HDH 956






Hombres del Harén 956

SS30: El que ha soportado mucho, Gesta





'El Sumo Sacerdote actúa como un sinvergüenza en su día a día, ¿entonces por qué se le da por ser innecesariamente honesto solo en situaciones como esta?'

Baekhwa dejó ir un suspiro, quedándose mudo de pura frustración.

Gubel hizo todo el esfuerzo del mundo para evitar que Baekhwa escuchara a escondidas, pero siendo un simple sacerdote, no era rival para el Capitán de los Paladines.

Solo después de haber escuchado detenidamente toda la conversación, Baekhwa por fin soltó a Gubel y salió al pasillo. Pero por dentro, ya se sentía como un pescado seco y encogido. Quedándose inmóvil, Baekhwa agarró con fuerza la baranda astillada y cerró los ojos.

'Ya he aguantado bastante'

Estaba convencido de que la hermosa apariencia del Sumo Sacerdote, su aura sagrada y ascética, su conexión con la Emperador —que también era el Lord— eran la clave para revitalizar el templo. Hasta ahora, había apoyado al Sumo Sacerdote asegurándose de que nunca se pasara de la raya. Pero confiarse únicamente del Sumo Sacerdote no iba a traer el renacimiento del templo.

'Tendré que dar un paso al frente de ahora en adelante'

Habiéndose decidido, caminó despacio por el sendero del jardín del Harén, metido en sus pensamientos. Al pasar cerca del cuarto de juegos donde estaban reunidos los niños, por fin divisó a la persona perfecta y se detuvo.

'Si es él...'

Guardando cierta distancia, Baekhwa les susurró unas cuantas palabras a varios cortesanos que pasaban por ahí.

Unos cuarenta minutos después, Kallain levantó a un niño lleno de arena y, volteando hacia Daemon, le dio una orden:


—Prepara el baño para el príncipe.

—Se va a volver a ensuciar al toque. ¿Por qué no lo dejas así nomás?


Las niñeras que estaban cerca pegaron un brinco del susto, pero siendo un vampiro de siglos de edad, Daemon no entendía a qué venía tanto escándalo.


—Prepáralo.


Aun así, cuando Kallain le repitió la orden, Daemon regresó a regañadientes primero a sus aposentos. Kallain lo siguió despacio, sacudiéndole la ropa al príncipe mientras caminaba.

Justo mientras caminaba, le llegaron unos murmullos desde la distancia.


—¿O sea que han venido a arrestar a Príncipe Klein?


Kallain se detuvo en seco y miró hacia donde venían las voces. Quedaba bastante lejos de donde él estaba parado.

Los cortesanos que andaban chismeando ni se dieron cuenta de la mirada de él clavada en ellos. Por supuesto, no tenían ni idea de que Kallain podía estar escuchándolos y continuaron charlando sin cortarse para nada.


—Príncipe Klein es de Carissen, de seguro no se van a atrever a arrestarlo, ¿no?

—Pero dicen que lo atraparon intentando liberar a los monstruos.

—Igual no lo logró. Su Majestad lo va a proteger. O de repente el Emperador de Carissen mete su cuchara. Yo solo me preocupo de que nos caiga la chispita a nosotros.

—¿Verdad que sí? Por eso debe ser que Sir Baekhwa nos advirtió que andemos con cuidado por el momento.


Su conversación continuó por la misma línea. Conforme Kallain seguía escuchando, le quedó clarísimo que Baekhwa había estado corriendo la voz entre los cortesanos sobre el Inquisidor, advirtiéndoles que no se metieran en problemas para evitar salir perjudicados.

Se quedó ahí parado, dándole toques a la baranda fría sin prestar mucha atención... hasta que el príncipe le jaló el pelo, trayéndolo de vuelta a la realidad.


—No me jales el pelo con esas manos cochinazas.


Kallain le agarró con cuidado la mano llena de arena al bebé y le dio una llamada de atención. Pero el príncipe tan solo se soltó una risita e intentó agarrarle la cara a Kallain en su lugar. Él mantuvo al niño a la distancia de un brazo y caminó de regreso a su residencia.

Después de bañar al príncipe junto con Daemon, Kallain le cantó una canción de cuna. Una vez que el bebé se quedó dormido abrazando su peluche, Kallain por fin cayó en la cuenta de algo, su expresión se volvió sombría.


—Era él.

—¿Perdón?

—Klein.

—¿Cómo dices?


Daemon miró a Kallain con cara de raro, totalmente desconcertado. ¿A santo de qué sacaba a relucir a Klein de la nada después de hacer dormir al bebé? Daemon no tenía el menor interés en los asuntos de la corte, así que a diferencia de Hierlan o Axian, no podía hilar las cosas con una sola palabra.

Mientras le acomodaba una frazadita sobre la barriga al bebé, Kallain le explicó:


—Mi ama ha estado especialmente cariñosa con Príncipe Klein últimamente, ¿verdad?

—Ella siempre los consiente por turnos, ¿no? Le gusta el coqueteo a la Emperador.

—Pero antes de favorecer a alguien, siempre ha habido una razón. Esta vez no había motivo alguno, aun así favoreció a Príncipe Klein.

—Ahora que lo mencionas, es verdad. Fue alrededor de tu cumpleaños... antes y después de eso andaba bien encariñada con Príncipe Klein. A pesar de que ustedes dos fueron juntos a la prisión de monstruos.


Kallain señaló a Daemon, como diciéndole: «Exacto». Pero Daemon todavía no la captaba.


—¿La prisión de monstruos?

—A Príncipe Klein lo atraparon intentando ayudar a escapar a un monstruo. Escuché que el Inquisidor también vino hoy. Ese príncipe tiende a actuar como loco de vez en cuando. Por eso no me lo tomé muy en serio al principio. Pero pensándolo bien, parece que hizo un trato con el monstruo. Cuando mi ama vino a ver su futuro falso conmigo, Klein debe haberle pedido al monstruo que en su lugar le mostrara un futuro falso con él. Probablemente le prometió la libertad a cambio.


Puede que a Daemon no le importaran los asuntos del palacio, pero no era ningún tonto. Soltó una carcajada.


—A los Inquisidores y a los Paladines es a quienes normalmente deberíamos tenerles cuidado. Y aun así Príncipe Klein, un simple humano —por más medio inmortal que sea—, se las arregló para ponerse en la mira de ellos. Qué absurdo.


A Kallain no le pareció nada gracioso. Su estado de ánimo se hundió como madera quemada. Él no había querido que su ama viera un futuro falso con él. Aunque solo había sido una vez, ese futuro falso... era mejor no haberlo visto.

Por supuesto, la actual ama ya había enfrentado muchísimas dificultades en su realidad: traiciones, tristeza, dolor y verdades crueles. Pero tenía gente competente a su lado —incluyéndolo a él— y juntos superaban cada crisis. Pronto tendría las manos llenas con los temas de la sucesión, pero eso no era nada comparado con los peligros que ponían en riesgo su vida.

Él creía firmemente que ningún futuro falso era mejor que uno doloroso. Aun así, le reventaba que un rival amoroso le hubiera robado el tiempo que su ama le había prometido como regalo de cumpleaños.


—Ese príncipe menso necesita un castigo ejemplar. Eso debería mantenerlo calladito por unos meses.

—¿Avanzamos un poco las cosas? Con solo poner en su cuarto un par de objetos que asusten a los Paladines lo haríamos sufrir bastante.

—No hace falta. No tendré que mover ni un dedo. Baekhwa se amargó primero y mandó a llamar al Inquisidor, ¿no? Y también está ese perro rabioso que seguro solo está esperando para dar el zarpazo.

—¿Perro rabioso? ¿Quién es ese?












⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅











—¡Sir Gesta!


Gesta volteó la cabeza, haciendo una pausa mientras inspeccionaba una bolsa de papel llena de juguetes. Las sirvientas a cargo de la Primera y Segunda Princesa se acercaban con caras de alegría. Pero aún más radiantes eran los rostros de las dos princesitas.


—Muchísimas gracias. Las princesas están chochas de que Sir Gesta vaya a jugar con ellas hoy.


Una de las sirvientas soltó las manos de la princesa y le entregó los bocaditos que traía al asistente de Gesta.

Por más raro que parezca, a las niñas les gustaba más el timorato y callado Gesta que el bonachón de Tasir. Pero Gesta solo les prestaba atención cuando todos se reunían y nunca se mezclaba con los niños tanto como los otros consortes.

Hoy, sin embargo, se había ofrecido a jugar con las pequeñas; un gesto poco común que alegró muchísimo a las sirvientas a cargo de las princesas. Encima de eso, el juguete grande que había guardado bien envuelto diciendo que era para el Cuarto Príncipe por fin se iba a usar.


—Todas nuestras princesas son una ternura. Es un gusto jugar con ellas... Solo que no interactúo muy seguido con ellas porque me da miedo que se vayan a lastimar por una torpeza mía...


habló Gesta avergonzado, las sirvientas, palteadas por la respuesta, evitaron su mirada. Aunque no era deslumbrantemente guapo como Ranamoon o Príncipe Klein, Gesta era el más amables y dulce de todos, sin una pizca de botado.

Para el personal de la corte, los otros consortes —con la barbilla tan levantada— resultaban seres lejanos e intimidantes de otro mundo, pero cuando se trataba de Gesta, les hacía acelerar el corazón.

Una vez que las sirvientas dieron un paso atrás dejando a las niñas, Gesta se giró despacio para mirar hacia abajo a la pequeña Ranamoon y a la pequeña Sonnaught, que lo miraban fijamente. Las dos princesas daban saltitos de alegría cuando Gesta las miró y les sonrió con dulzura.


—Gesta, Gesta, ¿hoy vamos a ir al tobogán?

—¿Podemos ver los juguetes?

—Por supuesto.


respondió Gesta con delicadeza mientras sacaba los juguetes de la bolsa de papel y los acomodaba en un banco.


—Este es para Fleura. Este es para Cleris. Este para Kailletha. Y este... será para el Cuarto Príncipe y la Quinta Princesa cuando crezcan.......


Conforme explicaba cada juguete, Gesta los repartía por igual, demostrando cuánto esmero le había puesto a la confección de cada uno.

A la distancia, las sirvientas contemplaban la escena con satisfacción y murmuraban entre ellas.


—Sir Gesta es un pan de Dios.

—Si Sir Gesta llega a tener un hijo, apuesto a que lo cuidaría tan bien. Qué pena. En estos días, Su Majestad solo le presta atención al Príncipe Klein o al Sir Jaisin.

—¿Verdad que sí? Antes era solo Príncipe Klein, pero desde que vino el Inquisidor, también le anda prestando atención al Sir Jaisin.


Ellas no tenían idea de que el mismísimo tema del que andaban chismeando era la razón por la que Gesta se había ofrecido de la nada a jugar con las princesas el día de hoy.

Gesta, escuchando a medias el chisme de las sirvientas, esperó a que estuvieran totalmente metidas en su conversación y ya no le estuvieran prestando atención. Justo ahí, mientras le entregaba el último juguete a Flera, de pronto lo volvió a meter en la bolsa con cara de sorpresa.

Era un peluche de pingüino especialmente tierno; exactamente el que Flera y Cleris habían estado esperando con ansias. Pero cuando Gesta guardó el juguete de nuevo en la bolsa de papel, Flera, que había estado estirando ambas manitas para agarrarlo, se desilusionó por completo y preguntó:


—Gesta, Gesta, ¿a dónde se fue el pingüino que ya venía para mí?


Gesta le puso una cara de disculpa profunda.


—Los peluches de pingüino son bien difíciles de hacer, así que solo hay dos.


Ante eso, la pequeña y astuta Cleris metió su cuchara de inmediato.


—¡Solo somos dos: Fle y Cle!


Gesta movió la cabeza diciendo que no.


—Hay tres hermanitos menores debajo de ustedes dos. Si solo se los doy a ustedes, los otros tres se van a sentir de lado.


Fleura zapateó de la rabia, luego bajó la voz para susurrarle una propuesta:


—¿No nos lo puedes dar a escondidas?

—¡Dalo a escondidas! ¡Gesta, dalo a escondidas!


Las niñas le rogaron, pero Gesta movió despacio la cabeza, con cara de pena.


—No. Más adelante terminaré de hacer otros muñecos y se los repartiré a todos.


Las niñas se desanimaron. Aunque habían recibido bastantes otros juguetes, después de ver pasar por sus narices al peluche más lindo, grande y bonito de todos, no podían evitar sentirse picadas.


Aun así, Gesta cerró bien la bolsa de papel y sonrió.


—Nuestras princesas son tan buenas niñas.

—¡Claro que sí!

—¡Sí somos!

—Vamos a jugar al tobogán.


Gesta les dio palmaditas a las niñas en la espalda mientras se ponía de pie. Pero como la duda le seguía dando vueltas en la cabeza, Flera agarró el brazo de Gesta y le preguntó:


—Gesta, si haces tres pingüinos más, ¿va a demorar mucho?

—Un poquito. Y de repente nacen más hermanitos... así que probablemente demore mucho más.


A Cleris se le abrieron los ojos de golpe.


—¿Van a venir más hermanitos?

—¿No creen que van a seguir viniendo? Entonces ya no podré hacer juguetes tan seguido como ahora.


Flera y Cleris se miraron entre sí. El Cuarto Príncipe y la Quinta Princesa eran solo unos bebés echaos en la cuna, así que aún no pensaban en nada. Pero el Tercer Príncipe era un hermano insoportable.

Nadie podía entender lo que decía; siempre murmuraba cosas raras para sí mismo y las perseguía intentando jugar. Los adultos tampoco entendían lo que decía el Tercer Príncipe, pero igual insistían en que las princesas lo cuidaran, asumiendo que ellas de alguna manera sí le entendían su habla rara.

¡Y ahora iban a aparecer más de esos hermanitos cargosos! ¡Y encima, menos juguetes por culpa de ellos!

Gesta sonrió de forma sutil al ver cómo la cara de las niñas se ponía seria.

Si te gusta mi trabajo, puedes apoyarme comprándome un café o una donación. Realmente me motiva. O puedes dejar una votación o un comentario 😁😄

Publicar un comentario

0 Comentarios