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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 540

Extras: ILLESTAYA (111)




En la mañana de su partida, Olga pidió que revisaran la carta que había escrito para su hija. No le importó que quince de las treinta líneas que había escrito con tanta dedicación fueran corregidas por Isabella, y volvió a escribirlas siguiendo las indicaciones.

Luego, recibió grandes elogios de Isabella y se sonrojó hasta las orejas de vergüenza. Esto se debió a que Isabella se había comportado de manera efusiva, como si estuviera elogiando a una hermana menor.

Mientras eso sucedía, Leonel les enseñó a Ricardo e Ivana cómo jugar con el perro. Vásquez, el perro blanco que había seguido a los gemelos desde la Residencia de Logorno, hasta entonces solo se había limitado a proteger a sus adorables dueños, sin experimentar nunca su rol como tal.

Aunque los sirvientes lo sacaban a pasear y jugaban con él con esmero cada mañana y tarde, el perro grande, que era el que más quería a los gemelos, disfrutaba revolcándose sin hacer nada cerca de ellos, incluso cuando se le permitía vagar libremente por el castillo, observando cómo jugaban los niños.

A diferencia de cuando estaba con Kassel o Inés, Vásquez se comportaba de manera muy cortés con los bebés; incluso cuando los gemelos se le pegaban y lo molestaban para mostrarle afecto, él solo movía la cola y los toleraba con generosidad. Era tan dócil que costaba creer que alguna vez hubiera sido un perro callejero que deambulaba por la colina de Logorno. A pesar de que Juan había sido cauteloso con él durante medio año debido a la peligrosidad de los perros grandes, el perro había superado la difícil prueba.

'Ahora que pueden caminar y correr a cuatro patas, deben empezar a comportarse como dueños', pensó Leonel, y les enseñó a sostener y lanzar el disco de madera. Juan estaba con Leonel, aunque para ser precisos, no estaba jugando con ellos, sino 'vigilando y supervisando' todo el proceso. Era extremadamente sensible en lo que respecta a la seguridad de los gemelos.

Aun así, Juan había tallado los discos personalmente. Especialmente porque a Ricardo le gustaba el perro blanco de Logorno.

Ricardo, que al igual que su padre, lanzó el disco bastante lejos de un solo intento, fue inundado de elogios por parte de sus abuelos. En ese momento, Ivana, que había estado haciendo un puchero a sus espaldas, lanzó su disco con un extraño grito de ánimo. Por supuesto, como la fuerza del lanzamiento era diferente, el disco no llegó muy lejos y cayó de golpe, y los siguientes intentos tuvieron el mismo resultado.

Leonel y Juan no escatimaron en elogios para su nieta, pero Ivana ya era capaz de percibir la diferencia en los resultados visibles más que las palabras dulces.

Gracias a eso, a pesar de tener a sus dos abuelos a su lado animándola, diciéndole que ‘nuestra princesita es admirable solo por el esfuerzo’, la niña repitió el acto de lanzar y recoger el disco, haciendo oídos sordos.


—Probablemente se quedará así hasta la noche si nadie la detiene.


Juan chasqueó la lengua.

'Es un pequeño manojo de terquedad', pensó. Leonel miró pensativamente la cabecita redonda, sintiendo *déjà vu*, luego abrazó fuertemente a Ivana a la fuerza. No le importó que su nieta, que estaba absorta en lanzar el disco y ya ni lo miraba, pataleara.


—De verdad que eres idéntica a tu madre. Aunque ya tienes un vocabulario más bonito, eso sí... Probablemente es porque eres una versión mejorada de tu madre, o porque Isabella te ha enseñado a hablar, y no tu madre.


Mientras Leonel llegaba a esa conclusión lógica, Ivana forcejeaba con su brazo corto, que apenas lograba sacar por encima del hombro de él, intentando recuperar el disco. Y es que el disco que ella había lanzado había sido recogido con entusiasmo por Vásquez.


—Leonel, déjala. No puede respirar.

—Tienes que lanzar el disco tan lejos como Ricardo para cuando el abuelo regrese a Espoza. ¿Entiendes?

—No debería decir esas cosas a la ligera, Leonel. Nuestra preciosa nieta se saltará comidas y solo se dedicará a lanzar el disco al perro. ¿Y cree que Ricardo se quedará quieto mientras ella hace eso?


Isabella, que había salido al vestíbulo con Olga, que ya estaba lista, frunció el ceño al escuchar el peligroso encargo de Leonel. Olga suspiró y dijo:


—Vi que el carruaje estaba listo y pensé que solo esperaban la salida, ¿pero estaban jugando otra vez?


Leonel estaba demasiado ocupado besando la suave coronilla de su nieta como para prestar atención a la pregunta, dicha como si su esposo fuera un principito inmaduro. Ricardo, que pasaba por allí, fue arrastrado de repente a los brazos de Leonel. Luego, se levantó con calma, como si nada hubiera pasado, y replicó:


—Si no le enseñas a no rendirse ante los niños desde pequeña, ¿cómo va a vivir ganándole a su futuro esposo? Esta niña es la hija de los Valeztena y los Escalante.

—No te equivocas.


Juan asintió. Aunque Inés, criada bajo las directrices de crianza de los belicosos Valeztena, vivía precisamente ganándole a su propio hijo, a Juan no le importaba mucho, ya que Inés era legalmente su hija. Kassel era un pecador de por vida solo por haber provocado que su esposa, embarazada de dos hijos, recibiera el aviso de la muerte de su esposo. Al menos, así lo veía Juan.

Además, si un hombre no tenía el temple para al menos *ceder* ante su propia esposa, tampoco tendría el temple para gobernar Espoza.

Y mucho más su adorable Ivana, la primera hija nacida en Escalante en mucho tiempo. Le horrorizaba solo pensar en enviarla fuera de Escalante o Valeztena, ¿cómo podría imaginarse que algún hombre la oprimiera después de haberla criado con tanto esmero?


—Aunque sus abuelos no les enseñen así, esta niña vivirá sin tener que pasar por ninguna penuria. Ella sabrá cumplir muy bien con sus responsabilidades.


Isabella acarició la cabeza de Ivana y, disimuladamente, le quitó el disco. Mientras tanto, Ricardo se fue hacia Olga y, con un lenguaje torpe, se jactó de los elogios que había recibido de sus abuelos. El carruaje llevaba un buen rato esperando, pero ellos no tenían intención de irse.

Y era comprensible. Él mismo no quería que se fueran. Incluso temía que Kassel e Inés regresaran al continente y se llevaran a esos niños más allá del mar. Esto, a pesar de que extrañaba mucho a su hijo y a su hija.

Un pensamiento sin mucho propósito cruzó por su mente.

'A ellos todavía les falta tiempo'

Mientras Isabella sonreía al contemplar a Olga, que se había agachado para ponerse a la altura de Ricardo y asentía diligentemente con la cabeza, de repente sus ojos captaron a Leonel agarrando a Juan y diciéndole algo.

Vio que su esposo, con un rostro displicente, escuchaba con gran atención. ¿Quién habría imaginado que esos dos hombres obstinados, que se habían conocido desde la infancia e incluso habían compartido el mismo tutor en la corte por un tiempo, sin jamás reconocerse como amigos en toda su vida, terminarían así? Su suegra había intentado una vez que los dos fueran amigos. Pero se dijo que habían fracasado porque se disgustaban mutuamente sin razón.

Vásquez, el perro, revoloteaba alrededor de los dos hombres, moviendo su cola tupida, parecida a la de un zorro. Juan, que se había molestado porque le enviaran un perro callejero y feo desde la Residencia de Logorno de Kassel, ahora acariciaba la cabeza del perro por costumbre.

Leonel, por último, también se agachó frente a Vásquez, le acarició rudamente el lomo a modo de despedida, y se acercó a Olga.


—¿De qué hablabas tan seriamente con Juan?

—De nada.


Leonel le contestó a su esposa, soltando una risita, y luego miró a Isabella de forma un tanto significativa.

'Estoy seguro de haber visto esos ojos antes......'

Sin embargo, Isabella no tuvo tiempo de reflexionar sobre esa mirada significativa de Leonel. Los niños, descontrolados ante la idea de que Leonel y Olga se iban de verdad, persiguieron el carruaje y rompieron a llorar de nuevo, lo que apenó profundamente a Olga, mientras que a Leonel se le rasgó la boca de satisfacción.

Las fanfarronerías inmaduras de Leonel, como *¿Tanto les gusto, eh?*, no tenían fin, por lo que Juan terminó cerrándole la puerta del carruaje en la cara. El cochero, como si se sintiera presionado por esa intensidad, aceleró la marcha.


—Aunque hable así, es posible que se ponga más triste que Olga durante el viaje. Es un hombre muy sensible con los asuntos familiares.

—¿Tú crees?


Juan, que observaba la carretera por donde se perdía el carruaje de los Valeztena como si nunca los hubiera querido echar, respondió con calma y, acto seguido, sonrió con dulzura y alzó en brazos a los dos gemelos que se le habían colgado de las piernas. Se negó tercamente a darle a Ivana a Isabella, aunque ella se preocupó e intentó tomarla.

Le gustara o no, era hijo de Calderón y, aunque había estado postrado en cama, seguía estando lejos de tener un cuerpo frágil. Sin embargo, los gemelos, dignos de la estirpe Escalante, crecían día a día, como si nunca hubieran nacido tan pequeños y débiles. Estaban en la edad de caminar, correr y volverse fuertes, por lo que si se agitaban un poco mientras él los abrazaba a ambos a la vez, la fuerza era considerable.

Cada vez que sentía que le costaba más abrazarlos, se daba cuenta de cuánto habían crecido los niños. O de que él mismo se estaba debilitando de nuevo.

Todas las cosas tienen dos caras, una alegre y una triste. Juan apretó a sus dos nietos, que colgaban de él como si su hombro fuera lo más confiable del mundo. En ese momento, todos a su alrededor se preocupaban más por él que por los niños, pero él aún no tenía intención de soltar a esos pequeños granujas.


—De verdad, déjame a Ivana.

—Un poco más, Bella.


Juan frotó juguetónamente su nariz contra el cabello oscuro de Ricardo y, con la misma sonrisa que su hijo, miró el rostro enrojecido de Ricardo por las lágrimas de tristeza.


—¿Vamos a ver a Mamá y a Papi en el corredor?

—¡Sí!


Los ojos, que lo miraban con toda la confianza del mundo, brillaron. Tal como Kassel lo había mirado alguna vez.

Solo necesitaba un poco más de tiempo. Mientras su familia creyera en él, solo un poco más.

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