La Elección de Afrodita 45
Mente en blanco
Retorció los brazos de Afrodita a su espalda, atándolos con tanta fuerza que las muñecas se unieron como una sola. Cogida por sorpresa, Afrodita intentó desenredarse, pero las irrompibles ataduras estaban firmemente sujetas. Absorta con los pensamientos de liberarse, se retorció en la cama mientras Hefesto se sentaba a su lado. Sin previo aviso, levantó a Afrodita y la puso boca abajo en su regazo. Indefensa e incapaz de moverse, se sintió como una almohada que él podÃa arrojar a su antojo.
Ahora parecÃa una patética niña a la que se castiga por su error. El caso es que ya no era una niña, sino una hermosa mujer adulta, totalmente desnuda y atada contra su voluntad.
"¡Hefesto!", gritó en protesta.
"Te mereces que te coloquen asÃ"
Afrodita luchó por cambiar su posición, pero sintió una suave presión en el cuello que le impedÃa moverse. Cuando estaba a punto de presentar una lucha más agresiva, unos largos dedos acariciaron de repente el interior de sus muslos blancos desnudos haciéndola jadear.
"¡Hah!"
Hefesto sintió que su dedo era succionado por las húmedas entrañas de Afrodita, dándole la bienvenida.
"Ya estás mojada"
Sonrió perversamente, pensando que su protesta exterior contrastaba con lo que ocurrÃa en su interior.
"Eso es..."
Cuando estaba a punto de objetar su afirmación y culparlo de haber olido su aroma, escuchó su voz repentinamente frÃa.
"¿Te ha tocado Ares?" Su tono era mordaz. "¿Te abrió y te tocó?"
Por lo que parecÃa, sus preguntas no necesitaban respuesta; eran más bien una declaración. Declaraciones de crÃtica de un marido a su esposa infiel.
"Contéstame Afrodita. ¿Te ha tocado aqu�"
Aunque se referÃa sólo a la parte de su cuerpo donde su dedo estaba ahora explorando, la verdad es que ella habÃa sido tocada por Ares en más lugares de su cuerpo que uno. Sin embargo, a diferencia de Hefesto, que siempre habÃa sido amable con ella, Ares le infligÃa más dolor que placer. Sabiendo que su pregunta no tenÃa nada que ver con lo que ella sentÃa, permaneció en silencio.
"Ya veo"
Su tono era gélido, atravesando su defensa.
Ella jadeó cuando él la presionó de repente hacia abajo. Sin importarle su reacción, él continuó tocando sus entrañas más rápido y con más fuerza.
"Entonces no será suficiente con tocarte asÃ"
"Ha, ah, ¿qué?"
Con lo que su dedo le estaba haciendo, Afrodita no podÃa pensar con claridad, y mucho menos emitir una respuesta coherente.
"Te he hecho algo"
Antes de que pudiera darse la vuelta para ver, le presentaron una cadena de oro de la que colgaban unas canicas del tamaño de una uña.
'¿Qué es esto?'
Afrodita entrecerró los ojos con su lujuria, tratando de identificar lo que estaba viendo.
"¿Qué es?", preguntó con curiosidad cuando se lo quitaron.
"Quédate quieta"
Hefesto no reveló su identidad, pero le mostró su propósito. Rodeó su cintura con la cadena y luego introdujo la cadena restante entre sus piernas.
Ella volvió a jadear cuando sintió que la frÃa cadena tocaba el montÃculo entre sus piernas. La sensación fue extraña, pero no del todo desagradable. La cadena no era pesada ni peligrosa. Sabiendo que no la iba a lastimar, la idea de estar atada la excitó aún más.
Afrodita se estremeció aquà y allá mientras le colocaban la cadena. Cuando las pequeñas canicas rozaban el punto sensible entre sus piernas, le resultaba difÃcil obedecer permaneciendo muy quieta. La sensación de hormigueo le hizo respirar con dificultad cuando las otras canicas le acariciaron el clÃtoris mientras Hefesto terminaba sus ajustes. Entonces, con un movimiento de su dedo, la cadena cobró vida de repente y empezó a vibrar.
"¡Ja, agh, se siente raro, agh! Ah! Se está moviendo!"
Sorprendida por la sensación, Afrodita trató de mover sus caderas en respuesta a lo que ocurrÃa con la cadena. Pero cuanto más se esforzaba y se movÃa, más la frotaban y acariciaban las canicas. A medida que las cadenas se apretaban alrededor de su v*gina, su excitación se triplicaba.
Hefesto, como si no estuviera satisfecho con lo que ya estaba haciendo con ella, tocó su vagina húmeda.
"Estoy seguro de que puede faltar, pero deberÃa darte lo que quieres"
"¿Qué... esto?"
"Parece que ya estás disfrutando aquà abajo"
Ella sabÃa que él tenÃa razón. No podÃa ocultar la verdad aunque quisiera negarla. Su cuerpo sólo la traicionarÃa, ya que estaba realmente empapada y palpitando aquà abajo. El placer que estaba sintiendo no sólo la empapaba sino que goteaba generosamente lÃquido de éxtasis. Su abertura se aflojó y apretó su músculo en un movimiento de succión engullendo completamente su dedo juguetón dentro de ella. Con todos sus sentidos concentrados en lo que ocurrÃa dentro de su vientre, perdió toda la voluntad de hablar e incluso de pensar.
"¡Ah! ¡Ah, Hefesto, esto es, ah, también!"
"¿Te duele?"
"No... no, ¡ah!"
Incapaz de decir más al no poder describir el placer de tal experiencia, sólo dejó su mente en blanco y permitió que su delirio se apoderara de ella. Luego enterró su cara en la cama, gimiendo, saboreando esa inexplicable euforia que sentÃa por primera vez. Mientras tanto, Hefesto empujaba sus dedos dentro de ella, extasiando aún más sus sentidos.
"¡Agh!"
El cuerpo de Afrodita tiene ahora una mente propia, mientras se acercaba a una gran liberación podÃa sentir más lÃquido fluyendo por su muslo, entonces todo se volvió oscuro.
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