FELIZMENTE PSICÓTICA 103
—¿…Qué?
El repentino torrente de lágrimas de Seo-ryeong hizo que Woo-shin se detuviera en seco.
No era la primera vez que veía eso de él, pero los tatuajes grabados como maldiciones siempre le habían erizado la piel, evitando que lo mirara con detenimiento. Ahora, bajo la luz clara, su corazón comenzó a latir con fuerza, extrañamente acelerado.
Sin embargo, él, molesto, presionó la base de su erección y agarró su propio miembro con una mano.
—¿Acaso me estás comparando con tu exmarido?
El glande enrojecido asomaba entre sus dedos, retrocediendo y avanzando. Frotó la punta hinchada con el pulgar y deslizó la mano por el eje un par de veces. El líquido preseminal actuó como lubricante, dejando la piel brillante y resbaladiza. Seo-ryeong no podía apartar la vista.
La curva hacia arriba era… inusual.
Por poca experiencia que tuviera, e incluso cuando estaba ciega, sabía que los miembros de los hombres en este país no solían ser así.
Desde la primera vez que lo vio, sospechó que estaba curvado, pero los tatuajes la hicieron evitarlo. ¡Y ahora descubría que era un espécimen tan… impresionante!
—¡Ya me lo dijiste antes! Que podía encender la luz y mirar hasta con lupa si quería…...
—¡Lo sé, pero ¿en serio vas a hacer eso ahora?!
Woo-shin casi gritó, pero de pronto apretó los dientes, como si su orgullo estuviera herido. Su pecho se agitó con fuerza. Mientras, de la punta erecta y firme seguía goteando fluido.
Seo-ryeong tragó saliva, insegura de si él retrocedería ante ese miembro amenazante, listo para atravesarla.
Como era de esperar, Woo-shin, con mirada glacial, agarró su pecho y presionó el pezón con el pulgar. Sus dedos, cargados de frustración, rodearon la areola antes de pellizcar y tirar del pezón endurecido.
—¡Ah…!
Ella arqueó la espalda de golpe, la sensación ardiente expandiéndole por el cuerpo. Él ignoró su reacción, colocándose entre sus piernas como si fuera a empujar dentro de ella en cualquier momento.
El glande duro rozó su vulva, frotando el clítoris hinchado antes de hundirse de un solo movimiento.
—¡Hnng…!
Su boca se abrió como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¿De verdad crees que yo, en esta situación, debería ceder?
Su voz era áspera. El miembro erecto, palpitante y lubricado por sus propios fluidos, reflejaba la misma ferocidad que su mirada.
—¿Acaso ves a otro hereje tan desesperado por enterrarse en ti como yo?
—¡Ah…!
Woo-shin separó sus labios con los dedos y se abrió paso dentro. El sonido húmedo de fricción se mezcló con los gemidos, mientras su entrada se adaptaba a la invasión.
—¿Debería marcharme ahora, con esta maldita erección palpitando, dar una vuelta por el salón para calmarme? ¡Respóndeme!
Sus ojos, blancos como la nieve y azules como el hielo, la miraron como un depredador en la tundra.
Por un momento, Seo-ryeong sintió que el alcohol la embriagaba de nuevo, pero negó la cabeza con fuerza.
—¡Es solo que… quiero verlo bien antes de que lo metas!
—¿De qué sirve una lupa si ni siquiera lo recuerdas?
—…
—Solo déjame entrar.
Él siguió presionando su ardiente glande contra su pubis. Un centímetro más abajo y se deslizaría dentro sin resistencia.
Lee Woo-shin frotó su cabeza hinchada contra sus labios inflamados, esparciendo el líquido que brotaba de ella como si lo untara sobre sí mismo. La sensación lasciva le cortó la respiración.
—Con solo ver cómo empujas y te mueves, ya deberías saberlo
La mano que acariciaba su espalda descendió hasta agarrarle un puñado de carne del trasero.
—¡Ah…!
No tenía argumentos contra sus palabras, pero su corazón latía con fuerza… Era una intuición irracional, pero necesitaba confirmarla.
También sabía que estaba siendo caprichosa. Seo-ryeong, al ver que no podría convencerlo, optó por callar.
Justo entonces, él apartó su nalga y alineó su glande con su entrada. Cuando ella cerró los ojos con fuerza, el ambiente se volvió quieto. Los músculos de su vagina, tensos y abiertos, dejaron de moverse.
—…….
Él mordió su vientre plano, casi exasperado, dejó escapar un suspiro que sonó más a gemido de frustración. Arqueó la espalda, levantando solo la mirada, y de pronto, su mano se alzó para secarle las lágrimas húmedas.
—…Está bien. Joder, está bien. Que sea la agente Han Seo-ryeong quien lo inserte.
—¿Eh?
—Súbete encima de mi cintura y mételo tú.
Ella frunció el ceño, confundida, parpadeando antes de responder:
—Yo… nunca lo he hecho en esa posición.
—Exac-to por eso.
Arrastró las palabras con sorna mientras se apartaba de la cama. Su miembro, grueso y pesado, se balanceó hacia abajo antes de erguirse de nuevo. Era casi un milagro que pudiera moverse con agilidad cargando eso.
Los músculos de sus pantorrillas, tensos como cuerdas, se extendían hasta los muslos. Sus nalgas, duras como acero, y la curva de su espina dorsal eran tan definidas como las cicatrices que las salpicaban.
Cubrió su pubis dolorido con la camisa y frotó las sábanas húmedas con los dedos, cuando de pronto la luz de la habitación se encendió.
Lee Woo-shin había regresado, golpeando una lupa contra su palma con sonidos secos:
pak, pak.
Sus pasos, al volver del salón, eran curiosamente despreocupados. A veces, se movía con más naturalidad que el dueño de la casa.
—Nada de cambiar de tema.
El hombre se sentó contra el cabecero, abriendo las piernas con descaro. Sin vello púbico que lo ocultara, desde la base de su erecto miembro hasta sus testículos quedaban expuestos.
El glande enrojecido, el tallo palpitante, las bolas llenas… Woo-shin pasó la mano perezosamente por su propia erección antes de recostar la nuca contra la pared.
—¿Ese tal "esposo" tuyo también estaría así de depilado?
—Sí… lo estaba.
Ella habló como si estuviera desenterrando recuerdos. Recordaba la sensación de su vello púbico enredándose con el suyo, el roce áspero cada vez que sus cuerpos chocaban durante el acto.
—No sé qué esperas encontrar con esa lupa…
De pronto, Lee Woo-shin inclinó la cabeza y, con un movimiento brusco, la alzó por la cintura para sentarla sobre sus muslos.
Seo-ryung se aferró a sus duros abdominales para no perder el equilibrio. Al hacerlo, los músculos marcados se tensaron bajo sus dedos, palpables como acero vivo.
Intentó retroceder, alejar sus caderas, pero Woo-shin fue más rápido: rodeó su estrecha cintura con un brazo y la atrajo hacia sí.
—Tú haz tu parte. Yo haré la mía.
Sus dedos se hundieron de golpe entre sus piernas abiertas.
—¡Hnng…!
Seo-ryung exhaló entrecortadamente mientras lo miraba.
—Vaya, se te ha cerrado todo en este tiempo.
Woo-shin apretó los dientes, pero su voz sonó serena, casi indiferente.
—¿En qué quedamos? ¿Miras o no?
—¡¿Qué estás…?!
—Una mujer que no me ha dedicado ni una mísera mirada… ¿Qué tiene de bonito esto? Aguanté tus desprecios y hasta te hice favores. Y ahora, con esos ojos como platos… Dime: ¿crees que el instructor se sentiría ofendido? ¿O no?
Dos dedos comenzaron a separar sus pliegues, presionando las paredes internas. Los nudillos se abrieron como tijeras en su interior, Woo-shin sacudió la muñeca con movimientos cortos y firmes.
—¡Ah…! ¡Haa…! ¡Ah-ah…!
El placer la ahogaba. Seo-ryung apretó los muslos, pero él no se detuvo: siguió frotando un mismo punto, raspando con lentitud deliberada.
—¡Hik! ¡Hng…!
Hasta el cabello se le erizó, pero aun así, forcejeó por agarrar la lupa.
Sin embargo, su mirada no cayó en su falo, sino en su muñeca: en los tendones que se marcaban con cada fricción contra su interior. Eso solo hizo que el calor se acumulara más detrás de sus párpados.
—Haa… Creo que… eres más grande… que mi esposo.
—Vaya, parece que ese tipo tampoco se quedaba corto.
Woo-shin rió entre dientes, mordisqueando la camisa que aún no le había quitado.
—Pero hace mucho… mucho tiempo que no tomo inhibidores.
—¿Inhi… inhibidores?
—…En mi línea de trabajo, a veces era necesario. Demasiado deseo puede arruinar una misión.
Sus dedos gruesos presionaron las paredes internas, ásperas e irregulares, moviéndose con rapidez. La oleada de placer fue incontrolable; la lupa rodó por el suelo con un estrépito.
—¡Hng…! ¡Ah…! Entonces… ¿es común… un tamaño como el tuyo?
—¿Qué? ¿Si te digo que hay tipos así en cada esquina, vas a salir corriendo?
La mano que acariciaba el surco de sus nalgas le provocó un escalofrío sofocante.
—El tatuaje… Hn… ¿Por qué lo hiciste?
—No sé.
Woo-shin arqueó una ceja, pero su expresión delataba que no iba a decir más.
Cuando sus dedos rozaron el clítoris, un estremecimiento eléctrico la recorrió. La sorprendente delicadeza de ese contacto hizo que sus caderas se sacudieran solas.
Cada vez que sus dedos se hundían y retorcían dentro de ella, un líquido turbio resbalaba por su mano, empapando el vello púbico.
—Mueve las caderas. Adelante y atrás.
—¡No quier—! ¡Ah…! ¡Ah…!
Un hormigueo eléctrico sacudió su bajo vientre. Seo-ryung negó con la cabeza y agarró con fuerza aquel miembro que palpitaba con pesadez. Luego cerró los ojos, como en esos días en que nada podía ver.
—Ugh...
Él exhaló un gemido ronco mientras respiraba agitado.
La carne en su palma estaba escalofriantemente caliente, las venas abultadas se sentían nítidas bajo su tacto. Cuando sus dedos torpes se cerraron en un puño flojo, el grueso pene se retorció como una criatura viva.
Como respuesta, Lee Woo-shin pellizcó sus labios entreabiertos y la ingle, luego hizo un rápido movimiento sobre el clítoris hinchado.
—¡Haa...!
Solo el roce de sus dedos le produjo un ardor punzante en las palmas. ¿Era realmente posible que un ser humano tuviera algo así...?
Intentó calibrar su tamaño y peso, apretando y soltando el miembro alargado varias veces. Incluso pasó ambas manos sobre su forma curva, incapaz de abarcarlo por completo.
Con cada contacto, la verga parecía hincharse aún más, los musculosos muslos del hombre se tensaron bruscamente, empujando contra la corva de Seo-ryung.
Sin darse cuenta, apretó con más fuerza, haciendo que el glande se comprimiera. Woo-shin frunció el ceño y contuvo la respiración.
—...Basta. Prefiero no terminar derramándome al aire, así que mejor no sigas tocando.
Murmuró entre dientes. Seo-ryung lo miró con ojos nublados por la excitación.
—¿Acaso... esto también podría ser un disfraz? ¿Como implantes en los testículos que se pueden quitar y poner...?
Ante su sospecha creativa, Woo-shin soltó una risa burlona.
—¿Entonces también sospechas que la pinga de tu marido era falso?
—Quizás... Un tamaño como este... Honestamente, a menos que fuera extranjero... ¿Eh?
Se detuvo al darse cuenta de lo que había dicho. ¿Extranjero? Aunque el placer fragmentaba sus pensamientos, intentó conectar las piezas.
—Siempre asumí que eras coreano de pura cepa...
—......
—Si el "Kim Hyun" era solo una identidad falsa... ¡Quizás en realidad sí eres extranjera...!
—Qué imaginación más absurda.
En ese momento, Woo-shin mojó sus dedos con saliva y los estampó contra su sexo con un sonido húmedo.
—¡Ah...!
Algo se desprendió de su interior aún sensible. Con expresión severa, continuó azotando su sexo una y otra vez, haciendo que el líquido acumulado salpicara en gotas espesas.
Estiró el brazo para abrir el cajón de la mesilla de noche. Su perfil, ahora completamente vuelto hacia ella, mostraba una mandíbula tensa, tendones marcados y una clavícula rígidamente definida.
Con gesto impaciente, sacó un condón alargado y lo abrió con los dientes. En un instante, desenrolló el material translúcido y lo colocó con destreza. Luego levantó las caderas de Seo-ryung con fuerza, solo para dejarla caer de golpe.
—.......!
La cabeza enojada de la verga perforó de un solo movimiento la entrada, abriéndose paso y bloqueando toda resistencia.
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