HDH 959






Hombres del Harén 958

SS32: Kallain y el mundo del romance (2)





Gesta miró a Baekhwa de arriba abajo y luego le respondió con una sonrisa:


—Sí... dígame... ¿Qué pasó...?


Baekhwa, que se había acercado pidiendo hablar un momento, se quedó parado en silencio una vez cerca, mirándole fijamente la cara a Gesta sin decir ni una sola palabra.

'¿Y a este qué le pasa?'

Aunque desconcertado, Gesta le devolvió la mirada a Baekhwa exactamente de la misma manera.

Después de un buen rato, Baekhwa murmuró en un tono lleno de incredulidad:


—En cuanto a apariencia, el Sumo Sacerdote está mejor.


En cuanto terminó de hablar, Gesta dejó ir una risita chiquita.


—Ah. Disculpe.


se cubrió la boca con una mano y pidió perdón, como si de verdad lo sintiera.

A Baekhwa se le torcieron los labios.


—Parece que no estás de acuerdo.

—Para nada... Al final del día, cada quien tiene sus gustos.......


Lo cual claramente no era un sí.

El monstruo miraba de un lado a otro entre el espeso Brujo y el pesado comandante de los caballeros sagrados, moviendo los ojos sin parar.

Baekhwa se encogió de hombros.


—Los gustos de Su Majestad son imposibles de adivinar.

—¿No le parece... que andamos un poco angustiados...?

—¿Yo?

—Vino hasta acá solo para criticarle la cara al Sumo Sacerdote...

—Le estaba criticando la cara a usted, señor.

—No hay de qué preocuparse... No iré con el chisme...


Los ojazos del monstruo iban y venían aún más rápido. Se dio cuenta de que el Brujo y el comandante de los Paladines estaban discutiendo justo frente a sus narices... y encima delante de la Emperador. Con cierta duda, le dio un toquecito a los barrotes de fierro con la mano que no estaba agarrando a Latil.

'Disculpen. Hay un monstruo y la Lord parados acá, por si no se han dado cuenta'

Pero Baekhwa no le hizo el menor caso y simplemente volvió a preguntarle a Gesta:


—¿Eso fue una amenaza?


Gesta, ignorando también al monstruo, respondió:


—Parece que está bien acostumbrado a las amenazas... o no las escucharía tan seguido...


Baekhwa soltó una risita y se acercó un paso más hasta quedar hombro con hombro con Gesta. Luego, mirando hacia un lado, preguntó en tono amigable:


—El mundo de verdad ha cambiado, ¿no? Un Brujo parado a mi costado, conversando tan tranquilo.

—¿Y cómo era antes de que las cosas cambiaran...?

—Antes salían corriendo. O suplicaban. O me mandaban a la mierda.

—Echa de menos esos tiempos, ¿no...?

—Sí. ¿Un poquito?

—Concha de tu madre...


El monstruo, atrapado en la tensión, miraba con los ojos abiertos de par en par. Hasta el propio Baekhwa se quedó helado por un segundo, estupefacto por lo que acababa de escuchar. Gesta, un poco avergonzado, agregó con modestia:


—Lo dije porque parecía que le gustaba... Aunque me da un poco de palta...


La cara congelada de Baekhwa se desarmó en una media sonrisa.


—Gracias. Aunque habría sido mejor si el que me manda a la mierda estuviera encerrado en algún lado.


Gesta le echó una mirada al monstruo con cara de: «¿Te quieres llevar a este?». El monstruo movió la cabeza a toda prisa diciendo que no; ni loco se metía en ese lío. No le pasaba ni el Brujo ni el comandante de los caballeros sagrados.

Baekhwa, notando el intercambio de miradas entre el monstruo y Gesta, soltó un bufido antes de sonreír de manera radiante.


—Sir Gesta. Por más simpático que pretenda ser, no confío en los Brujos. Este caso demuestra perfectamente el porqué.

—¿Y de qué le sirve saber eso...? Lo que importa es si Su Majestad lo sabe.


Baekhwa, que había estado intercambiando puñadas solapadas con Gesta, frunció el ceño y volvió a mirar hacia un lado. Gesta se estaba burlando con una sonrisa socarrona. Esta vez ni se molestó en cubrirse la boca con la mano; la mueca de burla era más que evidente.

Baekhwa soltó una risa seca.


—O sea que ya ni finges ser bueno, ¿no? ¿No tienes miedo de que te vaya con el cuento a Su Majestad?

—No... porque el mundo ha cambiado para bien...


Baekhwa se le quedó mirando fijamente al perfil de Gesta. El monstruo se estremeció al ver la cara que puso Baekhwa. Recordando lo que este sujeto les había hecho a los monstruos que fueron atrapados, el monstruo ni siquiera quería imaginarse lo que podía estar maquinando.

Pero Gesta ni se dignó a mirar en dirección a Baekhwa. Después de un largo silencio, Baekhwa fue el primero en dar media vuelta.


—El día que el hijo del Sumo Sacerdote se convierta en el sucesor de Su Majestad, los Brujos van a tener que regresar arrastrándose a las sombras. Disfruta de la poca libertad que te queda.


Gesta amagó con decir algo, pero el monstruo le lanzó una mirada como diciendo: «La Lord está a punto de despertarse». Y cerró la boca.

Baekhwa se retiró sin esperar a que la Emperador se despertara. Gesta se acercó a Latil y se colocó en un punto donde ella pudiera verlo apenas abriera los ojos, sonriendo con dulzura.

Las palabras que Baekhwa le había soltado al irse ya se habían volado bien lejos, completamente olvidadas. Incluso cuando los Brujos se vieron obligados a andar escondidos, Gesta jamás se había ocultado. La advertencia de Baekhwa no podía significar una amenaza para él.












⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅











Mientras observaba el futuro falso, Latil no tenía la menor idea de que semejante conversación se había llevado a cabo a su costado. Tenía la cabeza totalmente consumida con el tema de la traición de sus sirvientas.

«En la realidad, mis sirvientas no me traicionaron. Claro que no reconocieron al falso emperador, pero eso no fue una traición, solo algo un poco decepcionante. Pero acá... me están traicionando sin asco».

Y esa voz que acababa de escuchar —la de la traidora— definitivamente le pertenecía a Louitha.

'Después del incidente del falso emperador, daba palta mirar a las sirvientas a la cara, pero las cosas estaban mejorando de a pocos. Ahora se va a poner difícil otra vez'

Medio ida, Princesa Latil volvió en sí de golpe por un ruido fuerte que venía de algún lado.

[Este no es momento para andar en la luna. Tengo que correr. Si Louitha me traicionó primero, no tengo por qué salvarla.]

Pero justo antes de poder escapar del depósito, se enfrentó a otro dilema.

[Louitha claramente me traicionó. ¿Pero qué hay de las otras dos sirvientas?]

Kyarice había escapado y ya estaba afuera, así que a ella se le podía descartar. Pero Beige todavía estaba dentro de la posada. ¿Acaso Beige también la había traicionado?

[Louitha dijo hace un rato: «¡Si traíamos a la Princesa acá, dijiste que estaríamos a salvo!». Eso tiene que significar que tenía un cómplice. Pero ese cómplice podría no ser una sirvienta. Después de todo, los asesinos mataron a los cocheros y a los caballeros antes de ir a por las sirvientas]

Tras pensarlo un rato, Latil decidió abandonar a Louitha e ir a buscar a Beige. Ahí podría sacar la línea de si Beige era una traidora o no.

Pero cuando finalmente logró encontrar a Beige, ya estaba muerta. Latil se le quedó mirando a los ojos abiertos —que todavía no se apagaban por completo— y luego dio media vuelta.

[Pensándolo bien, Beige fue la única que se opuso a la idea de separarnos y escapar. ...Capaz ella no era una traidora después de todo.]

Princesa Latil se retiró de la zona sin fuerzas. Como sea, no podía morirse con ellas; tenía que escapar sola si no quedaba de otra. Pero los enemigos ya estaban amontonándose cerca de las puertas y ventanas; se veía casi imposible salir sin que la atraparan. Recordó la distribución de la posada desde afuera, rompió el techo y se trepó. Había una pequeña ventana en el techo para la ventilación. Seguro tenía que haber un conducto que llevara hasta ahí.

[¡Tal como pensé!]

Tal como esperaba, había uno. Era increíblemente estrecho, pero mientras uno no fuera claustrofóbico, se podía meter haciendo un poco de esfuerzo. Princesa Latil trepó por la pared y se escurrió en el conducto ajustado.

Tras gatear durante un rato, empezó a escuchar gritos y bulla desde abajo.

[¿Louitha?]

Reconociendo la voz, Latil pegó el ojo a una rendija del suelo. Desde su lado era el piso, pero desde abajo era una abertura en el techo.

Tal como pensaba: tenían a Louitha de rehén abajo. Tres enemigos encapuchados estaban en el mismo cuarto, hablando de su familia noble y discutiendo cómo matarla de forma que pareciera una emboscada de bandidos en el bosque.

[Desgraciados. Louitha puede ser una traidora, pero estos tipos son peores.]

La Princesa chasqueó la lengua, pero decidió seguir de largo. No tenía ganas de salvar a alguien que la había traicionado. Pero entonces, inesperadamente, Louitha miró hacia el techo y sus miradas se cruzaron.

Princesa Latil asumió que Louitha iba a gritar para delatarla en un último intento desesperado por salvar su vida. Después de todo, ya la había traicionado una vez.

Pero en lugar de eso, a Louitha le temblaron los ojos y luego los cerró bien fuerte mientras bajaba la cabeza.

[¿Louitha...?]

A pesar de que ya la había traicionado una vez, Louitha, al borde de la muerte, parecía dispuesta a disimular que no la había visto. Eso le tocó el corazón a Latil. Cambió de opinión, rompió el techo de un porrazo y se tiró abajo. Le clavó un pedazo de carreta rota en la espalda al asesino que estaba a punto de matar a Louitha, sacándole un grito desgarrador. Princesa Latil le metió una patada a otro asesino, le quitó la espada y le cortó el cuello al tercero. La sangre salió disparada, manchándole la cara a Louitha de un rojo vivo. Pero ella ni siquiera podía cerrar la boca del pánico.


—Princesa, su habilidad...

—¡Corre!


Princesa Latil le agarró la mano a Louitha y corrió hacia la ventana. Girando el cuerpo, la atravesó con todo su peso. Mientras la ventana se reventaba con un estruendo fuerte, los pasos de la gente retumbaron desde todas las direcciones.

Princesa Latil y Louitha corrieron frenéticamente. Los atacantes salieron en su persecución, pero una vez que llegaron al bosque, Latil pudo aprovechar el terreno a su favor. Finalmente, llegaron cerca de la carreta destrozada.

Ella había esperado que los atacantes las siguieran hasta ahí. Pero ya fuera porque los habían despistado o porque se habían rendido, no había nadie a la vista.


—Lo siento mucho, Princesa.


Louitha intentó recuperar el aliento y se disculpó de inmediato, con las lágrimas rodándole por la cara.

Princesa Latil, jadeando y apoyada contra la rueda de la carreta, levantó la mirada.


—¿Ah?

—La verdad es que... Princesa, me ordenaron fingir el accidente del carruaje y traerla hasta acá.


confesó Louitha con los ojos cerrados bien fuerte. No parecía darse cuenta de que Latil ya había escuchado su conversación con los criminales hace un rato al pie de la escalera.


—Ah.


Latil le restó importancia con un gesto de la mano.

Louitha se quedó helada ante la ligereza con la que la Princesa se tomó su enorme confesión; hasta se le pararon las lágrimas.


—¿Princesa? ¿No le sorprende? ¿Acaso ya sospechaba algo?


'Ya sabía que me habías traicionado. Te iba a dejar tirada'

Pero en lugar de decir eso, la Princesa preguntó: 


—¿Quién te dio la orden? No creo que seas tonta. Solo soy una Princesa común y corriente. Mi muerte no le beneficia a nadie. Así que, si alguien llegó tan lejos como para fingir un accidente solo para venderme, no puede ser cualquier persona, ¿verdad?


Ante la pregunta de Princesa Latil, la cara de Louitha se puso pálida. Con las manchas de sangre roja todavía embarradas en el rostro, el contraste hacía que su expresión se viera aún más sospechosa.

'El culpable de seguro es mi padre, mi madre o Lean'

pensó la Latil real con indiferencia.


—Esto ya llegó demasiado lejos, ¿todavía los vas a proteger? Si no me dices, podrías terminar pagando el pato tú sola. El que te mandó a traicionarme también tenía planeado matarte a ti.


Cuando Princesa Latil la presionó, Louitha respondió con voz chiquita:


—Su Majestad. O tal vez Su Alteza el Príncipe Heredero...


En ese preciso instante, Princesa Latil sintió como si le hubieran reventado una roca enorme en la nuca y se desplomó hacia adelante.


—¡Princesa!


A través de su conocimiento que se apagaba, vio a Louitha correr hacia ella asustada. Louitha pareció intentar atajarla, pero de pronto se volvió a parar de golpe, dejando ver solo sus piernas. Latil escuchó cómo levantaba la voz para reclamarle a alguien.


—¡¿Qué estás haciendo?!

—¿Por qué de la nada te echas para atrás? Quedamos en que íbamos a matar a la Princesa.


La voz le pertenecía a Kyarice, a quien Latil hacía rato daba por escapada. En lugar de huir, al parecer Kyarice se había quedado escondida dentro de la carreta destrozada, esperando el momento preciso.


—¡No tenemos por qué matarla! Ella nos salvó, ¡¿cómo puedes hacer esto después de eso?!

—Si la Princesa no muere, las que vamos a morir somos nosotras. ¿No te das cuenta de que los asesinos también planean matarnos a nosotras? Sabemos demasiado.

—Entonces podemos unir fuerzas con la Princesa...

—¡No seas estúpida! Si la Princesa se queda viva, ¡se va a encargar de borrar del mapa a cada una de nosotras!












⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅











Mientras la discusión de las dos continuaba, Latil abrió los ojos y se pegó un susto al encontrarse con un par de ojos mirándola fijamente a los suyos. Se sobresaltó y por instinto retrocedió un paso.


—¿Gesta?


Por lo general, cuando salía de un futuro falso, lo primero que veía eran los ojos sin vida de mosca del monstruo. Pero hoy, inesperadamente, Gesta estaba parado entre ella y el monstruo del futuro falso... y lo que era aún más sorprendente, estaba llorando.

Asustada, Latil le agarró las mejillas con ambas manos.


—¿Por qué estás llorando?


Gesta pegó su frente a la de ella y le susurró:


—Su Majestad, Sir Baekhwa se está burlando de mí.

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