INTENTA ROGAR 162
Volumen VI: Dolores de crecimiento II (5)
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Fue entonces cuando notó que su cuello estaba inclinado hacia un lado. Con esfuerzo, logró enderezarlo y llevó una mano a la zona adolorida para frotarla.
¡Clank!
Un sonido metálico resonó cuando algo de hierro chocó entre sÃ. Un tirón en sus muñecas le hizo sentir un escozor:
TenÃa las manos atadas.
El pánico la sacudió y abrió los ojos de golpe. En su campo de visión borroso y oscuro, una silueta negra, tan imponente como la muerte misma, se alzaba frente a ella.
—Hola, Nancy.
La voz grave de un hombre desconocido la llamó. Aunque su tono era suave, contenÃa una hostilidad afilada.
—No será una falta de respeto llamarte asÃ, ¿verdad? Grace solÃa hacerlo. Y la amiga de Grace es mi amiga. O, bueno… ¿ahora mi enemiga?
Al escuchar el nombre 'Grace', Nancy lo comprendió al fin. El hombre frente a ella era Winston.
¿Qué está pasando?
Fragmentos de memoria rotos e inconexos cruzaron su mente. Recordó haber sido arrastrada, sus brazos atrapados a ambos lados. Hubo un instante en el que creyó que todo habÃa terminado. Un momento de desesperación cuando su cuerpo ya no le respondÃa.
¿Cómo llegué aquÃ? ¿Qué demonios ocurrió?
Mientras su mente trataba de recomponer la situación, el rostro de Winston se volvÃa cada vez más nÃtido.
—Wilkins y Winston… qué conexión más asquerosa. No tengo el más mÃnimo interés en quedar atado a seres tan insignificantes, sin embargo, aquà estamos. Me repugna.
El entorno a su alrededor se definió al fin: una sala de interrogatorios, sus paredes grises y sin vida cerrándola como una prisión. Nancy comprendió su situación en un instante. No estaban allà para obtener información de ella. La habÃan traÃdo para torturarla.
Sin embargo, se mantuvo en silencio, sin importar qué insultos escupiera Winston.
—Torturaron a mi padre hasta la muerte, me enviaron un espÃa y hasta se atrevieron a secuestrar a mi hija. Quiero preguntar algo en serio.
—......
—Nosotros nos quedamos quietos, ustedes nos atacaron, pero ahora pretenden ser las vÃctimas. Qué descaro.
Nancy no respondió.
—Pero claro, ustedes pueden existir. Aunque yo no estuviera, ustedes seguirÃan aquÃ.
soltó una risa corta.
—Son meros súbditos. Y yo, su gobernante, me alimento de la conciencia de los sometidos.
Winston exhaló el humo de su cigarro, una sonrisa burlona en sus labios. Observó a Nancy con una mirada llena de desprecio, como si pudiera leerla por completo.
—Esto me recuerda cuando me senté asÃ, cara a cara con tu hermano.
Nancy sintió un escalofrÃo recorrerle la espalda.
Winston continuó, con una frialdad perturbadora, relatando cómo habÃa llamado cobarde a Fred, cómo lo habÃan torturado después de que descubrieran su verdadera identidad. Le narró con morboso detalle cómo fue manipulado para salir del escondite y, finalmente, cómo su cuerpo acabó tirado en una zanja como un estúpido.
Asco.
Las náuseas la golpearon con fuerza, un torrente de insultos se agolpó en su garganta, listo para salir.
Aguanta. Nancy, por favor, aguanta.
Cada palabra que Winston pronunciaba, detallando con crueldad lo sucedido con Fred, no era más que una provocación. Si caÃa en su trampa, acabarÃa destrozada. DebÃa resistir.
—No suelo llegar tan lejos, la verdad.
continuó Winston con voz pausada.
—Pero en aquel entonces, estaba cegado por la ira y la excitación del momento. Me dejé llevar… o eso pensaba.
Alargó intencionadamente la última palabra.
—Pero luego supe la verdad. Que tu padre fue quien mató al mÃo. Y entonces me di cuenta de algo… deberÃa haber dejado vivo a Fred. DeberÃa haberlo mantenido con vida hasta que tu maldito padre viniera por su cuenta a ofrecerme su cuello. Hasta poder matarlo lentamente.
Aunque dejó de describir sus métodos con crudeza, cuanto más hablaba, más ansiedad crecÃa dentro de Nancy. HabÃa escuchado historias. Winston podÃa hablar de cosas insignificantes, soltar monólogos vacÃos, pero en cualquier momento, toda aquella charla se transformarÃa en algo más: en tortura.
—Dime, Nancy, ¿crees que tu padre se sacrificarÃa por sus hijos?
preguntó, su tono cargado de un falso interés.
—.Aún me pregunto si ese 'gran amor familiar' es real o no.
Guardó silencio unos segundos, como si esperara una respuesta. Luego, rió con desprecio.
—Los Wilkins son todo un caso. Tu hermano ni siquiera soportó la primera ronda de interrogatorios antes de soltar información. Y tú… tú fuiste derrotada por una niña de 33 meses.
—¿Qué?
Nancy no pudo mantenerse en silencio.
—Oh… ¿no lo sabÃas? Mi hija habla Norden.
Todo cobró sentido de golpe. Aquella pequeña demonio, comportándose de manera extraña en el tren, burlándose de ella… Ahora lo entendÃa.
Cuando le contaron que, en la farmacia, la niña habÃa pedido ayuda a una mujer nordenesa y logrado que llamara a la policÃa, Nancy sintió un frÃo desesperante envolverla.
—Ah, y otra cosa.
continuó Winston, con satisfacción.
—Dijo que intercambió su leche con la tuya porque la encontraba amarga. Tiene un paladar refinado, como el mÃo.
Esto era verdaderamente humillante.
Incluso antes de quedarse dormida, incluso después de despertar, ni por un segundo se le habÃa pasado por la cabeza que aquella niña podrÃa haberle dado algún tipo de droga.
—Qué descuido… Perder contra una niña de 33 meses.
se burló Winston.
—Aunque bueno, lo entiendo. Incluso un niño pequeño puede dejar sin palabras a un genio. Yo mismo lo he experimentado.
Nancy cerró los ojos con fuerza y bajó la cabeza, consumida por la desesperación.
No es momento para esto.
Se obligó a recuperar la compostura. DebÃa salir de esta situación.
Quizás… si encontraba información útil que pudiera venderle, podrÃa ganar algo de tiempo.
Sumida en sus pensamientos, aún con la cabeza gacha, escuchó un ruido al otro lado de la mesa.
Drrrrk.
El sonido de una silla arrastrándose.
Al alzar la vista, vio que Winston se habÃa puesto de pie. Su cigarro, a medio consumir, yacÃa sumergido en el vaso de leche frente a ella, como si se burlara de su derrota.
—Bien.
dijo con voz relajada.
—¿Por qué no hablamos ahora de tus crÃmenes?
¿Qué? ¿Tan pronto?
Nancy levantó la cabeza de golpe, sorprendida. Winston curvó los ojos en una sonrisa burlona.
—¿Te extraña? ¿No te esperabas que comenzara el castigo antes de terminar mi discurso?
Otro golpe certero.
Él lo habÃa visto venir. SabÃa que ella habÃa confiado en su manera de actuar.
—Lo cierto es que tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que mi hija se duerma.
¡Clack!
Las esposas cayeron sobre la mesa.
Aquel monstruo sediento de sangre, con la sonrisa de un 'buen padre trabajador', comenzó a remangarse con calma.
—S-Sr. Mayor…
Nancy intentó decir algo, 'cualquier cosa', para detenerlo.
Si podÃa evitar la tortura con palabras, tenÃa que intentarlo.
Pero Winston ni siquiera la escuchó.
Se limitó a seguir hablando, como si ella no importara en absoluto.
¡Tac!
La punta del látigo golpeó la primera articulación de su dedo Ãndice derecho.
—Por arruinar la primera Navidad de mi familia.
¡Tac!
Otro golpe, esta vez en la segunda articulación.
—Por convertir la primera función de circo de mi hija en una pesadilla.
Por secuestrar a mi hija y a Grace.
Por arrancarle las uñas a Grace.
Por golpear a Grace.
Por ordenar que la violaran.
Por arrebatarle a su hijo.
Por apuntarle con un arma a mi hija.
Por presionar su cabeza contra el suelo.
Por hacerlas llorar.
Enumeraba los delitos uno tras otro, golpeando cada vez que pronunciaba una nueva acusación. De repente, chasqueó la lengua con fastidio.
—Si seguimos asÃ, pasaré la noche entera aquÃ. Mi hija me espera.
Ahora sà iba a comenzar la tortura.
Las manos de Nancy temblaban. Intentó aferrarse a la esperanza, a cualquier cosa.
Si lograba convencerlo, tal vez…
—No… no querÃa hacerle daño a Ellie. Solo… solo estaba cegada por el amor a mi padre.
Nunca la golpeé ni la dejé sin comer, yo… ¡Ah!
El rostro de Winston se endureció de golpe.
El látigo cortó el aire con un 'silbido brutal' antes de estrellarse contra sus labios.
Un sabor metálico inundó su boca.
Sangre.
—¿Quién te crees que eres para pronunciar el nombre de 'mi hija'?
El dolor era intenso, pero la humillación lo era aún más. Nancy tragó su orgullo y levantó la cabeza, su voz apenas un susurro.
—Lo… lo siento. Solo querÃa decir que nunca tuve intención de hacerle daño…...
—Campbell, ¿Qué opinas? Ella dice que nunca quiso lastimarla.
¡Tac!
Nancy parpadeó, aturdida.
El joven oficial que estaba al lado de Winston colocó algo sobre la mesa, justo frente a ella.
Un frasco de antiséptico.
Segundos después, sacó un rollo de vendas de su maletÃn y lo dejó junto al frasco.
Nancy sintió un escalofrÃo recorrerle la espalda.
Eran los mismos productos que ella habÃa comprado.
—E-eso lo compré para curar mis propias heridas…
—Llamaré al médico.
El joven oficial se dirigió a Winston, que se ajustaba unos guantes de cuero negro, luego salió por la puerta sin mirar atrás.
Nancy empezó a temblar sin control.
No necesitaba preguntar para saber que no estaban trayendo a un médico para curarla.
—Señor Mayor, por fav… ¡MMPH!
Antes de que pudiera terminar la frase, un bulto de vendas fue forzado dentro de su boca.
—A todos se les desencaja la mandÃbula cuando intentan soportarlo. Creen que apretar los dientes ayuda.
Winston sonrió con frialdad.
—PodrÃas pensar que esto es por compasión, pero en realidad el chillido de las ratas me molesta. No te equivoques.
Nancy observó, aterrorizada, cómo abrÃa el maletÃn que el otro oficial habÃa dejado sobre la mesa.
Dentro, un par de mangos largos y afilados brillaban bajo la tenue luz.
Su silla rechinó cuando instintivamente trató de echarse hacia atrás.
—No hay necesidad de asustarse tanto.
Winston la miró con diversión.
—Solo voy a hacerte una pequeña manicura.
—¡Mmph! ¡Mmmhh!
Nancy intentó gritar, sacudiendo la cabeza con desesperación.
—Un momento… ¿Dije 'uñas'? Lo siento.
Winston se corrigió con una sonrisa burlona.
—.Quise decir 'dedos'
Lo que sostenÃa no era un cortaúñas.
Era una cizalla para cortar pernos.
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Cuando León abrió la puerta del dormitorio de la suite, su sangre se enfrió.
No estaban.
Ni Ellie ni Grace.
Se quedó inmóvil, mirando fijamente la habitación vacÃa, de repente soltó una risa seca.
Aunque sabÃa que era imposible, por un instante le pareció ridÃculo haber pensado que Grace habÃa huido de nuevo.
León comenzó a caminar.
Cuanto más se acercaba al baño dentro del dormitorio, más intenso se volvÃa el aroma del jabón. Entonces, escuchó la voz de Grace llamándolo.
—¿León? ¿Ya llegaste?
Al abrir la puerta cerrada, lo que vio fue a madre e hija sentadas en la bañera en el centro del baño.
—Se quedó dormida mientras nos bañábamos.
Ellie, con los ojos cerrados, estaba acurrucada en los brazos de su madre. Grace la miraba con una sonrisa que mezclaba emoción y amargura.
—Debe de estar tan cansada que ni siquiera se despierta cuando la llamo.
Sostener a una niña dormida y tratar de levantarse de una bañera llena de espuma era peligroso. Pero dejarla sobre la alfombra del suelo tampoco era una opción, ya que la bañera era bastante alta.
Parece que habÃa estado atrapada en esa situación hasta que él llegó.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando?
—Desde que entramos a la bañera, ¿una hora? No ha sido tanto.
León sacó una toalla del estante, la desplegó y se acercó. Recibió a Ellie en sus brazos, la envolvió con la toalla y le secó la espuma y la humedad. La niña ni siquiera abrió los ojos.
Aunque sabÃa que estaba viva, colocó los dedos sobre su cuello para comprobar su pulso.
Cuando Grace se levantó de la bañera, León tomó la bata de baño colgada en la pared y se la entregó. Hasta esa misma mañana, ella habÃa estado pálida como un cadáver, pero ahora se veÃa llena de vida.
Mientras la observaba ponerse la bata con una sonrisa en el rostro y secarse las piernas, le preguntó:
—¿Has comido?
—SÃ. Parece que tenÃa mucha hambre. Ellie se comió un filete del tamaño de tu mano ella sola. Y además, hasta el postre…
—Te pregunté a ti, no a Ellie.
Grace, que estaba envolviéndose el cabello con una toalla, se detuvo un momento ante sus palabras. Luego, miró hacia otro lado y sonrió con fingida indiferencia.
—SÃ, comÃ. ¿Y tú?
León se mordió el labio, tratando de contener una sonrisa, asintió con la cabeza.
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Despojándose del hedor de la venganza, León salió del baño.
Se puso su ropa de estar en casa y, justo cuando salÃa del vestidor para entrar al dormitorio, vio a Grace girar la cabeza hacia él desde la cama, donde estaba secando el cabello de Ellie.
—Dame algo para que Ellie se ponga.
León regresó al vestidor y revisó la maleta que habÃan traÃdo del hotel barato cerca de la estación de tren, pero no encontró ninguna prenda.
—No veo ropa de Ellie…
—OlÃa a sótano, asà que la envié toda a la tintorerÃa. Tráele cualquiera de las nuestras.
León sacó una de sus camisas de pijama de seda del armario y se la entregó a Grace mientras preguntaba:
—¿No tienes fiebre?
La última vez que apoyó su mejilla contra la de ella en la estación, su temperatura estaba algo elevada.
—No. Creo que ya se me pasó el resfriado.
—¿Te revisaste bien el cuerpo?
—No tengo heridas graves.
—¿Graves?
Ante la pregunta aguda de León, Grace frunció el ceño y señaló la mano de Ellie, que sobresalÃa de la toalla que la cubrÃa.
Cuando León la examinó, su mirada se volvió sombrÃa.
La muñeca de la niña estaba amoratada.
Cuando una niña tiene un moretón, el corazón de sus padres se llena de un dolor aún más profundo. Pero quien lo causó… llevará una marca imborrable en su cuerpo y en su alma.
León fue al baño a buscar un ungüento y lo aplicó cuidadosamente en la muñeca de Ellie mientras Grace seguÃa cepillando su cabello.
—Al menos, parece que el tÃo Bobby fue como esperábamos. Fue bueno con Ellie. Hasta le compró comida rica.
Robert Fisher se estaba recuperando en el hospital después de la cirugÃa.
HabÃa logrado aferrarse a la vida, pero su destino dependÃa ahora de la evaluación de Ellie.
—Ellie discutió con Nancy, dice que TÃo Bobby la echó fuera con una sonrisa de satisfacción.
—¿Discutió? ¿Con una secuestradora?
Una acción extremadamente peligrosa.
—Creo que no entendÃa lo grave que era la situación. Al principio, solo esperó pacientemente porque le dijeron que su mamá la habÃa dejado con él…
Ambos fruncieron el ceño con pesar, pero la siguiente frase los hizo soltar una risa inevitable.
—Y luego, cuando Nancy y yo peleamos, pensó que me habÃa robado a mi Ellie favorita.
—No es que estuviera equivocada…
Desde la perspectiva inocente de Ellie, el sangriento drama de su secuestro se transformaba en una historia colorida y casi tierna, como sacada de un cuento de hadas.
Pero la vida no es un cuento en el que el protagonista nunca muere.
—Espero que algo asà no vuelva a pasar, pero tenemos que enseñarle cómo reaccionar ante un secuestro.
—Mira quién lo dice… El primer secuestrador de Ellie dando lecciones.
—Lamentablemente, no fui el primero. Hay alguien que incluso llegó a estar oficialmente en busca y captura. No me atreverÃa a competir con eso.
León sonrió con picardÃa mientras miraba a Grace, que lo fulminó con la mirada.
Al final, ambos soltaron una pequeña risa y comenzaron juntos a vestir a la niña dormida.
—Por cierto, cuando vi dentro del tren durante el dÃa, casi se me detuvo el corazón.
No eran palabras propias de un hombre que ni siquiera derramó una lágrima cuando su hija fue secuestrada frente a sus ojos.
Grace, que estaba desabrochando los botones de la camisa de pijama, se detuvo y lo miró fijamente.
—¿Por qué?
—Porque la secuestradora estaba profundamente dormida, asà que era la oportunidad perfecta para escapar… pero la niña simplemente estaba sentada frente a ella, quieta. ¿Sabes qué estaba haciendo? Comiendo un muffin.
Grace no pudo evitar reÃrse, a pesar de que León hablaba con preocupación. Un recuerdo del pasado le vino a la mente de repente.
—Es la misma niña que comÃa macarrones en medio de un tiroteo. No conoce el miedo.
Pero por valiente que fuera, hasta Ellie tenÃa lÃmites. Después de lo ocurrido en el circo, habÃa empezado a temer el sonido de los disparos.
—¡Bang! Y entonces el señor hizo '¡ugh!' y se cayó. Ellie tenÃa muuuucho miedo y querÃa llorar. Pero, ¿el Señor se fue al cielo?
Grace recordó aquella conversación que tuvo con Ellie de camino al hotel.
—La leche sabÃa horrible, asà que Ellie se tomó la de Nancy. ¿Ellie fue mala?
—No, Ellie no es mala.
—¡Hehe! ¿Verdad? Pero tenÃa miedo de que Nancy se enojara muuucho otra vez, asà que le di mi leche. ¿Lo hice bien?
—SÃ, lo hiciste muy bien.
En un mundo infestado de ratas viles y cerdos codiciosos, ella era la única que permanecÃa pura, un ser inmaculado que vencÃa la maldad con su inocencia. Como siempre, la niña volvÃa a recordarle que aún existÃa esperanza.
—También le pregunté por qué no escapó cuando Nancy se durmió. Ellie dijo que querÃa hacerlo, pero que su papá le habÃa dicho que esperara, asà que se volvió a sentar.
El rostro de León se endureció mientras sostenÃa la cabeza de Ellie para ponerle el pijama.
La niña habÃa seguido sus palabras al pie de la letra.
Si las cosas hubieran salido mal, esa confianza ciega pudo haberle costado caro.
'¿Qué he hecho para que me creas sin dudar, sin pedir nada a cambio?'
Los seres humanos tienen hijos por razones egoÃstas. Lo único que separa a los buenos padres de los malos es si están dispuestos a asumir la responsabilidad hasta el final.
Pero ¿cuántos, antes de cometer ese acto egoÃsta, comprenden realmente el peso de esa responsabilidad?
Yo tampoco lo sabÃa.
El peso de la responsabilidad que descansaba sobre los hombros de León era tan grande como la niña que llevaba en sus brazos. Y a medida que ella creciera, esa carga aumentarÃa aún más.
Sosteniendo a la niña dormida, León depositó un beso en su frente, prometiéndose a sà mismo que jamás traicionarÃa esa confianza absoluta.
—Le queda enorme.
Grace soltó una risa mientras terminaba de ponerle la camisa de pijama a Ellie. La prenda era tan larga que cubrÃa por completo sus manos y pies.
—Tu ropa ya me queda grande a mÃ. ¿Por qué trajiste la tuya en lugar de la mÃa?
Acostaron a Ellie con cuidado y empezaron a abotonarle la camisa, doblándole las mangas hasta que sus pequeñas manos fueron visibles.
Durante todo ese rato, Grace lo regañó sin parar, pero León solo sonreÃa con tranquilidad.
Finalmente, se acostaron de ambos lados de Ellie, dejando que el sonido de su respiración tranquila llenara la habitación.
De repente, Grace estiró el brazo por encima de la niña y le dio unas palmaditas en el hombro a León.
—Lo hiciste bien.
Él soltó una risa entre dientes.
—¿Crees que soy un niño?
—Al menos los niños son adorables.
Murmurando con un gesto de falsa molestia, Grace no se dio cuenta de que ahora era León quien estiraba el brazo para darle unas palmadas en el hombro.
—Tú también lo hiciste bien.
—¿Soy tu subordinada ahora?
—Si lo fueras, ya te habrÃa despedido.
Tan pronto como respondió con brusquedad, su rostro mostró preocupación. La mano que descansaba sobre su hombro se elevó y acarició el rostro de Grace, como si estuviera recordando el momento en que ella se habÃa desmayado hoy.
—Estoy bien.
Ellie habÃa regresado sana y salva. ¿Qué mejor medicina podÃa haber para la enfermedad que habÃa afectado su cuerpo y mente? Además, en el fondo, se sentÃa orgulloso de sà mismo.
Si lograban encontrar el hospital de TÃa Hattie, podrÃan descubrir la ubicación de Ellie. TÃo Bobby sentirÃa simpatÃa por Ellie. Por ello, traicionarÃa a Nancy.
Nancy, a su vez, abandonarÃa el coche y tomarÃa el tren. Se moverÃa por una ruta alternativa con un horario que la llevarÃa a la frontera a altas horas de la noche. No la cruzarÃa de antemano.
HabÃa logrado predecir con gran precisión la psicologÃa y el comportamiento de la secuestradora.
Su pasado habÃa puesto en peligro a la niña, pero, al final, ese mismo pasado habÃa servido para salvarlo. Su carga emocional se aligeró un poco.
—Todo ha terminado, asà que ahora solo quiero dormir como si hubiera perdido el conocimiento.
Grace atrajo a Ellie hacia su pecho y sonrió con languidez. Tal vez era la primera vez que se permitÃa sonreÃr de esa manera, con pura felicidad, sin estar ebria de placer ni de alcohol.
Ojalá algún dÃa él la abrazara, no como a Ellie, sino como a ella misma, y le sonriera de la misma manera.
Leon habÃa aprendido a renunciar a la codicia, pero, al final, traicionó esa lección. Lo que aprendió en su lugar fue a no mostrar su deseo.
—Duerme bien.
Mientras subÃa las sábanas y cerraba la bata de Grace, que se habÃa abierto lo suficiente como para revelar su escote, ella lo miró fijamente y volvió a hablar.
—Leon.
—¿SÃ?
—Gracias.
Leon frunció el ceño ante el inesperado agradecimiento.
—Salvar a nuestra hija no es algo por lo que deba recibir gratitud.
—No es por eso…..
Grace puso su mano sobre la de él, que se habÃa alejado de Ellie. A diferencia de cuando lo sujetaba con fuerza, esta vez no encontraba las palabras adecuadas. ¿Cómo debÃa decirlo? ¿Con qué tono, con qué expresión?
Era un dilema inútil. En el momento en que él le envolvió la mano con la suya, las palabras que habÃan estado atrapadas en su boca brotaron como si se rompiera una represa.
—Gracias por haber sido un refugio para mà todo este tiempo.
El hombre la miró como si hubiera escuchado algo que no debÃa.
—Tampoco es algo por lo que debas agradecerme. No importa la razón, nunca deberÃas decirme ‘gracias’.
—Esa respuesta no suena como algo que dirÃa Leon Winston.
Esta vez, fue Grace quien lo miró como si hubiera escuchado algo extraño.
—Leon.
Al llamarlo otra vez, él, que estaba apoyado en su barbilla mirando a Ellie, inclinó ligeramente la cabeza y entrecerró los ojos. ParecÃa encontrar extraño que ella repitiera su nombre una y otra vez.
—¿Qué?
—¿TodavÃa me amas?
Era una pregunta caprichosa, de esas que solo se pueden hacer cuando se tiene el lujo de la tranquilidad.
El lunes pasado, él le habÃa confesado que la amarÃa sin importar lo que hiciera. Pero desde entonces, Grace le habÃa mostrado su lado más miserable, ese que ni siquiera querÃa ver reflejado en sà misma.
HabÃa sido cobarde. Tonta. Débil. Despreciable.
En una palabra, era un desastre.
Si él ya se habÃa hartado completamente de ella, Grace no tendrÃa derecho a reprochárselo.
—DÃmelo con sinceridad.
Le preguntó con aparente serenidad, como si estuviera preparada para cualquier respuesta. Pero el hombre devolvió la pregunta.
—¿Tú qué crees?
No lo sabÃa.
El hombre que tenÃa delante no llevaba ninguna máscara. Sus ojos eran tan claros que parecÃan transparentes, pero lo que pasaba detrás de ellos a veces era imposible de descifrar.
Grace lo miró en silencio. En lugar de intentar leerlo, dejó al descubierto su propia fragilidad.
—Quiero que me ames.
Era la misma frase que habÃa dicho antes, cuando solo deseaba que él la amara por venganza. Pero esta vez, el significado era distinto.
Cuando uno camina por la vida, es inevitable tropezar. Hasta ahora, cada vez que caÃa, habÃa tenido que levantarse sola. Esta era la primera vez que alguien la sostenÃa cuando tropezaba.
Al mirar atrás, se dio cuenta de que en la última semana habÃa caÃdo sin miedo, confiando en que él estarÃa ahà para sostenerla. Y no se habÃa equivocado.
Lo quiero.
Un deseo inesperado nació dentro de ella.
Querer el amor de alguien que le habÃa causado tanto dolor… Le hizo soltar una amarga sonrisa ante la contradicción.
Pero, al fin y al cabo, en la vida de Grace, pocas personas no le habÃan causado dolor. Y aún menos habÃan lamentado el daño que le hicieron o se habÃan disculpado por ello.
Asà que esta contradicción no era más que una de las muchas que formaban parte de su vida.
—Si alguien te hubiera amado, creo que habrÃas sido diferente.
—Entonces, si alguien me ama ahora, ¿todavÃa puedo cambiar?
Al final, Grace terminó haciéndole la misma pregunta.
HabÃa mostrado su lado más frágil, la parte de sà misma que serÃa fácil presa de un depredador. Pero no sentÃa miedo. El hombre frente a ella solo parecÃa genuinamente feliz.
Él la miró con sorpresa antes de apoyar la cara en su mano, cubriéndose parcialmente. A través de sus dedos, se filtraban risas que no lograba contener.
—¿Tienes idea de cómo suena eso?
—¿Cómo suena?
—Suena como una confesión de amor. Pedir que te amen suena tan bien como decir ‘te amo’.
Bueno, en realidad, nunca habÃa escuchado un 'te amo' en su vida. Murmuró ese pensamiento antes de mirar a Grace a través de sus dedos extendidos.
—Entonces, ¿crees que todavÃa te amo?
—Creo que ya no necesito volver a preguntarlo.
—Me alegra que al fin lo entiendas.
RidÃculo.
Si lo pensaba bien, él habÃa sido quien antes habÃa mendigado su amor. Y ahora que ella anhelaba el suyo, él tenÃa el descaro de mostrarse arrogante.
—SÃ, creo que me gustas más cuando eres asà de altanero.
Grace soltó una carcajada antes de cambiar bruscamente de expresión y advertirle con seriedad:
—Ah, pero ni sueñes con el amor en esta vida.
—Mm…
—Ellie, sigue durmiendo. Lo siento, ¿mamá está haciendo demasiado ruido?
El hombre dio unas suaves palmaditas a la niña, que empezaba a moverse inquieta, murmuró para sà mismo:
—Vas a arrepentirte de haber dicho eso.
Cuando Ellie volvió a sumirse en un sueño profundo, Grace preguntó:
—Ya sé que es una pregunta obvia y estúpida, pero tengo que hacerla. ¿Por qué quieres mi amor?
Él la miró como si, efectivamente, fuera obvia y estúpida.
—Y no quiero una razón cliché como ‘quiero que me ames porque yo te amo’.
Solo entonces él le dio una respuesta.
—Eres la única persona que ha visto lo peor de mÃ. Si después de eso aún me amas, puedo creer que lo harás sin importar lo que pase.
Era exactamente la misma razón por la que Grace codiciaba su amor.
—Por supuesto, no significa que tenga intención de lastimarte otra vez.
Se giró y apagó la lámpara de la mesita de noche mientras murmuraba.
En la penumbra, Grace lo observó mientras él apoyaba la cabeza en la almohada.
Héroe, noble, magnate, hombre apuesto… Amar una imagen perfecta es fácil. Pero al final, todos desean ser amados incluso en sus momentos más miserables.
De repente, se sintió como una egoÃsta caprichosa.
No podÃa amarlo tan fácilmente, pero aún asÃ, deseaba que él la amara.
Sin embargo, por mucho que lo pensara, no encontraba la respuesta.
HabÃa aprendido a amar a un niño cuando pensó que nunca serÃa capaz de hacerlo. Pero… ¿qué significaba amarte a ti?
Perdida en sus pensamientos, miraba el vacÃo cuando, de pronto, una mano grande se acercó y cubrió su rostro.
—Grace, no lo pienses tanto. Esto no es un trato. No voy a obligarte.
Los ojos de Leon veÃan con claridad la carga que pesaba sobre ella.
—No quiero ser una deuda que tengas que pagar.
Fuera cual fuera el juego que él estuviera planeando, esas palabras eran sinceras.
Aceptar su amor como si tuviera que devolverlo a cambio… No querÃa un amor más barato que la compasión.
—Define los sentimientos de cercanÃa que tienes por mà como una especie de camaraderÃa. Para mÃ, eso es suficiente. Por ahora.
—…¿Por ahora?
—Por ahora, solo quiero dormir como si me hubiera desmayado.
Él cerró suavemente los ojos de Grace con los dedos.
Cuando ella apoyó la cabeza junto a Ellie y aceptó el sueño sin resistencia, Leon le dio unas palmaditas en la espalda.
Grace soltó una risita y susurró con coqueterÃa:
—No soy una niña.
Pero tampoco rechazó su caricia.
Afuera, el crepúsculo se hacÃa más intenso.
Quizás era temprano para dormir, pero no para recuperar todas las noches de insomnio acumuladas.
Pronto, la habitación se llenó con la tranquila respiración de tres personas.
Asure: Buenas noches chiques, terminamos el arco 1 del Volumen VI .... disfruten :v
Ey, estoy de vuelta ----> Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Ya tu sabes, no te exijo, es de tu bobo aportar o no, no te exijo :p
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