Hombres del Harén 987
Debería ser el único al que se le permita mentir
Conde Lancaster, aunque estaba claramente sorprendido, lo negó de inmediato.
—Yo nunca dije eso.
Habiéndolo soltado por pura rabia, Latil de pronto cayó en la cuenta de su error y cerró la boca bien fuerte.
Conde Lancaster vio claramente su duda. «O sea que tampoco está del todo segura», pensó, sintiendo un alivio tremendo mientras le preguntaba de forma tajante:
—¿De qué estás hablando? ¿Quién dijo eso?
Latil se arrepintió de sus palabras impulsivas. Pero ya no había marcha atrás. Si ese era el caso, tenía que cambiar de rumbo como fuera. Decidida a jugársela al todo por el todo, le mintió:
—Tú mismo lo dijiste.
Conde Lancaster entrecerró los ojos.
—Yo jamás dije eso.
—Estabas borracho y te confesaste. ¿Acaso no te acuerdas?
—Para nada.
—Capaz se te olvidó.
—No se me olvidó. Nunca pasó.
—Sí pasó. Definitivamente lo dijiste.
Por más que Latil insistiera, Conde Lancaster se mantuvo firme como una roca. Es más, cuanto más lo presionaba ella, más afilada se volvía su mirada. Latil sintió un remordimiento tremendo. Aun así, no le esquivó la mirada penetrante. Y así, ella y Conde Lancaster se midieron con los ojos, sin ceder ni un solo paso. Ambos querían guardar sus propios secretos mientras le sacaban los suyos al otro.
Pasó un largo silencio. Con el tiempo, preocupada de que su habilidad pudiera quedar al descubierto, Latil fue la primera en cambiar de tema.
—Pero la forma en que me enteré no es lo que importa, ¿o sí? Lo importante es que intentaste contagiarles una enfermedad a los consortes, ¿verdad?
—Claro que importa, porque yo no lo hice. ¿Por qué insistes en que dije algo que no dije?
—Ya te dije que sí lo dijiste.
—No lo hice.
—¡Aunque lo niegues, yo lo escuché!
Capaz su terquedad estaba empezando a rendir frutos. A medida que Latil levantaba la voz, los ojos de Conde Lancaster finalmente vacilaron. La convicción en el tono de ella era lo suficientemente sospechosa como para hacerle dudar de sí mismo.
'¿De verdad me confesé borracho? Estoy seguro de que no me acuerdo de eso... Pero sí estaba borracho ese día'
A medida que Conde Lancaster empezaba a dudar, Latil empujó su punto principal con más fuerza, aliviada.
—En fin, a eso me refería. No te mandé a la villa por ponerme del lado de Ranamoon. Así que espero que no te hayas confundido ni te hayas sentido lastimado por eso.
No recibió ninguna respuesta.
—Y... ¿No puedes volver?
Su voz se había suavizado tras su insistencia inicial. Pero Conde Lancaster soltó una risita de incredulidad.
—¿Volver? ¿Y qué pasa si, por pura mala suerte, alguno de los consortes se enferma? Volverías a sospechar de mí. ¿De verdad quieres que vuelva?
—¿De qué hablas? Si tú no lo hiciste, yo no sospecharía de ti.
—¿Y qué pasa si Duque Atraxil inventa pruebas para armarme una jugada otra vez? Me vas a mandar de regreso a la villa, ¿a que sí?
—Ya te dije que no.
Por más que Latil insistiera, Conde Lancaster no parecía confiar en ella por completo. Como él no sabía que ella podía leer mentes, no dejaba de intentar marcar distancia de cualquier posible sospecha. Latil estaba a punto de explicarle más cosas pero, superada por la emoción, prefirió abrazarlo con todas sus fuerzas.
—No te vayas, no te vayas, no te vayas. Te estoy diciendo que no lo hagas, así que no te vayas. ¡Quiero que te quedes!
Conde Lancaster se quedó congelado, desconcertado y con la boca entreabierta. Latil pegó la cabeza con brusquedad contra su pecho.
—No te voy a soltar hasta que me prometas que no te vas a ir. ¡Si te quieres ir, empújame y vete!
Conde Lancaster soltó una carcajada vacía. Mientras se reía sin poder creérselo, los cabellos de la coronilla de Latil se movieron ligeramente. De pronto, le entró una curiosidad genuina. «¿Acaso la Lord no se da cuenta de que estamos dentro de la cueva de zorro? ¿A qué se refiere con 'vete'? Además...»
—Lord. Sabes bien que no me puedo ir si te pones así.
—¿Porque... te duele el corazón?
—Porque tienes los brazos demasiado fuertes.
Avergonzada, Latil lo empujó lejos, Gesta casi sale rodando como una pelota por el aire. Por suerte, se hizo a un lado rápidamente y recuperó el equilibrio.
Latil lo miró con cara de pocos amigos. Conde Lancaster suspiró y se puso a juguetear con el lóbulo de la oreja de Latil.
— ¿No quieres que me vaya? ¿Entonces por qué no me dices algo que esté a la altura de eso?
—Ya aclaré el malentendido. No estaba molesta porque no confiara en ti, sino porque andabas tramando algo.
—No creo habértelo dicho estando borracho.
—¡Mentiroso!
—Estafadora.
Latil le clavó la mirada a Conde Lancaster y agregó:
—Hasta me agarré de ti y te dije que no te fueras. ¿Acaso eso no es suficiente?
—Para nada. Ni de cerca. Piénsalo bien. Tú siempre te pasas por el forro todo lo que te digo. ¿Por qué crees que yo sí te voy a hacer caso calladito y obediente?
A Latil le dieron ganas de agarrar una almohada y meterle un almohadazo en la espalda como una niña chiquita. Conde Lancaster, incluso después de haber sido atrapado tramando algo, lo negaba descaradamente solo porque la fuente de la información no estaba clara. Este tipo era un terco y un fresco de primera.
—¡¿Entonces qué diablos quieres escuchar?!
Cuando Latil gritó, las comisuras de los labios de Conde Lancaster se curvaron en una sonrisa. De pronto le pellizcó la nariz, haciendo que Latil diera un brinco hacia atrás.
—Piénsalo bien. Por ahora, me regresaré a la villa.
Gesta escoltó a Latil de inmediato hasta su dormitorio y luego se esfumó. Latil, frunciendo el ceño, se tocó la punta de la nariz. Fue entonces cuando finalmente cayó en la cuenta de que algo andaba raro.
'Espérate, yo le dije que se fuera de regreso a la villa, no al palacio principal. ¿Cómo fue que la cosa terminó conmigo suplicándole que volviera al palacio principal?'
Ya era demasiado tarde para hacerse mala sangre: Gesta ya se había mandado a mudar hace rato. Latil caminó de un lado a otro por el cuarto sin poder creérselo. Pero si le decía ahora:
'Ya te fuiste a la villa, con eso basta, quédate ahí'
era obvio que la cosa iba a escalar a una pelea peor. Mirando hacia abajo mientras se sobaba la panza, finalmente llamó al Grifo y le dio una orden.
—Ve a revisar si Gesta volvió a la villa.
[De seguro no está ahí, ¿no?]
—Tú ve a revisar de todas formas.
Un ratito después, Grifo regresó rebozando de emoción. [¿Cómo sabías? ¡Sí está ahí!]
—¿Qué está haciendo?
[¡Lavando su máscara!]
—¿Su máscara?
[Máscara de zorro, me refiero]
¡O sea que la lava y la cuida!
Latil se quedó descolocada por un segundo, pero pronto respondió con tranquilidad:
—Está bien. Entendido.
[¿Hay algún mensaje que quieras que le pase?]
—No. Así está bien.
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Mientras Latil recibía el reporte de Grifo, Gesta había terminado de lavar su máscara. La acomodó con cuidado sobre una mesa bien ventilada y abrió la ventana a la mitad. Un sirviente que pasaba por ahí, espantado por la escena tan pacífica, salió corriendo por el pasillo.
—¡Sir Gesta ha regresado!
—¡¿Cuándo?!
—¡Ni idea!
Pero a pesar de su apariencia tranquila, la mente de Gesta estaba trabajando a mil por hora, analizando cada palabra y cada gesto de Latrasil.
'¿Dijo que me emborraché y confesé mi plan? ¿Yo? Si aguanto bien el trago, aun estando borracho, jamás se me escapa nada...'
Y sin embargo, Latrasil conocía perfectamente su plan, uno que no le había contado a absolutamente nadie. No solo lo conocía, sino que estaba totalmente segura de ello. Y él era el único que sabía al respecto. Entonces, ¿cómo diablos se enteró de su plan? Fue en ese instante cuando Gesta recordó algo del pasado.
—¿Rumbley? ¿Qué pasa?
—Lord, ¿cómo supo mi nombre?
En aquel entonces, Latrasil siempre llamaba al panda rojo Panda Rojo. Pero en cierto momento, de la nada comenzó a llamarlo «Rumbley». Panda Rojo se había quedado tan sorprendido que le preguntó lleno de asombro; había sido algo totalmente inesperado. A Gesta también le había parecido raro en su momento, pero Latrasil había cambiado de tema de golpe.
—Cierto. ¿Qué hay de Hyacinth? ¿Lo salvaste?
Las cosas también habían estado raras cuando Nathan y el príncipe Klein se agarraron a golpes. En ese momento, la situación parecía indicar que el príncipe Klein había atacado a Nathan, haciéndolo rodar por las escaleras. Para cualquiera que mirara, el príncipe Klein resultaba culpable a todas luces. Y aun así, la Emperatriz confió en el príncipe Klein como si fuera la cosa más natural del mundo. Tampoco es que disimulara confiar en él solo para favorecerlo o llevarse el crédito; ella creía genuinamente que el príncipe Klein no había hecho nada malo.
Y había más. Cuando Anya Domis se hizo pasar por Ailena, Latrasil se dio cuenta sola e ideó una contraofensiva de inmediato. Cómo Latrasil logró ver a través de Anya Domis seguía siendo un absoluto misterio.
Los ojos de Conde Lancaster se fueron entrecerrando más y más.
'Cada Lord tiene una habilidad única. Asumí que la habilidad de Latrasil tenía algo que ver con el pasado. ¿Pero acaso tendrá otra habilidad? ¿Como... leer el pensamiento?'
En el instante en que se le vino esa idea a la cabeza, se le abrieron los ojos de par en par.
'¿Leer el pensamiento?'
Pero al poco rato sacudió la cabeza.
'No. Definitivamente ha habido ocasiones que no tendrían sentido si eso fuera verdad. Si Latrasil se la pasara leyendo mentes todo el tiempo, yo me habría dado cuenta. Ese zorro astuto de Tasir también lo habría captado. Y antes de nuestra pelea de esta vez, Latrasil ni siquiera sabía que yo andaba cuidando mi imagen pública'
Aun así, definitivamente había señales harto sospechosas.
'Haré como si no pasara nada por ahora... y la pondré a prueba después'
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Al caer la tarde. Después de cenar, Latil intentó adivinar qué palabras quería escuchar Gesta y empezó a armar una lista. Pero tras anotar del punto uno al diez, se le cerró la mente por completo.
Tasir, que estaba tomando jugo a su lado, se reía entre dientes en silencio cada vez que ella ladeaba la cabeza. Desde su perspectiva, cada una de sus respuestas estaba recontra equivocada.
Tras varios minutos de romperse la cabeza, Latil se dio por vencida y le enseñó la lista a Tasir.
—Mira esto. Si tú fueras Gesta, ¿cuál de estas te conmovería más?
—Bueno... me temo que Tasir y Gesta tienen un genio muy distinto, así que no sabría decirte con certeza.
—¿Pero si tuvieras que escoger solo una?
—¿Por qué no se las dices todas? Si sueltas todo el repertorio, al menos una tendría que dar en el blanco, ¿no te parece?
—Es que el número 8 dice: 'Sin ti, mi corazón se siente vacío', el número 9 dice: 'Sin ti, mi corazón es un alboroto'.
—Qué observadora eres.
—¿Ah? ¿A qué te refieres?
—No te dejas engañar tan fácil.
Cuando Latil arrugó la lista y la tiró sobre el escritorio, Tasir soltó una carcajada.
—¡Estoy hablando en serio!
—Yo también. Pero no le voy a hacer el favor a mi rival de amores.
Mientras los dos andaban en su dimes y diretes, de pronto sintieron una mirada pesada desde alguna parte. Latil volteó la cabeza al toque: Máscara de Zorro estaba parada ahí. Tasir, que seguía tomando su jugo con la cañita, le agitó la mano alegremente.
—¡Gesta, tu máscara se ve hasta más afelpada ahora que pasó un tiempo!
Máscara de Zorro lo ignoró por completo y murmuró:
—En camino para acá, vi a la Quinta Princesa flotando en el lago con el Cuarto Príncipe.
La sonrisa relajada de Tasir se le borró de la cara al escuchar esas palabras. Soltó un suspirazo y dejó su jugo a un lado.
—Su Majestad, vuelvo en un toque.
Hace apenas unas semanas, la Quinta Princesa había intentado meterse al lago con el Cuarto Príncipe pero se le fue de las manos. Como eran tan chiquitos y se habían criado casi como mellizos, la Quinta Princesa todavía no entendía que el Cuarto Príncipe no podía respirar bajo el agua.
Mientras Tasir salía volando por la puerta, Latil se le quedó mirando a la puerta cerrada por un segundo y luego, no aguantándose más, se puso de pie.
—Yo también debería ir.
Pero justo cuando Latil llegó a la puerta, Máscara de Zorro le dijo como si nada:
—Es mentira. No tienes que ir.
Agarrando la perilla de la puerta, Latil volteó la cabeza sin poder creérselo. Máscara de Zorro no tenía ni la más mínima cara de culpa y le estiró la mano.
—Ven conmigo. Te voy a enseñar otra cosa a cambio.
Latil le tiró un manotazo a la mano. Pero justo cuando le iba a dar su reclamo, sintió un tufo fresco a jabón de lavar de Máscara de Zorro.
Eso le hizo recordar a Latil con cuánto cuidado Gesta había lavado y secado su máscara. La imagen le bajó la rabia al toque. Mientras a Latil se le movían los labios por aguantarse la sonrisa, Máscara de Zorro, extrañamente incomodada por eso, arrugó el ceño.
—¿Qué?
—Nada. ¿Qué me vas a enseñar?
Latil agarró la mano de Gesta. En el instante en que sintió el calor de su piel, su cuerpo fue arrastrado por una sacudida... y el paisaje a su alrededor cambió por completo.
Miro para todos lados. Era el pasillo de una mansión enorme. Pero estaba bien iluminado, nada que ver con la fortaleza subterránea que había visitado antes con Máscara de Zorro. Como si le estuviera leyendo la mente, Gesta le respondió con un tono sarcástico:
—La residencia de Duque Atraxil.
Latil se espantó y dio un brinco hacia atrás.
—¡¿De verdad vas a invocar a un fantasma?!
Antes de que Máscara de Zorro pudiera responder, escucharon pasos que se acercaban. Apenas los oyeron, él la jaló detrás de la esquina, pegándola bien a él contra la pared. A Latil se le abrieron los ojos de par en par al escuchar la voz de Duque Atraxil.
—Tampoco es que yo confíe en ese tal Baekhwa.
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