LVVDV 433






LA VILLANA VIVE DOS VECES 433

El sueño de la mariposa (100)




Milaira se secó las lágrimas. Pero las lágrimas volvieron a caer, ella, aturdida y desanimada, solo miró al cielo.

Ni ella misma sabía por qué se sentía así. No podía distinguir si estaba feliz, triste o enojada. Sabía desde hace diez años que Artizea ya no era su hija, sino parte de la familia del Gran Ducado Evron, así que no había motivo para albergar tales altibajos emocionales.

Aun así, se sentía feliz. También pensó que era un alivio. Si de todos modos iba a encontrarse con un hombre, era mejor que la trataran bien y se casara. Era algo bueno. Esa tonta no podía vivir sola, así que necesitaba a alguien. Era mucho mejor que encontrar a cualquier don nadie.

Tanta gente lo presenció. La princesa heredera y los otros grandes duques fueron testigos, así que, incluso si algo sucediera en el futuro, el puesto de Gran Duquesa Consorte Evron permanecería.

Pero, ¿por qué se sentía tan vacía?


—Esa pequeña ya es grande.


Milaira murmuró con un tono áspero. Estaba enojada y triste. Ignoraba a propósito cualquier otra emoción, porque temía que se sentiría miserable.

No, ella ya era miserable. Sumergida en una soledad profunda, no sabía si era porque su hija, que ni siquiera pensaba en su madre, se había ido, o porque no tenía un anillo en su dedo.

Se sentía vacía por dentro. Cuando intentó secarse las lágrimas con la palma de la mano en lugar del pañuelo arruinado, Ansgar le ofreció un segundo pañuelo.

Le resultaba irritante lo preparado y despreciable que era.


—Viejo, y para colmo, mayordomo.


Intentó regañarlo por querer comportarse como un adulto en todo, pero le dolió la garganta y se detuvo. Ansgar, sin saber si lo entendía o no, se rió y dijo:


—Serán felices y vivirán bien.

—…...

—¿No es así como son los padres? Cuando los hijos crecen, tienden a abandonar el nido. Incluso si hay innumerables cosas que no te satisfacen y te causan inquietud y preocupación.

—Ja, ¿quién se preocupa? Hace diez años dijo que no necesitaba una madre. ¿Estás presumiendo frente a mí, diciendo que la criaste?

—Quería decirle que al final, cuando uno termina de criar a sus hijos, tiende a quedarse solo.


Ansgar habló con voz suave, como si Milaira no tuviera la culpa de nada, consolándola.


—Por favor, regocíjese. Su hijo, que nació con dificultad, ya ha crecido y dice que vivirá bien por su cuenta, ¿no es así? Con el tiempo, nacerán más bebés, entonces podrá simplemente pensar que son hermosos.


Milaira volvió a resoplar. Pero no respondió a esas palabras y de nuevo lanzó su mirada al vacío, aturdida. Las palabras de Ansgar eran ciertas. Si Artizea tenía hijos, esos bebés serían niños bendecidos. Ella sería la abuela materna del Gran Príncipe y la Gran Princesa.

Pensar en eso la hizo sentirse un poco mejor.












⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅











En las primeras horas de la madrugada, Artizea, cogida del brazo de Cedric, abandonó la fiesta con paso emocionado. Aún quedaba gente bailando y bebiendo, pero el ambiente ya era de retirada. Los que se quedaran hasta el final se divertirían entre ellos y luego irían a otra fiesta.

Normalmente, se despediría de Eloise y los demás, pero hoy no tenía ganas. Artizea caminaba sintiendo como si pisara nubes en lugar de suelo bajo sus pies.


—¿No estás cansada?

—Estoy cansada, pero no agotada.

—Bebiste demasiado.

—Solo fueron tres copas de champán.

—Tienes la cara roja, te tambaleas al caminar y la lengua un poco enredada.

—Uhh.


Artizea hizo un sonido de queja. No sabía que era tan mala bebedora. Se sentía muy decepcionada.


—Aun así, ¿mi resistencia ha mejorado mucho, verdad?

—Sí. ¿Cuántas canciones bailaste hoy?

—Mmm... Un montón.


Artizea intentó contarlas con los dedos y luego se rindió. Se rio y se pegó al brazo de Cedric, tocándose con gusto el anillo que llevaba en la mano izquierda.

No sabía que había preparado algo así. Si me lo hubiera dicho, no habría tenido que preocuparme tanto.

Cuando se dio cuenta, estaba frente a su habitación, y Artizea dudó. Estaba cansada y la fiesta había terminado, pero le daba mucha pena separarse así.

Cedric llamó a la puerta, Mary y Sophie, que estaban esperando dentro, asomaron la cabeza.


—¿Ha regresado, señorita?

—¿Disfrutó la fiesta?

—Sí.


Artizea respondió, pero con un poco de tristeza, permaneció de pie, aún sosteniendo la mano de Cedric. Sin embargo, aunque lo arrastró, él permaneció inmóvil como una piedra, sin la menor intención de entrar a su sala.


—Ya no, Tia.

—¿Pero si estamos prometidos?

—Ya no eres una niña. Es muy tarde.


Cedric dijo eso con una sonrisa y sacó algo de su bolsillo. Era una bolsa de terciopelo negro.

Artizea inclinó la cabeza. Cedric sacó de la bolsa una pulsera de diamantes de dos hileras y le tomó la mano.


—Esto es un regalo de cumpleaños.

—Ah. Es tan hermosa…


Probablemente, si buscara entre los regalos recibidos, habría joyas más ostentosas y valiosas. Incluso sin contar el collar de zafiros que le envió la Emperatriz.

Pero a Artizea le encantó. Le gustó que no fuera una joya preciosa para ocasiones especiales, sino algo que podía usar en cualquier momento, y que Cedric se la pusiera directamente en la muñeca.

La pulsera no era grande ni pequeña, sino del tamaño perfecto. Cedric le dio una vuelta suave a la muñeca y sonrió.


—Sabía que te quedaría bien.


Artizea se armó de valor, dio un paso adelante y lo abrazó por el cuello con ambos brazos. Cedric abrió mucho los ojos, sorprendido.

Ella cerró los ojos con fuerza y apretó sus labios contra los de él. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que Mary y Sophie los estaban viendo. Probablemente fue gracias a la audacia que le dio el alcohol.

Los brazos de Cedric rodearon suavemente su cintura. Aunque no era la primera vez, Artizea no tenía la cabeza para pensar en qué sabor tenía el beso.

Labios con labios, respiraciones que se mezclan. No era la primera vez que se abrazaban, pero Artizea no entendía por qué era tan diferente de cuando era niña. Ansiaba saber si Cedric sentía las mismas sensaciones.

La temperatura corporal aumentaba, la respiración se aceleraba. Algo más, solo un poco más… Artizea sintió la impaciencia y abrió los labios. La lengua de Cedric golpeó suavemente su labio superior dos veces y se alejó.

Con una sensación de decepción, Artizea abrió los ojos. Impaciente, lo abrazó fuertemente por la cintura y dijo:


—Quédate un rato.

—...…


Cedric la miró con una expresión ligeramente perpleja. Para indicarle que no lo había malinterpretado, Artizea cerró los ojos con fuerza y trató de tirar de él, abrazándolo por la cintura.

Solo un poco más. Le daba mucha pena separarse así. ¿Acaso no estaba bien? Ya tenía edad para casarse, y se habían comprometido esa noche.



Pssh.



Pero antes de eso, Cedric la apartó suavemente de la frente con el dedo índice.


—Todavía eres joven.

—No soy joven.

—Hasta la boda, no. No me conviertas en una persona inmoral.


'¿Cuándo será eso?'

pensó Artizea, pero al recordar su teoría de los tres días, una semana y tres meses, cerró la boca.

Tres meses. Sí, podía esperar tanto. Aun así, no podía ocultar toda su insatisfacción.

Cedric le dio un beso corto más en los labios de Artizea, que había hecho un puchero, y soltó los brazos que la rodeaban. Luego, la empujó hacia la habitación y dijo:


—Ahora, lávate bien y descansa. Te la encargo, Mary.

—Sí, no se preocupe.


Mary sonrió y tomó la mano de Artizea. Sophie, con la cara roja, la siguió, exclamando "¡Kyaaa!".

Cedric suspiró y se tocó los labios. El riesgo aumentaba cada día.

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