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Anillo Roto: Este matrimonio fracasará de todos modos 506

Extras: ILLESTAYA (77)




Inés respondió con indiferencia:


—Es casi idéntico a tu hijo, pero la atmósfera es diferente.

—…….

—¿Kassel?

—Sigue hablando.

—Ya lo dije todo.


¿Qué más había que decir? Inés tenía exactamente esa expresión. A pesar de eso, Kassel continuó mirando su rostro y de repente, con el rostro inexpresivo, agarró con fuerza su pecho desnudo a modo de castigo.


—Entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Inés Escalante. Mencionaste a Tahaka porque quieres hacerlo por segunda vez, ¿verdad? Aunque en realidad no tienes ningún interés en ese hombre.

—¿Tengo que hacer eso? Ya que te conquisté, si quiero, solo tengo que derribarte y montarte. Hoy estoy cansada, así que voy a descansar.

—Entonces, ¿solo tienes interés en ese hombre?

—Bueno, él es el jefe de esta tierra. Debo observarlo de cerca. Es un interés obvio, ¿no crees?

—Maldita sea, mientras yo estaba perdiendo el tiempo con su hijo, tú estuviste ocupada admirando el cuerpo desnudo del padre….


Murmuró, apretando los dientes y enterrando el rostro entre los pechos que amasaba con fuerza. Por supuesto, Inés no le prestó atención, sino que estaba ocupada abrazando la nuca de él, enrollando sus suaves cabellos rubios con la punta de los dedos y revolviéndoselos.

Kassel, que había murmurado aquello y esperaba la negación de ella como una respuesta programada, la mordió en el pecho para incitarla. Inés, que miraba al gran hombre colgado de su pecho como si fuera una bestia malcriada, finalmente respondió en un tono poco serio:


—¿Quién dijo que lo estaba admirando?

—¿No es así? ¿Nunca te gustó mirar sus hombros o sus músculos pectorales?


El ejemplo era preciso.


—Simplemente lo vi porque estaba delante de mis ojos, ¿qué iba a tener de agradable? 

—Tu lasciva doncella ya está actuando como si este lugar fuera el cielo al que llegó después de morir.

—Ella merece ir al cielo. Ha vivido una vida bondadosa.


Por supuesto, las opiniones de los hombres que conoció desde Pérez en su juventud serían diferentes, pero al menos para Inés, ella siempre fue bondadosa. Si fue tan buena con una ama tan malvada, merecía una recompensa.

Sin embargo, la doncella de la esposa, que siempre había gozado de la confianza y el favoritismo de Kassel, ya había caído en desgracia al fomentar la indecencia antes incluso de que el banquete en el patio del palacio del Gobernador terminara. Él la miró con una expresión de total desacuerdo y continuó su interrogatorio.


—¿Qué te gusta de ese anciano?

—Solo es unos diez años mayor que nosotros, ¿no? Incluso parece más un hermano mayor con mucha diferencia de edad que un padre y un hijo con Sahita.

—Entonces, ¿te gustó su apariencia tanto como para que te molestara que tu marido lo llamara casualmente ‘anciano’?


Ella con calma añadió información, incluso con él succionándole el pecho y saltando a conclusiones.


—Escuché de Batimuka que tuvo a Sahita cuando era muy joven. Se casó pronto por un acuerdo del antiguo jefe de tribu. Apenas debe tener unos 34 o 35 años.

—¿Y a mí qué me importa? Su hijo pronto se casará, así que dentro de poco será abuelo. No le falta nada para ser llamado anciano.

—Aun así, a simple vista parece solo un padre que tuvo un hijo tardío.

—Inés… ¿Simplemente no puedes estar de acuerdo? Estoy loco de celos, así que las conclusiones lógicas no sirven de nada.

—Claro, pronto lo llamarán abuelo. Aquí las bodas son más tempranas que en el continente Ortega.


Su respuesta fue insatisfactoriamente vaga sin razón aparente. Al verlo disgustado, Inés finalmente soltó una carcajada.


—Es un hombre con un hijo ya crecido y una hija pequeña. ¿En qué diablos estás pensando?

—En que los pallatashas pueden casarse dos veces.

—Creo que te envié demasiado lejos, Kassel. Fue divertido, pero ya vuelve.


Sin embargo, él ya estaba pensando en la esposa de Tahaka, a la que no se veía por ningún lado.

En el banquete, quien cuidaba principalmente a Kiki, la hija pequeña de Tahaka, era una anciana. En otro momento, la pobre Batimuka se habría encargado de ella, pero él era uno de los traductores que no se daba abasto. Por lo tanto, el único que encontraba rápidamente a la niña cuando desaparecía y regresaba con ella al brazo era su hermano mayor, Sahita.

Él sabía que Inés había estado mirando a esa niña traviesa, encontrándola adorable. Tahaka ocasionalmente atrapaba a su hija que corría hacia él como un halcón y la cuidaba con afecto, pero no parecía tener tiempo para prestarle toda su atención. Gracias a eso, aunque la niña corría como loca, no había ninguna mujer que actuara como su madre.

Sin duda, se había quedado viudo hace tiempo y era un hombre libre.

Al recordarlo, se dio cuenta de que todo le molestaba a muerte: la sonrisa amistosa y a veces astuta que ponía, a diferencia de su hijo; el cuerpo bronceado, hasta cómo memorizaba algunas frases en el idioma Ortega con esa voz profunda.

No solo Sahita, que quería ser su concubino, sino que el maldito Tahaka entraría y saldría de la residencia del Gobernador de Inés a diario y hablarían innumerables veces. Y todo eso mientras él estaría en los cuarteles de los marineros al otro lado del cabo, o en un buque de guerra en el mar, pasando un tiempo de tortura rodeado por los rostros de gente desesperante.

La imagen de Inés mostrando un momento de vacilación cuando Tahaka le rindió homenaje, mientras que permanecía inalterable cuando Sahita y su séquito le rendían el saludo de guerrero innumerables veces, como si fuera habitual en Ortega, se repitió tardíamente en su mente. No le agradaba en absoluto que la importancia de Sahita hubiera desaparecido de su cabeza.

Desde el principio, el gusto de Inés era ese: lo bien madurado antes que lo inmaduro.


—¿Acaso no confías en mí?

—Siempre confío en ti como a mi propia vida, Inés.

—Yo tengo celotipia, así que conozco bien tus celos enfermizos, pero esa es una declaración bastante descarada para salir de la boca de un celoso.

—Es aparte de que confío en ti con toda mi vida, es solo que quiero castigar a esos bastardos.

—¿No es suficiente con que me entregué a ti tan desastrosamente?

—…….


La mano que ya estaba agarrando sus nalgas bajo el borde del vestido se tensó de golpe. Inés cambió su tono a uno deliberadamente amable.


—De todas formas, no me interesan los músculos de los hombres pallatasha. Tengo la figura más espléndidamente esculpida en la palma de mi mano. Incluso cuando eres tan pesado.


Ella evaluó su peso, como si esperara un agradecimiento por tenerlo en la palma de su mano y manipularlo a su antojo. Como si le preguntara si sabía lo pesado que era como para tenerlo en su mano. Entonces, él se recostó aún más, como cargando más de su peso, apoyando su cabeza en el hombro de ella y acariciando su pecho. Tal como ella acostumbraba a hacer con su cabello.


—Mi interés en Tahaka es puramente político, y eso es todo. Su imagen también me pareció buena.

—…No me gusta que veas el cuerpo desnudo de Tahaka todo el día.

—Cualquiera que te escuche pensaría que estás provocando un gran malentendido.

—Yo me cubro de forma inmaculada hasta el cuello y al final seré olvidado por ti. ¿Puedo yo también llevar el uniforme solo a medias?

—Absolutamente no.


Ella cambió su tono, que la estaba consolando con dulzura, a uno de inmediato estricto.


—Maldita sea. Ellos sí pueden, ¿por qué yo no?


Era porque Inés recordaba muy bien que los pallatashas podían casarse dos veces.

Por supuesto, ella, al igual que él, no creía que ese "segundo" matrimonio tuviera la más mínima posibilidad de convertirse en realidad. Pero para los pallatashas, era algo bastante real. Si hubiera algún insolente con malas intenciones que pusiera esa realidad como premisa y apuntara a Kassel Escalante…

Las marcas territoriales que se habían dejado el uno al otro en Ortega eran más que suficientes, hasta el punto de hastiar a sus padres, pero aquí no lo eran. No solo los hombres, sino también las mujeres iban casi desnudas, y… Inés de repente recordó la ropa ligera de las mujeres. No es que no confiara en Kassel.

Simplemente no podía soportar ver esos atuendos, que iban más allá de lo sencillo hasta ser extremadamente ligeros, y esos rostros bonitos y exóticos pululando cerca de él.

Pero no quería demostrarlo y alegrarlo. Además, le quedaba una nueva forma de vengarse.


—Aunque te vistas de uniforme, yo conozco todo lo que hay dentro y puedo imaginarlo de cabo a rabo.

—Aun así, no es lo mismo que estar desnudo.

—Prefiero que haya envoltorio, Kassel.

—¿Ah, sí?


De todas formas, él se alegraba con tanta facilidad. Aun así, Inés le aconsejó con una pizca de lástima:


—Ya que tienes esa pinta, compórtate a la altura. No hay hombre que sea mejor que tú en ningún sitio.

—Pero, ¿qué pasa si tu mirada se pervierte algún día?


Quería decir que él era, por supuesto, una criatura excelente, pero ¿qué pasaría si la forma en que ella miraba cambiaba? Siendo muy arrogante, era arrogancia; si era humildad en la que su subjetividad era más importante que la objetividad, era humildad. Inés le abrazó el cuello y le susurró:


—Solo tengo que desnudarte y consumirte a ti por el resto de mi vida; no necesito a nadie más.


Luciano una vez comentó de Kassel de pasada: 'Me pregunto por qué cada día te pareces más a tu padre'. Ella entendió el significado de esa frase de inmediato. Y con esa única frase, comprendió toda la evolución gradual de su marido. A pesar de que su apariencia era completamente diferente, a veces se reflejaba la sombra extrema de su padre.

Kassel, sin entender del todo la analogía, le preguntó a la ligera: '¿Mi padre, o tu padre?', Luciano solo sonrió levemente sin responder por un momento. Hasta que Inés, que había estado escuchando en silencio, le interpretó: 'Significa que a veces te portas como un cabrón, igual que mi padre'


—Incluso siendo tan cabrón, eres adorable.

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