Hombres del Harén 986
SS56: ¿Cómo lo sabe?
Conde Lancaster pensaba que era un disparate total, pero siguió sondeándola sobre el cuento del matrimonio.
'Capaz esa mujer está mintiendo. ¿Y si esa Lord del futuro conoce mis habilidades y está intentando a propósito ponerme de su lado? Para que ayude a Domis con más ganas todavía'
—Si Domis gana, yo no voy a nacer. Necesito nacer para casarme con tu descendiente de allá.
'O sea que no tiene planeado hacerme ayudar a Domis'
Conde Lancaster se agarró el estómago y soltó la carcajada. ¿Acaso podría ser que esta Lord del futuro hubiera poseído el cuerpo solo para hacerle daño a la Lord actual?
¿Acaso su risa interminable sonó como falta de confianza? La Lord del futuro arrugó el ceño de golpe y habló con firmeza.
—Mi relación con tu descendiente es supercercana. Nos amamos mucho más de lo que te podrías imaginar.
A Conde Lancaster la situación le parecía cada vez más incomprensible. ¿Estar perdidamente enamorado de alguien? Esa sí que era una afirmación completamente ridícula. Tenía más sentido que a él le entrara la curiosidad por la Lord del futuro y se pusiera de su lado otra vez quinientos años después.
—Somos como un par de pajaritos. Ni te imaginas lo bien que nos llevamos.
A Conde Lancaster se le movieron los labios. Se dio cuenta de que afuera de la ventana había monstruos amenazantes, pero en vez de encargarse de ellos, quería seguir escuchando más de este cuento absurdo de la Lord del futuro.
—¿Por qué te gusta mi descendiente, Lord del futuro?
—Tu descendiente es superelegante, dulce y suave, como un perrito apuchurrable.
A Conde Lancaster le cayó peor la palabra «perrito apuchurrable» que los aullidos de los monstruos cerca de la ventana.
—¿Un perrito apuchurrable?
Casi se nos cae de espaldas tras escuchar esa expresión. ¿La Lord del futuro acababa de llamar a su «yo» del futuro un perrito apuchurrable? ¿Auel Kiklan, un perrito apuchurrable? ¿No un perro grande y bravo, sino un perrito apuchurrable?
—Sí. ¿Quizá como un cervatillo recién nacido? Manso, lindo y de carácter suave. Un poco tímido, pero eso también es tierno.
Al final, se dio por vencido y se acurrucó en el suelo. Empezó a darle puñetazos al piso y a soltar lágrimas de la risa. No podía aguantar la curiosidad de saber en qué clase de desastre se había convertido su «yo» del futuro. A este paso, no iba a poder ni investigar sobre magia negra. Se obsesionó desesperadamente por saber qué diablos estaría haciendo su «yo» del futuro quinientos años después. Pero tendría que esperar cinco siglos enteros para encontrarse con esa Lord del futuro.
—¿Qué te causa tanta gracia?
preguntó la Lord del futuro toda picada. Como no sabía que el hombre que tenía enfrente era su futuro esposo, estaba clarísimo que no entendía su reacción.
Conde Lancaster se aguantó las ganas de gritarle: «¡Yo soy tu esposo, el perrito apuchurrable del futuro!», y en su lugar le preguntó:
—Ah, nada. Es solo que... está interesante. Mi descendiente es como un perrito apuchurrable y un cervatillo recién nacido. Pero con ese temperamento, ¿acaso puede hacer magia negra?
—Tuvo que aprenderla, no le quedaba de otra.
—Ah, ya veo. Conque esa es la trama.
Pero ¿por qué inventarse esa historia desde el principio? ¿Acaso había necesidad? Al conde Lancaster le costaba creer tanto las afirmaciones descabelladas de la Lord del futuro como las acciones de su propio «yo» del futuro. Aun así, por si las moscas, el conde le llevó la mano a la Lord del futuro hacia su nariz y la olió. Exhaló e inhaló hondo, con la esperanza de recordar ese olor que percibía más allá de Domis.
Se juró a sí mismo recordar esa fragancia pasara lo que pasara.
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Volviendo en sí de sus pensamientos, Gesta dejó el tenedor a un lado. En lugar de comer algo que no le sabía a nada, quería ir a verla de inmediato. El solo hecho de recordar el pasado ya le había calmado la amargura.
Se limpió la boca y se fue directo al dormitorio del anexo. Le preocupaba que hubiera algún sirviente adentro y pegara un grito al verlo, pero por suerte, el cuarto estaba pelado.
Sin embargo, raramente, había hojas de papel enormes pegadas por toda la habitación. Curioso, se acercó y arrancó una... y se le desencajó la cara apenas la leyó.
—Pedazo de imbécil.
Era la letra de Latrasil.
—¡Esa estafadora...!
El cariño fugaz que había sentido se le esfumó sin dejar rastro. Gesta rompió los papeles en mil pedazos y se mandó a mudar al toque.
Entrando a la cueva de zorro, le metió una patada a la pared de tierra y se sentó en el borde de la cama. Ni él mismo podía creerse lo que estaba pasando. ¿En qué demonios se había fijado al caer por esa estafadora?
Por supuesto que lo sabía. Desde el momento en que se conocieron, esa estafadora le había encendido toda la curiosidad. Para cuando esa curiosidad se le estaba pasando, ella salía con declaraciones bizarras de que él se convertiría en su esposo, haciéndose la difícil. Para descubrir la verdad, el conde Lancaster tuvo que esperar y vivir quinientos años solo por ella.
Gesta soltó un suspiro y se echó en la cama.
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Los pedazos de papel que Gesta había dejado tirados no tardaron en ser descubiertos por Latil.
'¿Quién hizo esto?'
Pensando que Gesta podía haber regresado, Latil visitó la villa de nuevo y recogió uno de los pedazos de papel blanco esparcidos por el suelo. Era un pedazo roto en el que solo quedaba la palabra «imbécil» de la frase «Pedazo de imbécil».
[Parece que ese pervertido pasó por aquí, Lord]
Grifo, que había llevado a Latil hasta allá volando, se rio entre dientes y agarró un pedazo de papel con el pico.
—Gesta.......
Latil se sentó en el sofá largo. El corazón le latía a mil. Había venido. Eso significaba que no se había ido del todo.
—¿A dónde se habrá metido después de venir para acá?
[De seguro se picó al ver escrito 'Pedazo de imbécil' y se mandó a mudar a algún lado, ¿no?]
Grifo se entretenía juntando los pedazos de papel esparcidos como si fuera un rompecabezas.
Latil se le quedó mirando con la mente en blanco, dividida entre pensamientos optimistas y pesimistas. Si había venido hasta aquí, tal vez Gesta tenía planeado regresar. Pero como se volvió a ir, capaz ya no volvía. ¿Habrá sido un error escribir «Pedazo de imbécil»? No, él también me dijo estafadora y un montón de cosas antes de irse hecho una fiera, ¿o no?
[¡Lord! ¡Terminé el rompecabezas!]
Aun cuando Grifo anunció orgulloso que había armado el papel, Latil seguía perdida en su mar de dudas. Cuando finalmente reaccionó, vio las palabras «Pedazo de imbécil» claritas frente al Grifo.
Aunque ella misma lo había escrito, sintió como si Gesta le hubiera dejado ese mensaje a ella, y le entró una rabia tremenda. Recorrió todo el cuarto juntando todas las notitas que había pegado en los muebles, las ventanas, detrás de la puerta y por todos lados.
[¿Se va a amistar con Gesta, Lord?]
—No lo sé.
[¿Y qué tal si pega notitas por todos lados diciendo 'Vuelve'? Capaz las ve.]
Sintió al mismo tiempo que tal vez él de verdad las vería... y que no quería hacerlo. No quería terminar las cosas con Gesta así, de una forma tan vacía y sin resolver, pero la idea de pedirle que volviera le golpeaba feo el orgullo.
Sentó al Grifo en su regazo y le acarició las plumas en silencio durante un buen rato. Finalmente, se levantó, fue hacia su escritorio y jaló una hoja de papel limpia hacia ella.
Incluso después de tomar la pluma, no dejaba de dudar. Entonces le habló de mala gana al Grifo, que estaba sentado en su hombro:
—Ponte por allá. ¿Por qué me estás mirando?
[¿Es una carta secreta?]
—Anda para allá. No se supone que veas esto.
Mientras Grifo se resentía y se alejaba, Latil finalmente empezó a escribir.
—El bebé dice que extraña a su papá.
Se puso roja como un tomate y volteó el papel al toque.
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Cuando Latil regresó al palacio con Grifo, Sonnaught estaba dando vueltas de un lado a otro dentro del dormitorio. En cuanto ella trepó por el alféizar de la ventana, él estiró la mano rápidamente para ayudarla y le preguntó:
—Su Majestad, ¿se encuentra bien?
Ella podía entrar sola tranquilamente, pero se apoyó en Sonnaught al pasar. Sonnaught le clavó la mirada en los ojos.
—No he estado llorando. ¿Por quién me tomas?
Latil soltó una carcajada de pura incredulidad.
Tras confirmar que ella había regresado a salvo, Sonnaught se volvió a retirar. Latil le dio un caramelo al Grifo y también lo mandó para afuera.
Quedándose sola en el dormitorio, sintió que por fin se le aflojaba un poco la tensión de los hombros. Soltó un suspiro y se dejó caer sobre la alfombra, apoyándose contra la pared.
Justo en ese momento, vino una voz desde un costado.
—¿Lord?
—¡Gesta!
Latil se dio la vuelta a toda prisa y se puso de rodillas. De alguna forma, por encima de la ventana absurdamente alta, Gesta estaba descansando el brazo sobre el marco. Debajo de la máscara de zorro que llevaba puesta, se podía ver la curva de una sonrisa torcida.
Latil, por puro instinto, le agarró el brazo. Máscara de Zorro no se la sacudió de encima. Pero tampoco perdió su sonrisa torcida. Preguntó, manteniendo esa misma postura:
—¿Cómo le va a la Lord?
—¿Qué?
respondió Latil con otra pregunta, jalándole el brazo con fuerza.
A medida que el cuerpo de Máscara de Zorro era jalado hacia arriba, su sonrisa fría se esfumó. Por un segundo, se quedó congelado como una máquina malograda.
¿Acaso lo había jalado muy fuerte, como quien saca un pejerrey del agua? Latil se rio con cierta palta y le soltó el brazo. Pero preocupada de que pudiera desaparecer otra vez, no lo soltó del todo: en su lugar, se agarró de su manga. En esa posición, repitió la pregunta de hace un rato:
—¿Qué me estás preguntando? ¿Qué hice yo?
Máscara de Zorro miró hacia abajo, hacia la mano de Latil que lo sujetaba con fuerza, a las venas que se le marcaban en el dorso, y soltó una risita burlona.
Podía ver clarito las intenciones descaradas de Latrasil. Tenía unas manos hermosas. Estaba obvio que sabía perfectamente qué clase de efecto tendría agarrarlo con esas manos tan bonitas.
Aun así, verla mostrar algo de sinceridad le ablandó un poco el corazón, así que volvió a lanzar la pregunta:
—Lord, ¿no me extrañó?
Si ella decía que no, estaba listo para arrancar de inmediato. Ya no tenía la menor intención de dejarse manipular por esa estafadora.
—Escribí que te extrañaba.......
respondió Latil en un tono bajo y apagado.
Máscara de Zorro volvió a soltar una risita burlona.
—Dijiste que era el bebé quien me extrañaba. Si querías decir que tú me extrañabas, tienes que decirlo por separado.
En un principio, la rabia de Latil se había derretido por completo en el instante en que vio a Gesta volver en persona. De verdad le preocupaba que pudiera esfumarse otra vez. Pero después de que se le burlara dos veces, se le prendió el genio y le respondió indignadaza:
—El bebé está en mi panza, así que la opinión del bebé es mi opinión y mi opinión es la del bebé. ¿Acaso tenemos que responder por separado?
—A mí me importa un comino la opinión del bebé.
Latil soltó una carcajada de pura incredulidad.
—¡Es tu hijo y estás diciendo que la opinión del bebé no importa!
—¿Y qué sabe un bebé? Ni siquiera tienen opinión todavía.
—Asu. Le voy a contar al bebé exactamente lo que dijiste cuando crezca. Para ese entonces ya tendrá opinión... ¡y de seguro esa opinión va a ser de pura amargura hacia su padre!
gritó Latil, pero cuando Máscara de Zorro se quitó la máscara, ella cerró la boca de golpe. A medida que su rabia se iba apagando, le entró el arrepentimiento. ¿Por qué se ponía a pelear de nuevo? Pensándolo bien, ni siquiera era algo por lo que valiera la pena discutir.
'Le pude haber dicho que yo también lo extrañaba y punto'
Pero las palabras no le salían. Se le quedó mirando a los labios a Gesta, preguntándose qué cuernos era esta emoción. Quizá tomando eso como una señal, el conde Lancaster abrió la boca:
—De verdad no entiendo por qué estás molesta, Lord. Sabías que yo no era el culpable, pero fuiste tú la que me dijo que me fuera, ¿no?
—Iba a aprovechar ese momento para ponerle un freno a los ministros. Solo era algo temporal, pedirte que te quedaras perfil bajo un tiempito.
—¿Y entonces por qué no me trataste igual que a Girgol? Él se bajó la base de los magos blancos y ahora nadie se atreve a decirle ni pío. ¿Acaso debería hacer yo lo mismo? ¿Ir a cazar a Duque Atraxil y a sus chupamedias y soltarles un par de fantasmas? Capaz así se quedan tranquilos. ¿Qué opinas? ¿Acaso no es más fácil?
Latil se quedó en silencio.
—¿Qué? ¿Tampoco te gusta esa idea? Lord, ¿acaso solo quieres que me quede calladito aguantando todo y dando un paso al costado? ¿Acaso mi resentimiento vale menos que el de Ranamoon?
Latil seguía en silencio.
—A ver, te voy a preguntar algo al chile. ¿Qué diablos le ves a ese tipo, a Ranamoon? Y no me salgas con su cara, dime otra cosa. Escuchémoslo los dos. Capaz así sienta que es menos injusto.
—Pero si su finta es importante. ¿Cómo quieres que te explique sin mencionar su cara?
Conde Lancaster soltó una risa corta e incrédula y sacudió la cabeza. Cuando empezó a desaparecer por completo, Latil reaccionó por puro instinto y lo abrazó con todas sus fuerzas. Cuando lo soltó, ya estaban dentro del escondite secreto de la Máscara de Zorro en la cueva de zorro.
Conde Lancaster se le quedó mirando a Latil sin poder creérselo.
—¿Qué es lo que quieres de mí exactamente? ¿Prefieres a Ranamoon, pero tampoco quieres que me vaya?
Latil no pudo aguantar más y le gritó:
—¡Intentaste contagiarles una enfermedad a los consortes!
Una grieta clarísima apareció en la expresión del conde Lancaster, que se había puesto fría como la de Ranamoon.
—¿Qué?
soltó con una voz chillona. Las pupilas le temblaron horriblemente.
‘¿Qué diablos? Eso era algo que él había estado investigando totalmente por su cuenta. ¿Cómo diablos se enteró ella de eso?’
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