es lo único que me queda, Kassel.’



Kassel. Al recitar ese nombre con un tono suave, el rostro del hombre, que decía que su corazón latía solo con que ella lo llamara por su nombre, se apagó.

Ella fue quien le impidió mirarla mientras se marchaba. Inés entró en la habitación del niño, ahora vacía y sin nada, como si estuviera encerrada en una tumba.

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