BATALLA DE DIVORCIO 44
El primer acto de la fiesta fue un banquete formal.
Como protagonista del evento, Maximilian compartía mesa con la familia real, sumergido en conversaciones protocolarias.
'Qué ocupado está. Parece no tener un segundo de paz'
Al verlo, Daisy pensó que "héroe no cualquiera lo es". Al menos estaba cumpliendo su rol, que era el motivo oficial de su visita a la capital.
Pero cada vez que había un respiro en las conversaciones, sus ojos inevitablemente buscaban a Daisy.
'Estoy cansada de preguntarme por qué me mira. Solo él sabrá la razón'
Para evitarlo, se esforzó por entretener a su tía política.
—Por aquí, por favor.
Siguiendo al mayordomo, las damas de Waldeck tomaron asiento.
'Nada de trato especial, veo'
Al parecer, el estatus de héroe de su marido no se extendía a sus damas. Su mesa estaba lejos del lugar de honor —ocupado por la realeza y el propio Maximilian—, cerca de la entrada.
'La vieja decrépita de Waldeck y su Cenicienta defectuosa'
Un excelente tema de conversación para masticar entre bocados, pero nadie con quien quisieran codearse. Excepto Lady Gladys, que saludaba a cualquiera como si lo conociera de toda la vida.
Era su posición objetiva en esa sociedad.
La gran duquesa viuda lo había notado. Aunque lo aceptaba con dignidad, su expresión se había apagado.
'Estaba tan orgullosa del regreso de Maximilian...'
Daisy sintió un pellizco en el corazón.
Por insistencia de la anciana —una superstición, pero quién era ella para negarse—, habían colgado un retrato de Maximilian junto a sus camas. Mientras Daisy rezaba para que el cabeza de familia "descansara en el cielo", su tía suplicaba por su regreso seguro.
Ahora que lo pensaba, el retorno de Maximilian se debía en gran parte a los esfuerzos de la anciana.
Y Daisy parecía ser la única que lo reconocía.
—Felicidades, tía.
Decidió expresarlo en voz alta. Si no lo hacía ella, nadie más lo haría.
—¿Eh?
—¿Un brindis?
Daisy alzó su copa de champán con una sonrisa suave.
—Honestamente, todo el honor de Waldeck se lo debe a usted.
—Qué cosas dices, niña. Yo no hice nada...
Negaba, pero no podía ocultar su melancolía.
—¿Entonces no brindará conmigo? Me dolerá el brazo.
—Eres incorregible.
La gran duquesa viuda chocó su copa a regañadientes. El champán, de calidad excepcional, se deslizaba suavemente, pero ella apenas mojaba los labios.
Tampoco tocaba la comida.
'No es una niña. ¿Tengo que animarla como a los huérfanos que hacían berrinches?'
Aunque se dice que la vejez nos vuelve niños, la situación le daba pena. Daisy tampoco tenía apetito, pero pasar toda la fiesta con cara de funeral no ayudaría.
—Coma, tía. La carne está muy tierna.
Cortó el filete en trozos pequeños y lo intercambió con el plato de la anciana.
—Tú come. A ti te gusta la carne.
—Sabe mejor juntas. ¿Qué gracia tiene comer sola?
La miró directamente a los ojos y añadió en tono confidencial:
—Tía, seamos honestas. Si sigue con esa cara, se verá más patética.
La gran duquesa viuda intentó sonreír, pero su mirada seguía apagada.
—...Bueno.
—¿Y qué importa cómo nos vean? Hoy es un día de celebración para Waldeck.
—......
—Así que comamos bien. ¿Sí?
—Está bien.
Finalmente, la anciana comenzó a probar la carne. Solo entonces Daisy empezó a comer, aliviada.
En ese momento, volvió a cruzarse con la mirada de Maximilian desde la distancia.
'¿Está de mal humor otra vez? ¿O solo cansado?'
Su expresión era inescrutable, pero tensa.
'En fin. Sigue siendo un enigma'
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Cuando el ambiente del banquete alcanzó su clímax, el rey alzó su copa para proponer un brindis.
El monarca, la reina y el príncipe celebraron por turnos la gloria de la nación y los logros del "héroe sin igual", Maximilian von Waldeck. Este, inusualmente callado, se limitaba a sonreír levemente y asentir.
Desde su mesa distante, Daisy observaba ese comportamiento atípico como si viera a un extraño.
Ella, por su parte, no se dejó intimidar: comió con entusiasmo, bebió champán sin reparos y aplaudió cada discurso. Entre trago y trago, no perdía oportunidad de susurrarle a su tía:
'Todo esto es gracias a usted'
El rey, ya visiblemente ebrio, llenó personalmente la copa de Maximilian.
—¡Vamos, Gran Duque! El protagonista de la noche no puede quedarse sin brindis.
Al recibir la copa, Maximilian contempló las burbujas un instante antes de levantarse.
El salón contuvo el aliento.
Incluso en su mesa olvidada, las damas de Waldeck esperaban.
Y entonces, otra vez: sus ojos se encontraron con los de Daisy. Aunque estaban lejos, su mirada parecía traspasar la distancia.
¿Qué...?
De pronto, comenzó a caminar hacia ella. Todos los presentes giraron la cabeza.
¿Qué demonios hace?
Deseó que no se acercara, pero Maximilian se detuvo justo a su lado y extendió su copa hacia ella.
—En verdad, esta victoria se la debo a mi amada esposa, Daisy.
La declaración cayó como una bomba. Murmullos recorrieron el salón.
Nada se agitaba tanto como las pupilas de Daisy.
¿Este idiota está borracho?
—Tuve que apresurarme por una promesa que le hice en nuestra boda.
Las palabras absurdas continuaron:
—Es que... tenía cierta urgencia.
Daisy repasó mentalmente su matrimonio. Solo recordaba un "pacto":
"Volveré"
"Celebraremos la noche de bodas cuando regrese"
Una promesa obscena que asumió como el último deseo de un hombre camino a la muerte. A ella solo le importaban el millón de coronas de su retiro, no su regreso.
Pero al volver, él lo recordó:
—Lo prometí. La noche de bodas sería al regresar.
Y ahora usaba la misma excusa: "Tenía urgencia".
El rostro de Daisy palideció.
—¿Qué promesa fue esa?
preguntó el curioso rey.
No lo digas.
POR FAVOR no lo digas.
Daisy rezó con desesperación.
—Como habrán leído en los periódicos... Lo de la noche de bodas.
Los diarios habían publicado:
["¿El primer deseo del héroe al regresar?
Abrazar a su encantadora esposa, Daisy."]
El problema era que todos lo recordaban.
—La esperé durante el matrimonio, pero deliberadamente la pospuse.
Maximilian sonrió, orgulloso como si revelara un logro.
—Necesitaba motivación para terminar la guerra pronto.
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