Viernes 23 de Febrero del 2024 |
La heroÃna tuvo una aventura con mi prometido 161
"No te odio".
La respuesta llegó sin la menor pausa y se quedó callado.
Acuclillándome en el suelo, acerqué mis labios al dorso de su mano y le dije.
"Me gustas, y me habrÃas gustado aunque no hubiera sido la princesa en mi vida anterior".
"..."
"Estaré aquà hasta que despiertes, asà que duerme un poco por ahora."
"...SÃ. Lo siento..."
Reynos cerró los ojos. Pronto una respiración regular y constante llenó la habitación.
***
Los dragones, una enigmática creación nacida del error involuntario de los dioses, habÃan existido en un estado de perfección que negaba la necesidad de camaraderÃa.
La interacción, incluso entre los de su propia especie, era escasa y, en momentos de hastÃo, adoptaban forma humana y se mezclaban brevemente con los mortales antes de poner fin a sus vidas con una muerte autoinfligida.
Absulekti, el solitario superviviente entre los dragones, disfrutaba de una vida que se desarrollaba con creciente libertad.
Esto fue antes de la ascensión de Eldorado como reino de la magia.
Los reyes de Eldorado tenÃan a Absulekti en reverencia, venerándolo como un guardián sagrado del reino, ofreciendo tributo año tras año.
"..."
Sus ofrendas eran suntuosas: especias exóticas, sedas de tierras lejanas y joyas que sólo adornarÃan a los nobles más privilegiados.
Sin embargo, Absulekti permaneció impasible.
Hasta que una figura humana se acercó a su guarida.
"..."
Una muchacha diminuta apareció ante su vista.
Su atuendo estaba hecho jirones, como si hubiera recogido prendas desechadas, mientras que su cuerpo era testimonio de una historia de caÃdas, con cicatrices que recordaban a una caÃda desde un precipicio.
En la mano sujetaba una rama cargada de bayas carmesÃes, lo que sugerÃa un intento de recolección fallido.
Muchos habrÃan sentido una punzada de empatÃa, pero Absulekti permaneció apático.
Volvió sobre sus pasos hacia su guarida, imperturbable ante la perspectiva de abandonarla para que fuera devorada por las bestias circundantes.
Volviendo a su forma dracónica, cerró los ojos, contemplando profundamente el concepto de mortalidad, cuando la suave melodÃa de la lluvia llegó a sus oÃdos.
Normalmente, encontrarÃa consuelo en un sonido asÃ, pero hoy le irritaba con una molestia poco común.
Le repugnaba la idea de encontrar su fin con aquel tiempo.
AbstraÃdamente, dirigió su mirada hacia abajo, con los párpados cerrados, sólo para ser sacudido por una exclamación repentina.
"Ugh...."
Observó el débil intento de la chica de acercarse a su guarida, arrastrándose desesperadamente para escapar de la lluvia. Su determinación disminuyó a medida que se acercaba a la entrada, su cuerpo cedió y se desplomó.
La mirada de Absulekti se clavó en ella. Se le pasó por la cabeza la idea de expulsarla, pero le perturbó el espectáculo de un ser con apenas un siglo de vida luchando por existir, mientras él mismo se tambaleaba al borde de la muerte.
Con poca gracia, administró curaciones.
Cuando por fin dejó de llover, la empujó suavemente con la cola y la sacó de su guarida.
Creyó que esa era la conclusión...
"¿Por casualidad vives aqu�"
La niña reapareció a tiempo, sujetando dos ramitas adornadas con pequeñas bayas rojas.
Los ojos de Absulekti parpadearon de forma lánguida ante su vacilante expresión.
Los restos de inocencia se aferraban a ella, vestigios de una existencia pasada que le habÃa sido robada prematuramente.
Sin inmutarse, exploró su guarida, como quien busca un compañero de juegos oculto.
"¿No has visto un dragón? Es extraño, seguro que estaba aquÃ".
"...¿Qué estás buscando?"
Desde la perspectiva de un dragón, sólo dos tipos de humanos lo buscaban.
Aquellos con hostilidad, que aspiraban a convertirse en Asesinos de Dragones, y aquellos que se arrastraban y lo adoraban. Ambas categorÃas resultaban profundamente irritantes.
Incluso durante su última aventura más allá de sus confines, un vano intento de escapar de su propia libertad, se habÃa encontrado con el último tipo. Su verdadera identidad habÃa quedado al descubierto y, sin darse cuenta, habÃa atraÃdo su reverencia. Absulekti preveÃa que volviera a ocurrir lo mismo.
En consecuencia, en el instante en que la niña empezó a hablar, su instinto fue apagar cualquier respuesta que se produjera.
Sin embargo, las palabras de la niña dieron un giro inesperado.
"Allà hay un erizo herido y necesito que le ayudes rápidamente. Aquà tengo dinero para pagarlo. ¿Dónde estás, dragón, dragón, dragón...?".
La audacia de este intruso, entrando en su morada y asumiendo el papel de sanador, le pareció peculiar a Absulekti.
Dejó caer la mano y habló.
"Déjalo morir".
"¡¿Qué?!"
Absulekti hizo caso omiso de la exclamación de la chica y se adentró en su guarida, seguida de cerca por la persistente muchacha.
"¿Escasez de compañeros, acaso? ¿Por eso vomitas tanta crueldad? ¿No sientes compasión ni siquiera por el erizo?"
"¿Por qué deberÃa sentir compasión?"
"¿Vives aqu� Acepta esta ofrenda, una llamada para el dragón que me curó. Seguramente, él también puede curar al erizo."
"Vete."
"Sólo este caso singular. No te molestaré más. ¿Hm? ¿Hmm? ¿Hmmm?"
Absulekti fijó su mirada en la muchacha, que pataleaba y le suplicaba con insistencia. Por capricho, y confiando en parte en su promesa de no volver a invadir su soledad, canalizó rápidamente su magia, curando al erizo herido que tenÃa cerca.
Con serenidad, se dirigió a la muchacha.
"La dolencia ha sido remediada, ahora vete".
"¡Me estás engañando!"
"Puedes inspeccionarlo, pero esto es mÃo".
Con un rápido movimiento, recogió las ramitas que ella le habÃa ofrecido como compensación por la curación. La chica, cuyos ojos carmesà parecÃan bayas maduras, salió corriendo de la guarida.
"¡Quédate ahÃ, voy a comprobarlo!"
Volvió poco después con un erizo flaco colgado del hombro y gritó desde fuera de la guarida.
"Gracias. Una de esas ramitas es mi pago por la curación. Prométeme que se la entregarás al Sr. Dragón".
Y con esa declaración, desapareció en el bosque.
... pero no le importó la inocencia del gesto, aunque fuera desvergonzado.
Absulekti jugueteó con las ramitas, reconociendo la sencillez del gesto.
Sin embargo, eso no significaba que se convertirÃa en una visitante frecuente, pidiendo ayuda con cada criatura herida.
"Hoy hay un conejo herido".
"Hay un ciervo herido allá..."
"La ardilla está enferma".
"El colibrà está herido; evalúalo".
Cada tres dÃas, la niña irrumpÃa en su reino, una perturbación constante.
Dejaba ramas adornadas con bayas, su forma de pago.
El uso de la magia le ahorraba sus incesantes molestias, asà que Absulekti accedÃa a todas sus peticiones.
Sin embargo, surgió un problema singular.
Con cada visita, el niño traÃa consigo las criaturas a las que habÃa devuelto la salud. Con el tiempo, su guarida se convirtió en un refugio para pequeñas bestias.
Al principio, Absulekti se despreocupó de ello, previendo un eventual cese.
Sin embargo, al ver su santuario en estado de desorden, consideró que la situación era insostenible. Expulsó a decenas de animales y clavó una mirada penetrante en la niña que, instalada entre sus peculiares bocetos en el mullido suelo de barro, reÃa en compañÃa de su colección de animales.
"¿Crees que soy veterinaria?".
"¿No lo eres?"
"¡No!"
"Lo siento. CreÃa que vivÃas aquà porque te gustan los animales".
Ella emborronó distraÃdamente su dibujo, borrándolo, con el semblante abatido. La visión de la tÃpica niña vivaracha cabizbaja por la hierba marchita tiró de sus emociones.
Le golpeó la frente, despertándola de su ensueño. Ella frunció el ceño, masajeándose la frente.
"Entonces, ¿por qué vives aqu� Ni siquiera eres veterinario y estás solo. ¿Dónde están tus padres y qué comes?
"Eres rápido en tus indagaciones".
espetó Absulekti, ligeramente molesto de que ella hubiera estado tan interesada en su magia curativa todo este tiempo.
"No tengo ninguna obligación de decÃrtelo".
"¿Quieres esto?"
Un ceño perplejo cruzó su rostro cuando la niña le metió en la boca un puñado de bayas rojas, con las manos manchadas.
Las bayas, no más grandes que la uña de un dedo meñique, tenÃan un sabor agrio, amargo, a pescado y ácido a la vez. Su audacia le dejó sin habla.
La muchacha comió una y se dirigió a Absulekti con un bocado de baya aún en la boca.
"Esta es una montaña de dragones. Los humanos no deberÃan vivir aquÃ".
"¿No sabes que los humanos no son bienvenidos aqu�
"Pero tú estás aquÃ, ¿no?"
"Yo soy yo mismo, y tú no perteneces".
"¿Por qué...?"
La niña tartamudeó, como si realmente no supiera qué decir, luego cogió otra baya e intentó metérsela en la boca a Absulekti.
Absulekti, pensando: "Vas a meterme esa basura en la boca", esquivó el gesto.
Imperturbable y aparentemente ilesa, la chica se metió la baya en la boca y persistió.
"¿Por qué no puedo?"
"Porque eres humana".
"Tú también eres humana".
"I..."
Absulekti se dispuso a refutar su afirmación, las palabras colgando en el precipicio de sus labios. Sin embargo, se contuvo, exhalando un suspiro apagado; era preferible la molestia a exponer su verdadera identidad como dragón.
"Está bien, como quieras, pero ¿por qué insistes en comerte eso?".
Su mirada se posó en la rama a la que se aferraba la niña, que antes habÃa dado abundantes bayas pero ahora albergaba unas pocas.
Las bayas eran tan repugnantes que, de no haberlas comido ella, podrÃa haber sospechado que intentaba envenenarle.
"Tengo hambre".
"... ¿Qué?"
"Tengo hambre. ¿No tienes hambre? ¿De qué te alimentas?".
Una vez más, ella mordisqueó la fruta, sus palabras resonando.
...¿Cómo podÃa estar hambrienta e ingerir tan pésima comida? Absulekti escrutó a la niña de pies a cabeza.
Su guarida se encontraba en un monte sagrado, consagrado como santuario por decreto real. El acceso era un privilegio reservado a unos pocos elegidos.
En la mente de Absulekti se formó un presentimiento que sugerÃa que la niña que vagaba por la montaña con tanta libertad podrÃa poseer un linaje real.
Sin embargo, su atuendo contradecÃa tal idea: ni en su primer encuentro ni ahora su vestimenta era propia de la realeza.
Ropa mal ajustada, un tocado hecho jirones y zapatos desechados: muy lejos de los atuendos reales.
Sin filtro, expresó su contemplación.
"¿Una doncella?"
"¡Soy una princesa!"
La enérgica declaración resonó.
"¡Soy Elatiana, hija de Lord Rhydian, 37º Consorte!"
Absulekti chasqueó la lengua, la revelación descifrada en su mente. "Latiana" significa "doncella real". Asà pues, la niña debÃa llamarse Elle la Princesa, asunto resuelto.
El prefijo "El" parecÃa alinearse con Eldorado, y el consorte número 37, un testamento de cuántos más habÃa.
Sólo entonces comprendió la razón por la que una niña de la estatura de una princesa vagaba a diario por la extensión de Zere, asemejándose en sus movimientos a una mendiga.
Le arrancó la rama de las manos y la utilizó para limpiarse las sucias y chamuscadas manos antes de lanzar una intensa mirada a El, cuyos ojos se abrieron de par en par.
"No te comas esto".
En un instante, su magia convocó una mesa cargada de exquisitos manjares.
Absulekti acercó una silla a El, que se tensó ante la repentina aparición de la mesa. Se acomodó en el asiento y refunfuñó mientras se colocaba una servilleta en el muslo.
"Cómete esto".
Pero El seguÃa mirándole y ni siquiera habÃa tocado los cubiertos.
Frustrado, Absulekti volvió a refunfuñar.
"¿Es que no sabes usarlo?".
"... Madre me aconsejó que no me diera un capricho".
"¿Por qué?"
"Deleitarse con ricos manjares crea un antojo duradero, por lo que la moderación es prudente. Los mejores bocados están reservados para mi hermano. ¿Puedo invitarle?"
Absulekti se quedó sin habla. La mitad del tributo que recibÃa anualmente del rey -de hecho, incluso la mitad- podÃa procurarle algo superior...
Acercó la comida a la indecisa niña.
"Come".
"No quiero. Mamá dijo que no debÃa acostumbrarme".
"Puedes acostumbrarte. Haré esto por ti todos los dÃas".
"¿De verdad?"
Los ojos de El brillaban mientras le devolvÃa la mirada. Nunca antes habÃa visto a un humano asÃ, y era una sensación extraña que le hacÃa cosquillas en el corazón, asà que apartó la mirada.
"Date prisa y come".
"¡Gracias, comeré!"
El respondió alegremente, tomando un gran bocado de sopa y sorbiéndolo. Cuando estaba a punto de llevársela a la boca, se detuvo y volvió a mirarle, como si recordara algo.
"¿Cómo te llamas? ¿Y cómo usas la magia?"
"...No estás realmente interesado en mÃ"
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