Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 289
El paso del tiempo (28)
Hubo un tiempo en que aquella mano era lo único que tenía como familia.
En esa época incompleta en la que parecía que el mundo llamado Valeztena solo contenía a dos hermanos, nada más.
—Mientras tengas a tu hermano, nadie podrá humillarte, Inés.
Sí. Al menos, haber recuperado a su hermano no era algo malo.
Inés asintió, conteniendo el nudo que se le subía al pecho, imposible de disimular incluso para ella misma.
Quizás… si hubieran estado juntos desde el principio.
Si no hubiera apartado la mirada de Luciano.
Si con sus ojos de seis años hubiese sido capaz de ver al Luciano de nueve…
Si hubiéramos vivido como “nosotros”, como antes.
Sabía que era una fantasía imposible.
Inés repasó mentalmente el nombre desdibujado de Emiliano.
Un lugar que solo el paso del tiempo pudo conceder.
Porque incluso los recuerdos, a veces, se erosionan.
El odio vívido. La confusión irreal.
No había nadie que la hubiese descolocado tanto como Luciano.
Un ser al que no podía volver a amar, ni volver a odiar.
Y sin embargo…
—…Gracias. De verdad, me da una fuerza inmensa.
Muchas cosas habían cambiado, mucho del pasado se había desvanecido como un delirio que nunca ocurrió, pero aún había cosas que no cambiaban.
Puede que ya no fueran los hermanos unidos por un vínculo absoluto marcado hasta los huesos, pero seguían siendo Valeztena.
Extendió su mano sobre la de Luciano.
No tuvo el valor de tomarla de inmediato, así que fue él quien la tomó primero.
Entonces ella apretó la suya dentro de ese agarre, hasta que sus palmas se encontraron del todo.
Ese simple gesto de apretarse las manos con fuerza y luego soltarse, también les recordaba a lo que fueron.
—…Tu descarada hermana aún necesita pedirte un par de favores más.
—Dime.
—Durante un tiempo, observa más de cerca a la princesa heredera. Más que a su marido, incluso.
—Ah…
—Las habladurías que corren entre las damas de palacio ya no me sirven. Ninguna parece interesarse realmente por ella… Es que no tiene ni una pizca de atractivo como tema de conversación.
Resultaba casi increíble pensar que alguna vez fue Alicia Ihar, la esposa de Dante Ihar.
En aquel entonces no era una figura tan insulsa.
Incluso si se había ganado el favor y apoyo incondicional de Cayetana, incluso si había chocado con Inés una y otra vez, atrayendo miradas…
Aunque todo lo que tuvo fue estar en el centro del palacio, rodeada de aliados como polillas a la luz, aún así…
Ahora vivía, precisamente, la vida con la que Alicia Ihar soñaba.
El amado Óscar.
El estatus que conllevaba ser su esposa.
Llevaba el nombre de Óscar marcado en la frente desde que fue su prometida, más de la mitad de su vida.
Solo había una cosa que no recuperó: la mano de Cayetana, que una vez la manejó.
Pero si Cayetana fue quien la utilizó, ¿no podría decirse que Alicia también usó a Cayetana para cimentar su posición?
Si uno compara a la Alicia Valenza de ahora, cuesta creer que entonces solo buscara ser más querida por Cayetana.
Quizás incluso entonces ya tejía cosas en las sombras, donde nadie miraba.
—Aunque ella no lo sepa o no lo crea, ahora tiene un cuerpo perfecto para esconder lo que sea. Porque nadie habla de ella.
—…Cierto. No es del tipo que llama la atención.
—Sus doncellas tienen orígenes desconocidos… Si hubiese reclutado a unas con mejor linaje, no habría llegado tan al fondo.
Por eso, incluso el emperador le dedicó elogios como: "Mi hijo, tras una larga espera, ha conseguido una esposa modesta y virtuosa."
Pero en boca de una mujer de Ortega, aquello no era un elogio.
Decir que ahorra dinero… solo servía para que su marido se sintiera insultado al oírlo.
Claro que nadie pensaba que el príncipe heredero fuese pobre, ni que careciera de medios para asignarle doncellas nobles a su esposa.
Pero la cultura que queda en la mente colectiva funciona así.
Un elogio que, al final, no sirve de nada.
—…Además, es extraño. Todas tienen la boca cerrada como si estuvieran cortadas por el mismo patrón. A veces las reemplazan sin motivo aparente, y lo único que dicen es que “es el único lujo que se permite la princesa heredera”. Y ahí queda todo.
Después de todo, todas vienen de orígenes humildes, así que, ¿qué tan caprichosa puede ser su alteza realmente?
—Algunos suponen que quizá no tiene madera para mandar, y que le intimidan las señoritas nobles, por eso eligió sirvientas de esa clase.
—¿Y tú qué piensas?
—…Al menos, no es por falta de carácter. Por lo que vi de ella mientras crecía, no es de las que se acobardan ante damas bien criadas.
—…….
—Más bien, tiene su mérito. Antes ni se le habría permitido pisar la corte, y ahora sus doncellas ocupan un sitio privilegiado como las de la princesa heredera, y aún así, ninguna ha salido a chismorrear como loca, ni siquiera siendo tan jóvenes y propensas a exaltarse.
—…¿Sabías que incluso antes del matrimonio, esa mujer ya iba con muchas criadas a todas partes?
Para que una joven noble pudiera entrar en palacio con criadas, se requería de un permiso especial, pero Alicia, aprovechando su estatus particular como prometida del príncipe heredero, supo usarlo bien.
—En aquel entonces cambiaba de caras cada vez que iba y venía. Todos decían que el marqués de Barca, sabiendo que su sobrina sería una dama muy importante, le permitía todos los lujos imaginables.
Ahora que es parte de la familia imperial, la llaman frugal, pero en su momento, fue todo un derroche de fasto.
Las criadas de una dama noble no eran simples sirvientas. Eran parte de la servidumbre de más alto rango, como mayordomos o amas de llaves, y solo podían ser jóvenes bien educadas de familias con tradición de servicio a casas nobles. Eran caras, y pagar bien era una cuestión de prestigio familiar. Algunas casas arruinadas sentían vergüenza si no podían contratar al menos una doncella para su hija.
—Si se trataba de la futura princesa heredera, lo mínimo era eso.
—Pero resulta que no se trataba solo de eso.
Inés alzó la vista con extrañeza, la copa aún en mano.
—No te lo había contado por no darte asco, pero… hace poco logré que uno de los guardias del príncipe heredero abriera la boca. Me costó meses sacar una palabra del muy bastardo.
Luciano torció los labios, sin molestarse en ocultar el desprecio.
—Parece que la princesa heredera le proporciona mujeres en su propia alcoba.
—…….
—Tal como lo oyes.
—¿Mujeres… 'en plural'?
Ella preguntó con un rostro entre perplejo y desconcertado.
—Todas esas criadas de origen dudoso que ella 'custodia' son mujeres que entran y salen del lecho del príncipe heredero. La mayoría de las criadas de la princesa heredera ni siquiera habían mostrado sus caras en Mendoza antes de entrar al palacio. ¿Sabes por qué? Porque desde el principio las 'recolectó' con ese propósito. Desde antes de la boda hasta ahora.
Y no se conformaba con colaborar alegremente en arrastrar hasta allí a Inés Valeztena, la única que el príncipe heredero anhelaba de verdad.
Inés exhaló un aliento agitado.
—¿Quieres decir que... ella misma las ha entregado personalmente?
—Sí. Según ese bastardo, todas lo hicieron 'voluntariamente'... o al menos eso alega.
—.......
—Si incluimos a las criadas sospechosas, fácilmente suman siete o más. Más de quince mujeres, traficadas por su propia esposa en un negocio grotesco con su marido.
—Así que esa mujer quiere colocarme a mí como una más en su colección.
—.......
—Mujeres de origen desconocido, putas entregadas por su propia mano a su esposo, sin un ápice de vergüenza.......
—......
—Quiere rebajarte al nivel de esas perras que ese hijo de puta alinea cada noche para elegir a su antojo.
¿Cómo se atreve esa cabeza vacía...?
No era solo el plan retorcido de convertirla en su amante y mantenerla bajo su control. Esto iba más allá de tolerar pasivamente los caprichos de su marido por debilidad.
Luciano frunció el ceño, presionando sus sienes con los dedos antes de continuar en voz baja:
—...Aunque, si solo fuera eso, ambos no pasarían de ser un par de payasos patéticos. Pero hay más. Ese caballero bastardo no tiene permitido entrar en los aposentos privados, pero.......
—¿Quieres decir que hay caballeros a los que sí se les permite?
—El príncipe heredero tiene una... peculiar intolerancia. No soporta estar sin guardias ni un instante.
—........
—Incluso cuando está revolcándose en la cama con su esposa.
Era el dormitorio de la princesa consorte. Algo que ni Inés había experimentado.
—Aunque ese miserable no tenga acceso a lo más íntimo, ha visto a las mujeres cruzar el umbral de los aposentos. Entran en grupo para 'servir' al príncipe en su lecho, y salen expulsadas en tropel, desnudas, sin tiempo ni de recoger sus ropas.
—.......
—En resumen, el 'dignísimo' príncipe heredero participa en orgías cada noche. Incluyendo a su 'noble' esposa.
Inés bebió agua en silencio. Luciano lanzó una mirada fugaz a la invitación de Alicia antes de proseguir:
—Hubo un tiempo en que ese canalla incluso llegó a 'compadecer' a la princesa consorte. Decía que, tras su máscara de frialdad, quizá no le quedaban fuerzas para ocultar su dolor y humillación. Que debía de ser agotador someterse a los deseos aberrantes de su marido. Que, por el deber de dar un heredero al trono, no le quedaba más remedio que 'recolectar' mujeres para que aceptaran su semilla.......
—.......
—Pero, al parecer, el príncipe ni siquiera recuerda sus 'grandes hazañas' en el lecho.
—Es un descarado. Seguro que finge.
Luciano se encogió de hombros y de pronto se levantó, dirigiéndose a un cajón. Inés lo observó en silencio mientras sacaba algo y volvía para entregárselo: una bolsa de hierbas, como las que usaban los nobles. Al abrirla, un aroma penetrante le golpeó las fosas nasales. Era polvo de hierbas molidas.
Al fruncir el ceño por el olor acre, clavó los ojos en Luciano.
—Vergoya.
—.......
—Todos creen que es solo un afrodisíaco para hombres estériles, pero...
—Convertir a alguien en un animal en celo es solo una de sus funciones. Con la dosis adecuada, también puede matar. Llevará tiempo, eso sí.
Luciano la miró, sorprendido. Inés se encogió levemente de hombros y añadió:
—O, si no quieres ser tan piadosa, puedes hacer que deseen la muerte sin concedérsela.
—Cierto. Todos temen más la muerte de la mente que la del cuerpo.
—...¿Óscar lo ha estado tomando?
Una sonrisa extraña se dibujó en los labios de Inés. Luciano le devolvió el gesto.
—Su esposa se lo ha estado administrando.
—.......
—Yo me hice con su proveedor reciente.
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