GUANGYIN ZHI WAI 997






MAS ALLÁ DEL TIEMPO 997

El Sol recorre el mundo



Wanggu era demasiado extenso. Antes de que el rostro fragmentado del dios hiciera su aparición, existía un total de 37 soles.

Esos 37 soles eran totalmente distintos entre sí. Sin importar el material o su origen, cada uno guardaba un pasado único y envuelto en el misterio.

De entre todos ellos, había un sol y una luna con una historia aún más particular.

Cuenta la leyenda que hace incontables años, cuando la Raza Divina Cielo Brillante gobernaba sobre Wanggu, había 36 soles en el firmamento.

Lo mismo sucedía con la luna.

Esta situación se mantuvo así hasta la gran contienda entre inmortales y dioses. Tiempo después, el Nuevo Wanggu, que estaba bajo el dominio de los inmortales, pasó a contar con un sol y una luna adicionales.

Se decía que este sol y esta luna extra provenían de la mismísima Raza Divina Cielo Brillante.

Eran dioses a los que los antiguos Inmortales de Verano les permitieron permanecer en Wanggu tras sellar a la Raza Divina Cielo Brillante.

Según el tratado que pactaron, debían patrullar todo Wanggu.

El sol, en particular, era el mismísimo príncipe heredero de la Raza Divina Cielo Brillante.

Su nombre era Cuervo Dorado y le encomendaron el patrullaje durante el día.

A la luna se le dio el nombre de Robin.

Simbolizaba la bondad, la inocencia y la promesa de un amor puro y hermoso, le tocó patrullar durante las noches.

El sol y la luna se turnaban en el firmamento día tras día, cruzándose en muy raras ocasiones. Solo en los momentos en que el sol y la luna coincidían en el cielo podían contemplarse frente a frente.

Y la luz que irradiaban… no iba dirigida a Wanggu, sino hacia el misterioso mar exterior.

Y así, el tiempo siguió su curso.

Los años pasaron, su fuerza transformó el mundo y fue borrando el rastro de la historia.

Con el surgimiento de nuevas generaciones de cultivadores y las constantes divisiones y alianzas de las razas de Wanggu, los rastros de la historia del sol y la luna se fueron volviendo cada vez más difusos.

Hasta que el rostro fragmentado terminó por descender.

Entre giros del destino y diversas causas, más de la mitad de los 37 soles cayeron, dejando únicamente 17 en pie.

Las leyendas sobre estos soles y lunas se fueron apagando hasta que casi nadie volvió a recordarlas, quedando relegadas a viejos cuentos del pasado.

La gente únicamente sabía que estos 17 soles permanecían repartidos de forma irregular por todo Wanggu.

Algunos estaban muy pegados entre sí, mientras que otros se encontraban a distancias abismales.

Esa era la razón por la que ciertos rincones de Wanggu permanecían sumidos en una oscuridad eterna, mientras que otros gozaban de una luz constante.

Por su parte, el misterioso e insondable mar exterior quedó privado de todo destello, tras haber perdido tanto al sol como a la luna.

Sin embargo, el Continente Nanhuang, la Gran Región Onda Sagrada y las dos grandes regiones vecinas corrieron con cierta suerte.

Y es que el sol que correspondía a esta zona jamás cayó a lo largo de decenas de miles de años.

Ahí permanecía firme.

Hacía su aparición justo en el momento en que despuntaba el alba, iluminando la región y cobijando a todos los seres vivos con su calor.

Durante incontables años, este ciclo no cambió jamás, convirtiéndose en algo cotidiano.

El día de hoy pintaba para ser igual.

Sin embargo, esta mañana tenía algo distinto a las demás. La luz del sol se sentía más resplandeciente y el calor apretaba con una intensidad casi densa.

Todos los seres vivos están acostumbrados a la rutina, por lo que sus sentidos detectan de inmediato cuando surge la menor anomalía dentro de lo cotidiano.

Es un mero instinto.

Ya fueran cultivadores, gente común, miembros de las distintas razas o cualquier criatura con vida, a todos les pasaba exactamente lo mismo.

Por eso, al rayar el alba, cuando la luz en esta zona se volvió ridículamente brillante, ya fueran extranjeros, cultivadores, mortales o incluso bestias feroces, todos alzaron la mirada hacia el cielo.

Al instante siguiente, las mentes de todos los seres vivos se vieron sacudidas por un estruendo brutal. Fue como si una ola colosal devorara sus almas, desatando una tormenta descomunal que hizo estremecer sus cuerpos y arrasó con sus pensamientos.

Espanto, conmoción, incredulidad…

Toda clase de emociones estallaron en ese preciso momento.

Y es que las distintas razas que habitaban en el Continente Nanhuang, en la Gran Región Onda Sagrada, en la Región Isla del Sur y en las incontables islas del mar interior vieron que en el firmamento…

¡Habían aparecido dos soles!

¡El mundo entero se iluminó de golpe!

La tiniebla del Mar Prohibido, bajo la luz de estos dos soles, dejó ver incluso un matiz verdoso, haciendo que todas las embarcaciones que navegaban por el mar antes del alba se detuvieran en seco de la pura impresión.

Los mortales llegaron a tirarse al suelo para rendirle culto.

Todo esto resultó ser de lo más impactante para el mudito y para los dos subdirectores del Departamento de Homicidios.

Erniu no paraba de tragar saliva.

La cara de Huang Yan se puso aún más seria.

Ante la mirada de todo el mundo, el gigante en descomposición avanzaba a pasos agigantados hacia el cielo, mientras que el carruaje de bronce de los dragones que venía a sus espaldas se volvía cada vez más resplandeciente.

Como si fuera una bola de fuego, una fuente pura de luz o un sol descomunal, su ascenso no era más que el mismísimo proceso del amanecer.

Entre semejante despliegue de luz y calor interminables, Xu Qing permanecía sentado bien derecho dentro del carruaje. Tenía la mente en blanco, enfocado por completo en la transformación del Cuervo Dorado mientras patrullaba el mundo una vez más.

El arte del Cuervo Dorado Refina a Toda la Vida, grabado en las paredes del carruaje, pareció cobrar vida en ese instante. Fluyó y se manifestó en el exterior, dando forma a sellos de luz.

Tras juntarse, formaron vagamente la silueta borrosa de alguien parado en absoluta soledad, dándole la espalda a Xu Qing.

Esta figura no era otra que la del joven que Huang Yan había divisado instantes antes.

Xu Qing también lo vio en ese preciso momento.

Su mente se agitó por la emoción. El resplandor de su Cuervo Dorado y parte del legado que poseía parecieron entrar en una resonancia misteriosa con aquella silueta.

Sintió una profunda soledad, tristeza y una inmensa nostalgia…

Esa soledad provenía de una vida demasiado larga.

Esa tristeza, del trágico final de su raza.

Esa nostalgia, del lazo imborrable que lo unía a Robin.

Sin darse cuenta, la mente de Xu Qing se fue sumergiendo en estas emociones hasta que alcanzó a escuchar, a lo lejos, un leve suspiro.

El sol patrullando el mundo.

Al instante siguiente, el gigante que arrastraba el carruaje de dragones hacia el cielo se estremeció. La luz que brotaba del carruaje fluyó hacia todas partes, tiñéndolo de un dorado puro. Parecía un carro de guerra que emanaba un poder descomunal.

Al alcanzar el cuerpo del gigante, la luz se transformó en una armadura dorada, haciendo que su presencia se llenara de un aire sagrado.

El gigante levantó la cabeza y de sus cuencas vacías brotó un resplandor. Un rugido profundo salió de su garganta mientras daba zancadas gigantescas en el firmamento con dirección al mar exterior.

Por eso, ante los ojos de todos los seres vivos, ese segundo sol cambió de rumbo y comenzó a avanzar hacia el mar exterior.

Conforme se aproximaba, la tiniebla del oscurísimo mar exterior comenzó a revolverse.

Por primera vez en decenas de miles de años, la luz hizo su aparición en este lugar.

Cuando los destellos tocaron el agua, no se sabía si era por puro reflejo o por su color original, pero el mar… tenía un ligero matiz violeta.

El Cuervo Dorado volaba a lo alto del cielo, iluminándolo todo en el mar exterior mientras cruzaba el firmamento.

Por donde pasaba, llevaba la luz y ahuyentaba la tiniebla, haciendo que la superficie del mar exterior quedara a la vista de todos.

El agua en el mar exterior era mucho más oscura y densa que en el mar interior, contando con una flotabilidad notablemente mayor.

Aquí era rarísimo ver olas gigantes.

Se podían apreciar restos de muchísimas ruinas antiguas flotando en la superficie…

Había rocas gigantescas, cadáveres descomunales y los restos de templos envueltos en el misterio…

Incluso un ojo inmenso flotaba en el agua como si fuera una isla.

Un poder divino aterrador se propagaba por toda la superficie del mar.

Una existencia desconocida, tan inmensa como una provincia entera, brotó de la superficie del mar y clavó su mirada fría en el firmamento.

Se le quedó viendo fijamente al sol que patrullaba el mundo.

El tiempo siguió su curso.

El gigante continuó arrastrando el carruaje de dragones, galopando por el cielo del mar exterior. Al mediodía, cuando el sol alcanzaba su punto más resplandeciente, se detuvo en medio del firmamento.

Infinidad de miradas oscuras y sentidos divinos brotaron del mar exterior, concentrándose en ese punto como si estuvieran presenciando algo histórico.

Mucho tiempo después, la figura que permanecía de pie dentro del carruaje de dragones, justo frente a Xu Qing, se dio la vuelta despacio.

Se le quedó mirando a Xu Qing.

En el instante en que su mirada se cruzó con la de Xu Qing, la mente de este último retumbó de la impresión.

Una cantidad descomunal de información se le metió en la cabeza como un oleaje enfurecido.

¡Era una herencia!

¡Venía directamente del Cuervo Dorado, una herencia verdadera!

El Cuervo Dorado en el que Xu Qing se había transformado comenzó a brillar al instante.

Al instante siguiente, la figura del joven cerró los ojos.

En el exterior del carruaje de dragones, el gigante soltó un rugido cargado de profundo dolor y emprendió el viaje de regreso.

Poco a poco, la oscuridad que había sido ahuyentada de manera temporal comenzó a extenderse con avidez a medida que el carruaje de dragones se alejaba a la distancia, llenando el vacío que dejaba su retorno.

Finalmente… al caer la tarde, el carruaje de dragones abandonó el mar exterior.

El mar exterior volvió a quedar sumido en una oscuridad total.

La armadura dorada que cubría el cuerpo del gigante se fue desvaneciendo despacio, dejando ver nuevamente su cuerpo en descomposición.

El resplandor del carruaje de dragones volvió a apagarse, regresando a su estado desvencijado.

El atardecer terminó de extinguirse.

Ante la atenta mirada de Erniu y Huang Yan, el gigante descendió del firmamento. Paso a paso, mientras el aura de la muerte impregnaba el ambiente, se adentró en el mar interior.

El carruaje de bronce de los dragones también se sumergió con él.

Justo en el momento en que estaba a punto de perderse en el mar, una fuerza suave brotó desde el interior del carruaje, expulsando con delicadeza a un Xu Qing que continuaba sumergido en la herencia.

Posteriormente, el carruaje de dragones se hundió por completo en las profundidades del mar.

A medida que el gigante tiraba de él, pareció manifestarse un palacio ilusorio del tiempo en el fondo marino.

A las afueras del palacio, el gigante se detuvo y se hincó en el lugar, permaneciendo inmóvil.

La silueta borrosa del joven bajó del carruaje de bronce y avanzó hacia el interior del palacio paso a paso. Sus pisadas eran sumamente lentas y cada movimiento desprendía una desolación absoluta.

Caminó hasta el fondo del palacio y se sentó en silencio en el único asiento que había.

El tiempo comenzó a fluctuar a su alrededor y empezaron a aparecer diversos músicos.

La melodía de «La Voz Celestial le da la Bienvenida a la Luna» comenzó a sonar débilmente.

En medio de esa hermosa tonada, el joven agachó la cabeza y se puso a escuchar en absoluta soledad.

Sin embargo, por más que la música siguiera sonando, ya no existía ninguna luna llamada Robin en todo el Mar Prohibido.

Por ende, la soledad se volvió eterna, ahogando la música y el tiempo, devolviendo al palacio a su verdadera forma.

Muros destruidos y ruinas yacían por todas partes.

Era tal cual una tumba.

Afuera de la tumba, el gigante hincado en el lugar lloraba de pura tristeza.

En la superficie del agua, Xu Qing permanecía sentado con las piernas cruzadas sobre el buque de guerra mágico del mudito.

El mudito lo cuidaba en silencio a su lado, manteniéndose sumamente alerta contra cualquiera que estuviera en el lugar.

Los dos subdirectores que permanecían parados a la distancia aún tenían caras de total asombro. La forma en que miraban a Xu Qing era como si estuvieran contemplando a un mismísimo dios. Todo lo ocurrido hoy había sobrepasado por completo sus entendimientos e imaginación.

Habían escuchado sobre la leyenda del carruaje de dragones, pero jamás imaginaron que alguien pudiera sentarse en él, transformarse en el sol y vivir en carne propia el amanecer y el atardecer.

Por ello, sus mentes eran un caos completo y no lograban calmarse para nada.

Erniu y Huang Yan no podían quitarle los ojos de encima a Xu Qing.

Esto aplicaba sobre todo para Erniu. Lo que le había pasado a Xu Qing hoy lo dejó helado de la impresión. Debido a esto, se moría de curiosidad por saber qué era exactamente lo que su hermano menor había ganado con todo esto.

En cuanto a Huang Yan, más que curiosidad por las ganancias de Xu Qing, tenía un par de dudas sobre el Príncipe Heredero Cuervo Dorado y quería preguntárselas directamente a Xu Qing. Sin embargo, apenas se le quedó mirando un rato cuando la cara se le desencajó de pronto y volteó a ver hacia el horizonte de golpe.

Una luz roja apareció en medio del cielo oscuro.

Esta luz comenzó a extenderse e invadir el cielo nocturno, tiñendo absolutamente todo el firmamento de un rojo vivo.

Lo mismo ocurrió con el mar, dando la impresión de haberse transformado en un auténtico mar de sangre.

Esa rojez sin fin se fue juntando hasta darle forma a un dios.

Este dios avanzó desde el firmamento y se plantó sobre el buque de guerra mágico de un solo paso. En el mismísimo instante en que pisó la nave, el mudito y los otros dos cayeron desmayados al suelo.

El viento sanguinolento sopló con fuerza, haciendo flamear las túnicas carmesíes del dios y levantando su cabello para dejar al descubierto un rostro de una belleza deslumbrante, el cual captó al instante la atención de Huang Yan y Erniu.

A Erniu se le achicaron los ojos antes de poner una cara de pura sorpresa. Se levantó de su sitio y, como quien no quiere la cosa, se puso justo delante de Xu Qing para cubrirlo, haciéndole una inclinación llena de respeto a la deidad.


—Señor, con razón sentía que el mundo entero había perdido su brillo hace un instante. Resulta que era usted en persona.


Huang Yan no soltó ni una sola palabra. Su cuerpo entero emanaba fluctuaciones aterradoras y mantenía un rostro sumamente serio.


—No hay necesidad de ponerse nerviosos.

—He venido hasta aquí para pedirle a Xu Qing que me devuelva el favor.


Yu Liuchen rio entre dientes y se acomodó sentado con las piernas cruzadas. Con un ligero movimiento de la mano, una mesa de bambú apareció a su lado junto a cuatro tazas de té.

Tras servir el té él mismo, tomó una de las tazas y le dio un sorbo. Luego, dirigió la mirada hacia Erniu y Huang Yan.


—Sírvanse un poco de té.

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