HDH 953






Hombres del Harén 953

SS27: Dificultades y errores





Un día, tras terminar una reunión e ingresar a su despacho, Latil fue abordada rápidamente por su secretaria, quien le entregó un mensaje.


—Su Majestad, Carissen ha enviado una gran cantidad de productos típicos de su región en agradecimiento por haber enviado a los miembros del Escuadrón Caza Monstruos.


No era algo especialmente inusual. El número de naciones que solicitaban ayuda al Escuadrón Caza Monstruos aumentaba día a día. Aunque la aparición de muchas Órdenes de Paladines había hecho más fácil pedirles asistencia, la temprana reputación de excelencia del escuadrón hacía que todos siguieran prefiriendo acudir a ellos primero.

Latil revisó la lista que le entregó la secretaria. Incluía todo tipo de artículos, entre ellos varios tipos de los famosos manjares de invierno de Carissen. Sin embargo, al ser época invernal, las cantidades eran bastante reducidas.


—No va a ser fácil repartir todo esto.


Al escuchar a Latil murmurar para sí misma, el Gran Chambelán, que estuvo atento a otra tarea, la miró de reojo.

Latil sintió la mirada, pero fingió no darse cuenta. Le devolvió la lista a la secretaria con indicaciones.


—Envíalo al Esposo Oficial y a Klein.

—Sí, Su Majestad.


La secretaria se retiró, pero Latil continuó haciéndose la desentendida ante la mirada del Gran Chambelán mientras bajaba la vista hacia los documentos. Notando su actitud, el Gran Chambelán fingió ignorancia a propósito y preguntó:


—Su Majestad. ¿Acaso el Cuarto Príncipe no es todavía muy joven? Y como Príncipe Klein es de Carissen, de todos modos es probable que reciba regalos personales de allá. las Princesas Primera y Segunda ya tienen edad para comer frutas, así que ¿no sería mejor enviar los productos locales a Sir Ranamoon y a Sir Sonnaught?


Ahora que el Gran Chambelán se había atrevido a cuestionarla directamente, a Latil no le quedó más remedio que inventar una excusa.


—Por eso mismo se lo envío al Esposo Oficial y a Klein. Si se lo enviara a Ranamoon y a Sonnaught, serían cuatro bocas que alimentar, la cantidad no alcanza para cuatro personas. Además, como Klein es de Carissen, de seguro extraña la comida de su tierra más que nadie.


Tras decir eso, el Gran Chambelán no pudo rebatir más. Aunque ya podía imaginarse a Ranamoon sintiéndose decepcionado, tuvo que morderse la lengua.

¿Qué diablos había hecho el Príncipe Klein? Hace apenas un mes, Su Majestad casi ni le prestaba atención.

Pero quedarse callado no resolvía el misterio. El Gran Chambelán no lograba entender qué había hecho Príncipe Klein para que la Emperatriz lo cuidara durante los últimos días como a un pollito desvalido.












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Cuando Latil terminó sus deberes y se puso de pie con las manos tras la espalda, preguntándose si debía visitar a Klein o a alguien más, de pronto sintió a alguien detrás de ella. Enseguida escuchó la voz de Sonnaught.


—Su Majestad, ¿acaso se aburre cuando pasa demasiado tiempo con una sola persona?


Sobresaltada, Latil se dio la vuelta. Sonnaught lucía una sonrisa que hacía difícil saber si estaba bromeando o hablando en serio.


—Por supuesto que no. ¿Por qué preguntas algo así?


respondió Latil con firmeza mientras bajaba la mano de su cintura.

Pero en realidad, sabía bien por qué Sonnaught lo decía. Latil no era tonta; ya era consciente de los murmullos de la gente sobre su repentina atención hacia Klein. Sin embargo, como Emperatriz, consideraba que no tenía por qué dar explicaciones cada vez que mostraba favoritismo.

Además, ¿cómo podría siquiera decirlo? ¿Que se sentía culpable tras haber visto a Klein resultar gravemente herido por su culpa en un futuro falso? Nadie entendía lo real que se sintió esa visión. No entenderían por qué estaba cuidando a Klein de esta manera, pensando que no era más que una alucinación.

Con ese pensamiento, Latil volvió a sentir que lo mejor sería visitar a Klein hoy y se dispuso a inventar una excusa conveniente.

Pero justo cuando entreabrió los labios para hablar, Sonnaught se le adelantó y le susurró:


—La razón por la que pregunto... es, obviamente, porque tengo celos de Klein. Lo ha estado visitando constantemente estos días.


Reveló sus sentimientos de forma tan directa y segura que Latil se quedó sin palabras. Cuando sus miradas se cruzaron, Sonnaught tampoco apartó los ojos esta vez, simplemente dijo:


—Y si Su Majestad vuelve a visitarlo hoy, mis celos no harán más que aumentar.


Al ser él tan directo, a Latil le costó trabajo admitir que, en efecto, había planeado visitar a Klein ese día. Lo que empeoraba las cosas era que Sonnaught ni siquiera parecía avergonzado por lo que acababa de decir; tan solo la miraba con una expresión completamente serena.


—Sir Sonnaught, vaya que eres bastante celoso.


Latil dejó escapar una leve risa, pero al final, no pasó esa noche con Klein, sino con Sonnaught.

En todo caso, la conducta de Latil —que claramente favorecía más a Klein, pero aun así visitaba ocasionalmente a otros consortes— no hacía más que complicar que la gente descifrara las verdaderas intenciones de la Emperatriz.












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Sin poder conciliar el sueño esa noche, Latil salió a dar un paseo a solas y escuchó por casualidad a los guardias de turno murmurando sobre ella y Klein.

Tras terminar su caminata, se metió bajo las cobijas y renegó para sus adentros.

¿Por qué todo el mundo actúa como si fuera tan raro que me preocupe por Klein? Después de haber visto ese futuro falso, simplemente no puedo dejarlo a su suerte. Si jamás se hubiera involucrado conmigo, habría llevado una vida tranquila. Pero ahora, sea cual sea el futuro, termina saliendo herido por mi culpa.

Físicamente seguía sano, pero su alma había sido utilizada para un ritual de sellado; no estaba realmente en un estado óptimo. ¿Y quién podía asegurar si, dentro de mucho tiempo, Klein sufriría una larga vida o llegaría a disfrutarla?

Aun así, no puedo dejar pasar el hecho de que el monstruo del futuro falso me haya engañado. Y sin embargo... si me hago la de la vista gorda únicamente en el caso de Klein, se me hará difícil pedirle cuentas a ese monstruo.

Con la cabeza hecha un torbellino, Latil dio vueltas y vueltas bajo las cobijas hasta que por fin logró quedarse dormida.


—¡Su Majestad! ¡Su Majestad!


Justo cuando había logrado conciliar el sueño profundamente, alguien tocó la puerta con desesperación, gritando. Los ojos de Latil se abrieron de golpe. Corrió hacia la puerta y la abrió de par en par. La sirvienta que estuvo tocando soltó un pequeño grito y dio un paso atrás.


—¿Qué pasa?


preguntó Latil al identificar a la sirvienta; era la que estaba de turno esa noche.

Recobrando la compostura rápidamente, la sirvienta dio un informe atolondrado.


—Su Majestad, es una emergencia. ¡Sir Baekhwa se ha llevado a Príncipe Klein!


Por puro reflejo, Latil miró a su alrededor, confirmando que en efecto se encontraba en su dormitorio en Tarium, volvió a preguntar:


—¿Bajo qué autoridad se llevó Baekhwa a Klein? ¿Qué ha pasado?

—No sé los detalles exactos. Vine corriendo en cuanto lo vi a lo lejos.


Latil se echó una bata encima y caminó a paso ligero por el pasillo. Pero al llegar a un cruce, dudó. No sabía hacia dónde ir. Baekhwa solía aparecer en los campos de entrenamiento del Escuadrón de Caza de Monstruos o dentro del Harén. También aparecía en la prisión de monstruos de vez en cuando. Si se había llevado a Klein, ¿a dónde podría haber ido?

Al final tuvo que preguntarle a la sirvienta que la había seguido:


—¿Hacia dónde se fueron?


La sirvienta señaló en una dirección.


—No estoy segura de hacia dónde se dirigían exactamente, pero los vi caminando por allá.


La prisión de monstruos. Latil recordó que uno de los lugares que frecuentaba Baekhwa quedaba en esa dirección. Dio media vuelta y empezó a correr.

Cuando Latil llegó a la prisión, dos caballeros sagrados se erguieron de inmediato e hicieron una reverencia.


—¿Dónde está Baekhwa?


Ante su pregunta, los caballeros se miraron entre sí con cara de aprieto.

Sin esperar respuesta, Latil abrió la puerta con fuerza y gritó a todo pulmón:


—¡Baekhwa!


Su voz resonó como un eco en una cueva enorme. Avanzó a pasos agigantados, llamando de nuevo:


—¡Baekhwa!

—Sí, Su Majestad.


Llegó una respuesta tras el segundo llamado.

Latil se detuvo y se giró. Baekhwa salía por una puerta lateral, luciendo completamente sereno. Pero Latil ya había visto a los dos caballeros sagrados de la entrada dar un brinco de susto cuando ella apareció.


—Baekhwa, ¿te llevaste a Klein? ¿Sin mi permiso?


le preguntó a quemarropa.


—De hecho, planeaba informárselo al amanecer. No pude sacarle el tema antes porque ya era su hora de dormir.


respondió Baekhwa sin la menor pizca de culpa.

Latil frunció el ceño.


—Sir Baekhwa, ¿desde cuándo tienes la autoridad para llevarte a uno de mis consortes sin autorización?

—Era un asunto urgente.

—¿O sea que crees que la urgencia te da derecho a actuar como se te dé la gana?

—Su Majestad no es una persona cerrada. Pensé que entendería si manejaba las cosas de forma flexible ante una situación crítica.


Baekhwa se mantuvo sereno en todo momento. Sin embargo, sus siguientes palabras traían una indirecta bien guardada.


—Y además, Su Majestad, aunque estoy instalado aquí porque el Sumo Sacerdote está presente y usted ha brindado diversos apoyos al templo, en realidad yo no soy su súbdito bajo la ley de Tarium.

—Así no sea tu soberana, al ser un huésped en mi casa deberías haberme pedido permiso antes de llevarte a mi esposo.


Latil se disgustó aún más y le respondió con un tono de voz que se había vuelto notoriamente más frío. Baekhwa dejó ver una suave sonrisa y se dio la vuelta.


—El asunto era así de urgente. Por favor, venga por aquí. Aunque sí traje a Príncipe Klein hasta acá, no he hecho nada que ponga en riesgo su vida.












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Como se dirigían a un ambiente lateral, Latil asumió que Klein estaría retenido en una habitación donde se hospedaban los caballeros sagrados. Pero el lugar al que llegaron fue la celda donde guardaban al monstruo del futuro falso, la muñeca de Klein estaba esposada a los barrotes de la celda de la criatura.

En cuanto vio a Latil, Klein exclamó indignado:


—¡Su Majestad!


No parecía asustado ni triste; se le veía absolutamente furioso.


—¿Qué es esto? ¡¿Qué demonios es esto?!


Latil sacudió las esposas en la muñeca de Klein y le exigió una respuesta a Baekhwa. Pero antes de escuchar cualquier explicación, la rabia la dominó y arrancó las esposas con sus propias manos. Los caballeros sagrados, que habían estado observando en silencio, abrieron los ojos como platos por el impacto.


—Vaya fuerza que tiene, Su Majestad.


Baekhwa chasqueó la lengua sorprendido.


Ya libre, Klein se aferró al brazo de Latil y gritó:


—¡Su Majestad! ¡Ese desgraciado... no, ese hombre me encerró aquí de la nada!


Haciendo un esfuerzo por mantener la voz baja, Latil dijo:


—Baekhwa. Explícate. ¿Por qué hiciste esto?


Baekhwa se encogió de hombros, lanzándole una mirada helada a Klein mientras respondía:


—¿Explicar? No tengo nada que explicar. Tan solo estaba haciendo mi trabajo. Es Príncipe Klein quien debería estar dando explicaciones.


Klein apretó más fuerte el brazo de Latil. Ella le dio palmaditas en el dorso de la mano y preguntó:


—¿De qué estás hablando?


Klein gritó de inmediato en respuesta:


—¡Eso mismo, ¿de qué diablos está hablando?! ¡Su Majestad, este hombre está hablando puras tonterías!


Con una sonrisa fría, Baekhwa se giró para mirar al monstruo del futuro falso. El monstruo estaba acurrucado en la esquina de la celda, con los brazos alrededor de las rodillas y la cabeza agachada por completo; solo se le veía la parte trasera de la cabeza.


—Hasta ese monstruo conoce la vergüenza, pero parece que el consorte de Su Majestad no tiene ninguna. Es un conchudo, por decir lo menos.

—Baekhwa. Te estás pasando de la raya.

—No tanto como él con sus acciones. Su Majestad, ¿sabía que su consorte intentó ayudar a escapar a ese monstruo? ¿Sabe lo que hizo para lograrlo?


A Latil no le sorprendió del todo. Por un instante había sospechado que Klein debía de haber hecho algún tipo de trato con el monstruo del futuro falso a cambio de su libertad. ¡Lo que no imaginó era que realmente intentaría liberarlo, mucho menos que Baekhwa lo atraparía con las manos en la masa!

De pronto, Baekhwa golpeó los barrotes y el estruendo metálico resonó con fuerza. Con una expresión sombría, continuó mientras clavaba la mirada en Klein:


—Su Majestad, ese príncipe intentó ayudar a escapar a este monstruo liberando al mismo tiempo a varios otros monstruos sumamente peligrosos.

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