La actriz secundaria de la historia de amor ha renunciado 121
Traduccion: Asure
Ataviado con un túnica roja, Protector Derecho permanecía erguido en la cúspide de la torre más alta del Palacio Demoníaco. Desde esa posición privilegiada, contemplaba el panorama: la ciudadela entera bullía en un frenesí de actividad y prosperidad.
Aquel movimiento febril contrastaba radicalmente con la atmósfera de disipación y bacanales nocturnas de tres meses atrás. Semejaba que el verdadero señor del palacio hubiera retornado a sus dominios.
Sin embargo, a ojos de Protector Derecho, la escena resultaba de una falsedad grotesca.
¿Y cómo no habría de serlo? Meses atrás, todos daban por muerto a ese hombre, dedicando sus días a orquestar conspiraciones de usurpación, aunque paralizados por el terror a que su fallecimiento fuera un simple rumor o una jugada calculada. De modo que todos pregonaban la rebelión, pero nadie poseía la osadía de asestar el primer golpe.
De pronto, bastó una sola orden transmitida a través de un amuleto para que el pánico hiciera mella en sus corazones. De la noche a la mañana, aquellos conspiradores se metamorfosearon en subordinados abnegados, montando una comedia de lealtad absoluta tres meses antes de su retorno, ansiosos por ofrecer la vida para demostrar su fidelidad.
Protector Derecho los observaba con frialdad distanciada. En su momento no participó en la supuesta rebelión —que no pasó de ser mucho ruido y pocas nueces—, ni se sumaba ahora a esa farsa de devoción.
Aquella comedia le parecía sencillamente ridícula.
Empero, junto al desdén, albergaba la certeza inevitable de que las cosas no podían ser de otro modo. Era como si la segunda bota hubiese terminado de caer, disipando la incertidumbre planteada por los rumores de muerte del Soberano Demoníaco.
Las cosas encajaban al fin.
¿Por qué el Soberano Demoníaco se abstuvo de intervenir durante medio año, permitiéndoles desmandarse a su antojo?
Porque desde un inicio supo que ninguno tendría la valentía de actuar.
Así es, él debió entenderlo desde el principio: sus colegas jamás se atreverían.
Quedaron aterrorizados por el Soberano desde años atrás; ¿cómo iban a osar desafiarlo abiertamente?
Todos comprendían que dar ese paso significaba cruzar un punto de no retorno. Si el hombre seguía con vida, jamás les concedería el perdón.
La mirada de Protector Derecho se tornó sombría, trayendo a la memoria la estampa de las aguas del Río Xuanshui teñidas de carmesí.
La cuenca de dicho río solía emplearse para deshacerse de cadáveres —en su mayoría prisioneros de guerra o traidores—; sin embargo, jamás imaginó presenciar una montaña de cuerpos semejante a lo largo de sus orillas.
En aquel entonces, las aguas lucían un rojo intenso. Una tonalidad sangrienta que no se disipó en medio mes, dejando un hálito a sangre impregnado en el aire durante quince días con sus noches.
A medianoche, ecos de sollozos de origen incierto resonaban desde las orillas del río.
Con todo, aquello no constituía lo más espeluznante; lo verdaderamente aterrador era la figura de aquel hombre erguido sobre la montaña de cadáveres y el mar de sangre.
Esa sola silueta infundió un pavor profundo en cada uno de ellos, convirtiéndose en la pesadilla eterna del Reino Demoníaco.
Mas de esa pesadilla no brotaron el odio o la rebelión, sino una devoción nacida de un terror visceral.
Pues aquellos capaces de albergar odio o intenciones de rebelarse perecieron abatidos en aquella masacre inicial. Los sobrevivientes no eran más que oportunistas que eligieron la servidumbre para conservar la vida; si en el pasado optaron por el sometimiento, ¿cómo tendrían ahora el coraje para alzarse en armas?
Por lo demás, el propio Protector Derecho figuraba entre aquellos que eligieron someterse.
Antes de la llegada del Soberano Demoníaco, él ya ostentaba el cargo de Protector Derecho. Tras la ascensión del nuevo señor, el círculo cercano del palacio fue purgado repetidamente; solo él, gracias a su prudencia y astucia, logró mantener su posición intacta a través de las sucesivas purgas.
Precisamente por su lucidez entendía con absoluta claridad que el Reino Demoníaco carecía de la capacidad para desafiar a ese hombre. Por ello, cuando surgieron los rumores de su muerte y la multitud se entregó al jolgorio, permaneció en silencio.
Incluso llegó a reflexionar: 'Festejan ante la sola posibilidad de su deceso porque aborrecen su tiranía y rigor, escenificando una lealtad ficticia; sin embargo, con el tiempo perderán hasta el valor para mostrar esta resistencia cobarde'
A decir verdad, él era quizás el único en el Reino Demoníaco que conocía la verdadera motivación del Soberano para alcanzar el trono: revivir a una persona.
A lo largo de los años, aunque ostentaba el título de Soberano Demoníaco, sus esfuerzos estuvieron orientados a devolverle la vida a su ser amado.
Le bastaba emplear una fracción de su atención para manipularlos a voluntad. Ahora que la persona que anhelaba resucitar había vuelto a la vida —siendo nada menos que la diosa de la guerra humana que combatió al Reino Demoníaco durante dos generaciones—, ¿qué no haría el Soberano para complacer a su amada y brindarle un mundo en paz?
'Doblegar la altivez del Reino Demoníaco, extinguir sus ambiciones y arrebatarles para siempre la idea de pisar tierras humanas'
Protector Derecho creía vislumbrar el destino que aguardaba a su pueblo.
No obstante, se hallaba impotente para remediarlo; además, quien orquestaba todo era su propio Soberano.
El Reino Demoníaco profesaba culto a la fuerza bruta: mientras nadie superara al Soberano Demoníaco, la sumisión constituía la única vía.
Dejó escapar un suspiro, desprovisto de mayor aflicción; a decir verdad, sus propias ambiciones quedaron extinguidas el día que decidió someterse.
Inclinó la cabeza, observando hacia abajo con desgano.
Fue entonces cuando su mirada cruzó con la de Protector Izquierdo.
Aquel sujeto de modales bruscos alzó la cabeza y le espetó con tono de amarga decepción:
—Esos escuadrones de la muerte regresaron hace meses y el Soberano Demoníaco podría aparecer en cualquier momento. Aunque solo sea por aparentar, ¿podrías mostrar algo de energía? Si el Soberano malinterpreta tu actitud apática como un rechazo a su retorno, ¡terminaré pagando los platos rotos contigo!
Protector Derecho dejó escapar una risa amarga:
—Si de castigos se trata, mejor ve pensando cómo justificarás ante el Soberano las conspiraciones de usurpación que orquestaron en su ausencia.
Protector Izquierdo sintió una punzada de culpa en el pecho, pero entornó los ojos e insistió:
—Mientras tú no abras la boca, nadie tiene por qué enterarse.
Protector Derecho no se molestó en responderle.
Tan solo atinó a reiterar su consejo:
—Te lo he dicho antes: en lugar de perder el tiempo en insudeces, más les valdría reunir un regalo de bodas a la altura del Soberano. Si consiguen alegrarle el día, tal vez decida pasar por alto sus pequeñas traiciones.
Protector Izquierdo resopló con abierto desdén:
—¡Jamás ha existido la costumbre de entregar regalos de boda en el Reino Demoníaco! ¡Esas son extravagancias de los humanos! Además, ingresar al Palacio Demoníaco es el honor supremo; incontables jóvenes demonios sueñan con ello. ¿Acaso nuestro anciano señor tiene necesidad de preocuparse por tales trivialidades?
A Protector Derecho ya ni siquiera le quedaban energías para recordarle que su admirado Soberano seguía siendo un humano.
Estaba convencido de que, si su colega llegaba a pronunciar semejantes disparates frente al Soberano, terminaría ejecutado en el acto.
Y a él le tocaría lidiar con un nuevo compañero de cargo.
Así pues, recostó los brazos en la barandilla de la torre, elucubrando con aburrimiento sobre el perfil de su futuro colega.
'¿Sería seleccionado entre los subalternos de abajo, o el Soberano nombraría a un protegido personal?'
Da igual, en el fondo daba exactamente lo mismo.
Sin embargo, para evitar verse salpicado por la estupidez ajena, lo miró con gravedad y le advirtió con tono severo:
—Haz lo que quieras, pero un consejo de vida: cuando estés frente al Soberano, procura no llamarle 'anciano señor'.
Protector Izquierdo lo miró con desconcierto, juzgando que las preocupaciones de su compañero eran del todo descabelladas.
Se rascó la nuca y protestó:
—¿Por qué no? ¡Es un título de máximo respeto! El anciano Soberano nos supera a todos en poder; aunque sea más joven en años, sigue siendo el ancestro supremo de estas tierras. ¿Acaso a un ser de su categoría le va a importar la edad?
Al escuchar el reiterado "anciano señor", al Protector Derecho casi le da un sofoco de impotencia.
Pensó para sus adentros: *Al Soberano tal vez le sea indiferente, ¡pero se rumorea que su amada permaneció muerta durante más de doscientos años! Descontando ese periodo de letargo, la joven diosa de la guerra apenas sobrepasa el siglo de vida, mientras que el Soberano casi le duplica la edad. Desconozco si a ella le disgusta esa brecha, ¡pero andar llamándolo 'anciano' es buscar que te descuarticen vivo!*
Pero decidió no gastar más saliva; no había remedio para la necedad.
Alzó la mirada hacia el horizonte, justo cuando el Protector Izquierdo —a quien ya daba por difunto en su fuero interno— volvió a interrogarlo:
—Oye, ¿qué tanto miras allá abajo? Llevas apoyado ahí todo el día. ¿Acaso esperas ver aparecer al Soberano de la nada? ¡Baja a echarme una mano!
Sin embargo, antes de terminar la frase, notó cómo el siempre elocuente Protector Derecho se congelaba por completo. Un halo de terror absoluto desfiguró su rostro, de entre sus dientes apretados brotó un murmullo sofocado:
—¡Maldita sea... realmente estoy viendo al Soberano regresar!
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A las afueras del Palacio Demoníaco, en pleno corazón de la Ciudad Real, un hombre cubierto con un sombrero negro de bambú alzó la vista hacia la torre. Sus labios esbozaron una sonrisa tenue y enigmática, inclinándose ligeramente, murmuró algo al oído de la joven a su lado.
—Mis subordinados me han descubierto.
le notificó Yan Weixing a Nian Chaoxi.
Nian Chaoxi contempló la silueta del palacio a lo lejos, calculó la distancia entre ambos y expresó un elogio sincero:
—Tus vasallos poseen una vista bastante aguda; reconocerte a semejante distancia no es hazaña menor.
Yan Weixing asintió con indiferencia y comentó al pasar:
—Es natural. Debo de haberles dejado una impresión imborrable.
A esa distancia, incluso para Nian Chaoxi, la figura en la torre no pasaba de ser una mancha borrosa. Que alguien pudiera identificarlo únicamente por la silueta demostraba, en efecto, un recuerdo profundamente grabado a fuego.
Nian Chaoxi asintió coincidiendo plenamente con su deducción.
Yan Weixing esbozó una leve sonrisa, evocando quién sabe qué pasaje del pasado.
Acto seguido, sugirió:
—Apresuremos el paso hacia el palacio, antes de que armen un escándalo mayor.
De este modo, su andar pausado se transformó en un avance decidido.
No obstante, pese a sus intenciones, cuando aún les restaba un tramo considerable para alcanzar las puertas del palacio, la comitiva de bienvenida ya se había desplegado a más de un kilómetro de distancia.
Nian Chaoxi divisó a dos cultivadores demoníacos —uno ataviado de rojo y el otro de azul— montando bestias espirituales a izquierda y derecha. Detrás de ellos marchaba una columna imponente escoltando un carruaje de lujo extraordinario.
En comparación con los tonos sobrios y sombríos de la Ciudad Real, esta comitiva desplegaba una paleta de colores viva y elegante, perfectamente amoldada a la estética humana.
Nian Chaoxi contempló cómo el séquito avanzaba en línea recta hasta detenerse frente a ellos. Los dos hombres de túnicas roja y azul desmontaron al unísono y se hincaron de rodillas ante Yan Weixing, inclinando la cabeza hasta casi tocar el suelo:
—¡Damos la bienvenida al Soberano Demoníaco en su retorno!
—¡Damos la bienvenida al Soberano Demoníaco!
A sus espaldas, la guardia entera se postró al unísono.
Nian Chaoxi notó que todos temblaban de un pavor cerval hacia Yan Weixing; mantenían la frente pegada al polvo, aterrados de alzar la vista o cruzar una sola mirada con él.
Y las concurridas calles, efervescentes apenas un instante atrás, se sumieron en un silencio sepulcral.
Sin necesidad de orden alguna, la multitud entera a lo largo de la avenida cayó de rodillas en cuestión de segundos.
Al igual que la comitiva de recepción, los habitantes de la ciudad mantenían la cabeza inclinada hacia el suelo, desprendiendo un pavor absoluto.
Quienes se hallaban cerca aún comprendían la situación; pero aquellos situados a mayor distancia, sin llegar a divisar lo que ocurría, se postraron de inmediato al mero rumor de que "el Soberano había regresado".
Un silencio sepulcral envolvió la avenida; nadie se atrevía a armar alboroto ni a pronunciar palabra alguna.
Más que un recibimiento jubiloso para su monarca, la escena semejaba la irrupción de una entidad terrorífica.
Nian Chaoxi no pudo evitar recordar el caluroso eufórico festejo con el que la multitud la acogió al retornar a la Ciudad Yuejian.
Esta sumisión distaba de ser normal, mas en este lugar todos la asumían como la única conducta posible.
Aquel pueblo parecía llevar la obediencia y el miedo hacia Yan Weixing grabados en el tuétano.
Yan Weixing no mudó el semblante; se limitó a pasear una mirada indiferente por los alrededores.
Bajo la presión de su estela, los presentes deseaban hundir la cabeza en la tierra misma.
Habituado a semejantes escenas, permaneció impasible sin concederles la orden de levantarse.
Y mientras él guardara silencio, nadie osaba emitir sonido alguno.
Los presentes contuvieron el aliento, intentando sofocar el ruido de su propia respiración.
Tras un prolongado silencio, la voz de Yan Weixing resonó con fría parsimonia:
—Pónganse de pie.
En ese instante, la atmósfera sofocante se relajó de golpe; la multitud experimentó un alivio similar al de haber esquivado la muerte.
Con todo, guardando las debidas precauciones, se incorporaron en absoluto sigilo.
Fue en ese preciso instante cuando Nian Chaoxi comprendió finalmente las razones de Yan Weixing para evitar mostrarle su faceta en el Reino Demoníaco.
Pues, tal como él mismo advirtió, el hombre erguido ante ella resultaba más demoníaco que los propios demonios.
A un lado, el cultivador de rojo habló con profunda reverencia:
—Señor, tenga a bien abordar el carruaje.
Yan Weixing no respondió al instante; en su lugar, fijó la mirada en Nian Chaoxi.
La joven parpadeó desconcertada.
Segundos después, escuchó que él le decía con delicadeza:
—Xixi, permíteme ayudarte a subir primero al carruaje.
Al instante, una serie de jadeos ahogados resonaron al unísono entre la multitud, como si Yan Weixing hubiese pronunciado las palabras más escalofriantes del mundo.
El cultivador de azul intervino de inmediato preso del pánico:
—Señor, permítame asistir a la señorita...
Antes de concluir la frase, Yan Weixing le dirigió una mirada gélida. Su voz, aunque pausada, destilaba una autoridad aplastante:
—¿Acaso este Soberano te ha concedido la palabra?
El hombre de azul selló los labios al instante, con el rostro desencajado por el terror.
Aun atónita ante el despliegue, Nian Chaoxi subió al vehículo sostenida por Yan Weixing, quien abordó a continuación.
El carruaje experimentó una ligera sacudida antes de reanudar la marcha con fluidez y firmeza. Nian Chaoxi percibió la velocidad constante con la que avanzaban.
Sopesando la actitud y las reacciones recientes de Yan Weixing, la joven se sumió en cavilaciones.
A su lado, él apretaba los puños con fuerza, delatando un nerviosismo imperceptible en la rigidez de su postura.
Así era su realidad en el Reino Demoníaco...
Odiado, temido y obedecido por terror ciego.
Gobernaba con más crueldad que un demonio y con mayor tiranía que un déspota.
Aquel era el hombre en el que se había convertido, distando años luz del Yan Weixing de dos siglos atrás.
'¿Xixi... aborrecería a este nuevo ser?'
Sus manos repetían de forma autómata el gesto de apretarse y soltarse.
Finalmente, escuchó a Nian Chaoxi dejar escapar un suspiro reflexivo.
El corazón de Yan Weixing se le dio un vuelco en el pecho.
A continuación, ella ofreció su evaluación imparcial:
—Debo admitir que lucías bastante imponente.
Yan Weixing se congeló un segundo, para terminar dejando escapar una franca y aliviada sonrisa.
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