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La Esposa del Dios de la Gastronomía




Traduccion: Asure

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—¿Quéee? ¿Baofeng entró a la escuela? ¿Estás seguro? La pensión cuesta dos monedas de plata al año, ¿de dónde corno van a sacar tanta plata?


A Wong Mudan casi se le salen los ojos de las órbitas del tremendo impacto, pareciendo un sapo desorbitado.


—¡Yo qué voy a saber! Pero de que era él, era él. Es nuevo y el mismísimo maestro Wong lo presentó en la clase. Nos dijo que teníamos que cuidar a nuestro nuevo compañero.

—¡Ahorita mismo voy a sapear!


Se fue directo a la cocina de la segunda rama familiar. Lo primero que sintió fue un olorcito recontra provocativo a pescado frito; luego escuchó a Baofeng y a los demás conversando felices sobre la escuela. Se le hizo la boca agua ahí parada en la puerta y, tras escuchar un par de minutos, confirmó la sospecha:

‘¡El chibolo de verdad entró a la escuela!’

Wong Mudan regresó a la casa principal a paso apurado y se metió directo al cuarto del viejo Xiao.


—¡Suegro! Tengo una bomba que contarle: ¡Baofeng entró a la escuela!


gritó Wong Mudan apenas cruzó el umbral.

Como ya estaba oscureciendo y el viejo Xiao no había prendido la lámpara de aceite, Wong Mudan no veía bien qué estaba haciendo el Don. Cuando la vista se le acostumbró a la penumbra, se dio cuenta de que el viejo se estaba sobando la mugre del cuerpo.

Al viejo Xiao no le gustaba bañarse pero ni a palos; con las dos o tres veces al año que se echaba agua, apestaba a rayos todo el santo día.

Al ver entrar a Wong Mudan, el viejo se acomodó la ropa de mala gana y la carajeó:


—¿No puedes avisar antes de meterte como perra por su casa?


A Wong Mudan le importó un bledo la puteada y siguió con su chisme:


—Ay, suegro, si solo se está quitando la mugre, ¿cuál es el drama? Además, ¿escuchó lo que le dije? ¡Baofeng entró a la escuela del distrito!


El viejo Xiao la miró con cara de pocos amigos y soltó con fastidio:


—¿Y qué tiene de raro que Baofeng vaya a la escuela? Ya tiene ocho años, ¿no?

—¡Suegro! La pensión de la escuela cuesta dos monedas de plata al año. ¿Sabe qué significa que el chibolo esté estudiando? ¡Que la segunda rama tiene plata guardada!


Al escuchar eso, el viejo Xiao se quedó mudo por un segundo.


—¿Tienen plata?

—¡Claro pues! ¿Acaso no armaron tremendo show para independizarse de nosotros hace poco? Y apenas se separan, ¡pum!, les sobra la plata. ¿No será que nos estuvieron escondiendo la plata todo este tiempo? Suegro, ¿ya se olvidó de que le deben sus quinientas monedas de cobre al mes por concepto de pensión familiar?


Al viejo Xiao se le reacomodó el estómago en una. Se ajustó el cinturón a la prisa y se fue directo al cuarto de Li Hongmei.

La segunda rama ya había terminado de cenar. Xiao Baofeng y Xiao Baozhu estaban lavando los platos y Li Hongmei limpiaba la mesa. Ye Xiaoxian ya se había retirado a su cuarto y Xiao Baoshan andaba afuera juntando agua antes de que oscureciera del todo.

Al ver entrar al viejo Xiao, Baofeng y Baozhu le soltaron un "Hola, abuelo" bien frío y sin ganas.

Esos dos niños no querían a su abuelo ni un poquito. A ellos los había criado Li Hongmei solita a pura fuerza de pulmón. Por más matada que estuviera su madre, el viejo Xiao jamás movía un dedo para darles una mano.

A veces pasaba algún dulcero por el pueblo y el viejo Xiao corría a comprarle golosinas a sus otros nietos, pero a los de la segunda rama no les daba ni la envoltura, lo que en su momento les rompía el corazón a los pobrecitos.


—Baofeng, me enteré de que hoy fuiste a la escuela, ¿es verdad?


preguntó el viejo Xiao mirando alrededor.

Baofeng respondió mientras enjuagaba un plato:


—Sí, abuelo.

—¿Y de dónde sacaron la plata para pagarla?


Xiao Baofeng presintió que la cosa no venía bien. Su abuelo jamás venía a visitarlos por cariño o preocupación, así que prefirió quedarse callado.

Adentro del cuarto, Li Hongmei escuchó todo y la sangre le empezó a hervir. Se le notaba a leguas que el viejo venía a oler la plata.

¡Ja! Cuando ellas necesitaban ayuda para llevarse un pan a la boca, el viejo ni aparecía. Pero apenas escuchaba que les iba un poquito mejor, venía corriendo como un conejo.

Li Hongmei tiró el trapo sobre la mesa, se tragó la rabia y salió con una sonrisa recontra falsa dibujada en la cara:


—Ay, suegro... Sí, Baofeng empezó sus clases hoy día. Baoshan se tuvo que prestar la plata de unos amigos. Como el chibolo ya tiene ocho años, la pequeña Ye me dijo que por más pobres que estemos, a los hijos hay que darles educación. Así que nos ajustamos el cinturón y decidimos hacer el esfuerzo de mandarlo a la escuela.

—¿Se prestaron la plata?


preguntó el viejo Xiao, mirándola con desconfianza.






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—Sí, recontra prestada.


soltó Li Hongmei con una sonrisa socarrona.


—¿Acaso mi suegro ha venido porque siente que ya era hora de que su nieto estudie y nos quiere dar una manito con la plata? Vea que Baofeng es bien vivo; hoy mismo en su primer día ya aprendió a escribir su nombre. Baofeng, anda trae tu papel para que tu abuelo vea.


Xiao Baofeng ya iba a dar un paso hacia el cuarto cuando el viejo Xiao levantó la mano para frenarlo:


—Ya, ya, si la plata es prestada, mejor se las arreglan ustedes solos para pagarla. Pero les digo una cosa: este chibolo tarde o temprano va a terminar agarrando el lampón para sembrar la tierra. ¿Para qué botan la plata a la basura? ¡Qué manera de desperdiciar el sencillo! ¿Acaso han visto a algún campesino de este pueblo que sepa leer?

—Suegro, su nieto Baocheng lleva años en la escuela, ¿por qué a él no le dice que está tirando la plata a la basura?


Wong Mudan, que venía siguiendo al viejo como sombra, saltó como leche hervida:


—¡Oye! ¿Cómo vas a comparar a tu Baofeng con mi Baocheng? Mi hijo es inteligente y tiene talento. Él va a dar los exámenes imperiales y se va a volver un gran erudito. Tu chibolo a las justas va a aprender a juntar dos letras.

—Aypor favor, cuñadita, no seas tan conchuda. Tu Baocheng lleva años metido en esa escuela y el único poema que se sabe de memoria es ese de ‘La luna brilla en mi cama’. Ni se molesta en aprenderse otro. A los viejos del clan los podrás engañar con ese cuento, ¡pero a mí no me vendes culebras!

—¡Uy, miren a la señora de mundo! Claro pues, como tú vienes de un prostíbulo, seguro sabes muchiísimo más que nosotras.


Aunque en su juventud había trabajado en un burdel, a Li Hongmei esas habladurías le resbalaban toditas. Lo que le reventaba era que Wong Mudan usara siempre ese tema para querer humillarla, así que le respondió bien achorada:


—¡No seré la primera de la lista, pero por lo menos no soy la última!

—¡Jamás en mi vida vi a una mujer tan sinvergüenza y de cara dura!

—¿Ah, no? ¡Pues ahora ya me viste!

—…....


Las dos mujeres comenzaron a tirarse trapos sucios a grito pelado, armando tremendo escándalo en el patio. El quilombo fue tal que no solo salieron los de la casa, sino que hasta la vecina, la señora Zhao, se asomó a la reja para no perderse el chisme.

Al viejo Xiao le dio vergüenza ajena ver que los vecinos miraban el espectáculo y pegó un grito para callarlas:


—¡Cállense la boca las dos! Ya vivimos separados y siguen jodiendo con lo mismo. ¡Me dejan en paz o las mando a las dos a vivir a la casa vieja del cerro!


Wong Mudan y Li Hongmei cerraron el pico en una, aunque Li Hongmei no se quedó con las ganas y murmuró bien bajito:


—Suegro, me imagino que no ha cenado. Mi cuñada es bien graciosa, ¿no? Tiene todo el tiempo del mundo para venirse a pelear conmigo, pero ni se acuerda de cocinarle su comida.


El viejo Xiao recién cayó en la cuenta de que tenía el estómago vacío y volteó a carajear a Wong Mudan:


—¿Qué esperas para ir a la cocina, ociosa? ¿Me vas a matar de hambre?


A Wong Mudan no le quedó de otra que meter la cabeza entre las piernas e irse calladita a la cocina a preparar la cena.

Esa era la gran desventaja que tenía la casa principal desde que se independizaron. Antes, Li Hongmei se comía todito el trabajo pesado de la casa, pero ahora todo el laburo recaía sobre los hombros de Wong Mudan y Chen Ju. Tener que cocinar, lavar y encima cortar leña las tenía reventadas como mulas de carga.



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Ye Xiaoxian, que ya conocía de sobra la boquita de caramelo de su suegra, sabía perfectamente que nadie le ganaba a Li Hongmei a la hora de pelear, así que se quedó parada en la puerta disfrutando del show.

Una vez que el viejo y Wong Mudan se fueron, Li Hongmei juntó a toda la familia en el cuarto, le pasó cerrojo a la puerta y les habló bajito con tono serio:


—Escúchenme bien todos. Nos está yendo bien con la venta de la jalea en el pueblo, pero eso tiene que quedar recontra en secreto. Si alguien les pregunta, ustedes dicen que a las justas nos alcanza para comprar arroz, harina y un par de verduras. ¿Me escucharon?


Xiao Baoshan asintió en silencio, los dos niños hicieron lo mismo y Ye Xiaoxian respondió:


—Entendido, mamá.

—Así es, tenemos que hacernos las muertas de hambre. Apenas estamos levantando cabeza, así que hay que perfil bajo nomás.


Ye Xiaoxian intervino:


—Pero tampoco vamos a poder ocultarlo para siempre, mamá. Yo estoy segura de que el negocio va a crecer un montón y vamos a ganar más plata día a día. Cuando tengamos suficiente guardado, pienso mandar a hacer ropa nueva y zapatos para todos, y ahí tus cuñadas se van a dar cuenta de todas maneras.


Li Hongmei lo pensó un segundo y preguntó con dudas:


—Entonces... ¿será mejor que no nos pongamos ropa nueva?






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En verdad, a Li Hongmei se le hacía agua la boca por estrenar algo de ropa. Hacía años de años que no se ponía una prenda nueva. Lo que llevaba puesto todos los días eran vestidos viejos, desteñidos y tapizados de parches por todos lados. Los chibolos andaban en las mismas, usando ropa regalada o heredada que, con lo rápido que estaban creciendo, les quedaba recontra ajustada y brincona.

Xiao Baozhu era jovencita y, como a cualquier chica de su edad, le encantaba arreglarse. Apenas escuchó que tal vez no habría ropa nueva, arrugó la cara y protestó:


—¡Yo no estoy de acuerdo! Baocheng y sus hermanos estrenan trajes todos los años, ¿por qué nosotros no podemos?

—Bueno.......


Li Hongmei era recontra buena para pelear de boca, pero después de tantos años de sufrir maltratos y humillaciones en esa casa, prefería mil veces seguir usando trapos viejos antes que armar un nuevo pleito con las cuñadas.

Al ver la duda, Xiao Baoshan dio un paso al frente y tomó la palabra:


—Mamá, una cosa es no andar presumiendo la plata y otra muy diferente es privarnos de todo. Esa plata se la han ganado ustedes rompiéndose el lomo trabajando, así que dense sus gustos. Si no, ¿para qué carajos trabajamos? No tenemos por qué estar mirando lo que digan la primera o la tercera tía, siempre y cuando le paguemos puntual al abuelo su pensión. Nosotros ya cumplimos de sobra con esta familia y no le debemos nada a nadie.


Ye Xiaoxian apoyó la moción de inmediato:


—Así se habla, mamá. Baoshan tiene toda la razón. Hay que mantener el perfil bajo con la gente de afuera, pero adentro de la casa no tenemos por qué pasar necesidades. La plata se hizo para usarse.


Apenas terminó de hablar, Xiao Baoshan se volteó a mirarla, sintiéndose respaldado por sus palabras.

Pero Ye Xiaoxian ni lo miró a la cara; mantuvo la vista fija en Li Hongmei, marcando su distancia.

Li Hongmei lo pensó una y otra vez, hasta que al final soltó un suspiro y sonrió:


—Está bien, si todos están de acuerdo, les hago caso. En los años pasados yo peleaba solita contra el mundo porque Baozhu y Baofeng eran unos niños de teta, pero ahora que Baoshan regresó y la pequeña Ye tiene una cabeza tan buena para los negocios, ¿a qué le voy a tener miedo? ¡A trabajar duro se ha dicho, y a gastar como se debe!


Al escucharla, a todos se les devolvió el alma al cuerpo y celebraron la decisión.



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Al día siguiente, Ye Xiaoxian se levantó de madrugada a preparar la jalea helada como todas las mañanas.

Antes, Baozhu y Baoshan subían al cerro a recolectar las hierbas para la jalea, pero como ahora Baofeng andaba metido en la escuela, Ye Xiaoxian no podía mandar a Baozhu sola a la montaña. En su lugar, prefirió ponerla a su lado en la cocina para que aprendiera el oficio.


—Baozhu, mira bien. Este es el almidón de arroz que licué; el punto tiene que quedar exacto. Si te queda muy espeso no sirve, y si queda muy aguado, tampoco.

—Baozhu, al momento de refregar la hierba tienes que medir la fuerza de tus manos. Si la machacas con rabia, la jalea se va a poner dura como una piedra.

—Lo mismo va para la miel. Si la haces muy espesa, empalaga y encima desperdiciamos azúcar. Pero si le echas mucha agua, no va a saber a nada.


Ye Xiaoxian le enseñaba punto por punto, sin guardarse absolutamente ningún secreto de su receta casera.

A Xiao Baozhu le pareció un poco raro el asunto. Se quedó pensando si Ye Xiaoxian la estaría agarrando de empleada para que, una vez que aprendiera todo, la cuñada se echara a descansar sin mover un dedo.

Pero a decir verdad, a Baozhu le encantaba la idea de aprender. Sabía de sobra que con eso ganaban plata y, lo mejor de todo, era el pretexto perfecto para ir al pueblo. En toda su vida casi ni había salido del caserío.

Lo que Baozhu jamás imaginó era lo recontra famosa que era esa jalea en el mercado. Especialmente después del escándalo que armaron los matones en el puente el otro día, la *Jalea Helada de los Xiao* se había vuelto la sensación del momento. Todavía ni terminaban de armar el puesto cuando ya había un grupito de gente haciendo cola con sus tazones en la mano.

Al principio Baozhu no sabía ni dónde pararse del nerviosismo, pero al ver la tranquilidad con la que su mamá y Ye Xiaoxian servían las porciones y cobraban las monedas, agarró ritmo de volada y se puso a despachar como loca.

Antes del mediodía, el mayordomo de la familia adinerada que la otra vez se llevó medio balde volvió a aparecer y se llevó otra media tina de un solo porrazo.

Total, que para antes del almuerzo ya no les quedaba ni una sola gota.

Ye Xiaoxian acomodó los baldes vacíos, los tazones y las cucharas cerca del puesto del comerciante gordinflón y le pidió el favor de que se los echara un ojo. Luego, volteó hacia Li Hongmei con los ojos brillándole de entusiasmo:


—Mamá, Baozhu, todavía es temprano. Vamos a dar una vuelta por el mercado. Quiero comprar unos insumos para hacer masa de tortillas saladas. Si me salen ricas, mañana mismo las vendemos junto con la jalea helada.


Li Hongmei la miró con la boca abierta, sorprendida:


—Pequeña Ye... ¿también sabes hacer tortillas saladas?






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—Claro que sí, y más bien tenemos que ir pensando en sacar otros productos. Ahorita la jalea helada es un éxito rotundo porque estamos en pleno verano, pero en cuanto pase el calor la venta se nos va a caer al piso. Ya que tenemos un buen grupo de clientes fijos, lo mejor es ir haciéndoles probar las tortillas saladas desde ahora para no perder la llegada que tenemos.


A Li Hongmei y a Xiao Baozhu les tomó un par de segundos procesar la idea, pero en cuanto la entendieron, no pudieron evitar mirarla con admiración. ¡Qué manera de pensar en el futuro!

Sin embargo, a Li Hongmei le entró la duda:


—Pero hijita... si en el pueblo hay un montón de puestos que ya venden tortillas. ¿Crees que podamos competirles? Además, jamás te he visto preparar una sola tortilla en la casa.


Ye Xiaoxian soltó una risita:


—Mamá, tal vez no las haya preparado todavía, pero sí las he probado. Ya he probado las que venden por varios lados y sé exactamente cuáles son ricas y cuáles son una mazamorra. Sé qué ingredientes usan y cómo puedo mejorar la receta para que las nuestras sean mil veces más sabrosas que las de la competencia.

—¿De verdad crees que te salgan más ricas que las del puesto frente a la prefectura?

—Totalmente. Y para evitar que vengan a decir que les estamos copiando, les voy a dar un toque único y diferente.


respondió Ye Xiaoxian con absoluta seguridad.

Li Hongmei pensó que la muchacha estaba pecando de confiada. Si bien Ye Xiaoxian cocinaba riquísimo, hacer masas no era juego de niños. El pueblo de Qinghe quedaba en el sur, donde la gente no era experta manejando la harina; casi todos los que vendían tortillas venían del norte.



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De las tres, la que andaba más feliz que perro con dos colas paseando por el mercado era Xiao Baozhu.

Las pocas veces que había ido al pueblo fue de muy chiquita, cuando su papá todavía vivía. Como el señor andaba mal de salud y tenía problemas para caminar, nunca salían a pasear; además, en ese tiempo andaban recontra aguja como para comprarse algo.

De niña, cuando Baozhu veía los puestos de dulces y a las chicas del pueblo vestidas con telas de colores, se moría de la envidia.

Esta vez se moría por estrenar aunque sea una prenda. En la mañana, mientras vendían la jalea, se había sentido recontra acomplejada porque su ropa no solo le quedaba brincando, sino que estaba llena de parches. Tenía miedo de que los clientes la miraran por encima del hombro.

Mientras caminaban, Ye Xiaoxian señaló de pronto una tienda de telas:


—Mamá, Baozhu, miren. Entremos un ratito a chismosear.

—Pequeña Ye, ¿te vas a comprar ropa?


De pronto le vino un remordimiento y añadió:


—Pensándolo bien, te hace falta. A las finales eres una novia recién casada y yo, como tu suegra, no te traje ni un trapo de ajuar. La plata la has ganado tú con tu trabajo, así que bien merecido te tienes comprarte tus buenas telas.


Ye Xiaoxian le dedicó una sonrisa dulce:


—Mamá, si compramos, compramos para todas. Vamos entrando a mirar y adentro decidimos.


En esa época casi no existían tiendas de ropa hecha; la gente compraba el corte de tela y se lo llevaba a su casa para coser sus propios vestidos.

Apenas entró, a Ye Xiaoxian se le fue la mirada hacia un rollo de tela amarillo claro. Era una mezcla de algodón y lino, un material sencillo pero bastante accesible, nada que ver con los precios impagables de la seda.

En el pueblo, casi ninguna chica usaba seda; eso era lujo exclusivo para las familias adineradas. Además, la ropa de algodón y lino era mil veces más fresca y cómoda para andar en el ajetreo diario. Salvo por el detalle de que se arrugaba rápido, no tenía ningún defecto y era perfecta para el trabajo duro.


—Mamá, Baozhu, vengan a elegir su color. Escojan el que más les guste y nos llevamos los cortes para coserlos en la casa.

—¿Para... para mí también?


preguntó Baozhu con los ojos abiertos como platos, sin podérselo creer.

En esa casa, ella siempre había sido la última de la lista. Muchas veces no le quedaba de otra que trabajar en silencio, resignada a ver cómo los demás disfrutaban de las cosas buenas antes que ella.






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—Ya les dije: si compramos, compramos para todos. Hoy vendimos doscientos tazones de jalea. Descontando el costo, nos quedan trescientas monedas limpias, más que suficiente para un corte de tela para cada uno. Mamá, ven y elige también los colores para Baoshan y Baofeng.

—Pero... entonces nos vamos a gastar todita la ganancia del día, ¿no?


preguntó Xiao Baozhu con timidez.

Ye Xiaoxian le respondió de inmediato:


—La plata que se gasta, se vuelve a ganar. La única forma de prosperar es moviendo el dinero, no guardándolo debajo del colchón. Mañana nos levantamos más temprano: ustedes dos se encargan de la jalea y yo me pongo de lleno con las tortillas.

—¡Ahhh! Con razón en la mañana le enseñabas con tanto detalle a Baozhu cómo preparar la jalea. ¡Querías que aprendiera bien el oficio!


exclamó Li Hongmei, cayendo en la cuenta.

Al escuchar eso, Xiao Baozhu sintió un bajón de vergüenza.

Pensar que en la mañana había creído que su cuñada la estaba agarrando de empleada para flojear, cuando en realidad no solo le estaba enseñando a ganarse la vida, sino que le estaba comprando ropa nueva con su propio trabajo.

Li Hongmei estuvo mirando los rollos un buen rato hasta que soltó de pronto:


—Oye, pequeña Ye, yo puedo escoger la tela de Baofeng, pero ¿cómo voy a elegir la de Baoshan? Él es tu marido, a ti te toca hacer esa tarea, ¿no?


Ye Xiaoxian se quedó muda:


—…...


El dueño de la tienda de telas ni los había tomado en cuenta cuando entraron por verlos con trapos viejos. Pero al escuchar que se iban a llevar varias piezas, se le borró la cara de desprecio y se acercó de lo más atento.


—Señorita, ¿busca tela para su esposo? Tengo varias opciones bonitas para jóvenes, como esta azul claro. O esta otra amarilla, que combina perfecto con la que escogió para usted.


sugirió el comerciante con una sonrisa de oreja a oreja.

A Ye Xiaoxian no le hizo ninguna gracia la combinación de pareja, así que eligió la azul claro sin dudarlo.

El vendedor volvió a preguntar:


—¿Y cuánto mide su esposo más o menos? ¿Es de contextura ancha? Es para calcularle bien los metros.


Ye Xiaoxian recordó la figura alta y musculosa de Xiao Baoshan y, sin previo aviso, el corazón le dio un vuelco.

De inmediato se dio un jalón de orejas mental: ‘Ye Xiaoxian, déjate de tonterías. Ni se te ocurra andar imaginando cosas con ese hombre.’


—Mide más o menos así de alto y así de ancho.


indicó con las manos.

El tendero se sorprendió:


—¡Vaya! Su esposo es bien grandote. Casi no se ven hombres de esa talla por este pueblo.


Ye Xiaoxian prefirió guardar silencio, pero Li Hongmei metió la cuchara orgullosa:


—¡Y no es para menos! Mi hijo estuvo en el ejército. Es un muchachón alto, lleno de músculos duros como la piedra y fuerte como un toro.

—Asuu, entonces su nuerita debe estar recontra feliz y bien servida.


dijo el vendedor guiñando un ojo.


—¡Claro que sí, jaja!


Ye Xiaoxian volvió a quedarse muda:


—…...



⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅



Al salir de la tienda de telas, se fueron directo al mercado de insumos y compraron harina de trigo blanca, nueces, maní, ajonjolí, sal, aceite y una buena panceta de cerdo.

Li Hongmei se asustó al ver tanto bulto:


—Pequeña Ye, ¿para qué compras tanto?

—Como vamos a vender, tenemos que preparar por lo menos unas cien tortillas para la primera tanda.


Li Hongmei pensó para sus adentros: ‘¿Y quién te garantiza que vas a vender cien tortillas en un solo día?’

Sin embargo, al ver a Ye Xiaoxian tan relajada y segura de sí misma, prefirió no decir nada. A fin de cuentas, la muchacha tenía una cabeza brillante para los negocios y era gracias a ella que la familia estaba saliendo del hoyo, así que lo mejor era hacerle caso a ciegas.

Li Hongmei no se atrevió a refutar, pero Xiao Baozhu no tenía ese filtro y soltó sin rodeos:


—Cuñada, ¿y qué tal si esta noche preparas unas cuantas tortillas para la cena y así las probamos antes de salir a vender?

—Hecho. Hoy no cocinamos nada más: cenamos tortillas recién salidas del sartén con su buena mazamorra de arroz.


respondió Ye Xiaoxian con una sonrisa radiante.






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Ye Xiaoxian se puso manos a la obra sin perder un solo segundo. Apenas terminó de amasar, se puso a picar las nueces y los maníes. Luego molión finamente la panceta de cerdo y salteó el ajonjolí en la sartén para sacarle todo el aroma.

En realidad, su idea original era hacer tortillas delgadas, pero dadas las limitaciones de la cocina de barro, decidió preparar panecillos planos a la sartén.

La gran diferencia es que las tortillas tradicionales suelen hornearse en un horno de barro, mientras que estos panecillos se doran directamente sobre una sartén o wok de hierro.

Para Ye Xiaoxian, dominar las masas era pan comido. La receta que pensaba preparar era una famosa especialidad regional de su vida pasada, de esas que aprendió apenas entró a la escuela de gastronomía y por las que los turistas hacían colas kilométricas para comprar. En sus tiempos libres solía prepararlos para quitarse el antojo, así que le salían idénticos a los del puesto original.

Cuando el sol terminó de ocultarse, la masa ya había leudado lo suficiente, así que fue a prender el fogón.

En esta casa usaban wok de hierro y leña seca, lo que exigía un control Impecable del fuego. Para evitar desastres, Ye Xiaoxian no dejó que Li Hongmei ni Xiao Baozhu se acercaran a la cocina; ella misma se encargó de velar por la potencia del fuego y el tiempo de cocción.

Li Hongmei y Xiao Baozhu se limitaron a dividir la masa en bollitos del mismo tamaño, rellenarlos con la preparación de carne y frutos secos que Ye Xiaoxian había dejado lista, y estirarlos con el rodillo hasta dejarlos como discos parejos.

Una vez que el wok estuvo bien caliente, Ye Xiaoxian le echó varios cucharones de aceite sin dudarlo.

A Li Hongmei casi se le sale el corazón del pecho al ver semejante derroche. Antes de independizarse, jamás se habría atrevido a usar tanto aceite para una sola comida; ¡la nuera se estaba gastando la ración de todo un día en una sola tanda!

Pero Ye Xiaoxian echaba el aceite como si fuera agua. Cuando el aceite empezó a chisporrotear, fue acomodando los discos de masa uno por uno. Con un sonido crujiente, la superficie empezó a dorarse entre burbujitas de grasa. Ye Xiaoxian, sin perder el ritmo, les daba vuelta rápidamente hasta que ambos lados quedaron de un color dorado perfecto.

El aroma que empezó a salir de la sartén era simplemente irresistible. Al dorarse la carne molida junto con el ajonjolí y la masa frita, el aire se llenó de un perfume tan delicioso que a Li Hongmei se le hizo la boca agua.

Apenas terminó de salir la última tanda, Xiao Baoshan cruzó la puerta de la casa. El olor a pan recién frito lo golpeó de lleno en la nariz y, sin poder evitarlo, se sobó el estómago. El aroma le resultaba extrañamente familiar, como algo que solía comer durante sus días en el frente de batalla.


—¡A cenar! ¡Vengan a servirse su mazamorra de arroz!


Esa noche preparó diez panecillos en total, dos para cada uno, acompañados con su buen tazón de mazamorra caliente. Una cena sencilla, pero digna de reyes.


—Mamá, prueba uno. ¿Qué tal sabe comparado con el del puesto de la prefectura?


preguntó Ye Xiaoxian con una sonrisa pícara.

El panecillo todavía echaba humo. Li Hongmei agarró uno con cuidado, soplándole un poco antes de darle un mordisco hambriento. Apenas empezó a masticar, abrió los ojos de par en par exageradamente y empezó a asentir con la cabeza sin parar:


—¡Madre mía, esto es una maravilla! Es un panecillo plano, sí, pero le da mil vueltas a los que venden en el pueblo. Huele riquísimo y por fuera está crocante crocante.


Xiao Baoshan también tomó uno con los palillos y le dio un gran bocado. El borde estaba tan crujiente que crujió ruidosamente al masticar, recordándole aún más a lo que comía en el ejército.

No pudo contener la curiosidad y le preguntó a Ye Xiaoxian:


—Pequeña Ye... ¿de dónde aprendiste a hacer este tipo de pan?

—Se me ocurrió a mí no más. Baoshan, ¿por qué lo preguntas? ¿Acaso has probado algo parecido en otro lado?


Xiao Baoshan asintió despacio:


—En el ejército comíamos algo muy similar. Todo el batallón se alimentaba de estos panecillos secos; sabían casi igual al tuyo, solo que no llevaban tanto ajonjolí... ni tenían tanta carne como este.


Al escucharlo, Ye Xiaoxian cayó en la cuenta. De inmediato recordó la leyenda local detrás de esa famosa receta en su vida pasada: se decía que, en una dinastía antigua, una invasión enemiga dejó al ejército sin suministros en medio del campo de batalla. Fue entonces cuando una diosa bajó del cielo y les enseñó a preparar estos panecillos para salvarlos de la hambruna, volviéndose una tradición desde aquel día.

En el mundo moderno, Ye Xiaoxian siempre pensó que esa historia era un cuento chino inventado para venderles comida a los turistas; pero ahora que estaba viviendo en la antigüedad, la leyenda le parecía una fantasía hermosa, y ese humilde panecillo cobraba un significado mucho más profundo.






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—Pequeña Ye, me da el corazonada de que estos panecillos se van a vender mucho mejor que la jalea helada, porque están recontra deliciosos. Eso sí, vamos a tener que madrugar, porque la gente compra este tipo de pan para el desayuno.


Ye Xiaoxian asintió de inmediato:


—Lo sé, mamá. Por eso nos vamos a dividir en dos grupos. Yo me voy temprano al pueblo a armar el puesto y vender los primeros panecillos; tú, Baozhu y Baoshan me alcanzan un poco más tarde.


Xiao Baoshan se ofreció sin pensarlo dos veces:


—¿No va a ser demasiado trabajo pesado para ti sola?

—Para nada. Mientras más temprano vendamos todo, más rápido regresamos a descansar.


respondió Ye Xiaoxian con una sonrisa pícara.


—Además, si no le ponemos ganas al trabajo, ¿cómo nos vamos a comprar la ropa nueva?

—¡Ayy, Baoshan! Hoy la pequeña Ye fue a la tienda de telas y mandó a hacerte un traje a la medida. El encargado dijo que no tarda ni diez días en tenerlo listo. Muy pronto todos vamos a andar estrenando ropa nueva.


soltó Li Hongmei recontra entusiasmada.

Xiao Baofeng, que todavía no sabía nada de la compra, casi se ahoga con su panecillo y preguntó con los ojos brillándole de alegría:


—¿De verdad? ¿Todos vamos a tener ropa nueva?

—¡Todos, sin excepción! Así ningún chibolo malcriado se va a volver a burlar de mí en la escuela.


exclamó el pequeño, poniéndose a bailar de la emoción en plena mesa.

Xiao Baozhu pensó exactamente lo mismo: ‘Por fin la envidiosa de Dahua y las chicas del pueblo van a dejar de mirarme por encima del hombro.’

Toda la familia estaba sumergida en un ambiente de fiesta y alegría, mientras Xiao Baoshan le clavaba una mirada profunda y llena de significado a Ye Xiaoxian.



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Al día siguiente, Ye Xiaoxian se levantó mucho antes de que saliera el sol para amasar y dejar listo el relleno.

Para no despertar a nadie, prendió una vela a ciegas y se puso a trabajar en silencio dentro de la cocina.

Esa rutina le recordó de inmediato a sus primeros días tras graduarse como chef en su vida pasada. En ese tiempo apenas era una ayudante con un sueldo miserable y su repertorio en la cocina era recontra limitado. Para poder ganarse un puesto como chef principal, siempre llegaba primerita y se retiraba última, matándose practicando recetas, técnicas y cortes.

Claro que cuando logró volverse chef consagrada tuvo que seguir estudiando, pero por lo menos el ritmo de trabajo ya no era tan matado.

Mientras andaba concentrada picando los insumos, una figura alta e imponente cruzó la puerta de golpe, haciendo oscilar la tenue llama de la vela.

Ye Xiaoxian levantó la cabeza y se encontró cara a cara con Xiao Baoshan.

La luz de la cocina era débil, haciendo que las facciones de su rostro se vieran misteriosas en medio de la penumbra.


—¿Qué haces despierto a esta hora?

—Escuché bulla en la cocina y vine a ver. ¿Por qué te levantaste tan temprano?

—Tengo que dejar listos los panecillos planos. Necesito estar temprano en el pueblo para agarrar a la gente que sale a desayunar.


explicó Ye Xiaoxian sin dejar de amasar.


—Déjame ayudarte.


dijo Xiao Baoshan, acercándose a la mesa.


—¿Acaso sabes amasar?

—En el campamento militar hacíamos cosas parecidas. El pan que hiciste anoche sabía recontra similar al que comíamos en el ejército, así que me imagino que debe ser igual.


Xiao Baoshan metió las manos en la artesa y empezó a trabajar la masa imitando los movimientos de Ye Xiaoxian.

Para ser un hombre tan corpulento, sus dedos eran bastante ágiles y sus movimientos precisos; en un abrir y cerrar de ojos, sus amplias palmas convirtieron la harina en una bola perfecta y uniforme.

Estaba parado tan cerca de ella que Ye Xiaoxian quedó envuelta por completo en su calor y su respiración.

En esa madrugada fría y en una cocina tan reducida, estar los dos solos producía una atmósfera íntima, como la de una pareja de esposos madrugadores trabajando codo a codo.

Pero en cuanto a Ye Xiaoxian se le vino a la cabeza el recuerdo de la jovencita bonita que le llevaba panecillos al vapor cerca de la prefectura, cortó en seco cualquier ilusión romanticona.


—Tú sigue amasando, yo voy a prender el fogón.


dijo Ye Xiaoxian alejándose al toque. No quería quedarse parada a su lado tanto tiempo, no fuera a ser que terminara traicionándola el corazón.



⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅



Esa mañana, Ye Xiaoxian llegó primerita al pueblo.

Apenas estaba aclarando el día y la mayoría de las tiendas recién empezaban a abrir sus puertas.

Como llevaba varios días vendiendo jalea helada en el mismo sitio, todos los comerciantes de la zona ya la conocían de vista. Al ver que hoy no traía los baldes de jalea sino una canasta repleta de panecillos, los vecinos la miraron con bastante curiosidad.


—Oye, muchacha, ¿por qué hoy no trajiste la jalea helada? ¿Y por qué andas sola? ¿Dónde está tu suegra?


preguntó el tendero gordinflón del puesto de al lado.


—Ya me van a alcanzar más tarde.


respondió Ye Xiaoxian con una sonrisa.


—Don, ¿no gusta probar un panecillo plano caliente? Viene relleno de carne frita con ajonjolí, ¡está para chuparse los dedos!






38

El tendero gordinflón era recontra glotón y se conocía al derecho y al revés todos los puestos de panecillos y tortillas del pueblo. La mayoría solo llevaba cebollita china y huevo; era la primera vez que veía un panecillo tan bien despachado y repleto de ingredientes.

Como los dos lados estaban doraditos y se veían crocantes, y recordando lo rica que le salió la jalea helada a la muchacha, el hombre dedujo que esto no podía estar feo y se animó a comprar dos de arranque.

Apenas le dio el primer bocado, puso el pulgar arriba en señal de aprobación y pidió cinco más al toque para llevárselos a su esposa y a sus hijos a la casa.

Los demás comerciantes de la zona, al ver al gordinflón disfrutando semejante manjar, se antojan al instante. Como justo era la hora del desayuno y la gente del pueblo solía comprar algo al paso para llevar a sus hogares, no tardaron en acercársele varios clientes más para hacer sus compras.


—¡Asu, este panecillo sí que está de la puta madre! Viene con harto relleno de carne. ¡Así da gusto gastar la plata!

—El tostado del ajonjolí le da un toque increíble. Está crocante y bien sabroso.

—…....


Al cabo de un rato aparecieron Li Hongmei y Xiao Baozhu para apoyarla.

El negocio agarró muchísima más fuerza en cuanto llegó Li Hongmei, porque ella tenía una labia bárbara para ofrecer la mercadería. A cada transeúnte que pasaba cerca le lanzaba un grito alegre invitándolo a llevar su jalea y sus panecillos, importándole un comino si le decían que no.

Incluso cuando alguien venía decidido a comprar solo jalea helada, Li Hongmei le metía por los ojos los panecillos calientes. Con esa atención tan acogedora y entradora, a los clientes les daba vergüenza dejarla con las manos vacías y, como solo eran dos moneditas más, terminaban llevándose su panecillo para acompañar.

Teniendo a una suegra así de pila para las ventas, Ye Xiaoxian sintió que podía despreocuparse del mercadeo y concentrarse al cien por cien en la cocina.

Ya casi al mediodía, el mayordomo de la familia adinerada volvió a aparecer en el puesto.

Era un hombre de unos cuarenta y tantos años. Aunque vestía ropa de tela sencilla, andaba impecable y bien pulcro. Llevaba un dije de jade colgado del cinturón, lo que dejaba clarísimo que trabajaba para una casa de plata y abolengo.


—¡Vaya! ¿Hoy también venden panecillos? ¿Ustedes mismas los preparan?

—¡Claro que sí, don! Todo lo hace mi nuera con sus propias manos; tiene una sazón que ni le cuento. ¿No gusta probar uno? Si no le gusta, no me paga ni un solo centavo.


se ofreció Li Hongmei, envolviendo un panecillo calientito en papel manteca y entregándoselo al toque.

El hombre no se hizo de rogar y le dio un mordisco sin dudarlo. Al comienzo no puso mayor cara, pero conforme iba masticando la mezcla de carne y frutos secos, los ojos le brillaron de satisfacción y terminó devorándoselo en tres bocados.


—¿Qué tal? ¿Rico, no?

—¡Buenazo!


dijo el mayordomo volteando a ver a Ye Xiaoxian.


—Señorita, ¿dónde aprendió a cocinar tan bien?


Ye Xiaoxian sonrió con humildad:


—En ningún lado en especial, don. Cosas mías nomás, inventando en la cocina.

—Y dígame, aparte de la jalea helada y estos panecillos, ¿sabe preparar comidas más complejas? ¿Como sopas, guisos o platos de fondo?

—¡Por supuesto!


respondió Ye Xiaoxian con absoluta confianza.

El mayordomo no hizo más preguntas. Compró su medio balde habitual de jalea helada, una docena de panecillos calientes y se retiró a paso firme.

Ye Xiaoxian no le dio mayor importancia al asunto, pero jamás imaginó que justo al mediodía el mismo mayordomo regresaría corriendo al puesto, recontra agitado y con una sonrisa de oreja a oreja.

El hombre se veía mil veces más entusiasmado que antes.


—Señorita, disculpe que la moleste, pero necesito pedirle un favor enorme.

—¿Un favor?


El mayordomo, sin poder contener la emoción, le explicó apresuradamente:


—Lo que pasa es que la señorita de la casa es recontra quisquillosa con la comida, últimamente ha andado delicada de salud y sin una gota de apetito. Lo único que acepta comer es su jalea helada; de hecho, casi ha estado sobreviviendo a punta de eso estos días. Pero uno no puede alimentarse solo de jalea, ¿verdad? El patrón ha hecho de todo para que coma algo sustancioso y ha contratado a los mejores cocineros del pueblo, pero la señorita les rechaza absolutamente todo.


El hombre suspiró aliviado y continuó:


—Y miren qué coincidencia: hoy llevé sus panecillos y la convencí de que le diera un mordisquito, ¡y terminó comiéndose el pan entero! Mi patrón cree que la señorita solo le agarró el gusto a su sazón. Por eso vine corriendo a invitarla a la casona para que prepare un almuerzo especial para la señorita. Si logra que coma bien, mi patrón la va a recompensar con una verdadera millonada.

—Bueno...


Ye Xiaoxian escuchó la propuesta con bastante curiosidad y cruzó una mirada complice con Li Hongmei.






39

El mayordomo interpretó la duda en sus rostros y se apresuró a tranquilizarlas:


—Señorita, ¿no estará pensando que las quiero estafar? Mi patrón es el señor Liu, todo el pueblo lo conoce. Yo me llamo Liu también, me puede decir el mayordomo Liu. Si todavía le da desconfianza, podemos ir mismito a la prefectura a sentar una constancia. Si le pasa algo en la casona, nosotros nos hacemos responsables de todo.


Ye Xiaoxian le respondió con tono apenado:


—No es por eso, don. Lo que me preocupa es... ¿qué pasa si a la señorita no le gusta lo que yo cocine?

—¡A la piscina hay que lanzarse para saber si hay agua! Incluso si la señorita no prueba ni un bocado, mi patrón le va a pagar su pasaje y su molestia con un tael de plata entero.


Un tael de plata equivalía a mil monedas de cobre, exactamente lo mismo que vender quinientos tazones de jalea helada de un solo porrazo. Ante semejante suma, Ye Xiaoxian no lo pensó dos veces y asintió al toque.

Tampoco hizo falta ir a la prefectura a firmar papeles; su olfato para la gente le decía que el mayordomo Liu era un hombre recto y no tenía intenciones de engañarla.

Siguió al mayordomo Liu por varias calles principales hasta llegar a una propiedad imponente, construida con ladrillos oscuros, tejas finas y dos leones de piedra custodiando la entrada.

En esa época, un "patrón" era un terrateniente de peso. Aunque no ejercían cargos públicos, tenían muchísima más plata que el propio alcalde. Poseían hectáreas de tierras y participaban en las decisiones del pueblo, siendo considerados la crema y nata de la sociedad local.

Por eso mismo al señor Liu no le dolía el bolsillo para ofrecer un tael de plata por un almuerzo.

Cruzaron el portón principal, un patio amplio y un corredor techado hasta llegar a un pabellón interior.

El ambiente era silencioso y sumamente elegante, rodeado de plantas y flores finas. Como estaban en pleno verano, las puertas de las habitaciones permanecían abiertas para dejar correr la brisa, y tres o cuatro sirvientas andaban atentas de un lado a otro.

Ye Xiaoxian contempló la belleza del lugar y un pensamiento se le cruzó por la mente: ‘Si tan solo pudiera tener un pabellón así de tranquilo para mí... y luego Xiao Baoshan y yo...’

De inmediato se sacudió la cabeza: ‘¡Bah! Deja de estar imaginando tonterías que eso no va a pasar.’

Aun así, conseguir una propiedad similar se convirtió en su meta más grande en ese mundo. Después de todo, en cualquier época de la historia, tener una casa propia siempre ha sido el sueño de cualquiera.


—Joven señora Xiao, la señorita descansa en el cuarto del centro. Acompañe a la tía Wong, ella la va a hacer pasar.


Como las costumbres de la época eran recontra estrictas en cuanto a la distancia entre hombres y mujeres, el mayordomo no podía poner un pie en la habitación de la señorita. Ye Xiaoxian fue guiada por una sirvienta mayor de unos cuarenta años hacia el aposento.

La habitación tenía una decoración refinada y antigua, muy espaciosa y amoblada con piezas de madera fina. Al fondo, sobre una cama baja, descansaba una jovencita recostada leyendo un libro.


—Señorita, el mayordomo Liu ha traído a la cocinera que preparó la jalea helada.


anunció la tía Wong con suma reverencia.

La señorita Liu bajó el libro con pereza y volteó a ver a Ye Xiaoxian sin una gota de ánimo:


—¿Resultó ser una muchacha tan joven?

—Así es, y el panecillo que comió al almuerzo también lo hizo ella.


La señorita Liu no debía tener más de quince o dieciséis años. Estaba extremadamente pálida y flaca; midiendo poco más de un metro sesenta, no debía pesar ni cuarenta kilos. Se le marcaban las venas azulosas en las manos, dándole un aspecto débil y demacrado.


—¿Tú solita preparaste la jalea y los panecillos?


preguntó la señorita con voz débil, aunque manteniendo ese aire de orgullo típico de quien ha nacido en cuna de oro.


—Sí, señorita, yo los hice ¿Quisiera decirme qué tipo de sabores prefiere para prepararle algo de su agrado?


Ye Xiaoxian usó el tono más formal y respetuoso que recordaba de las novelas antiguas.

La señorita Liu la miró de arriba abajo:


—Ni me preguntes. Si supiera qué se me antoja comer, ¿para qué te necesitaría a ti? Tú cocina a tu manera y me traes los platos cuando estén listos.


Tal vez por haber pasado tanto tiempo sin comer bien, la muchacha andaba con el genio atravesado y recontra irritable.

Al ver la actitud de su patrona, la tía Wong se apuró a sacar a Ye Xiaoxian de la habitación para dejar descansar a la joven.

Apenas salieron al patio, el mayordomo Liu las alcanzó nuevamente.

Ye Xiaoxian lo detuvo de inmediato y le preguntó preocupada:


—Mayordomo Liu, su señorita está demasiado flaca. ¿Acaso no han llamado a los médicos para que la revisen? Si es un problema de salud, primero deberían tratarla con medicinas.






40

El mayordomo Liu soltó un largo suspiro y continuó con nostalgia:


—Mire, ya la han visto todos los médicos más renombrados de la capital provincial. Todos coinciden en que no se trata de una enfermedad del cuerpo, sino de una pena que lleva clavada en el corazón.

—¿Una pena en el corazón?


Ye Xiaoxian no terminaba de entender. ‘¿Acaso esta señorita Liu se quiere matar de hambre a propósito?’


—Hace un año, la señorita se ilusionó feo con un joven de buena familia, pero ese amor no fue correspondido porque el muchacho ya tenía a otra en su pensamiento. Desde aquel día, la señorita le agarró idea a la comida y al té. En estas últimas semanas la cosa empeoró y ya no le entra absolutamente nada, salvo la jalea helada y el panecillo que usted preparó.


Ahí fue cuando Ye Xiaoxian ató cabos: el problema de la señorita Liu era una anorexia provocada por mal de amores.

Cuando ella estudiaba para chef en la era moderna, una de las clases magistrales estuvo enfocada justamente en la alimentación para pacientes con anorexia. Había varios tipos: la causada por la obsesión de bajar de peso, la provocada por el estrés y la originada por penas de amor.

Aunque este tipo de pacientes requiere idealmente ayuda terapéutica, un plato bien pensado, con aromas estimulantes y una presentación irresistible, puede hacer milagros y devolverles las ganas de comer.

Ya con el diagnóstico claro, a Ye Xiaoxian se le ocurrió la solución perfecta.


—Mayordomo Liu, voy a necesitar varios insumos de cocina. Por favor, ayúdeme a conseguirlos lo antes posible.


Como si fuera una médica recetando un tratamiento, Ye Xiaoxian le dictó una lista detallada que incluía huevos, hierbas aromáticas, leche, manzanas, costillitas de cerdo, limones y otros ingredientes.

Toda esa tarde, Ye Xiaoxian no paró un segundo dentro de la cocina de la casona del patrón Liu.

La cocina era gigantesca y contaba con dos chefs contratados a tiempo completo y dos ayudantes, pero ahora todos habían pasado a estar bajo las órdenes de Ye Xiaoxian.

Ye Xiaoxian era jovencita, a las justas aparentaba quince o dieciséis años, mientras que el personal del patrón ya peinaba canas y tenía años de experiencia.

Al principio, cuando la vieron entrar, la miraron de arriba abajo por encima del hombro. Si no hubiera estado presente el mayordomo Liu, ni se habrían tomado la molestia de escuchar a una muchachita de campo.

Sin embargo, en cuanto Ye Xiaoxian agarró el cuchillo de chef y, en un abrir y cerrar de ojos, picó una manzana en más de diez lonjas finísimas e idénticas, todos se quedaron fríos y con la boca abierta.

Ye Xiaoxian se rió para sus adentros con orgullo: ‘Esto es juego de niños para mí. Si vieran cuando me pongo a tallar flores en bloques de tofu se caen de espaldas.’

Aprovechando que se habían quedado mudos del impacto, Ye Xiaoxian empezó a repartir tareas como toda una jefa:


—Usted, maestro, ayúdeme a machacar estas hierbas hasta sacarle todo el jugo.

—Usted, por favor, póngase a batir estas claras de huevo hasta que queden como una pasta blanca y firme. Use tres palillos a la vez y no pare por nada del mundo.

—Y usted... bueno, como no sé su nombre, ayúdeme a exprimirle todo el jugo a estas manzanas.


Las tareas que Ye Xiaoxian les mandó a hacer eran recontra pesadas y raras para ellos. En sus años de trabajo jamás habían preparado insumos de esa forma, así que no tenían la menor idea de qué demonios iba a cocinar la muchacha.

Pero como venía respaldada por el mayordomo Liu, no les quedó de otra que acatar calladitos.

Viendo que ya todos andaban ocupados y sudando la gota gorda, Ye Xiaoxian se puso a preparar una crema artesanal.

Pensaba hacer un pastel al vapor aromatizado con limón y hierbas, acompañado de un refresco de manzana con toques de menta y hierbas frescas.

El aroma de ciertas hierbas ayuda a mitigar la tristeza y despejar la mente; su fragancia mantiene el ánimo elevado, lo cual es ideal para personas sumidas en la depresión.

Comer manzana ayuda a mantener el equilibrio mental y conciliar un sueño tranquilo; además, su toque ligeramente ácido estimula el apetito de inmediato.

El limón, por su parte, es el ingrediente estrella para despertar las papilas gustativas y abrir el estómago.

Todos estos insumos combinados formaban un menú pensado exclusivamente para devolverle la alegría a quien lo probara.

El cocinero al que mandaron a batir las claras pensaba al inicio que Ye Xiaoxian se estaba burlando de él, porque jamás en su vida había visto a alguien batir huevos con tres palillos.

Pero conforme pasaban los minutos y vio cómo la clara se transformaba en una espuma blanca, densa y brillante que formaba picos suaves, se quedó fascinado con el proceso, aunque seguía sin entender la ciencia detrás.

Le dolía el brazo como si se lo hubieran zafado cuando Ye Xiaoxian se le acercó a revisar la mezcla. Al ver el punto exacto, le sonrió:


—Listo, ya quedó perfecto. Muchas gracias.


Ye Xiaoxian pensó para sus adentros:

‘Pobre hombre, en mi época esto se hace con batidora eléctrica en dos minutos, pero aquí no queda de otra que darle a puro pulso.’

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