LVVDV 380






LA VILLANA VIVE DOS VECES 380

El sueño de la mariposa (47)




Bajo la mirada de todos, Artizea se estremeció, tensa.

Sabía que podía encogerse y esconderse detrás de Mary si lo deseaba. Cedric le había prometido protegerla, y cumpliría su palabra. No tenía por qué enfrentar nada aterrador.

Pero también sabía que no debía hacerlo.

Quería crecer rápido, convertirse en una adulta admirable. Para poder proteger a su madre. Y a las niñas desvalidas como aquella.

La chica que la miraba desde el suelo, agachada, tenía una mejilla hinchada como si la hubieran golpeado brutalmente. Estaba cubierta de tierra, irreconocible por la suciedad. Artizea sintió que su corazón se encogía al verla: era como mirar su propio reflejo del pasado.

Inspiró hondo e imitó el tono de la persona más digna que conocía: la Emperatriz.


—¿Realmente robó el dinero?


Siempre había deseado que alguien le hiciera esa pregunta. Cuando Bill u otros sirvientes la acusaban, su madre jamás dudó de sus palabras.

Solo quería una oportunidad para explicarse. Las palabras no dichas se acumulaban en su garganta como hojas secas atascando un desagüe. Si lloraba sin defenderse, su madre se enfurecía más.

La niña gritó:


—¡No soy una ladrona! ¡Juro que no lo tomé!

—Esto no es asunto para una noble como usted. Si no fue esta mocosa, ¿Quién más pudo robar mi dinero?


El hombre de mediana edad respondió con seguridad. Artizea observó a la niña: tragaba saliva con amargura, pero no lloraba.


—¿Quiere decir que no lo vio con sus propios ojos?

—Solo estábamos ella y yo en la tienda. Cuando me distraje un momento, la caja estaba vacía y esta huyó.

—¿La persiguió de inmediato?

—Eh... Sí, claro.


El hombre vaciló. Artizea lo miró fijamente.

Ah, no lo hizo.

Se preguntó brevemente por qué. Solo había dos opciones: o sostenía algo demasiado pesado o valioso para soltarlo, o atendía a un cliente.

La primera era improbable. No dejaría algo así tirado para salir corriendo. Si hubiera guardado lo que fuera adecuadamente, no habría podido perseguirla de inmediato. Así que debía ser lo segundo: se despidió del cliente antes de ir tras ella.


—Había un cliente, ¿verdad? No estaban solos.

—¿Qué importa eso?

—No puede acusar sin pruebas. No vio el robo, había otra persona en la tienda, no puede asumir que fue ella solo por ser pobre.


Si atendía a alguien, tampoco habría estado vigilando la caja constantemente. Probablemente descubrió el dinero faltante al intentar guardar el pago del cliente. Su "solo me distraje un momento" no era confiable.

El momento exacto del robo era incierto, y por lo tanto, no podía probar que solo él y la niña estaban presentes entonces.

Artizea lo explicó con calma, pero el hombre refunfuñó:


—Todos nuestros clientes son de confianza. Si no fue esta mocosa, ¿por qué habría huido?

—¡Me llamó ladrona y me golpeó!

—¡Los ladrones merecen más que golpes!

—Entonces comprobémoslo.

—¿Eh?

—Dijo que la persiguió de inmediato después de que robó y huyó. Entonces debe tener el dinero encima ahora mismo. Yo lo verificaré.


La niña se levantó de un salto y comenzó a quitarse la chaqueta.


—¡Sí! ¡Que la señorita lo revise!


El hombre retrocedió por primera vez, intimidado por su determinación.

Si no hubiera nobles involucrados, incluso si no encontraba el dinero, podría haber dicho que se equivocó y dejarlo pasar. Pero ahora debía asumir la responsabilidad de sus acusaciones.

Artizea lo miró sin pestañear.


—Si dice la verdad, ¿por qué le preocupa?

—...Está bien.


El hombre quiso protestar, pero al ver al joven caballero detrás de Artizea, no se atrevió. Esta no era una niña cualquiera: era una noble con dos guardaespaldas.


—Mary, verifícalo.


Artizea habló. Mary, que había estado mirando con inquietud, se acercó a la niña.

La chica se dejó registrar sin protestar. De sus bolsillos salieron dos monedas y unos cordones de zapatos gastados; en su chaqueta no se encontró nada. Con aquellas mangas cortas y raídas, era imposible esconder algo.


—¡Seguro que se lo pasó a sus cómplices mientras huía!

—Dijo que la persiguió de inmediato.


El rostro del tendero se tornó gris ante la lógica impecable de Artizea.


—¿Lo que perdió era un pagaré?

—...Eso...

—No parece que fueran monedas. Es imposible esconderlas sin que se note. ¿Quiere que sigamos buscando?

—...No, pero...

—Sin pruebas, no puede llamarla ladrona.


El hombre enrojeció, furioso.

Artizea dudó un momento más. Alphonse se inclinó hacia ella y susurró:


—Acompañaré a ese hombre a reportar el incidente a la guardia.

—¿Lo harías?

—Sí.


Alphonse tomó al tendero del hombro, le dijo algo en voz baja y lo guió calle abajo.

Artizea se acercó a la niña. Sus ojos marrones la miraron directamente:


—¿Por qué me creyó?


No fue un agradecimiento, sino esa pregunta. Artizea no se sorprendió. Quien siempre es sospechoso rara vez cree que alguien pueda confiar en él.

Vaciló antes de responder:


—Eres pobre.

—Sí.

—Y los niños difícilmente consiguen trabajo. Lo que había en esa caja no valía un día de ventas. Pocos arriesgarían un empleo escaso por tan poco.


Además, los adultos solo sospechan de quienes ya desconfían.

Se tragó esa última parte. En el fondo, ella quiso creerle. La gente cree lo que desea creer.

La niña negó con la cabeza:


—Se equivoca, señorita. Si la necesidad aprieta, uno roba. Sobre todo si el patrón es cruel.

—¿Tú también?

—Sí. Yo también.

—Me alegro de que hoy no fuera así.


Artizea murmuró. La niña bajó la mirada:


—Gracias por ayudarme.

—No te ayudé. Solo eras inocente.

—Aun así, me habrían golpeado y echado. Creí que él era bueno...

—¿Llevabas poco trabajando?

—Tres días. Ni siquiera me pagó...


Artizea sospechó que jamás tuvo intención de hacerlo.

La niña añadió con tristeza:


—Quería comprar pan blanco para mis hermanos...


Algo en su voz conmovió a Artizea. Dudó, luego miró a Mary:


—Mary, ¿puedo pedirte un favor?

—Por supuesto.


Mary sonrió, como si ya lo hubiera adivinado.


—¿Podrías darle una carta de recomendación?

—No prometo que sea magnífica, pero necesitamos sirvientas en la residencia. Hablaré con la mayordoma.


La niña era demasiado joven para el trabajo formal, pero no sería difícil contratarla como ayudante menor. Además, tener una compañera de juegos para Artizea que también hiciera recados no era mala idea. Muchas familias nobles entrenaban a su servicio desde temprana edad.

Esta chica no era ladrona, era honesta y valiente. Merecía una oportunidad.

Mary le dijo animosa:


—Ve a la Mansión Evron pasado mañana. Di que Mary Carval te envió.


La niña no sabía qué tan importante era esa familia, pero sus ojos se abrieron como platos.


—¿Una mansión noble?

—¿Cuántos años tienes? ¿Cómo te llamas? Lo diré a los guardias.

—T-tengo once. Alice.


Mary le dio una moneda de plata para que se limpiara y comprara ropa decente.


—Alice, espero verte pronto.


Artizea lo dijo con sinceridad antes de subir al carruaje, guiada por Mary.

Alice se apartó para dejar pasar el vehículo. Cuando este partió, hizo una reverencia profunda, la primera de su vida.

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