Hombres del Harén 931
SS11: Tasir y el Mundo de Romance (9)
Princesa Latil no había logrado traer ni a un solo miembro de la comitiva que su padre le había organizado, pero aún conservaba una carta escrita a mano con el sello del Emperador. Cuando le entregó el sobre sellado al mayordomo que administraba el castillo del señor feudal, este la hizo pasar de inmediato.
—Hace poco llegó un ave mensajera. Nos informaron que Su Alteza la Princesa vendría. Pero como no llegó en la fecha prevista, ya nos estábamos empezando a preocupar.
El mayordomo hablaba mientras guiaba a Princesa Latil hacia lo más profundo del castillo.
—Hubo... un incidente.
murmuró ella, con el semblante ensombrecido.
—Parece que viene sola... ¿Tendrá algo que ver con eso?
El mayordomo la miró de reojo, notando su apariencia con una mirada rápida y curiosa.
Era lógico que le pareciera raro: Princesa Latil se había comprado ropa nueva con el vuelto que le quedó tras contratar al mercenario, pero eran prendas que claramente no tenían nada que ver con los vestidos elegantes que trajo originalmente del palacio.
—Así es.
respondió ella vagamente. El hecho de que hubiera atacantes infiltrados en la comitiva armada personalmente por su padre no era algo que pudiera soltar así nomás. Era un asunto muy grave. Tendría que hablarlo con su padre apenas regresara.
Pero justo cuando llegaron a una puerta grande, el mayordomo —que había sido muy educado hasta ese momento— miró al mercenario que seguía a la princesa y dijo:
—Mil disculpas, Su Alteza. ¿Estaría bien que entrara sin ese hombre?
—Él es mi escolta.
se negó rotundamente Princesa Latil.
—Estoy herida y no puedo moverme bien por mi cuenta, así que no voy a dejar a mi escolta atrás.
Si no hubiera pasado nada durante el viaje, tal vez habría entrado sola. Los mercenarios de la Muerte Negra eran fuertes, pero tenían un aura pálida y peligrosa. Para colmo, sus armas eran enormes y afiladas, suficientes para que cualquiera se sintiera amenazado.
Pero después de haber conseguido a las justas una escolta confiable tras varias emboscadas, no pensaba separarse del mercenario ahora.
—Pero parece que es... alguien a quien usted contrató por fuera, Su Alteza. Es un poco demasiado...
El mayordomo dejó la frase en el aire cuando sus ojos se cruzaron con los del mercenario. Aun así, era obvio para cualquiera que lo que se había callado no era un cumplido.
—¿Demasiado qué?
lo presionó Princesa Latil.
El mayordomo forzó una sonrisa y respondió:
—Si alguien entra cargando un arma tan grande, el señor feudal podría asustarse, Su Alteza.
—Entonces póngale un guardia al señor feudal también. Con eso debería bastar.
—Bueno.......
El mayordomo vaciló, buscando qué decir, luego sugirió:
—Entonces, ¿qué tal si él deja su arma afuera antes de entrar?
A estas alturas, si rechazaba todas las sugerencias del mayordomo, podría parecer que Princesa Latil estaba ocultando algo.
—¿Estará bien?
Princesa Latil le preguntó directamente al mercenario. Sin decir una palabra, el hombre se quitó el hacha gigante de la espalda y se la entregó al mayordomo. El pobre hombre se tambaleó por el peso apenas la recibió.
Logrando dejar el hacha en el suelo y levantándose con las justas, el mayordomo puso cara de pocos amigos. Pero recuperó la compostura rápido y anunció hacia la puerta: —¡Mi señor! ¡Su Alteza la Princesa ha llegado!
La puerta se abrió al toque. Princesa Latil, llevando la carta del Emperador, entró en la habitación. El señor feudal bajó las escaleras y se acercó apurado a su lado.
—¡Su Alteza, llegó a salvo!
Detrás del señor feudal estaban dos jóvenes con caras idénticas, parados uno al lado del otro.
—Estos son mis hijos, gemelos.
dijo el señor feudal, señalándolos con la mirada, luego extendió ambas manos con respeto. Princesa Latil le entregó el sobre sellado. El señor abrió la carta y empezó a leerla él mismo.
La princesa observaba cada uno de sus gestos. Aunque ella había entregado la carta, no sabía qué decía. Su padre solo le había dicho que era un asunto importante y que debía tener mucho cuidado de entregarla en persona. Le había dicho que podía leerla si quería... pero ella prefirió no hacerlo.
—...Ya veo.
murmuró el señor feudal sin que su expresión cambiara mucho. Lo raro era la cara de los gemelos que estaban detrás. Sus gestos se torcieron sutilmente mientras leían el contenido de la carta por encima del hombro de su padre.
¿Qué podía decir para que reaccionaran así? Al ver esto, a Princesa Latil le entró una curiosidad tremenda por la carta que acababa de entregar.
Sin aguantarse más, preguntó:
—¿Qué es lo que dice?
El señor feudal dobló rápido la carta y la guardó de nuevo en el sobre con una sonrisa.
—Lo siento, Su Alteza. Es información clasificada, así que no puedo compartirla con usted.
—Para ser algo confidencial, parece que tus hijos lo estaban leyendo contigo como si nada.
Ante el comentario de Princesa Latil, el señor feudal se sobresaltó y se dio la vuelta, gritando furioso:
—¡Par de sinvergüenzas! ¡¿Qué hacen ahí parados chismoseando la carta?!
Los hijos del señor se disculparon y retrocedieron al toque. Una vez que lo hicieron, el señor volvió a dirigirse a Princesa Latil y le preguntó con mucha educación:
—Su Alteza, si me permite... ¿dónde están los demás? ¿Ha venido sola... solo con un mercenario?
—Hubo un accidente con el carruaje.
—Ya veo.
El señor soltó un suspiro, fingiendo pena.
—Entonces... el resto de su comitiva debe haber quedado herido en el choque...
—Murieron.
—Oh.
El rostro del señor mostró una breve mueca de asombro antes de recomponerse rápido y murmurar:
—Entiendo.
Un silencio corto y bastante pesado se apoderó de la sala. Después de un momento, Princesa Latil hizo un amago de irse y dijo:
—Ya me retiro.
En cuanto se dio la vuelta, el señor la detuvo apurado.
—Su Alteza, si se va así, me sentiría terriblemente mal. Ha venido desde tan lejos e incluso ha sufrido un accidente.
—No se preocupe. Solo quiero volver con mi padre lo antes posible.
—Pero si se va apenas llega, la gente va a decir que no atendí a Su Alteza como se debe. Por favor, descanse aquí al menos unos días. Yo mismo mandaré un ave mensajera al palacio explicando lo del accidente del carruaje.
Princesa Latil miró al mercenario. El hombre estaba ahí parado, serio e inexpresivo, como diciendo que él acataría lo que ella decidiera.
[La verdad es que estoy muerta. No he descansado bien en días y he estado metida en ese carruaje todo el tiempo. Pero yo estoy mejor; el mercenario hasta tuvo que hacer de cochero, debe estar más fundido que yo. Si está demasiado cansado para pelear, eso no me conviene para nada...]
—Está bien.
Cuando aceptó después de pensarlo bien, una sonrisa algo extraña apareció en los labios del señor feudal.
—Excelente. Entonces haré que la lleven a la mejor habitación de invitados, Su Alteza.
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La habitación a la que llevaron a Princesa Latil estaba en lo más alto del castillo. Cuando miró por la ventana, no pudo decidir si era una buena ubicación o no. Estaba tan alto que un intruso no podría trepar por la ventana, pero si alguien entraba por la puerta, tampoco parecía que ella pudiera escapar saltando al vacío.
Después de que la criada que los guió se retirara, Princesa Latil le preguntó al mercenario:
—¿En cuántos días crees que se te pase el cansancio?
—No estoy cansado ni ahora mismo.
respondió el mercenario como siempre.
—No te creo nada.
Pero Princesa Latil estaba convencida de que no había forma de que alguien no estuviera agotado después de viajar tantos días. Tras darle unas vueltas, decidió que se quedarían unos dos días. Ese tiempo sería suficiente para que el mercenario también se recuperara.
—Quedémonos solo dos días antes de irnos.
Pero entonces surgió un problema. La habitación de invitados de la princesa era tan lujosa y estaba tan arriba que el cuarto que le dieron al mercenario —una habitación estándar— quedaba lejísimos.
Al darse cuenta, ella pidió que le cambiaran el cuarto o que movieran al mercenario más cerca. Sin embargo, la esposa del señor feudal puso cara de preocupación y dijo que eso no se podía por las reglas de la casa.
—Lo siento mucho, Su Alteza. Todas las otras habitaciones cerca de la suya ya están ocupadas por otros invitados distinguidos. Quizás no sean tan importantes como Su Alteza, pero si les pedimos que intercambien sitios con un mercenario, se sentirán insultados.
Al final, no pudieron cambiar nada. Sin embargo, Princesa Latil, que ya estaba con los nervios de punta, empezó a sospechar.
[Que no cambien los cuartos no es algo raro de por sí. Pero hay algo que no me cuadra. El señor dijo que la carta era secreta, pero mi padre me dijo que yo podía leerla. Y luego está esa reacción rara de sus hijos. Si fuera un secreto de verdad, el señor no la habría leído ahí mismo con sus hijos parados detrás de él]
Cuando llegó la cena, pinchó la comida con una aguja de plata que siempre llevaba consigo para ver si tenía veneno.
[Nada de veneno. Tal vez solo estoy siendo demasiado paranoica]
Incluso después de terminar de comer, Princesa Latil no bajó la guardia. Le pidió al mercenario que durmiera durante el día y que vigilara su puerta por la noche. Era un pedido pesado, pero el mercenario aceptó sin dudarlo.
Aun así, intranquila, la princesa no durmió en la cama. En su lugar, puso una manta dentro del armario, agarró su espada y se quedó dormida ahí mismo. Pero mientras cabeceaba, notó una luz extraña que parpadeaba por las rendijas del armario. Se despertó de golpe y pegó el ojo al hueco. La luz venía de afuera de la ventana.
[¿Qué es eso?]
Caminó hacia la ventana. Mirando hacia abajo, vio a alguien usando una linterna y un espejo para reflejar la luz hacia ella. Cuando el brillo le dio en la cara, cerró los ojos por instinto.
Una vez que la luz desapareció y abrió los ojos, se quedó helada al ver que la persona que sostenía la linterna era Tasir. Mientras ella lo miraba sin poder creerlo, él empezó a hacerle señas.
[¿Qué está tratando de decirme?]
Pero ella no entendía ni pío. Mientras seguía negando con la cabeza toda confundida, el mercenario entró de hachazo a la habitación sin pedir permiso y habló más rápido de lo normal.
—Se acercan sujetos sospechosos.
—¿Qué?
—Cierre la puerta y quédese adentro, por favor.
Dicho esto, el mercenario volvió a salir solo. Princesa Latil chapó su espada y se pegó a la pared al costado de la puerta.
Al toque, empezaron a sonar choques de espadas y quejidos secos que venían del pasillo. No pasó mucho tiempo hasta que el ruido paró en seco. Entonces, la puerta se abrió de nuevo y el mercenario regresó.
—¿Y los enemigos?
Cuando la princesa preguntó, el mercenario señaló el pasillo con la mirada. Ella salió rapidito. Había siete tipos enmascarados tirados en el suelo. Princesa Latil les revisó las caras. Seis eran desconocidos, pero uno tenía un rostro familiar: alguien de la comitiva que su padre le había armado.
Mientras la princesa le volvía a poner la máscara y se levantaba, el mercenario preguntó:
—¿Qué va a hacer?
—¿De dónde salieron?
—Aparecieron de la habitación de al lado.
—¿Qué?
Princesa Latil se quedó mirando al vacío, procesando la información, luego corrió a abrir la puerta del cuarto contiguo. Estaba vacío. Eso significaba que los enmascarados no habían reducido a un invitado para esconderse ahí; habían estado metidos desde el principio con la ayuda del señor feudal.
—¿Pero qué diablos está pasando...?
murmuró aturdida, pero de pronto retrocedió del susto. Por su ventana, que estaba abierta de par en par, Tasir se estaba metiendo. Por un momento, la princesa pensó que estaba alucinando. Pero el hombre que sufría para pasar por el marco era, sin lugar a dudas, Tasir.
Cuando el mercenario dio un paso hacia él, al parecer con la intención de empujarlo por donde vino, la princesa lo agarró rápido y le preguntó a Tasir con urgencia:
—¿Por qué estás aquí? ¡¿Cómo diablos subiste hasta acá?!
—Subí con una soga.
—¿Qué?
—Trepar con una sola mano estuvo bien yuca.
¿Había trepado hasta lo más alto del castillo con una soga usando una sola mano? ¡Si se caía, se moría al toque desde esa altura! La princesa estaba tan en shock que no le salían las palabras. Recién después de un segundo se dio cuenta de que eso no era lo importante. Que Tasir apareciera ahí era igual de sospechoso que los atacantes de hace un rato.
Retrocedió de inmediato y puso la mano en la empuñadura de su espada. Tasir levantó rápido ambas manos en señal de paz y dijo:
—No deberíamos estar blandiéndonos espadas, Su Alteza.
Aun así, Latil desenvainó. Tasir se escondió detrás del mercenario como si fuera un escudo y añadió:
—Se la pasó buscándome durante todo el viaje en carruaje porque me extrañaba un montón. ¿Y ahora, apenas aparezco, me lanza un tajo?
—¡¿Viste eso?!
—Jaja. Hasta conté cuántas veces lo hizo.
—¡Estás lo......! ¡No, yo... yo nunca! ¡¿Cuándo he hecho eso?!
El mercenario intentó sacudirse a Tasir de encima, pero Tasir le seguía el ritmo con una precisión milimétrica, sin salirse nunca de su espalda. Por primera vez, el mercenario mostró un rastro de confusión en la cara. Tasir, bien agarrado de su escudo humano, siguió hablando:
—En fin, trepé hasta acá porque tengo algo importante que decirle, así que por favor guarde esa espada. ¡Si se pone así de brava, a este Tasir le va a dar tanto miedo que no va a poder ni abrir la boca!
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