Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 244
Emiliano (10)
Kassel lo miró con una rigidez absoluta, como si un cuchillo le rozara el cuello. Emiliano se pasó una mano por el rostro, tratando de recuperar la compostura, pero su expresión era precaria, al borde del colapso.
—En esos días, yo pintaba a una mujer pobre que solía pasear por las calles cargando a su bebé. No sé qué vi en sus ojos al mirarlo. Juro que ni siquiera era nostalgia.
—……
—Y de pronto, en el cuadro, el rostro del niño cambió. Se convirtió en uno que solo existía en mi memoria…
—Luca.
—……
—Ese era el nombre de tu hijo, ¿no?
Kassel lo dijo en voz baja. Emiliano lo miró fijamente, aturdido, antes de soltar una risa débil.
—…Escuchar a alguien decir su nombre después de décadas hace que por fin sienta que existió. Que fue un niño real.
—Si no estamos locos, claro.
—Entonces, ¿cómo habrá sido para doña Inés vivir con esa certeza todo este tiempo?
La respiración de Kassel se cortó. Entre los jirones de sus recuerdos, algo que siempre intuyó empezaba a tomar forma.
Inés lo recuerda todo. Incluso ahora.
—’Solo al morir entendí que ella ya vivía en su propio castigo… y que hasta yo la había abandonado’, dijiste.
—……
—Pero como yo desaparecí, y ese niño maldito también se esfumó… asumí que su vida habría vuelto a su cauce. Que, aunque sufriera, con el tiempo encontraría paz. Que viviría bien.
—……
—Sir Kassel, ¿alguna vez ha visto un cuadro moverse?
Alzó los párpados, sus ojos, inyectados de sangre, clavaron la mirada en Kassel.
—Solo un loco afirmaría algo así. Pero igual que el niño se convirtió en Luca, la mujer de pelo castaño oculto bajo un pañuelo blanco… se transformó en doña Inés, con su cabello negro cayendo con elegancia. Pensé que había perdido la razón. Que seguía atrapado en ese día.
—……
—Hasta que la vi llorar. Sin dejar de mirar al niño. Por más que le pregunté por qué, no obtuve respuesta. ‘¿Por qué ahora, después de negarte a aparecer incluso en mis sueños?’, le grité. ‘¿Por qué lloras?’
—……
—Y entonces vi sus manos alrededor del cuello de Luca.
—Emiliano.
—El bebé apenas tenía dos meses. Tres, tal vez. Un niño que desde el parto le causó un dolor insoportable. ‘El fruto de mi sufrimiento’, decía mientras lo besaba una y otra vez. Cuando lo cargaba, parecía florecer un mundo solo para ellos. ‘Nunca he visto algo tan hermoso’, solía decir.
—Basta.
—Y aún así… lo estranguló con sus propias manos.
—……
—Porque planeaba morir con él.
La respiración de Kassel se quebró.
‘El niño no se parece mucho a mí.’
A pesar de lo que Inés decía, el pequeño era su vivo retrato. Aquellos ojos color oliva, idénticos a los de ella, que lo miraban y reían.
¿Cómo creer que alguien tan frágil algún día caminaría, correría?
‘Mira cómo te sonríe… Aunque claro, a este le encanta la gente hermosa. Pequeño snob.’
El primer hijo que ella tuvo con otro hombre. El fruto de esa vida joven y pobre que eligió al renunciar a ser princesa. El corazón de esa existencia absurda que él jamás entendió.
‘Le puse Luciano. Porque Luca y Luciano comparten el mismo diminuto.’
Solo al ver esa sonrisa supo que, en el fondo, deseaba que aquel hombre viviera. Sigue riendo así. Con él. Con el niño…
—La mujer estuvo mucho tiempo mirando al niño muerto, yo estuve mucho tiempo mirándola a ella.
Emiliano hablaba con voz quebrada, como atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.
—Era como si ya estuviera muerto, sin cuerpo, solo un fantasma vagando por una habitación ajena, obligado a observarlos. ¿Por qué tú? ¿Por qué con tus propias manos? ¿Cómo pudiste hacerle eso a tu hijo?
—……
—Y solo desperté de ese maldito sueño cuando ella se clavó un cuchillo en el cuello.
No eran los recuerdos de tu muerte, ni la del niño. Era ella viviendo en ellos.
Las lágrimas caían gruesas por el rostro lívido de Emiliano.
—Como si el mundo se desvaneciera, todo desapareció. Solo quedó el cuadro sin terminar: la mujer del pañuelo blanco estrangulando al niño. Vi el pincel junto a la pintura, como si nunca hubiera dormido. No recordaba haber pintado. Como si Dios… o quizá el demonio… hubiera guiado mi mano.
—……
—Al amanecer, corrí a buscar a esa mujer. La que pasaba los días sentada en la calle, calmando a su hijo hambriento mientras esperaba a alguien. La que recitaba bendiciones como un autómata si le arrojaban una moneda… Me dijeron que había matado al niño enfermo al alba, antes de suicidarse.
—……
—Esos ojos… eran los de alguien que sabía que debía matar a su propia sangre.
—¿Y llamas a eso misericordia divina? Que a través de esa mujer conocieras el final de Inés y tu hijo…
—Fue misericordia.
Emiliano rió entre lágrimas.
—Si no hubiera sido por aquel amanecer, jamás habría entendido el dolor de doña Inés.
Su voz temblaba, las palabras brotando como heridas abiertas.
—No habría sabido cómo la destruí. Que solo yo fui libre gracias a mi mezquina decisión. Que viví en paz, ignorante de su final…...
—……
—Ni siquiera habría imaginado que ella seguía atrapada en una vida sin olvido. Sin cerrar aquel capítulo. Recordando mi muerte… y la del niño.
Se limpió las lágrimas con brusquedad, como si solo entonces notara que lloraba.
—Esto es… el otro final que usted no recuerda. Lo único que mi ignorancia puede contarle.
Su sonrisa frágil parecía temer incluso al resentimiento. Como si odiar a Dios, aunque fuera un poco, pudiera lastimarla a ella.
—El medallón de olivino fue el primer regalo que Inés me dio.
La voz se le quebró al evocar el recuerdo.
—Era una reliquia de su abuela Belinda. Originalmente tenía una cadena, pero esa se vendió hace mucho. Aun así, ella lo cuidó como un tesoro… hasta que nació el niño.
—……
—Aún recuerdo el día en que lloré como un idiota frente al joyero de El Tabeo. Nunca debí tenerlo.
—¿Y cómo volvió a tus manos?
—El collar sigue con doña Inés. El de El Tabeo era una falsificación mía.
Una risa amarga.
—Recordaba cada detalle: la forma, incluso las marcas de décadas de uso. Ella no conocía esa casa de empeño… y jamás pensé que volvería a esa ciudad.
—Pero lo encontró.
Y así, todo pareció inevitable. El hombre que envió un mensaje del pasado de la manera más absurda. La mujer que necesitó encontrarlo. Amantes que ni el renacimiento pudo separar. Pero…
—Si no lo hubiera hallado, habría creído que fue una ilusión.
Sus manos se cerraron con fuerza.
—Que aquella ‘misericordia’ dawn fue solo una alucinación. Que doña Inés nunca mató al niño… ni se suicidó. Que era imposible que hubiera regresado al pasado, que recordara nuestra vida. Por eso deseé que no lo encontrara. Que al no recordarme, tampoco supiera nada de eso.
La buscó… pero nunca quiso verla.
—…Pero si era real, tenía que decírselo.
—……
—Que ninguna de esas culpas es suya.
Kassel contempló el rostro sereno de Emiliano y, bajo su superficie, vislumbró el rostro desnudo de un hombre aplastado por el castigo, que odiaba al mundo entero.
—Fui yo quien mató a ese niño.
La verdad era que no podía perdonar nada en este mundo, ni siquiera a sí mismo. El reverso de su dolor, la culpa que había hinchado su cuerpo como un monstruo.
—Amé a mi hijo… pero si ese niño iba a matar a doña Inés, preferí que muriera conmigo.
‘Más tarde, cuando las heridas hayan sanado, iré a Sevilla y me llevaré a Inés y al niño. Ahora no. No cuando están aquí, en Calstera.’
‘Doña Inés está...’
‘En el refugio de Sevilla.’
—Yo maté al niño. Cuando traicioné la gracia que usted nos había concedido y volví, solo para ser capturado.
‘¿Puedo atreverme a pedirle un favor más?’
‘¿Que no es suficiente con que te haya dejado vivir?’
‘Lo siento… pero no hay nadie más a quien recurrir.’
‘Habla.’
‘En el casco antiguo de El Tabeo hay una joyería llamada Doña Angelica. Allí dejé en empeño un gran medallón de olivino, grabado con una cruz doble y el nombre de su antigua dueña: V.O. Belinda Olivares...’
‘La anterior Duquesa Valeztena. Lo sé.’
—Cuando, por mi capricho, empujé a doña Inés de vuelta a sus garras...
‘¿Podría encontrarlo y, algún día, entregárselo a doña Inés? Originalmente era suyo. Vendí la cadena hace mucho, y como era tan pobre y miserable, terminé vendiendo el medallón por casi nada...’
‘¿Cómo se supone que se lo entregue a tu esposa? Para entonces, no tendré idea de dónde están.’
‘Pronto nos separaremos, así que...’
‘¿Después de todo este lío, piensas separarte? Eres increíble.’
‘Doña Inés regresará pronto al lugar que le corresponde.’
‘Entonces tú...’
‘Me iré lejos con el niño. A Péral, o a cualquier otro lugar. Muy lejos...’
‘……’
‘A un lugar donde nunca pueda lastimar a doña Inés de nuevo.’
—Todo fue el resultado de mis decisiones desde el principio.
‘Creí que llegaría un día en que ella pudiera olvidar. Que vendrían tiempos mejores.’
—Así que toda la culpa es mía.
‘Dígaselo cuando le entregue el collar: 'Emiliano estará bien'. Así, exactamente.’
—Por favor, olvídelo ahora. Encuentre paz.
‘Si pudiera volver el tiempo, desearía que doña Inés hubiera conocido y amado desde el principio a un hombre noble y fuerte como usted.’
—…Pero ahora me alegra que usted esté a su lado.
‘Que viva como merece, con alguien que la comprenda, en el lugar que le corresponde…’
—¿Podrá decírselo algún día? Quizá el saber que yo la recuerdo, que conozco la muerte de Luca… que incluso usted, su esposo, lo sabe ahora… la atormente. Pero no de inmediato. Solo cuando llegue el día en que ella confíe en usted lo suficiente para compartir su dolor.
—……
—Dígaselo: que su Luca era demasiado puro para este mundo y fue liberado temprano del sufrimiento. Que Emiliano nunca, ni por un segundo, la culpó.
Emiliano sacó del bolsillo una cadena de oro y la deslizó hacia Kassel, junto con una breve nota para el joyero.
—Mi situación sigue siendo tan pobre que me tomó años reunir suficiente oro para esta simple cadena.
—……
—Me alegra poder devolver, al fin, el collar que recibí indebidamente a los dieciocho años.
Kassel tomó la cadena en silencio.
—No conozco los sentimientos de doña Inés hacia usted, pero me atrevo a suponer que alguien como usted siempre la hará sentirse ella misma. Si la ama tanto como para morir por ella, entonces viva a su lado.
—……
—Se lo ruego: no cometa el mismo error que yo.
Emiliano inclinó la cabeza. Kassel, sin decir palabra, guardó la cadena y la nota en su bolso. Luego sacó un lienzo enrollado y se lo tendió. Era el cuadro de Sevilla.
Kassel dejó a Emiliano con el cuadro y salió de la habitación sin mirar atrás.
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