HDH 990






Hombres del Harén 990

SS60: Retribución





Apenas Jaisin entró a la habitación y vio a Latil, se le iluminó el rostro con una sonrisa radiante, llena de emoción.


—¡Su Majestad! ¡Escuché que me llamó!


A pesar de su contextura grande, caminaba con ligereza. Tenía el cabello húmedo, como si acabara de asearse. Cuando Latil sacó un pañuelo y se lo entregó, él se frotó el cabello con una sonrisa apenada.


—Me enteré de la noticia mientras hacía ejercicio. No podía venir a verla todo sudado, así que me lavé rápido.


Jaisin se acomodó en la silla donde estuvo sentado Tasir y comenzó a abanicarse.


—El clima se está poniendo más caluroso. Hace calor aunque uno se mueva solo un poco. ¿Se encuentra bien, Su Majestad?

—Tengo a alguien que me abanique, así que estoy bien. El que debe tener calor eres tú, moviéndote de un lado a otro.

—A decir verdad, el templo es el lugar más fresco. ¿Tal vez sea porque tiene menos paredes y más columnas, por eso la brisa corre con facilidad?


Jaisin no paraba de hablar, compartiendo esos pequeños detalles. Cuando entró un sirviente y le ofreció jugo de frutas con hielo, se lo tomó de un solo trago. Al verlo, Latil cambió de opinión.

No debería contarle lo de Baekhwa.

En un principio, su intención era contarle lo que Baekhwa había hecho. Ella no podía oponerse abiertamente a Baekhwa, pero Jaisin era diferente. Sin embargo, al ver su actitud tan inocente, sintió que no era una buena idea.

Jaisin es un hombre recto. Si se entera de que Baekhwa les dio anticonceptivos a los otros concubinos, no lo mantendrá cerca. Pero alguien como Baekhwa, alguien agresivo y astuto, necesita estar al lado de Jaisin. Jaisin es demasiado ingenuo, Gubel, por ser sacerdote, es demasiado blando de corazón.

Latil dejó escapar un suspiro. Si tan solo Baekhwa se contuviera un poco más, sería la persona perfecta para permanecer al lado de Jaisin.


—¿Su Majestad?


Jaisin, que estuvo conversando entusiasmado, la llamó sorprendido cuando la Emperatriz suspiró.


—¿Se encuentra bien? ¿Está enferma? ¿Quizá le duele el estómago.......?

—No.

—Pero acaba de suspirar.

—Es que tengo algo que decirte que me hace sentir apenada.

—¿Algo que la hace sentir apenada?

—¿Serías capaz de ir a Deizet?


Al decidir no mencionar a Baekhwa, Latil eligió otra forma de castigarlo. Era esta. Deizet era el país más lejano de Tarium.

Sabiendo esto, Jaisin la miró sorprendido mientras repetía:


—... ¿Deizet?

—Como está tan lejos, Deizet no ha tenido lazos cercanos con Tarium. Pero también es la tierra natal de la madre de Klein, así que me parece que sería bueno empezar una relación más cercana.

—¿Príncipe Klein? Entonces, ¿no sería mejor que vaya Príncipe Klein?

—Klein... bueno, una vez se quedó atrapado en un templo subterráneo de allá y no podía salir. Le quedó un trauma por eso, así que no puede ir.

—Ah, ya entiendo.

—Lo siento. Está realmente lejos, ¿verdad? De solo pensar en pedírtelo me salió un suspiro sin darme cuenta.


Cuando Latil puso una expresión muy apenada, Jaisin sacudió la cabeza rápidamente.


—No tiene por qué disculparse. A mí no me importa ir. Allá también hay templos, ¿no? Podría visitar los templos en el camino. No hay problema.


Por la actitud de Jaisin, Latil se sintió aún más apenada. Pero tenía que darle una advertencia a Baekhwa. Él era inteligente. Con el regreso de Gesta y Duque Atraxil ya apaciguado, si el Sumo Sacerdote era enviado de pronto a Deizet, de seguro sospecharía que ella había descubierto la verdad y que estaba tomando represalias.


—Gracias, Jaisin.


Latil le tomó la mano y le dio unas palmaditas suaves en el dorso, luego añadió:


—Es peligroso, así que asegúrate de llevar a Baekhwa contigo.












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Tal como Latil lo había previsto, al enterarse de la noticia, Baekhwa se dio cuenta de inmediato de que la Emperatriz estaba molesta con él.


—¿Su Majestad dijo algo más?

—No, no dijo nada. Uff... Ya casi es verano y ahora tengo que visitar un país caluroso. Esto va a estar duro.

—¿Será que Su Majestad está molesta con el Sumo Sacerdote o conmigo?

—¡Por supuesto que no! A Su Majestad le gusta viajar y observar a la gente ella misma. Solo nos envía a nosotros porque esta vez no puede ir en persona.


Baekhwa intentó sondear un poco más, preguntándose si la Emperatriz le habría contado al Sumo Sacerdote sobre él. Pero el Sumo Sacerdote no parecía tener ningún pensamiento negativo hacia él en absoluto. Al Sumo Sacerdote no se le daba muy bien ocultar sus emociones disimuladamente. Baekhwa se convenció de que la Emperatriz no le había dicho nada.

Aun así, no quería hacer un largo viaje tan obedientemente, así que buscó a Latil a propósito cuando ella visitó la prisión de monstruos.

Apenas la Emperador vio a Baekhwa, lo miró sin ocultar su molestia. Baekhwa le dio un saludo formal y retiró a la gente a su alrededor. Una vez que los guardias del séquito de caballeros sagrados retrocedieron, se acercó a la Emperatriz y le habló.


—Llevaré conmigo a unos cuantos caballeros sagrados a Deizet. Por favor, deje que el Sumo Sacerdote se quede aquí. Él no sabe nada de lo que está pasando.

—Yo también lo sé.

—Entonces, por favor, deje que se quede. Él es muy sensible al calor. Viajar a Deizet con este clima sería insoportable para él.


La Emperador entrelazó las manos a la espalda y se quedó mirando la celda de la prisión, ahora vacía, que solía albergar al falso monstruo del futuro. El falso monstruo del futuro se encontraba actualmente lejos, de viaje.

Baekhwa recordó de pronto las palabras del monstruo, quien había dicho que había un futuro entre él y la Emperatriz. Casi tan pronto como surgió ese pensamiento, la Emperatriz habló.


—Sir Baekhwa, un viaje largo a solas no es nada. Eso no es un castigo. Estoy molesta por lo que hiciste y quiero castigarte. ¿De qué sirve un castigo que no se siente como tal?

—¿Entonces por qué tendría que ser castigado el Sumo Sacerdote? Él no sabe nada de esto.

—Viajar hasta Deizet no es un castigo para Jaisin. Él ya considera que visitar templos y ayudar a la gente forma parte de su deber. Podrá darles pena irse lejos, pero no lo vería como un castigo. Sin embargo......


Latil apartó la mirada de los fríos barrotes de la prisión y miró fijamente a Baekhwa, que estaba a su lado.


—Que él esté separado de mí es definitivamente un castigo para ti.


Baekhwa quiso protestar, pero sabía que la Emperatriz no le creería aunque lo hiciera, así que se quedó callado. Chasqueó la lengua para sus adentros. Poner anticonceptivos en las botellas de agua bendita y distribuirlos había sido una jugada astuta. Pero, de entre todas las cosas, el rencor de Duque Atraxil hacia la familia Rolurd se había salido de control y llevó al descubrimiento.

Al ver el ceño fruncido del frustrado Baekhwa, Latil se exasperó a su propia manera.

'¡Ese infeliz ni siquiera cree haber hecho algo malo! ¿A qué viene esa cara de arrepentimiento?'












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Baekhwa estaba resentido, Ranamoon estaba inquieto y los hombres de estado, que no tenían idea de nada, no dejaban de presentar quejas; pero nada cambió.

El Sumo Sacerdote, tras completar los preparativos para el viaje, partió hacia Deizet como el enviado oficial designado por Latil, liderando la delegación diplomática. Encima de eso, el itinerario que planificó era mucho más largo que el que Latil tenía en mente, lo que casi vuelve loco a Baekhwa cuando vio la programación.


—Sumo Sacerdote, ¿por qué están todos estos circulitos saturando cada mapa? ¿Quién marcó esto?

—Yo lo hice, Sir Baekhwa. Ya que vamos a ir lejos, pensé en visitar cada templo en el camino. La gente de los templos lejanos no llega a verme a menudo, ¿verdad? ¡Así que debería pasar mientras esté cerca y mostrarles el amor de los dioses!


Mientras el Sumo Sacerdote explicaba alegremente, Baekhwa estuvo a punto de romper el mapa por la mitad.


—¡Por qué visitar todos esos templos con este calor! ¡Los dioses pueden mostrar su amor por su cuenta!


Cuando estalló, los sirvientes que estaban empacando sus pertenencias se quedaron tiesos en su lugar, con los ojos abiertos por la impresión.

¿Qué demonios está diciendo ese caballero sagrado en este momento?

Incluso el Sumo Sacerdote se quedó mudo y con la boca abierta. Al ver esto, Baekhwa se aclaró la garganta e intentó una vez más persuadir al Sumo Sacerdote con buenas palabras. Pero sin importar cuántas excusas pusiera o qué tan insistentemente discutiera, el Sumo Sacerdote no cambió de opinión. Baekhwa tuvo que aceptar a regañadientes las palabras de la Emperatriz:


—Viajar a Deizet no es un castigo para el Sumo Sacerdote.


Sin embargo, no podía dejar ir su molestia así de fácil. En eso, la Emperatriz envió dos cajitas a través de un sirviente.


—Sumo Sacerdote. Sir Baekhwa. Su Majestad les ha dado instrucciones de llevar estas piedras con ustedes. Estas piedras contienen una energía especial. Si las llevan consigo, el ave de Su Majestad podrá ubicar su posición al instante.


Pensando que esta era su oportunidad, Baekhwa aceptó las cajas respetuosamente y, mientras el Sumo Sacerdote estaba ocupado, él mismo cambió secretamente ambas piedras.

¿Por qué Su Majestad nos convocaría de urgencia con Griffin? Sin duda solo será para que el Sumo Sacerdote cure a alguien. Si está mandando al Sumo Sacerdote lejos, entonces debería estar preparada para quedarse sin su sanación por un tiempo. ¡Solo así Su Majestad sentirá claramente la ausencia del Sumo Sacerdote!

Sin saber que las piedras habían sido cambiadas, el Sumo Sacerdote empacó con cuidado y, al día siguiente, él y su grupo de caballeros sagrados partieron del palacio.

Gesta llegó al palacio al día siguiente. Para ese momento, ya habían pasado varios días desde que Latil se distanciara de Ranamoon—una jugada que se había hecho, al menos hacia afuera, para aparentar ante Duque Atraxil.


—¡Ay, hijo mío! ¡Por Dios, tu cara está tan demacrada!


Canciller Rolurd, que se había quedado en el palacio principal incluso después de que terminaron las reuniones, corrió hacia Gesta sollozando apenas lo vio regresar.


—Debes haberla pasado tan mal por culpa de ese miserable de Duque Atraxil. Menos mal que Su Majestad te creyó. ¡De verdad, Su Majestad es sabia y noble!


Abrazó a Gesta con fuerza y lloró lágrimas de alegría, pero los hombres de estado presentes que presenciaron la escena tenían expresiones ambiguas.

A excepción de Duque Atraxil y unos cuantos colaboradores cercanos, los hombres de estado no sabían que Baekhwa era el verdadero culpable. Para ellos, parecía injusto que la Emperatriz alejara a Ranamoon e inmediatamente trajera de vuelta a Gesta.


—Parece que ahora mismo Su Majestad favorece más a Sir Gesta que a Sir Ranamoon.

—Aún así, al menos debería disimular para que parezca justo. Apenas han pasado unos meses y ya lo trae de regreso justo después de haberlo mandado a la villa. Sir Ranamoon debe sentirse profundamente agraviado.

—Exacto. Una cosa es favorecer a Sir Gesta, pero ¿qué hizo mal Sir Ranamoon? Ni siquiera ha pasado tanto tiempo desde todo el incidente de la Primera Princesa.


Algunos intentaron ser más generosos con su interpretación.


—Su Majestad no está haciendo esto porque favorezca a Gesta. Es por el sexto bebé.


Aun así, no parecía que la reputación de Gesta fuera a mejorar pronto. La facción de Duque Atraxil encontró algo de consuelo al escuchar a los hombres de estado murmurar con descontento.

Pero Ranamoon no podía soportar su creciente frustración, ya fuera que la gente susurrara en su defensa o no. Baekhwa, el verdadero culpable detrás del escándalo de los anticonceptivos, se había ido del palacio—pero no había recibido ningún castigo serio. Mientras tanto, su rival de años, Gesta, estaba siendo traído de regreso con bombos y platillos, como para lucirse ante todos. Encima de eso, la Emperatriz no había ido a verlo en días y, cuando él fue a buscarla, ella se negó a recibirlo. Enterarse de que Gesta había regresado solo lo hizo sentirse más sofocado. Abrió la ventana de par en par. A lo lejos, podía ver a Muradim nadando alegremente en el lago. En sus brazos llevaba al Cuarto Príncipe y a la Quinta Princesa.


—Vivir así... no parece tan malo.

—Mi señor... ¿Va a aprender a nadar?

—Era una forma de decir.


En ese preciso momento, mientras tomaba un poco de aire fresco, la puerta se abrió de golpe. Escuchó al guardia gritar:


—¡Sir Gesta!


Se dio la vuelta, ahí estaba Gesta, entrando a la habitación sin permiso.


—¿Qué crees que estás haciendo? No puedes entrar a la habitación de alguien más así sin permiso.


Cuando Ranamoon intentó reclamarle, Gesta cerró la puerta de un portazo con un pie y luego pateó un florero costoso que estaba cerca con ese mismo pie. El florero salió volando por el aire, se hizo añicos y los pedazos quedaron desparramados por el suelo. Cardan pegó un grito.


—¡Gesta!


Ranamoon también gritó, atónito, pero Gesta no se detuvo, comenzó a destrozar la habitación sin parar. Por un momento, a Ranamoon le pareció que no era real. Su vista se puso en blanco. Cardan estaba igual.

Solo entonces se dio cuenta de que Gesta había dejado el papelito de bueno y ahora solo se estaba desquitando violentamente.


—¡Hijo de perra!


Sin poder contenerse más, se arrojó hacia adelante y le metió un puñetazo directo en la cara a Gesta.

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