HODEHA 927






Hombres del Harén 927

SS11: Tasir y el Mundo de Romance (5)





—¿Alguna vez te han dicho que eres un poco despistada?


Princesa Latil abrió los ojos de par en par.


—¿Despistada?


Lo pensó por un momento y luego negó con la cabeza.


—No, nunca.

—Bueno, me lo imagino. ¿Quién se atrevería a decirle algo así de frente a la princesa de Tarium? Si lo hicieran, sería a tus espaldas.


Tasir suspiró y se guardó en el bolsillo la insignia que la princesa le había entregado. Pero volvió a suspirar una y otra vez, como si algo todavía le molestara profundamente, murmurando entre dientes:


—Qué voy a hacer... Esto es realmente un problema.

—¿Qué cosa?


Princesa Latil no entendía ni media palabra de lo que él renegaba. ¿Por qué de la nada le preguntaba si era despistada y luego decía que estaba en problemas? Ella era la que estaba tratando de pagarle el favor, ¿por qué se ponía así?


—¿Es porque tengo un rango muy alto y eso te pone incómodo?


Se aventuró a adivinar con cautela, a Tasir le tembló el labio. Latil hizo un gesto despreocupado con la mano.


—No tengas miedo de sentirte presionado. Mi padre me quiere muchísimo. Si se entera de que me salvaste, te va a premiar muy generosamente.


Tasir se quedó mirando a la princesa en silencio antes de bajar del carruaje. Princesa Latil se despidió moviendo la mano hacia su nuca.


—Chau. No te olvides de venir después.












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Esa noche, Princesa Latil finalmente pudo dormir en una cama de verdad en lugar de una carpa o un carruaje. Después de bañarse con agua limpia y calientita, se echó en la cama y se estiró con gusto. La cama era más dura y menos cómoda que la del palacio, pero igual era mil veces mejor que las camas improvisadas de los campamentos. Escuchando el sonido de los búhos, cerró los ojos, esperando dormir profundamente.

Pero pasó el tiempo y el sueño no llegaba. Al contrario, pensamientos de ansiedad empezaron a invadir su mente. Cuando acampaban, todos estaban amontonados en el pequeño campamento y siempre había un centinela cerca. Solo con asomar la cabeza fuera de la carpa, un soldado se daba cuenta al toque.

Pero ahora estaba dentro de una posada. Podría haber un guardia de turno, pero a diferencia del campamento abierto, este lugar era mucho más fácil de infiltrar si alguien quería atacar.

¿Estaré bien? ¿Y si el guardia de turno es en realidad el atacante disfrazado?

En cuanto se le pasó eso por la cabeza, el sueño se le fue por completo. Al final, se levantó de la cama. Pegó la oreja a la puerta sin ninguna razón en particular, luego contra la pared de madera que conectaba con la habitación de al lado. Finalmente, hasta abrió la ventana para mirar alrededor, revisando si alguien con máscara la estaba vigilando.

Por suerte, no vio a nadie así. Princesa Latil empezó a relajarse y ya estaba por meter la cabeza de nuevo cuando ......

¿Tasir?

Para su sorpresa, divisó a un joven con facha de vago parado entre el callejón y la calle principal. Estaba mirando hacia el callejón, asintiendo con la cabeza, como si estuviera conversando con alguien que estaba ahí dentro.

¿Con quién está hablando?

Durante todo el viaje, Princesa Latil nunca había visto a Tasir hablar con nadie. Aparte de empacar sus cosas o discutir con los soldados, siempre se había mantenido al margen. Todos sospechaban de él.

¿Estará hablando con alguien del pueblo?

Pero este no era el pueblo al que Tasir planeaba ir originalmente. Él se dirigía en la dirección opuesta al grupo de la princesa. Solo terminó viniendo por aquí porque su carruaje se destruyó. Así que no había motivo para que estuviera hablando con un lugareño, menos a estas horas de la noche.

...Sospechoso. No debí darle mi insignia de identidad.

En ese momento, Tasir volteó la cabeza de repente. Miró directo hacia ella y Princesa Latil se agachó rapidito.

¿Me habrá visto?

Se quedó acuclillada debajo del marco de la ventana, casi sin poder respirar. El corazón le latía a mil. Cuando de pronto sintió un hincón en el tobillo, Princesa Latil estiró rápido las piernas y se sobó la rodilla.

Gateó hasta la ventana y asomó la mirada con cuidado, levantando un poquito la cortina para ver otra vez a Tasir. Pero ya no estaba por ningún lado. Después de vigilar un buen rato, volvió a la cama y abrazó su almohada. Aun así, no tenía la menor intención de dormir. Puso su espada debajo de la manta y apretó con fuerza su daga en la mano.












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Por suerte, no pasó nada hasta la mañana. Mientras la gente empezaba a despertarse y a seguir sus rutinas, Princesa Latil finalmente sintió que el cansancio le caía encima como un fierrazo. Para cuando terminó de desayunar y se subió de nuevo al carruaje, tenía tanto sueño que apenas estaba consciente.

Pero su somnolencia desapareció en un segundo apenas vio a Tasir. En cuanto lo vio subirse a uno de los carruajes que viajaban con su comitiva, su mente se despejó por completo.

Princesa Latil llamó de urgencia a un oficial y le preguntó:


—¡¿Por qué se está subiendo a ese carruaje otra vez?!


Ella había asumido que dejarían a Tasir en el pueblo más cercano. Entonces, ¿por qué seguía con ellos?

El oficial respondió sin mostrar ni un poquito de sorpresa:


—El médico revisó su herida y dijo que las fracturas como la suya no son su especialidad. Recomendó seguir unos días más hasta llegar a una ciudad grande para su tratamiento. Como igual vamos a pasar por ahí, decidimos dejarlo allá.

—¿Cuándo pasó esto?


preguntó Princesa Latil, desconcertada.


—Por la tarde.


respondió el oficial de inmediato. Por el tiempo transcurrido, parecía que el médico había atendido primero las heridas de la princesa y luego fue a ver a Tasir. El oficial estudió la expresión de Princesa Latil y preguntó con perspicacia:


—Su Alteza, ¿él le molesta? ¿Deberíamos dejarlo?

—...No. Solo me sorprendió, eso es todo.


Aunque todavía le parecía sospechoso, Princesa Latil no podía simplemente sugerir que abandonaran a un hombre herido. Una vez que el oficial se fue, ella miró a Tasir una vez más antes de cerrar la puerta del carruaje.

Igual no voy a tener muchas oportunidades de hablar con él mientras viajamos. Estará bien. ...Pero lo más probable es que ya no recupere esa insignia, ¿no?












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Contrario a lo que esperaba Princesa Latil, tuvo que volver a hablar con Tasir cuando los carruajes se detuvieron para el almuerzo. Mientras los sirvientes calentaban la comida, ella abrió la puerta del carruaje de par en par para disfrutar del aire fresco. Ahí fue cuando Tasir se acercó. Los guardias trataron de detenerlo, pero Princesa Latil movió la cabeza para dejarlo pasar y preguntó:


—¿Qué pasa?


Tasir caminó directo hacia ella, luego levantó una ceja y sonrió.


—Ayer fue tan amable conmigo. Pero hoy, ¿por qué tanta frialdad de pronto? Su voz realmente muestra cómo se siente, Su Alteza.

[Porque te vi portándote como un sospechoso anoche]


Pensó Latil para sus adentros, pero así como no había revelado que había infiltrados en su grupo, esta vez también se guardó sus pensamientos. En su lugar, estiró la mano con una orden firme: —La insignia que te di. Devuélvemela.


—¿Ah?


Tasir, que claramente no esperaba que ella reclamara algo que ya le había dado, mostró una rara expresión de sorpresa.


—Te la di pensando que nos íbamos a separar. Pero como vamos a viajar juntos un poco más, devuélvemela.


Princesa Latil se mantuvo firme, con la mano extendida y sin dudar ni un segundo.

Parecía que Tasir se había guardado la insignia en el bolsillo de adelante; se abrazó el torso con ambos brazos y giró el cuerpo para alejarse.


—No debería pedir que le devuelvan algo que ya regaló. Este Tasir es un comerciante. Yo nunca hago nada que me genere pérdidas.


Ante eso, Princesa Latil se quedó tan choqueada que soltó la pregunta sin pensar:


—¡¿O sea que de verdad eras un vago?!


Incluso la criada que le traía la comida en un tazón la escuchó y dio un paso atrás por la sorpresa.

Tasir protestó con voz indignada:


—Soy un comerciante. Solo un comerciante.

—¿Y qué compras y vendes?

—Mercancía común de todo tipo. Absolutamente nada de opio entre ellas, así que quédese tranquila.


Suspiró mientras hablaba y luego señaló hacia el carruaje que llevaba su equipaje.


—Si todavía sospecha, puede ir a revisar. Pero si desordena todo por descuido y daña algo, Su Alteza tendrá que comprármelo todo.


De pronto, a Princesa Latil sí le dieron ganas de inspeccionar su equipaje. No porque realmente creyera que había opio, sino porque se le pasó por la mente que podría haber armas adentro.

Justo en ese momento, mientras ella seguía mirando fijamente el carro de equipaje, Tasir agarró de la nada el cuaderno que se había quedado en el asiento. Antes de que ella pudiera detenerlo, lo abrió y soltó un suspiro de asombro.


—¡Válgame Dios! Su Alteza, ¿quién es Hyacinth, que ha llenado toda esta página con puros insultos?


Princesa Latil le arrebató el cuaderno al toque.


—¡¿Cómo te atreves?! ¡No tienes derecho a andar hurgando en mis cosas!

—Solo era un cuaderno lleno de lisuras.

—¡Hasta mis lisuras son valiosas cuando las digo yo!

—Válgame Dios, Su Alteza.


Tasir soltó una carcajada de pura incredulidad ante eso, Princesa Latil, avergonzada por sus propias palabras, abrazó el cuaderno con fuerza contra su pecho, echando chispas. Tasir se rió por un buen rato antes de preguntar:


—Pero, ¿por qué mi nombre está garabateado en la esquina de la página...?


Antes de que pudiera terminar, Princesa Latil puso su tazón de comida a un lado y tiró la puerta del carruaje de un porrazo.












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Princesa Latil sabía que al menos cinco asaltantes se escondían entre su gente, pero ya había identificado a dos de ellos. Mientras se mantuviera vigilante en las posadas y no anduviera de vaga sola, creía que podría terminar el viaje a salvo. Una vez que cumpliera su encargo en el destino, podría contratar mercenarios. Si lograba que la famosa Orden de la Muerte Negra la acompañara, se sentiría mucho más tranquila. Incluso podría buscar una excusa para separar a los dos infiltrados conocidos del grupo.

Pero eso había sido demasiado ingenuo.

Varios días después, la noche en que llegaron a una ciudad grande y se alojaron en una posada, ella estaba sentada en su cama, tomando café tras café con su espada al lado, como ya se le había hecho costumbre. Últimamente, había estado siguiendo el consejo de Tasir: dormir solo un poquito o quedarse despierta de noche, descansar únicamente durante los viajes en carruaje.

De pronto, un fuerte olor a sangre empezó a flotar en el aire.

Princesa Latil agarró rápido su daga y su espada larga, abrió la puerta con cautela. Los dos guardias que debían estar apostados afuera no estaban por ningún lado.

Miró por el pasillo. Estaba completamente desierto. Estaba a punto de gritar:


—¿Hay alguien ahí?


pero en lugar de eso, salió sigilosamente y abrió la puerta de la habitación de al lado.

En el momento en que lo hizo, vio a alguien tirado boca abajo en el suelo sobre un charco de sangre.

Justo cuando soltó un grito ahogado por la impresión, alguien le lanzó un tajo con una espada desde un costado. Princesa Latil bloqueó el golpe con su propia espada y retrocedió hacia el pasillo.


[Maldita sea. Mi tobillo...]


Su pierna herida no se había curado del todo. Aunque la había estado descansando en el carruaje con una tablilla, no se había recuperado lo suficiente para una pelea.


—¡¿Hay alguien ahí?!


gritó finalmente, llamando a los guardias. No todos podían ser infiltrados; alguien tenía que oírla y responder.

Pero los únicos que aparecieron fueron atacantes enmascarados. Ni rastro de los soldados. Parecía que los enemigos ya se habían movido mientras ella estaba encerrada en su cuarto.

Defendiéndose de los ataques, Princesa Latil fue empujada poco a poco hacia un rincón. Finalmente, se detuvo contra la baranda al final del pasillo. Miró rápido hacia atrás.

Era la baranda del segundo piso; alta, pero no tanto como para morir por la caída. Sin embargo, no había ni una sola persona en la planta baja. Si saltaba con su pierna herida, no iba a poder escapar antes de que la chaparan.


[¿Debería ir hacia las escaleras? ¿O volver a la habitación?]


Apoyada contra la baranda, Princesa Latil movía su espada sin parar mientras pensaba a mil por hora. El número de enemigos enmascarados que alcanzaba a ver ya había subido a unos nueve.

En ese momento, una flecha voló de la nada y le atravesó la garganta a un atacante que estaba cerca. Casi la mitad de los enmascarados voltearon hacia la dirección de donde vino la flecha. La otra mitad siguió atacando a Princesa Latil.

Pero cuando una segunda y tercera flecha dieron en el blanco con una puntería perfecta, cerca de dos tercios de los atacantes cayeron. Eso dividió su atención entre esquivar flechas y lidiar con Princesa Latil, que seguía lanzando tajos sin descanso.

Una vez que los enmascarados empezaron a defenderse de las flechas, los disparos pararon de golpe. En su lugar, desde abajo de la baranda, Tasir saltó de un solo movimiento y —antes de que ella pudiera reaccionar— agarró a Princesa Latil con un brazo y saltó hacia abajo.

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