Miércoles 21 de Febrero del 2021 |
La heroÃna tuvo una aventura con mi prometido 137
"¿Sabes lo que estaba pensando?"
"...Es que pensaba que pensarÃas eso".
Al decir eso, bajé la mirada en ángulo, y los lóbulos de mis orejas se colorearon de rojo. Debe de tener un historial negro de bailar la danza del cortejo cuando no piensa con claridad.
"Quiero verlo ahora que lo recuerdo".
susurré, bajando la voz para que sólo él pudiera oÃrme.
"¿No puedes hacerlo?"
"...?"
"¿No puedes bailar conmigo con lazos y flores mientras estés en tu sano juicio?".
Reynos se puso rÃgido ante aquella petición impensable.
Me miró con ojos temblorosos, como preguntándome si realmente tenÃa que hacerlo, y yo le dirigà una intensa mirada que decÃa que sÃ.
Nervioso, tartamudeó.
"¿En mi forma demonÃaca?
"No, en forma humana".
"No".
Reynos negó de inmediato.
"No creo que esté bien".
"A mà me parece bien".
"No. A mà tampoco me gustan los dragones malvados...".
"Pero anoche también estuviste bailando, y cada vez lo haces mejor.
Justo cuando pensaba que se habÃa aclimatado del todo a las herramientas mágicas, anoche perdió la calma y volvió a bailar. Sólo fue durante una hora.
Reynos tartamudeó.
"Eso es porque estaba irracional... No puedo bailar bien si estoy racional. No, no creo que pueda bailar bien, pero lo intentaré".
Al oÃr su voluntad de intentarlo, le agarré por el cuello.
Verle bailar sin pareja era adorable, pero la perspectiva de presenciar su torpeza bailando con alguien era aún más entrañable.
Reynos se puso nervioso cuando vio mis ojos llenos de expectación.
Incapaz de decir que no podÃa hacerlo, tartamudeó, evitando mi mirada.
"Lo intentaré".
"También llevarás flores en el pelo, ¿verdad?".
"...No puedo atármelas yo sola porque tengo los brazos cortos".
"Yo lo haré por ti".
Como no me eché atrás dijera lo que dijera, Reynos cerró los ojos y se llevó una mano a la comisura de los labios.
ParecÃa estar meditando algo y luego asintió, aparentemente incapaz de decidirse.
"...Lo intentaré. Pero, sinceramente, sólo conozco la danza en teorÃa. En realidad, nunca la he bailado bien".
"¿Cómo conocÃas el baile?"
pregunté de sopetón.
No habÃa oÃdo que los imperiales cortejaran bailando la cadera, asà que no podÃa ser algo que se hubiera transmitido de generación en generación de la familia imperial, asà que ¿cómo demonios conocÃa Reynos un baile tan extraño?
Reynos, ruborizándose aún más, respondió de forma inaudible.
"Secretos".
"Tienes demasiados secretos".
"Bueno, he oÃdo que hay animales que expresan sus sentimientos mediante la danza, asà que he estado practicando...".
"¿Practicaste en el espejo?"
"..."
Tras cerrar la boca, Reynos volvió a rodearme la cara con las manos. En ese gesto avergonzado e impotente, adiviné la respuesta.
HabÃa practicado en el espejo".
Efectivamente, habÃa practicado la danza delante de un espejo, dentro de los elegantes confines del palacio, asegurándose de que la puerta estuviera bien cerrada para impedir que nadie presenciara su vulnerable exhibición.
Para expresarme sus sentimientos".
Me invadió una oleada de emoción. Sentà cosquillas en el corazón y rasqué el suelo con los dedos de los pies.
Entonces, en un repentino arrebato de jocosidad, le hice otra pregunta.
"¿No practicaste tu canción?".
"SÃ, pero mi pronunciación es...".
"Puedes cantármela tal como eres".
"..."
"Me encantará".
"No, no lo hagas".
"Deja que me haga ilusión".
Los ojos de Reynos brillaron e hizo un ruido de dolor mientras se tapaba la cara.
Tras unos cuantos golpes secos, bajó las manos de la cara y contestó en voz baja, como si no pudiera evitarlo.
"Lo intentaré".
Las comisuras de los ojos de Reynos se volvieron azules al decir aquello.
No lo negó ni un ápice, aunque yo esperaba que frunciera el ceño y se marchara.
Se me escapó una carcajada de puro placer.
Mirándome con expresión melancólica, Reynos habló por fin.
"TodavÃa estamos bajo el muérdago...".
Esta vez, mi cara se sonrojó. No pude evitar darme cuenta de que querÃa besarme otra vez.
Puse los ojos en blanco y me pregunté qué hacer. Pero en cuanto vi sus ojos llenos de expectación, sentà una extraña petulancia.
Le respondà con firmeza.
"No".
Reynos se estremeció, como si no hubiera esperado ser rechazado. Antes de que pudiera enfurruñarse decepcionado, hablé rápidamente.
"Yo lo haré".
"...!"
"Cierra los ojos".
Una vez fue difÃcil, dos veces fue fácil. Atrás habÃa quedado el imbécil que ni siquiera sabÃa besar.
Me impulsé hacia arriba. Pero la gran diferencia de altura impidió que mis labios alcanzaran los de Reynos.
Por suerte o por desgracia, Reynos tenÃa los ojos cerrados y no se daba cuenta.
Asà que le agarré suavemente del cuello y tiré de él hacia abajo. ParecÃa que le habÃa agarrado por el cuello, pero ni a él ni a mà nos importó, porque pronto tuve algo caliente y duro en los labios.
***
Rublet no podÃa apartar los ojos de la terraza por la que habÃan entrado Ciella y Reynos.
No podÃa ver a través de las cortinas, pero era evidente lo que ambos hacÃan en el salón de baile lleno de muérdago.
Siempre habÃa sabido que a Ciella le gustaba el prÃncipe heredero, pero no pudo evitar sentir una punzada de decepción.
Debe de ser su estatura".
reflexionó Rublet, pasándose una mano por el pelo.
Al darse cuenta de ello, sintió un náuseas en el estómago.
No habÃa pensado mucho en ello hasta ahora, pero verse excluido de la piscina idealizada de Ciella simplemente por su altura era descorazonador.
Claro que ser alto no garantizaba su afecto, pero al menos no tendrÃa el amargo sabor de ser descalificado.
Uf...
Desde que reconoció sus sentimientos, a Rublet se le escapaban suspiros cada vez que Ciella cruzaba por su mente. Incluso cuando contemplaba su estatura, un asunto que escapaba a su control.
De hecho, se habÃa estado esforzando por encarnar la imagen idealizada que Ciella tenÃa de él, pero por mucho que lo intentara, parecÃa incapaz de conseguirlo.
La condición para despertar la Justicia era poseer "algo que quieras proteger y que no puedas salvaguardar con tu limitado cuerpo actual".
Rublet deseaba de verdad proteger a Ciella, ya fuera del posible descenso del prÃncipe heredero a dragón maligno o de otros peligros. Sin embargo, si se planteaba la cuestión de si podrÃa salvaguardarla con su fÃsico actual, eso era otra historia.
Ciella es fuerte'.
Efectivamente, Ciella poseÃa fuerza. PodÃa resistir, luchando de igual a igual contra uno de los hombres más formidables del mundo.
Aunque al principio de su encuentro se habÃa derrumbado, últimamente se las habÃa arreglado bastante bien, probablemente porque no habÃa abierto el Laberinto.
ParecÃa ligeramente fatigada por sus exigentes tareas, pero aún conservaba su belleza. ¿Qué demonios iba a hacer con aquel imponente tallo de judÃa?
No, lo primero era lo primero...
Cómo despertar'.
Ése era el aprieto: despertar requerÃa pensar: "No puedo proteger a Ciella tal como soy", y con ella sonriéndole, ese pensamiento ni siquiera se le pasó por la cabeza.
En ese momento, una pareja se besó bajo el muérdago cercano. No se parecÃan en nada a Ciella ni a Reynos, y sin embargo, a través de los ojos de Rublet, se asemejaron momentáneamente a ellos.
¿Estás loco?
Rublet se mordió el labio y apartó la mirada. Los celos le invadieron como una erupción volcánica, apenas contenidos en su cuerpo.
Se preguntó si el resultado habrÃa sido diferente de haber sabido que ella era la maestra del gremio de Manipulación del Amor de Ciel, la que él habÃa estado buscando.
Pero era una pregunta inútil. Era demasiado tarde.
Arrastró los pies, buscando una salida del salón de baile, intentando sofocar la marea de emociones que se agitaban en su interior.
"Duque Justicia".
Alguien le llamó. Se dio la vuelta y encontró al Segundo PrÃncipe observándole con una sonrisa cómplice.
Rublet sentÃa aversión por el prÃncipe heredero, pero su desdén por el segundo prÃncipe era aún mayor. No, ni siquiera era antipatÃa; le importaba un bledo.
No recordaba el nombre del segundo prÃncipe y se esforzaba por olvidar su rostro. Sin embargo, por una cuestión de mÃnima cortesÃa, retuvo en su mente el conocimiento de su condición real.
Bajó la cabeza en silencio, como hacÃa siempre, dispuesto a pasar de largo cuando la voz chirriante y viscosa del Segundo PrÃncipe lo detuvo.
"He oÃdo que te has interesado por el pequeño marqués Lavirins".
Rublet desvió la mirada, y los ojos del Segundo PrÃncipe se abrieron de par en par. Se dio cuenta de que los rumores eran ciertos, dado el peculiar comportamiento de un hombre que parecÃa constantemente molesto o indiferente. El Segundo PrÃncipe esbozó una sonrisa maliciosa y sacudió la cabeza.
"Qué coincidencia, ya que yo también tengo interés en el pequeño marqués Lavirins".
El ceño de Rublet se frunció ligeramente ante aquellas palabras. Sin ser visto por el Segundo PrÃncipe, bajó la voz a un susurro.
"Pero ya que mi hermano está tan apegado al Pequeño Marqués, nosotros, meros humildes, deberÃamos contentarnos con las migajas, ¿no?".
"Con permiso".
No deseando mantener más conversaciones degradantes, Rublet se dio la vuelta para marcharse. Sin embargo, las siguientes palabras le paralizaron, obligándole a mirar de nuevo al Segundo PrÃncipe.
"Si el hermano mayor se transformara de repente en un dragón maligno, ¿crees que el Pequeño Marqués que está a su lado sobrevivirÃa?".
"...¿Qué estás insinuando?"
El audaz comentario hizo que el orgullo de Rublet se estremeciera. El Segundo PrÃncipe se encogió de hombros como si hubiera hecho una broma despreocupada.
"Es sólo una pregunta hipotética".
"No me digas que es sólo una hipótesis".
"El Duque tendrá su oportunidad".
"No me gusta nada".
Si las revelaciones del Templo son correctas, Ciella morirá el dÃa en que el PrÃncipe se convierta en un dragón maligno. Incluso si no lo hace, el prÃncipe heredero intentará matarla.
Me pregunto cómo se sentirá Cereal cuando vea eso...".
Se le revolvÃa el estómago sólo de pensarlo.
No querÃa que Ciella se enamorara del prÃncipe heredero, pero tampoco querÃa que le hicieran daño.
Ella siempre debÃa tener una sonrisa en la cara, aunque él no pudiera estar a su lado.
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