EMPERADOR DIVINO ETERNO 2636
Viejos amigos, el sonido de la Cítara
Raws: 2621
—Por ahora no se sabe nada; aunque ya se dejaron ver, todavía no se han agarrado a golpes con nadie. ¿Y tú, Danqing, qué has pensado? ¿Te animas a ir conmigo al Mundo Celestial? Antes de venir a buscarte, ya hablé con Xian Feizi y Qingmo, así que solo falta que me des el sí.
Nalan Danqing soltó un leve suspiro de resignación:
—En Campo Kunlun han despertado demasiados cultivadores de la Ead Media, todos con un talento único; de seguro más de uno ya está entre los más fuertes de la actualidad. ¿Acaso de verdad no tenemos ni la fuerza suficiente para defendernos?
Wan Canglan notó que ella no tenía muchas ganas de volver al ruedo y, como no quería presionarla por las puras, se dispuso a despedirse.
De pronto, los bellos ojos de Nalan Danqing se clavaron en el bosque de bambú que estaba detrás de Wan Canglan, mostrando una mirada de duda, dijo:
—Hermana, ¿no te habrán seguido?
¡Boom!
La mirada de Wan Canglan se volvió fría en una y de su cuerpo estalló todo el poder destructivo de un Santo Supremo.
Acompañado por el canto de un fénix, la silueta de un fénix de fuego salió disparada de su cuerpo y se quedó flotando en el aire. Sus plumas eran de un rojo color sangre y el calor del fuego era tan bravo que distorsionaba el espacio a su alrededor.
En su momento, en el Reino Ancestral, la herencia del Fénix de Hielo y Fuego se la habían repartido a medias Wan Canglan y Mu Lingxi.
La anciana encargada de cuidar el acantilado norte, cuyos cabellos blancos soltaban chispas de electricidad, liberó todo su poder mental para registrar la zona de cabo a rabo.
El acantilado norte tenía las runas ancestrales dejadas por el ancestro confuciano; si alguien no venía pegado a ellas desde atrás, era imposible que un extraño pudiera meterse hasta aquí.
Poco después, Wan Canglan arrugó la frente y dijo:
—Ya expandí mi dominio del fénix de fuego, ¿cómo es que no siento la presencia de ningún otro cultivador?
—Parece que no hay una cuarta persona aquí.
Nalan Danqing, con total tranquilidad, clavó la mirada justo donde crecía un arbusto de flores de judas que estaba en su máximo esplendor al pie del bosque de bambú, dijo:
—Tu poder espiritual es sumamente alto, tu técnica para ocultar la energía es tan asombrosa que te has mimetizado casi por completo con el entorno. Sin embargo, yo he vivido en este acantilado norte por cientos de años; conozco al derecho y al revés cada planta, cada piedra y cada flor de este lugar.
—Tú no cuadras con la naturaleza de aquí, no encajas con las reglas de este espacio.
¡Sshing!
Una espada sagrada de fuego que Wan Canglan llevaba en la espalda salió volando por su cuenta. Al fusionarse con incontables reglas del sendero santo, desató un fuego y un aire de espada que hacían picar los ojos, lanzando un tajo destructor de un solo golpe.
Ese espadazo cargaba un poder destructivo tan bestial que hizo que las runas ancestrales del acantilado norte se hicieran visibles.
Pero lo más loco fue que la espada, que ardía en llamas sagradas, se detuvo en seco justo por encima del arbusto de flores de judas, congelada por una fuerza invisible.
A Wan Canglan se le desencajó la cara y puso toda la fuerza de su cuerpo en el ataque.
Sin embargo, la espada no bajaba ni tampoco la podía regresar a su mano.
¡Flap!
Una silueta borrosa comenzó a tomar forma al lado del arbusto de flores de judas. Con una mano en la espalda y la otra sosteniendo el mango de la espada sagrada que no paraba de vibrar, comenzó a caminar de lo más relajado, como si estuviera paseando por un parque.
Esas piernas largas y espectaculares de Wan Canglan reaccionaron con una fuerza brutal; dio un salto impulsándose con la punta de los pies y se convirtió en una hermosa y deslumbrante sombra de fuego, mandándole un manotazo directo a la silueta.
La silueta borrosa se contorneó de manera extraña.
Wan Canglan le pegó al aire, dejando una estela de fuego pintada en el suelo; casi se va de avance y se estrella contra el bosque de bambú por no poder frenar a tiempo. Al recuperar el equilibrio, dio media vuelta y miró a la silueta borrosa que sostenía su espada, con una mirada llena de confusión y asombro.
Hay que tener en cuenta que, cuando atacó hace un momento, ya había activado su dominio.
Pero el otro tipo se paseó como en su casa dentro de su dominio y esquivó el golpe sin despeinarse.
Con semejante nivel de pelea, ¿qué tan fuerte tenía que ser ese sujeto?
La silueta borrosa habló:
—Nada mal, ah. No por algo tienes la herencia del Fénix de Hielo y Fuego y de Rey Divino Jiuyao. El nivel de cultivo de la guerrera sagrada Canglan de verdad ha llegado bien alto.
Cualquiera diría que era un halago, pero comparándolo con la paliza que le acababan de dar en un toque, a Wan Canglan le sonó recontra espeso, como si se estuvieran burlando de ella en su cara.
Rey Divino Jiuyao había sido el soberano del Reino Tianquan, el quinto mundo más poderoso del universo occidental hace cien mil años, quien murió en la guerra de los dioses dejando solo nueve lágrimas divinas que cayeron en el Campo Kunlun.
Esas nueve lágrimas contenían toda la esencia del poder divino y la herencia de cultivo de Rey Divino Jiuyao, cada una de las Nueve Damas Celestiales había purificado y absorbido una de ellas.
Teniendo semejante suerte y habiendo entrenado por mil años, ni siquiera podía tocarle un pelo al tipo.
Y que encima el sujeto la venga a felicitar, ¿cómo demonios se iba a poner feliz Wan Canglan?
—Ya que te gusta buscarme la boca de esa manera, ¿quién soy yo para no arrugar?
dijo Wan Canglan, que no le tenía miedo a nada ni a nadie. De su cuerpo comenzó a brotar una energía destructiva aún más violenta, con un calor tan extremo que parecía capaz de derretir el mundo entero.
—¿Acaso no sabes que este acantilado norte es zona prohibida de la Secta de la Escritura? Al que entra sin permiso, se le da vuelta sin reclamos.
Al decir esto, juntó sus dos dedos índices, blancos y estilizados como el jade, los elevó por encima de su cabeza. De inmediato, el cielo entero pareció cuadrarse e incontables runas ancestrales comenzaron a flotar sobre ella como si fueran un cielo estrellado.
Esas runas ancestrales eran parecidas a las runas divinas.
Pero, claro, en la fuerza de las runas divinas también hay niveles.
Por ejemplo, las runas divinas que dejaba un ser supremo eran respetadas hasta por los mismos dioses.
Y las runas ancestrales que estaban en este acantilado norte eran todavía más peligrosas que esas, pues habían sido dejadas por el tercer ancestro confuciano, uno de los veinte soberanos celestiales. Ahora que Nalan Danqing las estaba activando, toda la energía santa de la Montaña del Libro comenzó a congregarse hacia ella.
La silueta borrosa habló:
—¿Acaso la talentosa dama ya no se acuerda de ese viejo amigo del Cementerio de los Dioses Caídos y del Abismo Sin Fin?
Nalan Danqing arrugó la frente, perdiéndose en sus recuerdos de hace mil años. De pronto, algo se le vino a la mente y se le quedó mirando con ojos de no creer a la silueta borrosa que tenía al frente.
—Imposible... ¿cómo vas a ser tú? Si tú ya habías....
Sin darse cuenta, comenzó a bajar la guardia y a replegar su poder mental; todas las runas ancestrales retrocedieron como una marea y desaparecieron del acantilado norte.
La silueta borrosa agregó:
—Todavía me acuerdo de ese año en el que nos subimos al Bote Ascensión Celestial y navegamos por el Río Cadáver para escapar de los que nos venían pisando los talones. Y también me acuerdo de cada una de esas piezas de ajedrez manchadas de sangre que recogimos en el Abismo Sin Fin.
A Nalan Danqing se le quitaron todas las dudas en una, porque esas dos cosas eran secretos que solo ellos dos sabían.
No le quitaba la mirada de encima, mirándolo fijo, pero todo esto le seguía pareciendo demasiado alucinante, como si sus propios demonios internos hubieran despertado otra vez para meterla en una alucinación.
El sol se terminó de ocultar por completo.
En el cielo apareció una luna llena, blanca y redonda como un plato de porcelana.
Bajo la luz de la luna, Nalan Danqing se veía aún más pura y angelical, tal cual una orquídea silvestre al borde de un abismo, libre de cualquier rastro del mundo terrenal.
Wan Canglan miraba con desconfianza a las dos siluetas que estaban al borde del acantilado; por más que lo intentaba, no lograba adivinar quién diablos era el recién llegado. Parecía que tenía una confianza recontra íntima con Danqing; si ella no hubiera estado parada a un lado, de seguro esos dos ya se habrían metido un abrazo bien fuerte.
¿Será que en todos estos años a Danqing le había salido un pretendiente?
Wan Canglan soltó un fuerte bufido. Con lo exigente que era, ¿qué hombre en todo el mundo iba a dar la talla para Danqing?
Zhang Ruochen liberó su dominio de poder mental y, recién ahí, mostró su verdadero rostro. Mirando a Nalan Danqing, que estaba parada al borde del acantilado con la luna llena de fondo, le sonrió y dijo:
—¡Mil años sin vernos, parece que ya nos hemos vuelto unos desconocidos!
Nalan Danqing recuperó la calma de su corazón y esbozó una tierna sonrisa:
—¡Claro que sí, nos hemos distanciado! En mil años no he recibido ni una sola carta tuya; eso ya no es distanciarse, es directamente ser un par de extraños.
—Yo tampoco me imaginé que, por una experiencia de lo más loca, terminaría perdiendo mil años de mi vida.
—Y después de mil años, ¿qué número de persona soy yo a la que vienes a ver?
Esa pregunta fue directo al cuello de Zhang Ruochen.
Zhang Ruochen lo pensó bien por un momento y le dijo:
—Esta noche es la Fiesta de las Linternas y la luna está en todo su esplendor. Con este clima tan bonito y la visita de un viejo amigo, ¿nos vamos a quedar parados aquí aguantando este viento frío? ¿Por qué no vamos a tu cabaña a tomarnos un tecito y a conversar de todas las cosas que nos han pasado en estos mil años? ¿No suena mejor el plan?
—¿Te has metido a escondidas a la Secta de la Escritura solo para venir a meterme floro con las cosas que te han pasado en estos años?
—También puedo escuchar las tuyas.
Nalan Danqing sacudió la cabeza y le dijo:
—Has cambiado.
Zhang Ruochen se tocó la cara, sintiéndose un poco descolocado, dijo:
—Alguien que ya ha muerto dos veces es obvio que no va a volver a ser el mismo de antes.
—No me refería a tu cara.
—¿A qué te refieres entonces?
—Si fuera antes y te preguntara qué número de persona soy yo a la que vienes a ver, de todas maneras me habrías respondido con la verdad y luego me habrías explicado detalladamente todas tus razones. Pero hace un momento, preferiste hacerte el loco y mencionar la Fiesta de las Linternas a propósito, solo para hacerme ver lo mucho que valoras a esta amiga al venir a visitarme en una fecha tan especial. Si te digo que te has vuelto bien calculador, no te estoy calumniando, ¿o sí?
Zhang Ruochen soltó un largo suspiro:
—Viendo cómo eres, ¿de verdad no se puede usar ni una sola estrategia contigo? Me lees tan bien que ya ni sé cómo seguir conversando.......
—Pero me gusta
Zhang Ruochen se quedó sorprendido y preguntó:
—¿Qué te gusta?
—Me gusta que hayas venido a verme justamente en la Fiesta de las Linternas, me gusta que me respondas a tu manera 'que de hecho es la que más me vacila' y, en resumen, me gusta todo. Solo sé que estoy feliz, muchísimo más feliz que en todas las Fiestas de las Linternas de los últimos mil años juntas.
No llegaron a ir a la cabaña; se quedaron parados al borde del acantilado contemplando la luna llena y perdiendo la mirada en el infinito Mar del Aprendizaje, conversando de todo lo que les había pasado en el pasado, de lo que vivían en el presente y de lo que vendría en el futuro.
De rato en rato, sus risas y bromas rompían el silencio de la noche.
Ahora, Nalan Danqing ya no era la erudita de los libros sagrados al servicio de Emperatriz Chi Yao, Zhang Ruochen tampoco era el fugitivo perseguido por la corte imperial; ambos podían dejar de lado sus títulos y tratarse con una confianza y una ligereza que nunca antes habían sentido.
La anciana que vigilaba el acantilado norte ya se había retirado hace rato.
Sin embargo, Wan Canglan seguía parada al borde del bosque de bambú, clavándole la mirada a la pareja. Lástima que no podía escuchar nada de lo que hablaban ni tampoco lograba ver con claridad la silueta del hombre.
Zhang Ruochen y Nalan Danqing sacaron cada uno un laúd antiguo y se sentaron frente a frente. Olvidándose por completo de que Wan Canglan andaba por ahí de mal tercio en el acantilado, comenzaron a tocar.
Tocaron varias melodías seguidas.
Zhang Ruochen puso sus diez dedos sobre las cuerdas para detener la música y preguntó:
—Hace poco he vuelto a retomar la música, ¿qué tal me salieron estas tonadas?
—Por supuesto que estuvieron muy bellas. Para alguien con un poder mental tan fuerte como el tuyo, dominar la música es pan comido. Lástima que, comparado con un verdadero maestro del laúd, todavía te falta una enormidad.
—¿O sea que no doy la talla como maestro del laúd?
Nalan Danqing sacudió la cabeza.
—¿Y quién sí da la talla?
Nalan Danqing le guiñó un ojo, dándole a entender que ella misma.
Zhang Ruochen guardó su laúd en una, sin ganas de seguir compitiendo con la supuesta maestra. En verdad, estos días se sentía súper seguro de su talento musical, pero al llegar donde la erudita sagrada terminó recontra golpeado en su orgullo.
—Diez años para la flauta, cien para la flauta traversa, mil para la pipa y diez mil para el laúd. El joven Ruochen recién ha practicado un tiempito y ¿ya se cree maestro? No me digas que te vas a picar por tan poco. Ya no toco más, clausurado mi laúd. Uno viene con toda la buena intención de ver a su vieja amiga y lo único que hace ella es agarrarlo de punto y dejarlo por los suelos. Si quieres te enseño, solo tienes que pedirme que sea tu maestra.
—¿Mejor no seguimos recordando viejos tiempos?
—Es que ya no hay viejos tiempos que recordar. ¿Acaso a tus ojos, Danqing ya es una vieja conocida del pasado? Ahora que tienes nuevas amigas, ¿no deberías olvidarte de las antiguas?
—No hay forma de ganarte en una discusión, me rindo. Mejor enséñame a tocar el laúd. Respetable maestra, acepte los respetos de este discípulo.
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