Hombres del Harén 988
SS58: La idea de romance de Latil
¿Qué era ese sonido? Latil concentró más su atención en el ruido. Esta vez, se pudo escuchar una voz que no reconoció.
—¿Pero por qué hizo un trato con él? Es el comandante de los Paladines que sirven al Sumo Sacerdote, aun así ese hombre es tan hábil en la intriga que lleva años en esas andadas. Una persona así es difícil de confiar, duque.
'¿Años? ¿Lleva años haciendo esas cosas? No me digas... ¡los anticonceptivos!'
A Latil se le arrugó la frente mientras Máscara de Zorro la miraba desde arriba, con una sonrisa curvándose en la comisura de sus labios.
Sin darse cuenta de que alguien los estaba escuchando a escondidas, el duque Atraxil suspiró y respondió:
—La situación es la que es. Su Majestad jamás abandonaría a Baekhwa. Incluso si confesamos que Baekhwa es el culpable, ¿acaso Su Majestad lo castigaría? Solo nos quedaría aguantarnos la injusticia. En ese caso, más nos vale sacarle provecho a este incidente.
—Bueno, no está directamente relacionado con este incidente, pero Canciller Rolurd siempre ha atacado a nuestra familia y a Ranamoon. Una vez que nazca el sexto hijo, se pondrá todavía peor. Tenemos que reprimirlo mientras podamos.
Latil levantó la mirada hacia Máscara de Zorro. Él ya no sonreía y había adoptado una expresión seria. Latil volvió a voltear hacia la pared. Dos sombras se balanceaban y se movían a través de ella.
—Baekhwa sabe que es el verdadero culpable, así que mantendrá la boca cerrada. No intentará nada similar por un tiempo y se quedará perfil bajo.
Duque Atraxil y su ayudante se fueron en otra dirección, pronto hasta sus sombras desaparecieron.
A medida que sus pasos se desvanecían, Máscara de Zorro llevó a Latil de regreso a su dormitorio. La soltó una vez que ella recuperó el equilibrio y le preguntó:
—¿Qué opinas?
Sintiéndose mareada, Latil apoyó brevemente la frente contra su hombro mientras preguntaba:
—¿Me llevaste allá solo para escuchar eso?
—Así es.
A Latil le pareció un poco sospechoso cómo Máscara de Zorro sabía exactamente cuándo Duque Atraxil hablaría de esas cosas y la había llevado hasta allí. Pero el cómo calculó el tiempo no era la parte importante. Incluso si él había esperado deliberadamente a que Duque Atraxil hablara en el peor momento posible, de todos modos lo hizo para limpiar su nombre. No podía culparlo por eso. Latil levantó la cabeza del hombro de Máscara de Zorro.
—¿Sabías que era Baekhwa?
—Hace poco.
—¿Cómo te enteraste?
Fue a soltar un fantasma cuando lo escuchó sin querer. Pero en lugar de decir eso en voz alta, la Máscara de Zorro solo se encogió de hombros. Latil, poniéndose seria, se sentó en el sofá.
Máscara de Zorro caminó en círculos a su alrededor. Pero cuando Latil volvió a levantar la mirada, él ya se había esfumado.
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De vuelta en el dormitorio de la villa, Gesta se quitó la máscara y la puso sobre la mesa. Sus labios se curvaron hacia arriba inconscientemente. Latrasil se había dado cuenta de que él andaba tramando algo. Aunque él lo negó fervientemente, ella ya estaba convencida. En este momento, no podía explotar contra él porque se encontraba en una situación injusta. Pero tal como él le había preguntado, si otro consorte llegara a enfermarse de repente, ella sospecharía de él de inmediato.
Por eso la había llevado ante Duque Atraxil. No tenía ninguna intención de caer solo. Tenía que enseñarle a Latrasil que él no era el único consorte solapado. Hasta su amado Ranamoon era astuto, e incluso si el Sumo Sacerdote era bondadoso, sus ayudantes eran igual de solapados. De esa forma, cuando pasara algo, ella no podría sospechar ni culparlo a él a ciegas.
'Pondré a prueba si Latrasil puede leer pensamientos después. Una vez que nos reconciliemos un poco más'
En ese momento, un fragmento de recuerdo que Conde Lancaster había estado reteniendo de pronto se le deslizó a Gesta en la mente como una mancha que se expande.
Gesta hizo una pausa y examinó minuciosamente el recuerdo. Tras un instante, tomó la Máscara de Zorro, jugueteando con ella, sonrió.
'Su Majestad. ¿Qué va a hacer usted ahora?'
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Latil se pasó la noche entera revisando los registros triviales de la época del difunto emperador. De verdad no estaba intentando encontrar nada útil. Solo quería confirmar que incluso durante el reinado de su padre —un emperador tan grande—, como siempre habían surgido dolores de cabeza y problemas sin fin.
Llevaba un buen rato en eso cuando alguien le puso un brazo sobre el hombro.
—Ami, por favor descansa. El sol saldrá en tres horas.
Era Klein. Tras echarle una mirada al rostro, Latil cerró el libro. De por sí ya se venía preguntando si esto era un uso útil de su tiempo.
—Tienes razón. Ni leyendo logro despejar la mente.
—Escuché que te reuniste con Máscara de Zorro. ¿Es por él?
'¿Debería decírselo?'
Latil dudó ante la pregunta de Klein. Pero tras pensarlo un segundo, decidió que no había necesidad de ocultárselo. Klein era de un discreto absoluto, tampoco había razón para engañar a los demás consortes involucrados. Así que habló con la verdad por delante:
—Baekhwa era el culpable en el caso de los anticonceptivos.
Klein alzó las cejas.
—Eso sí que es inesperado. Sabía que era un pesado, pero no pensé que llegara a tanto.
—¿Verdad?
—¿Quieres que lo mate?
—No se puede. Es un semiinmortal. No se le puede matar.
Mientras Latil refunfuñaba, Klein murmuró con tono extrañado:
—Qué raro que Máscara de Zorro le haya perdonado la vida. Él debe conocer un montón de formas de torturarlo sin tener que matarlo.
—Parece que se enteró hace poco. Y Baekhwa no es el único problema. Duque Atraxil sabía que Baekhwa era el culpable, aun así se compinchó con él para armarle la jugada a Gesta.
—¿Quieres que mate a Duque Atraxil?
'¿Por qué a todo le busca la solución matando gente?'
Latil lo miró sin poder creérselo, Klein volvió a preguntar:
—¿Quieres que lo mate?
Latil sacudió la cabeza.
—Nadie va a matar a nadie. Solo estoy desfogando porque tengo una rabia acumulada. No te estoy dando órdenes de ir a bajarte a nadie.
Ante esa explicación tan tranquila, Klein esbozó una ligera sonrisa. Por supuesto que lo entendía. Solo había estado compartiendo la rabia de Latil por consideración hacia ella. Pero si Latil alguna vez declaraba que se convertiría en una Lord despiadada y le ordenaba matarlos a todos, lo más probable es que él lo hubiera hecho sin pestañear.
—¿Entonces cuál es el dilema? Si Gesta no es el culpable, simplemente bótalo a Baekhwa.
—Duque Atraxil dijo que si salía a la luz que Baekhwa era el culpable, yo no le podría hacer absolutamente nada. Por eso prefirieron armarle la jugada a Gesta. De todas formas, ya se tienen bronca cantada con la familia Rolurd.
Latil se había puesto furiosa al escuchar eso. Pensó que el duque debía estar loco. Pero viéndolo bien, había una chispa de lógica en lo que decía.
—Por más espeso que sea, no se equivoca con respecto a Baekhwa. Baekhwa no es de Tarium. Incluso si está a la cabeza del Escuadrón Sometimiento de Monstruos, sus raíces están en el templo. Y yo no me puedo ir a la guerra contra el templo.
—Haga lo que le plazca, Ami. Si usted me lo ordena, me traigo abajo el templo.
—Si yo fuera una simple emperatriz común y corriente, meterme con el templo no tendría nada de malo. Pero soy una emperatriz que también es la 'Lord'. ¿Por qué crees que la gente no me tiene más miedo? Es porque Baekhwa y el Sumo Sacerdote están de mi lado. ¿Pero si expulso a Baekhwa? ¿A quién le van a tener miedo entonces? A mí.
—A mí me importa un comino lo que la gente piense de usted, Ami.
—Ya veo. Gracias. Pero a mí sí me importa. Yo...
Latil pensó en sus hijos, esos que desde ya estaban dando pintas de ser unos criados con mañas. Pero aun imaginándose a esos pequeños traviesos, los labios se le curvaron en una sonrisa. Sonrojándose ligeramente, agregó:
—Quiero que mis hijos sean hijos de una Emperador, no de la Lord.
—Usted no puede enfrentarse abiertamente a Baekhwa, Ami, pero yo sí. Si yo me mecho con Baekhwa, la gente solo lo verá como un pleito de poderes entre consortes. ¿Le meto su chiquita?
Latil no pudo evitar soltar una carcajada. Dijera lo que dijera, la respuesta de Klein siempre iba por esa misma línea. Le hincó el costado con el dedo.
—¿Por qué todo lo quieres arreglar a los puñetazos?
—Los Caballeros protegen a Su Majestad con la fuerza. Que el Esposo Oficial se encargue de pensar.
Latil le sujetó el puñetazo enorme a Klein bien fuerte con ambas manos. Los músculos de su brazo se tensaron al instante.
—Aun así, hablar contigo me ayuda a tranquilizarme. Gracias. Por fin ya tengo claro qué hacer con Baekhwa, Ranamoon y Gesta.
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—Manden a alguien a la villa para traer a Gesta. Yo les daré más instrucciones por separado.
Al día siguiente, mientras estaba en el despacho oficial, Latil dio la orden de forma clara y fuerte a uno de los secretarios. Todos los demás secretarios dejaron lo que estaban haciendo y miraron a la Emperador.
Esto era claramente una señal de que la Emperador traería de vuelta a Gesta de manera pública. Los secretarios cruzaron miradas entre sí.
«¿Por qué Su Majestad está haciendo esto?»
«No ha pasado mucho desde que mandó lejos a Sir Gesta hecha una fiera.»
«Los ministros todavía andan haciendo un chongo terrible por este asunto. ¿Estará bien?»
«¿Acaso Su Majestad descubrió nuevas pruebas en el caso de los anticonceptivos?»
Pero casi nadie se atrevía a cuestionar directamente a la Emperatriz. Si alguien podía hacerlo, sería el Gran Canciller, pero justo en ese momento se encontraba fuera.
Habiendo tirado una piedra a un lago que antes estaba tranquilo, Latil bajó los ojos con serenidad hacia los documentos que tenía enfrente.
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Al poco tiempo, la noticia llegó a oídos de Ranamoon.
—¿Su Majestad? ¿Hablas en serio? ¿Acaso no tendrá algún motivo oculto?
preguntó desconcertado. El secretario sacudió la cabeza.
—No sabría decir si tiene una segunda intención. Habló sin rodeos y de inmediato se puso a trabajar. No dio ninguna explicación.
—...Ya veo.
Una vez que el secretario se retiró, Cardan habló con preocupación:
—Pensé que no traería a Gesta de vuelta por un buen tiempo. ¿A qué se debe este cambio repentino?
Ranamoon se sobó las sienes, claramente atribulado.
—Tampoco es que sea algo repentino. Desde un principio, Su Majestad jamás creyó que Gesta fuera el culpable.
—Aun así, resulta raro de cualquier forma. Lo mandó a la villa a pesar de creer que era inocente. Y ahora, antes de que pase mucho tiempo, lo trae de regreso otra vez. ¿Para qué lo mandó lejos en primer lugar?
Por supuesto, Ranamoon tampoco lo sabía. Miró el reloj lleno de ansiedad. ¿Qué debía hacer? ¿Debería ir a preguntarle directamente a la Emperatriz? Pero incluso si lo hacía, ¿acaso ella le daría una respuesta? La última vez que se vieron la cosa terminó bastante fría. Si iba de nuevo, ¿no terminaría siendo tratado con indiferencia y mandado a volar? No lograbas decidirse fácilmente. Tras una larga pausa, apretó los puños y volvió a sentarse en el sofá.
—Mi señor...
Mientras Cardan intentaba consolarlo, Ranamoon sacudió la cabeza y murmuró:
—Olvídalo. Digas lo que digas, no me voy a tranquilizar en este momento. De solo imaginarme a Gesta poniéndose botado tras ver al enviado de Su Majestad.......
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A diferencia de un Ranamoon recontra mortificado, Gesta había estado disfrutando de unos días bastante tranquilos. Mientras se imaginaba qué palabras románticas usaría Latrasil para llamarlo de vuelta, salía a caminar y se iba de compras. Incluso el personal del palacio en la villa andaba hablando a sus espaldas.
—Parece que Sir Gesta ya se dio por vencido. Incluso después de haber sido exiliado aquí, está bien tranquilito.
—De todas formas, siempre se le conoció por ser alguien callado y dócil.
—Es el colmo. ¿Acaso alguien tan dócil les daría anticonceptivos a los demás consortes?
—Eso sí es verdad.
—Está aquí como castigo y aun así vive tan campante; da rabia de solo verlo. ¿Acaso no siente nada de culpa?
Los sirvientes de la villa habían armado todo un chongo cuando Gesta desapareció. Más tarde, incluso los amenazaron para que guardaran silencio sobre su desaparición, así que verlo disfrutando de la vida les caía espeso y refunfuñaban a sus espaldas.
Gesta lo sabía perfectamente, pero se hacía el loco alegremente.
Entonces, un día, mientras decoraba con un frasco de vidrio que le había gustado, se armó un alboroto terrible afuera. Curioso, se acercó a la ventana y vio una fila de unas treinta personas cruzando las rejas de la villa.
Pero de forma extraña, una vez adentro, la procesión se detuvo de golpe, la gente de la primera fila empezó a sacar algo de sus bolsas.
'¿Qué diablos están haciendo?'
Justo cuando se lo preguntaba, la primera fila por fin levantó una pancarta enorme. A medida que la tela, que antes estaba colgada, se estiraba bien y las palabras se leían claritas, a Gesta se le desencajó la cara del horror.
⟬Vuelve, mi conejito⟭
¡Latrasil!
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