EMDIET 0055







EMPERADOR DIVINO ETERNO 55

La inconstancia de la naturaleza humana




Todos en la audiencia contuvieron el aliento, con los ojos clavados en el Coliseo.

En la arena, dos figuras borrosas colisionaron en silencio. El contacto fue fugaz antes de que se cruzaran. Tras el impacto, se separaron a una velocidad aún mayor. Con sus posiciones intercambiadas, ambos se quedaron petrificados.


—¿Por qué no se mueven? ¿Ya hay un ganador?

—¡Qué velocidad más miedosa!


Desde abajo del escenario, Shui Wenxin observaba a Zhang Ruochen y a Le. Con su nivel, apenas había podido seguir el rastro de las espadas. Solo estaba un 40% seguro de poder interceptar alguno de esos ataques. El otro 60% era muerte fija.


—¿Quién ganó?


Lin Ningshan se puso de pie. Con sus ojos hermosos, miraba expectante la arena.

De pronto, Le se llevó la mano al pecho; sentía un ardor insoportable por dentro. La sangre brotó de su herida, tiñendo gran parte de su ropa de un rojo intenso.




¡Bang!




Sin poder evitarlo, cayó al suelo. Con una mano apretaba su espada y con la otra intentaba contener la hemorragia en su pecho. Su mirada seguía puesta en Lin Ningshan. Al final, había perdido y le había fallado a su promesa.

Por otro lado, una delgada línea de sangre apareció en el cuello de Zhang Ruochen. Era una herida superficial; el acero apenas le había rozado la piel.


—¿Por qué... no... me mataste?


preguntó Le desde el suelo, mirando a Zhang Ruochen.

En realidad, Zhang Ruochen pudo haber terminado la pelea ileso, pero eso habría significado matar a Le de un solo tajo. En el último milisegundo, forzó la dirección de su espada para desviarla apenas un poco. Por eso, la espada de Le alcanzó a rozarlo.


Zhang Ruochen lo miró y dijo:


—¡Yo no mato porque sí!


(Omitiendo la segunda parte: 'A menos que sea alguien que realmente lo merezca').


—Te debo la vida... en el futuro yo.......


Le apretó los dientes como un lobo solitario y herido. Empezó a arrastrarse fuera del Coliseo, dejando un rastro de sangre tras de sí.

Zhang Ruochen frunció el ceño al mirar hacia donde estaban Lin Chenyu y Lin Ningshan. La familia Lin era realmente de lo peor; ni siquiera mandaron a un sirviente para ayudar a un Le agonizante. Lo dejaron que se arrastrara solo, como si no valiera nada. Pero bueno, cada quien elige su camino.

Faltaba la décima batalla. En el Coliseo de Nivel Amarillo quedaban dos guerreros del Tablero que no habían peleado: Sikong Di (puesto 5) y Yun Tian (puesto 21). Obviamente, Sikong Di dio el paso al frente por ser el más fuerte.

Sikong Di era tan potente como un guerrero en la Etapa Inicial del Reino Negro. Pero si Shui Wenxin y Le habían mordido el polvo, él no tenía ni media oportunidad. Sin mayores sorpresas, Zhang Ruochen lo despachó con facilidad, convirtiéndose en el primer guerrero en lograr 10 victorias seguidas contra el Tablero Amarillo.

No solo ganó el nuevo Token de Hierro (que decía: 'Zhang Ruochen, el primero del Tablero Amarillo, Comandancia de Yunwu'), sino que también se llevó el premio gordo: un millón de monedas de plata.

Para no cargar tanto peso, cambió la plata por 1,000 Cristales Espirituales. Depositó 800 mil en su tarjeta VIP del Banco del Mercado Marcial y, con los otros 200 cristales, se fue al Pabellón Qingxuan a comprar píldoras para prepararse para el Reino Negro.


—Novena hermana, ¡parece que te ha ido bien con la cosecha!


dijo Zhang Ruochen al ver a Yuxi contando sus Cristales Espirituales muy contenta.


—¡Solo gané 20 cristales, nada comparado contigo!


respondió ella con los ojos achinados de la risa. Para una princesa, 20 cristales era un montón de plata.


—Voy al Pabellón Qingxuan a comprar unas cosas. ¿Me acompañas?


invitó Zhang Ruochen.


—Como me gané el millón, yo invito. Dime qué píldoras quieres y yo las pago.

—¡Eres lo máximo, hermanito!


Yuxi se lanzó sobre él y le plantó un beso en el cachete de la emoción.




¡Boom!




El trueno retumbó y empezó un ventarrón seguido de una lluvia torrencial. Para cuando salieron del Coliseo, el cielo se estaba cayendo.


—¡Péguenle! ¡Rómpanle las piernas! ¡Qué cólera me da! ¡¿Cómo puedes ser tan inútil de no poder ganarle al debilucho de Zhang Ruochen?!


gritaba Lin Ningshan bajo la lluvia, con una frialdad que asustaba. Una sirvienta le sostenía el paraguas de papel aceitado.

Siguiendo sus órdenes, cuatro guardias fortachones, con caras de malos, le estaban dando de alma a Le con varas de hierro.




¡Bang, bang!




Le estaba tirado en un charco de agua, con las dos piernas rotas y la cabeza sangrando. Su cuerpo estaba hecho un desastre por la paliza.


—¿Espadachín letal? ¡Cuentos! ¡No eres más que un esclavo! ¡Si mi señora no te hubiera recogido de la calle, te habrías muerto de hambre en la nieve!


le gritaban mientras seguían golpeándolo.


—¿No que eras muy fuerte? ¿Dónde está tu espada? ¡Vamos, mátame! ¡Jaja!

—¡Denle duro! ¡Maten a este estorbo!

...


Los cuatro guardias no escatimaban esfuerzos en revolear sus varas de hierro, matándose de risa mientras lo hacían.

Lin Ningshan estaba a un lado. Con su porte elegante y su rostro precioso, miraba a Le con una indiferencia que daba miedo. Había un rastro de asco en su expresión cuando soltó:


—Si no fuera por tu talento en las artes marciales, ¿por qué crees que te habría llevado a mi casa? Ahora que Zhang Ruochen te rompió los meridianos, ¿para qué me sirves? ¡Péguenle! ¡Denle hasta que este bueno para nada se muera!


Tirado en el lodo, Le clavó sus ojos en Lin Ningshan. Luego, simplemente los cerró. Su sangre empezó a fluir, tiñendo el agua de la lluvia a su alrededor.


Un guardia fortachón, con la vara toda ensangrentada, se acercó a Lin Ningshan. Inclinándose, dijo:


—¡Mi señora, creo que ya estiró la pata!

—¡De verdad que era un inútil!


escupió ella con frialdad, mirando al hombre que yacía en un charco de sangre y lluvia.




¡Clank!




Un carruaje lujoso navegó por la lluvia antes de frenar en seco en medio de la calle. Lin Chenyu levantó la cortina y asomó la cabeza. Con una mueca burlona, dijo:


—¡Ningshan, vámonos a casa!


Ella asintió y subió al carruaje sin mirar atrás, dejando a Le tirado como si fuera basura. El carruaje se puso en marcha y desapareció al final de la calle.

Poco después, un carruaje antiguo jalado por Conejos Relámpago blancos salió del Coliseo y se detuvo al lado de Le. Zhang Ruochen bajó y vio a Le empapado en sangre. Le puso los dedos bajo la nariz.


—Todavía respira. No está muerto.


Novena Princesa asomó la cabeza y dijo:


—Noveno hermano, tiene todos los huesos rotos y está demasiado herido. Va a colgar los tenis en cualquier momento. Si ni sus dueños lo salvaron, ¿por qué nos vamos a meter nosotros?

—Si no nos metemos, se muere fijo. Que dos guardias se lo lleven al palacio. Que viva o no ya depende de su propia voluntad.


Zhang Ruochen sacó un frasco con Píldoras de Piedra Santa, un medicamento de segunda clase para curar heridas que vale sus buenas 2,000 monedas de plata por unidad. Le metió una en la boca y guardó el resto.

La princesa mandó a dos guardias a subir a Le a otro carruaje, la comitiva emprendió el regreso al palacio. Luego, Zhang Ruochen y Yuxi se desviaron hacia el Mercado de Píldoras.




¡Tick, tock!




La lluvia no paraba. Las calles estaban casi vacías hasta que llegaron a una zona bien desolada. En la oscuridad, una figura cruzó como un flash, aterrizando en el techo de un edificio de cuatro pisos. Era Han Qingluo, una de las discípulas de la Reina.

Su ropa verde estaba pegada al cuerpo por el agua, marcando su figura esbelta. Parecía un fantasma hermoso cazando en la noche. Con un velo cubriéndole la cara, solo se le veían unos ojos gélidos clavados en el carruaje de los príncipes.




¡Boom!




Se llevó la mano a la cintura y desenvainó su cinturón, que en realidad era una Espada Suave verde. Saltó desde lo alto, cayendo como un rayo sobre el carruaje y soltó un tajo brutal.




¡Bang!




El carruaje se partió en dos, volando por los aires. El cuerpo de la sirvienta que manejaba quedó dividido en dos partes. Pero el carruaje estaba vacío. Ni rastro del príncipe.


—¿Se escapó antes?


Han Qingluo aterrizó en medio de la calle, totalmente desconcertada.

Mientras ella seguía en shock, Zhang Ruochen y Novena Princesa aparecieron caminando desde lejos bajo la lluvia.


—¿Quién eres tú?


preguntó Yuxi, furiosa.


—¡¿Eh?!


Han Qingluo jadeó. No entendía cómo habían esquivado su ataque mortal.

La verdad era que ellos estaban dentro, pero Zhang Ruochen sintió la intención asesina apenas ella soltó su poder. Al toque, agarró a su hermana, rompió la pared del carruaje y escapó por detrás antes del impacto.

Zhang Ruochen escaneó a la mujer y preguntó:


—¿Eres una asesina del Reino Negro?


Han Qingluo emanaba un aura de muerte pesadísima; sus ojos eran puro hielo. Definitivamente no era una guerrera común, sino una asesina profesional. Esos son los más peligrosos, porque saben mil formas de matar y pueden bajarse a guerreros de niveles mucho más altos.

¡Y una asesina en el Reino Negro era, obviamente, una pesadilla hecha realidad!

Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄

Publicar un comentario

0 Comentarios