Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 243
Emiliano (9)
Kassel no carecía de vergüenza por intentar manipular las cosas descaradamente, sino que simplemente no podía permitirse convertirse en un pecador más. Por eso, no deseaba ninguna narrativa heroica.
—Una vez que se restaure el comercio y se complete la fortificación, la historia de cómo el Señor Escalante arriesgó su vida para proteger el santuario y las estatuas de los apóstoles quedará grabada sobre el Portal de la Justicia.
—…
—Y, en un futuro lejano, tras el fallecimiento del Señor Escalante, me gustaría proponer a Su Santidad que sea canonizado como San Bilbao…
—No lo deseo.
—¿Disculpe?
—Me atrevo a rechazarlo. Retire su propuesta. No hay nada en mí que merezca ser conmemorado.
—Pero…
Kassel alzó una mano, interrumpiendo al arzobispo Claudio con un gesto innato de arrogancia, como si este fuera un subordinado. Hasta antes de destruir las estatuas sagradas, siempre había sido piadoso, tratando incluso a los sacerdotes más jóvenes con la delicadeza reservada para lo divino. Sin embargo, ante el arzobispo, no sentía el más mínimo respeto.
El rostro de Claudio, marcado por todos los honores mundanos, mostró una expresión de inseguridad sin que él mismo lo notara.
Ante los siervos de Dios, reyes y mendigos son iguales, pero para los clérigos mundanos, hasta un linaje terrenal era poder. Vuestros cuerpos no son más que cáscaras temporales en esta tierra, decían, pero eran los mismos que vendían a Dios para satisfacer los deseos de sus propias cáscaras.
—¿Acaso no hubo una estatua sagrada que no pudimos proteger y fue destruida brutalmente?
—Ah… eso sí que es irónico. Que justo la estatua destruida fuera la de Anastasio, el apóstol de la Resurrección… Aunque fue un acto imperdonable, cuando mis hermanos y yo vimos esa escena, sentimos el mismo destino. ¿No sería que Dios derribó ante nuestros ojos al apóstol que Él mismo había hecho inquebrantable para enviarnos un mensaje?
—…
—"Hasta mi Anastasio puede caer. Esfuércense por levantarse. Despierten…"
Hijo de un mercante que ascendió en el mundo de los altos clérigos —donde el linaje lo era todo— gracias únicamente a su elocuencia, Claudio tenía talento para atribuir significado a cualquier cosa.
—Entonces, Dios usó las manos de los herejes para actuar. No las mías.
Kassel respondió con indiferencia.
—¿Qué insinúa…?
—Sé que, bajo el nombre del arzobispo, el nuevo templo necesita una historia acorde. Pero no me atrevo a ser su protagonista.
—¿Acaso no es una historia real?
—Nunca tuve intenciones nobles. Si no necesita el nombre de Escalante, por favor, exclúyame de ese relato.
¿No era todo ese alboroto solo porque deseaban implicar a Escalante?
Si seguía el juego, estaría admitiendo de frente su propia naturaleza vulgar. Claudio, con unos párpados inusualmente delicados para su apariencia, tembló visiblemente, sumido en la angustia.
Quizás él creía estar deliberando, pero para Kassel, la respuesta ya era clara.
—Llame al artillero de ayer. Antes de irme, tengo algo que darle.
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—¿Cómo se encuentra su cuerpo?
—¿Qué crees?
Kassel respondió con indiferencia, Emiliano, alzando sus ojos serenos como un lago, lo escudriñó con una mirada que decía "Ya me lo imaginaba".
—Menos mal que al final aceptó tratamiento. Estuve preocupado toda la noche…
—Ayer hablabas como si lo que hice fuera un pecado único en el mundo, ahora sueltas esto tan campante.
—Es un pecato que no debería repetirse. Eso es un hecho.
No era un reproche, sino una afirmación fría. Kassel señaló con la barbilla el asiento frente a él.
—Siéntate.
—Sigue pálido. ¿Ha recuperado el juicio?
Emiliano se sentó con cautela mientras preguntaba. Aunque veía con sus propios ojos que Kassel estaba consciente y sentado, su verdadera pregunta parecía ser: "¿Has vuelto en sí?".
Kassel notó que aquellos ojos claros de Emiliano aún lo miraban como a un loco.
Claro, si hubiera sido tan dócil y sumiso desde el principio, nunca habría colaborado con Inés en esa locura.
—Estuve a punto de irme para no volver. Gracias a ti, casi me convierten en San Bilbao.
—San Kassel… Le habría quedado bien. ¿Por qué lo rechazó?
—¿Yo soy el Satán que destruyó las estatuas sagradas y el hereje, pero también el que los venció? ¿Acaso es una trampa para que acepte una mentira y caiga después a un infierno mayor?
—Pero ¿no es cierto que usted los detuvo? Claro, castigándose a sí mismo en el proceso…
Emiliano señaló con sumo cuidado la herida en su cabeza, en un gesto casi reverente.
—Podría haber ido más lejos en su locura, pero eligió detenerse. Evitó más daño.
—…......¿Dónde está ese fanático de ayer?
—Gracias a usted, cometió un pecado que nunca en su vida había imaginado.
—¿Y por qué lo hizo?
—Porque es el esposo de doña Inés.
Emiliano respondió sin vacilar, como si aquello lo explicara todo.
—…..... ¿Recuerdas lo último que te dije?
—Ah… Fue absurdo. Tan absurdo que lo olvidé al instante.
Aunque las palabras habían sido insolentes, su tono y actitud seguían siendo impecablemente respetuosos. Hasta su mirada era limpia.
Kassel, sin mostrar el menor resentimiento, apoyó la barbilla en una mano con expresión impasible.
—No puedo sentar a un hombre que me rechaza junto a mi esposa. Pero que tú renuncies a la oportunidad no significa que vayamos a divorciarnos.
—……
—Como Inés deseaba, nuestro matrimonio terminará pronto de todos modos. Solo intentaba darte la oportunidad perfecta que antes no tuviste.
—¿Realmente le desagrada usted tanto, doña Inés?
—No.
—Sin darse cuenta, respondió de inmediato y soltó una risa breve, como si él mismo encontrara ridícula su propia reacción.
—Inés me aprecia. No es el mismo amor con el que te amó y te deseó a ti, pero para mí es más que suficiente. Soy el primer Valeztena al que Inés ha aceptado, aunque sea a medias.
—……
—Eso ya fue mi única oportunidad. Por eso no la habría soltado ni muerto. Por mucho que Inés te haya añorado, yo habría seguido abrazándola como si no viera nada, arrastrándome con vida.
—Si no la soltaría ni muerto… ¿por qué lo hace ahora?
—Porque si de verdad muero, sería un problema, ¿no?
—……
—Inés ya tuvo suficiente con un marido que murió demasiado pronto.
Emiliano lo miró fijamente a los ojos.
—Cuando un hombre muere de repente, no hay tiempo para prepararse. Inés sigue siendo lo bastante joven para que los Valeztena la vuelvan a casar. Y no tiene ataduras —ni un heredero Escalante— que impidan que intervengan en su vida otra vez.
—……
—Si no me quisiera en lo más mínimo, quizá no importaría. Pero si mi muerte la desmorona aunque sea un poco, terminará arrastrada por la corriente, sin entender siquiera su situación, hasta caer en las manos de su padre. Es más frágil de lo que parece.
Kassel hablaba con una ligereza que no cuadraba con alguien que discutía su propia muerte.
—Por eso es mejor seguir el plan de Inés. No me importa que se case con otro… siempre que no sea con alguien que ella no desee.
—… ¿Cree que Inés todavía quiere el divorcio?
—No lo sé. Pero ojalá lo quisiera.
—……
—Ojalá todo lo que dijo sobre quererme fuera solo una mentira para burlarse de mí. Ojalá estar conmigo ya le resulte insoportable.
—……
—Ojalá su memoria fuera tan mala que pudiera olvidar todo lo que le ha pasado… incluso olvidarme. Si eso ya es imposible, al menos quiero separarme de ella en buenos términos.
—……
—Esta vez, Oscar desaparecerá conmigo. Sin dejar rastro en su vida.
Kassel sonrió con una serenidad casi antinatural, como si no hubiera mejor final posible.
—… ¿Al final, lo que quiere es borrarse de la vida de doña Inés?
—Llevará tiempo. Necesitaré unas cuantas campañas más, el control militar de Calstera… y asegurarme de que Inés esté completamente separada de los derechos sucesorios de los Escalante. No puedo arriesgarme al fracaso, pase lo que pase.
—……
—Lo único que te pedí fue que, durante todo ese tiempo, te quedaras a su lado y le regalaras sonrisas.
—Sir Kassel.
—No fraudes como el de hoy, intentando convertirme en un santo de Bilbao.
—Aunque lo dijo con tono despreocupado, como si fuera una broma, Emiliano seguía mirándolo con rigidez, el rostro tenso.
—…Si con unas pocas palabras pudiera evitar que el esposo de doña Inés termine arrastrado a Del Fuego, con gusto inventaría lo que fuera, aunque no tenga talento para mentir.
—¿Al menos no quieres verla?
—……
—Dijiste que le rogaste a tu apóstol: «Hazme recordar todo esto», para no volver a aparecer ante los ojos de Inés.
—Sí.
—Y luego viniste a la ciudad donde estuviste con ella por última vez, le dejaste un collar que no podría dejar de reconocer.
—……
—En el mismo año en que «moriste».
Emiliano bajó la mirada, inmóvil, los ojos fijos en la mesa. Kassel observó su frente en silencio antes de preguntar:
—Le pediste a tu apóstol que, incluso como un castigo, te permitiera recordarlo todo para no volver a aparecer ante ella…
—……
—Pero aun así, parecía que le rogabas a Inés que te buscara. «¿Recuerdas todo lo nuestro? Si es así, por favor, búscame…». Como si quisieras estar juntos de nuevo.
Kassel esbozó una sonrisa autodespectiva, solo un leve tirón en los labios.
—Sí. Así parecía. Desde el día en que mi cabeza, por fin, recordó tu rostro.
—……
—¿No podías aparecer ante ella, pero si era ella quien te buscaba, no importaba?
—……
—Pronto dejaré Bilbao. Así que responde con honestidad.
—…No quiero verla.
La respuesta de Emiliano, tardía pero firme, sorprendió por su contundencia.
—Sí, la busqué. Pero no porque quisiera verla.
—¿Eso tiene sentido?
—¿Dijo matrimonio sagrado, verdad?
De pronto, Emiliano soltó una risa seca, como si el término mismo le resultara absurdo. Sus ojos color miel se oscurecieron, como un carruaje pasando bajo la sombra, antes de aclararse con una luz extraña.
—Sir Kassel. Doña Inés no soportaría ni un solo día a mi lado.
—Eso es imposible.
—Yo tampoco la soportaría.
—……
—Doña Inés y yo… nos destruiríamos el uno al otro.
Kassel frunció el ceño. ¿Que no podrían soportarse? Toda esa protección que lo había traído hasta aquí, todo el amor y resguardo que había dado a la vida de Inés... ¿acaso no significaba nada?
—Al principio... cuando volvió a los dieciocho... mi mundo era tranquilo.
Emiliano hablaba con voz serena, pero sus manos, pálidas, se aferraban con fuerza sobre la mesa.
—Doña Inés ya no era la prometida del príncipe heredero. Yo tampoco era el asistente del pintor que había ido a Pérez para retratar a la futura princesa. Por suerte, ya estaba en Oli Garkia, bajo el mecenazgo de alguien amable que nunca antes había conocido. Por fin, todo parecía encajar.
—……
—Me alivió. Pensé que, como deseaba, todo había vuelto a su lugar... Pero darme cuenta de que en realidad solo yo estaba viviendo "correctamente"... fue una revelación tardía.
—……
—Yo también... recibí un momento de "misericordia", Sir Kassel.
Sus nudillos blanquearon al apretar una mano contra la otra, como si intentara contener algo.
—¿Algo que habías olvidado?
—No. Algo que nunca viví... y que nunca pude vivir.
—……
—Debió ser el año en que doña Inés cumplió veinte otra vez. Aunque intenté no pensar en el pasado, cuando llegó esa fecha... empecé a sentir que el día de mi muerte se acercaba. No era un tema que pudiera permitirme recordar, pero... me preguntaba si estaría bien. Si al fin se habría casado con usted. Si alguna vez sonreía...
—……
—Al principio, creí que era un castigo. Que solo pensar en ella ya era motivo de condena.
Una risa vacía escapó de sus labios antes de enterrar el rostro en sus manos pálidas. Solo entonces Kassel notó que el rostro de Emiliano estaba aún más blanco que esas manos.
—...¿Un castigo?
—Pensé que era una pesadilla absurda.
No era el agotamiento habitual de sus días de trabajo excesivo, sino un terror repentino, un miedo que lo había consumido en segundos.
—"No puede ser ella", pensaba. "No es posible".
—……
—Doña Inés... jamás habría matado a ese niño.
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