HDH 997






Hombres del Harén 997

SS66: Sonnaught y el mundo del romance (2)





Podía sentir cada uno de los botones de la ropa de Sonnaught contra su espalda, por esa misma razón, Princesa Latil no podía conciliar el sueño. El frío ya no era el problema.

Al no poder dormir, se obligó a hablar con soltura mientras llamaba a Sonnaught.


—Sir Sonnaught...

—Sí. La escucho.


Pero cuando la voz de Sonnaught volvió a retumbar directito en sus oídos, Princesa Latil se quedó callada. Era demasiado vergonzoso decir: "Me da palta, ¿puedes moverte un poquito?", para ser honesta, tampoco quería que él se alejara.

[Porque si lo hace, me va a dar frío otra vez...]


—Su Alteza. ¿Por qué siempre se queda a medias cuando habla?


La voz de Sonnaught volvió a escucharse desde atrás.

Princesa Latil movió la cabeza de lado a lado y cerró los ojos con fuerza. El sueño seguía sin venir. Parecía que sus ojos pestañearon un solo segundo y, antes de darse cuenta, los rayos del sol ya se colaban como cortinas entre las tupidas hojas.

De pronto sintió que el espacio a su espalda estaba vacío y se levantó de un salto, asustada.


—¿Sir Sonnaught?


Apenas lo llamó, Sonnaught apareció desde detrás de un árbol con un cantimplora en la mano.


—¿Ya se despertó?

—¿Dónde estabas?


Sonnaught agitó la cantimplora y se la alcanzó a Princesa Latil.


—Conseguí agua fresca. Tome, por favor.

—¿Y tú?

—Yo ya tomé.

—Mentiroso.

—Le estoy diciendo la verdad.


Princesa Latil estuvo a punto de reclamarle que tampoco había tomado agua ayer, pero al ver los botones de la camisa de Sonnaught, la cara se le puso roja como un tomate y volteó la mirada al toque.


—Te creo.


A su lado se escuchó una risita solapada, pero ella no volteó la cara; solo tomó el agua. Cuando terminó, miró de reojo y vio a Sonnaught dispersando las hojas que había juntado.


—¿Qué estás haciendo?

—Borrando las huellas de que estuvimos aquí. Aunque no va a servir de mucho si los soldados traen perros de caza.


Princesa Latil sostuvo la cantimplora vacía como si fuera un amuleto y se mordió el labio. El dolor emocional que había olvidado durante el caos de ayer comenzó a brotar de nuevo.

Sonnaught, sacudiendo con ganas las hojas y la tierra pegadas a su capa de caballero, hizo una pausa al ver la cara que tenía Latil.


—Su Alteza.

—...Sí.

—Yo siempre estoy de su lado. Lo sabe, ¿verdad?

—...Sí.

—Cuando lleguemos a la propiedad de los Melosi, descansaremos un toque y luego viajaremos con los mercenarios de la Orden Muerte Negra. Eso va a facilitar las cosas, así que no hay de qué preocuparse.

—¿Y si ir allá les trae problemas a tus padres, Sir Sonnaught?

—Gracias por su preocupación. Pero ahora, vámonos.


Los dos reanudaron el viaje. Princesa Latil no dejaba de mirar sobre su hombro, pensando que escuchaba ladridos de perros y el galope de cascos detrás de ellos. Pero por ahora no se veía nada. Todo lo que alcanzaba a ver tras de sí era el rostro simpático de Sonnaught.












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Cuando llegaron a un punto desde donde se veían los altos muros que rodeaban la propiedad de los Melosi, los hombros de Princesa Latil se tensaron un poco por la inquietud.

[Sir Sonnaught se la pasa diciendo que todo va a estar bien, ¿pero de verdad será así? El conde y la condesa de Melosi la van a tener difícil si me aparezco así como así.]


—Sir Sonnaught, ¿no sería mejor si me escondo cerca? ¿Podrías mandar a los mercenarios al lugar donde te esté esperando?


no pudo evitar preguntar. Pero ya era como la décima vez que le hacía la misma pregunta.


—¿Por qué se hace tantas bolas de la nada?


Sonnaught le hizo una broma y le acomodó la capucha de la capa sobre la cabeza. A Princesa Latil le pareció que se lo tomaba demasiado a la ligera.

Sin embargo, Sonnaught tampoco estaba desarmado de precaución. Cuando se acercaron más a los muros exteriores, le dijo que se bajara y luego espantó al caballo para que se fuera solo. El caballo no cruzó el portón, sino que siguió galopando por el camino por su cuenta.


—¿Qué acabas de hacer?

—Para hacerles creer a los enemigos que no entramos a la propiedad, sino que seguimos de largo.

—¿Crees que caigan en eso?

—Al menos va a dividir los esfuerzos de los que nos están rastreando.


Eso no era todo. Al pasar por la puerta del castillo, Sonnaught no reveló que era el heredero del conde. Presentó una placa de identidad grabada con un nombre completamente diferente.

Una vez que pasaron el portón sin problemas, Princesa Latil volvió a sacudirle el brazo a Sonnaught.


— ¿Por qué llevas la placa de otra persona?

—Por si las moscas.

—¿Qué?


Princesa Latil no entendía, pero Sonnaught no dio más explicaciones. Incluso cuando Latil lo bombardeó con más preguntas, él se mantuvo fresco como una lechuga.

Sus insistentes preguntas recién pararon cuando llegaron al frente de la mansión del conde.


—De verdad no debería entrar......

—No pasa nada. Cuando nos vayamos, voy a hacer como si me hubiera peleado con mis padres y me hubieran botado.

—No, ese no es el problema. El asunto es entrar. ¿Tus padres no se van a quedar helados al verme?


Pero todas las preocupaciones de Princesa Latil resultaron ser totalmente en vano. El conde Melosi solo asintió cuando Sonnaught apareció con Princesa Latil, sin decir gran cosa. La condesa también, aunque con cara de pena, no le hizo el feo a Latil. No resondró a Sonnaught ni le pidió explicaciones.

Desconcertada, Princesa Latil terminó instalándose en el cuarto de huéspedes.

[Los padres de Sir Sonnaught son buena gente, pero medio raros, ¿no?]

Como el conde y la condesa eran exageradamente amables, a ella le entró la desconfianza más bien, sin poder descansar tranquila.

Habiendo pasado una noche en el bosque, se dio un baño para quitarse la mugre de encima. Pero no le nacía sentarse en la cama ni en el sofá; en vez de eso, se quedó acuclillada en la alfombra, con la espada al lado.

En esa postura, sin moverse, se hundió en recuerdos de su padre, hasta que Sonnaught entró y por fin se levantó. Venía trayendo una bandeja con tres platos de comida.


—Debería comer algo.


Sonnaught puso la bandeja en la mesa redonda y le extendió la mano. Princesa Latil movió la cabeza con desánimo.


—No tengo ganas de comer.


Entonces Sonnaught soltó una sonrisa tenue, agarró un plato con una mano, una cuchara con la otra, le dijo:


—Cuando Su Alteza era una niña y decía que no tenía apetito, yo mismo le daba de comer, cuchara por cuchara. Y usted, como si fuera un pajarito, recibía cada bocado. ¿Se acuerda?

—¡Eso jamás pasó!


Princesa Latil, mintiendo sin roches, le quitó la cuchara de las manos. Sonnaught se rió entre dientes y le puso un tazón de sopa al frente.


—Si quiere comer ahí abajo, hágale con confianza. Así se le derrame, voy a hacer como que no vi nada.


De la sopa salía un aroma dulce. Sin decir una sola palabra, Princesa Latil empezó a comer. Cuando ya se había comido casi la mitad, Sonnaught le alcanzó un pedazo pequeño de pan bien cortadito.


—Sir Sonnaught, ¿tus padres no dijeron nada sobre mí?


A mitad del pan, Princesa Latil ya no pudo aguantarse más la duda.


—¿El conde y la condesa no exigieron saber por qué me trajiste aquí? ¿No se molestaron por el lío, ni te resondraron...?

—Me dijeron que la cuide bien, Su Alteza.

—¿Qué?


Princesa Latil, que había estado cabizbaja, abrió los ojos de par en par. Sonnaught le dedicó una sonrisa dulce e hizo un ademán como si le estuviera limpiando las migas de pan de la comisura de los labios.

Sintiéndose avergonzada, Princesa Latil se sobó la boca con la manga. En eso, de la nada, cruzó su mirada con la calidez de los ojos de Sonnaught y, de repente, el corazón se le aceleró de una forma que no se esperaba, así que bajó la mirada al toque.


—¿Qué le pasa?

—Creo que... como estamos en plena emergencia... mi corazón se ha puesto un poco flojo.

—¿Por qué?


[¿Qué me pasa? ¿Por qué siento tantas mariposas en el estómago con solo mirarle los ojos a Sir Sonnaught?]

Como Princesa Latil no le respondía y volteaba la mirada hacia un lado, la cara de Sonnaught la siguió en esa misma dirección. Cuando sus ojos se volvieron a encontrar de costado, Princesa Latil sintió que el corazón se le iba más abajo todavía y terminó empujándolo.


—¡¿De verdad te estás poniendo a bromear hasta en un momento así?!


le gritó con rabia, pero Sonnaught solo se mató de la risa.


—¿No será porque Su Alteza ni siquiera me quiere mirar a los ojos? Y eso que estamos huyendo juntos.


Cuando Princesa Latil le lanzó una mirada fulminante, Sonnaught recogió al toque los platos vacíos y salió disparado del cuarto.


—Por favor, duerma bien en la cama esta noche. Mañana nos encontramos con los mercenarios.

—Ah, espera.......


Justo cuando la puerta estaba a punto de cerrarse, Princesa Latil estuvo a punto de estirar la mano para detener a Sonnaught sin pensarlo. Aunque le había evitado la mirada cuando cruzaron los ojos, ahora que él se iba, de pronto no quería que se fuera. El solo hecho de saber que salía por la puerta le producía una desazón inesperada.

Por suerte, antes de emitir ningún sonido, se obligó a cerrar la boca y bajó la mano. Una vez que la puerta se cerró, empezó a sobarse los hombros con brusquedad.

[¿Qué me pasa, comportándome como una niñita? Ayer solo dormimos cerquita porque era una emergencia. No puedo pedirle que vuelva a dormir a mi lado esta noche.]

Trató de explicarse las cosas a sí misma, pero su mirada persistente no se despegaba de la puerta. No podía pedirle a Sonnaught que durmiera junto a ella, pero de verdad quería preguntarle si al menos podía dormir en el cuarto de al lado.

En ese instante, la puerta se volvió a abrir y Sonnaught entró de nuevo. Princesa Latil lo miró hacia arriba con los ojos bien abiertos.


— Sir Sonnaught, ¿por qué regresas de la nada?

—Pensé que me estaba llamando. ¿Estaba a punto de decir algo?


¡Me escuchó! A Princesa Latil se le puso la cara roja como un tomate. Pero no le salían las palabras. ¿Cómo iba a tener la cara para pedirle que durmiera en la habitación de al lado? Y ahora, al pensarlo otra vez, recordó la sensación de los botones de su saco presionándole la espalda anoche, el rostro se le encendió todavía más.


—No. No es nada.


Agitó la mano y empujó a Sonnaught a toda prisa de vuelta hacia afuera. Cuando la puerta se cerró de un portazo bien fuerte, sintió como si alguien le hubiera dado un golpe en las costillas. Soltó un largo suspiro.

Después, se cambió con la ropa de dormir que la condesa le había mandado con una sirvienta y se metió a la fuerza debajo de las cobijas.

No creía que el Conde y Condesa Melosi le hubieran dado la bienvenida de corazón. Si hasta su propia familia de confianza la había traicionado, era imposible que la familia de alguien más la recibiera con los brazos abiertos.

Pero aunque no le dieran la bienvenida, ¿qué más daba? Con solo recibir ese nivel de atenciones ya tenía más que suficiente para estar agradecida.

Aun así, ni estando echada en la cama podía conciliar el sueño. No dejaba de dar vueltas de un lado a otro. Tenía los párpados pesados de tanto no dormir la noche anterior, pero por más que intentaba, el sueño no le venía.

En eso se escuchó el sonido de unos golpecitos en la puerta.


—Pasa.


Mientras hablaba y se sentaba en la cama, vio a Sonnaught cargando una almohada y una frazada.

Desconcertada por la escena, le preguntó:


—Sir Sonnaught, ¿qué es esto?


Sonnaught puso una sonrisa avergonzada y, de pronto, hizo como si estuviera suplicando sin fuerzas:


—Da mucho miedo dormir solo. ¿Puedo dormir aquí? Prometo que no me voy a subir a la cama.


Ante esas palabras, Princesa Latil aceptó entusiasmada al toque:


—¡¿Tú también?! ¡Yo me sentía exactamente igual!


Pero cuando Sonnaught soltó una carcajada de la nada, a Latil se le fue toda la alegría de golpe. Le puso mala cara.


—Otra vez te estás burlando de mí. Tú no tienes miedo, ¿verdad?

—No.


Cuando Sonnaught lo admitió tan campante, Princesa Latil abrió la boca, lista para renegar.


—Vine porque pensé que Su Alteza podría tener miedo.


Pero con sus siguientes palabras, ya no pudo seguir molesta. Se quedó con la boca abierta, la cerró y se volvió a callar.


—¿Tiene algo de malo?


preguntó Sonnaught mientras se acercaba. Princesa Latil se zambulló de nuevo debajo de la frazada.


—Haz lo que quieras.


Escuchó a Sonnaught reírse otra vez, pero no se destapó la cabeza. De todos modos, tenía las orejas atentas, haciendo esfuerzo por escuchar los crujidos que venían desde fuera de la cobija.

Con el tiempo, cuando ya no se escuchó ningún ruido más allá de la frazada, el aire adentro empezó a sentirse sofocante y Princesa Latil se fue destapando despacio. Para ese momento, solo había una pequeña vela prendida en el cuarto.

Miró a su alrededor, buscando dónde se había echado Sonnaught. Pero no se le veía por ningún lado.

¿Ya se fue? Pensé que se iba a echar por aquí cerca... Tampoco escuché que se abriera la puerta...

Inclinó el torso más hacia afuera de la cama para buscarlo, en el instante en que lo hizo, divisó a Sonnaught.

Había tendido una frazada al costado de la cama y estaba echado ahí. Para colmo, la miraba hacia arriba con una sonrisa en los ojos.

Asustada, Princesa Latil se volvió a meter a la cama al toque. Entonces Sonnaught preguntó, con un tonito divertido en la voz:


—¿Tanto miedo le da dormir sola? ¿Quiere que le agarre la mano?


Normalmente, Princesa Latil le hubiera dicho que no de forma fría y firme. Nunca dejaba que las bromas de Sonnaught la agarraran de punto. Pero esta noche, de verdad no quería dormir sola. En vez de responderle, estiró la mano en silencio más allá del borde de la cama.


—¡Sí!


A su orden, Sonnaught le agarró la mano de inmediato. Ese simple roce le hizo sentir como si la estuviera estrechando entre sus brazos.

Su mano era grande y calientita. Mirando fijamente la mano grande que envolvía la suya, Princesa Latil le susurró:


—No me sueltes nunca.

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